¿Quién hay ahí?
Pon un Dios
· Revisado el 11 de octubre de 2026

Muchas personas cuentan que, durante una experiencia con un enteógeno, se encontraron con alguien. Aquí contamos con qué frecuencia pasa, cómo son esos seres, qué dejan y qué dicen de ellos las tradiciones, la psicología y la neurociencia. De dónde vienen no lo sabemos, y no vamos a fingir que lo sabemos.
Hay quien vuelve de una sesión hablando de colores, de geometrías o de recuerdos. Y hay quien vuelve diciendo que había alguien: una presencia que lo miraba, un ser que le enseñó algo, unas figuras que lo recibieron como si lo estuvieran esperando. Para quien lo vive suele ser lo más difícil de contar y lo que menos se olvida.
Es también el tema en el que más fácil es tomar partido. Unos dirán que esos seres existen y que la sustancia abre una puerta. Otros, que el cerebro se los inventa. Esta web no afirma ni niega de dónde viene lo vivido, y lleva la pregunta en el nombre. Así que aquí hacemos otra cosa: contar lo que se sabe de cómo se viven estos encuentros y poner al lado todas las explicaciones que hay, cada una con lo que explica y con lo que no.
Cuántos se encuentran con alguien
Depende de la sustancia y de quién lo cuente.
Con la DMT fumada o vaporizada es frecuente. Un equipo analizó en 2022 los 3.778 relatos que la gente había publicado por su cuenta, entre 2009 y 2018, en el foro sobre la DMT de Reddit, y en el 45,5 % aparecía un encuentro con algún ser. En un estudio de campo con treinta personas que ya la conocían, que la tomaron en su casa y a las que se entrevistó justo después, hubo un encuentro en 34 de las 36 sesiones. Y en los primeros estudios de laboratorio, con DMT inyectada a unos sesenta voluntarios en Estados Unidos en los años noventa, el psiquiatra que los dirigió cuenta en su libro que, según sus anotaciones, «por lo menos la mitad» de sus voluntarios «hicieron contacto» con «otros seres», de una forma u otra. No es un recuento publicado en una revista, sino su lectura de aquellas anotaciones.
Con la salvia también aparecen. En un ensayo con 30 personas que fumaron la hoja, 11 dijeron haber sentido a otras personas o seres. En otro, con ocho voluntarios y cantidades crecientes de su principio activo, los ocho contaron encuentros con seres, y a menudo hubo comunicación con ellos.
Con la ayahuasca, las tradiciones amazónicas están llenas de espíritus de plantas y de animales, y quienes la toman hablan de serpientes, de felinos, de espíritus de plantas que les enseñaban y de presencias. Cifras de encuentros como las de la DMT no hemos encontrado. La más cercana es la de un psicólogo que reunió cientos de testimonios: de 136 personas de fuera de las comunidades indígenas, una de cada siete (14 %) vio en su primera sesión seres que no eran ni humanos ni animales. Ver a alguien en una visión no es siempre encontrarse con él, pero da una idea de la proporción. Con la psilocibina no hemos encontrado ninguna cifra: en un estudio con diez personas, una sintió «como si estuviera presente una fuerza benévola y pacífica», y otra, según los investigadores, «una entidad etérea, exterior». Y con la 5-MeO-DMT lo que suele contarse es casi lo contrario: que desaparece todo, también uno mismo.
Conviene no perder la proporción: a mucha gente no le pasa nada parecido, y no le falta nada por eso. Las cifras más altas vienen de personas con experiencia o que ya habían tenido un encuentro, que son también las que más se prestan a contarlo. Y el valor de una experiencia no está en lo intensa que sea ni en quién aparezca en ella, sino en lo que cambia después en la vida de cada día.
Cómo son
En 2020, el equipo de la Universidad Johns Hopkins publicó una encuesta con 2.561 personas que habían inhalado DMT y se habían encontrado con algo o alguien. Ya contamos parte de ella en Por qué decimos «enteógeno». Lo que dice de los propios seres:
- Casi todos los describen como algo consciente (96 %) e inteligente (96 %). La mayoría, como benévolo (78 %) y sagrado (70 %).
- Para nombrarlo eligen sobre todo «ser» (60 %), «guía» (43 %), «espíritu» y «alienígena» (39 % cada uno). Los famosos «elfos» de la DMT, solo el 14 %.
- Se perciben sobre todo con la vista (92 %), pero también se oyen (54 %) y hasta se sienten en la piel (34 %).
- En el 84 % hubo comunicación, casi siempre, según cuentan, por telepatía (74 %). El 69 % dice haber recibido un mensaje, una tarea, un propósito o una revelación, y el 19 %, una predicción del futuro. Nadie comprobó si se cumplió.
Las formas varían mucho. En los 1.719 relatos del foro con un encuentro, las más frecuentes eran figuras femeninas (24 %), deidades (17 %), alienígenas (16 %), criaturas como reptiles o insectos (9 %), seres mitológicos, entre ellos los «elfos mecánicos» (8 %), y robots o máquinas y bufones (7 % cada uno). Solo el 4,4 % eran propios de una cultura concreta. En el estudio de campo, en casi tres de cada cuatro sesiones aparecieron criaturas que no eran ni humanas ni animales. Solo en seis hubo personas, y las únicas conocidas eran dos que habían muerto. Con la iboga también ocurre: en un estudio con treinta veteranos de guerra, varios se encontraron con sus muertos, compañeros de equipo o amigos, como contamos en Sonreía, estaba contento.
Conviene saber quién pagó estos estudios. La encuesta de 2020 la pagó sobre todo un centro de la Universidad Johns Hopkins que sostienen una fundación y varios donantes particulares, y dos de sus autores tenían además una beca pública estadounidense y otra del Heffter Research Institute. En el análisis de los relatos del foro, ese mismo centro apoyó a uno de los autores. El estudio de campo lo pagaron la Fundación BIAL, dos asociaciones de investigación parapsicológica y un donante particular.
Lo que hacen, según quienes los ven, también varía, y un mismo ser puede hacer varias cosas: ayudar o cuidar (53 % de las sesiones), mostrar algo o entrar en comunión con quien lo ve (47 %), manipular o controlar (17 %). Así lo contaron algunos de los participantes del estudio de campo, cuyas voces recogemos más a fondo en Nos conocemos:
«Muy benévolos, con cierta curiosidad por su parte… Tenían curiosidad por entender qué soy yo, qué busco… Todos muy benévolos, cuidando de mí.» (MP, hombre, entre 45 y 49 años)
«Las entidades eran mis amigas, sentía que eran como mis hermanas, me decían que soy como ellas.» (AF, mujer, entre 40 y 44 años)
«Si tengo que compararlos con algo de este planeta… son como pulpos, de… otro planeta.» (TM, hombre, entre 30 y 34 años)
Con la ayahuasca, el inventario más completo lo hizo Benny Shanon, un psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalén que la tomó más de ciento treinta veces en diez años y entrevistó a 178 personas. En su corpus, los seres que no son humanos ni animales son de cinco tipos: criaturas mitológicas (duendes, hadas, «seres de la ayahuasca», a menudo «juguetones y traviesos, pero a la vez benévolos»); quimeras, sobre todo sirenas; extraterrestres, a veces con sus naves; ángeles y «seres de luz», figuras transparentes «hechas de delicadísimas telarañas blancas»; y seres semidivinos, un hombre barbudo vestido de blanco que «irradia bondad y está lleno de amor» y una figura femenina benévola, que la mayoría de sus informantes identificaban con Jesucristo y la Virgen María. Shanon lo atribuye en parte a que casi todos tomaban en iglesias cristianas, y añade que él también los vio. Y hay una observación suya que no aparece en las encuestas sobre la DMT: los guías, muchas veces, no se ven. «Lo más típico es que los guías no se vean: están detrás de quien toma, lo dirigen, le hacen entender lo que pasa y lo protegen.» Ver a uno de ellos, dice, suele ir unido a recibir conocimiento.
La luz y el miedo
En la encuesta de 2020, casi ocho de cada diez describieron al ser como benévolo, y la emoción más intensa del encuentro fue el amor para el 21 %. El miedo apareció en algún momento en cuatro de cada diez (41 %), pero fue la emoción principal solo en el 7 %. Un 11 % lo describió como malicioso. Los autores advierten de que quienes vivieron experiencias que les trastocaron la vida quizá respondieron menos, así que la encuesta puede quedarse corta en los daños. En los relatos del foro, escritos sin que nadie los pidiera, el encuentro fue negativo en algo más de uno de cada diez (11,4 %), y en casi la mitad de esos casos el ser se describía como amenazante o malvado.
En el estudio de campo, los seres se vivieron como encantadores y acogedores en algo más de la mitad de las sesiones, traviesos en un 14 % y amenazantes en tres de las 36. Dos de esos tres fueron momentos pasajeros de un mismo participante (RH, hombre, entre 55 y 59 años). En su último viaje vio «criaturas oscuras encapuchadas, intimidantes, bastante intimidantes, me asustaban un poco», que acabaron diciéndole algo así como «¡No vayas ahí! ¿Estás seguro?». Los autores dejan abierto si querían protegerlo o burlarse de él. De ese mismo viaje contó también esto: «Nos quieren muchísimo… Simplemente maravilloso, encantados, ¡en casa! Es mi casa».
El miedo no siempre viene del ser: a veces viene de lo que pide. Shanon, el psicólogo de la ayahuasca, cuenta uno de los pocos encuentros narrados en primera persona por un científico. Fue en una sesión en casa. «Había seres allí. No los vi, pero me comunicaba con ellos. Me ofrecieron revelarme los misterios del universo. No había duda: eran benévolos y su oferta era genuina y sincera. Pero había una condición: tenía que pagar un precio. Tenía que renunciar a todo contacto posterior con este mundo.» Pensó en su familia, en su trabajo, en su cordura: «No, no quería perder todo eso». Rechazó la oferta y se obligó a salir del trance. Y escribe: «Después me arrepentí de mi decisión». Un informante suyo muy experimentado le contó una oferta idéntica, de seres «planos» en otra dimensión, a cambio de perder su materialidad; también la rechazó. Lo que Shanon no hace es decir quiénes eran.
La comparación con otra experiencia de presencia ayuda a ver la proporción. En la parálisis del sueño, cuando alguien se queda sin poder moverse al dormirse o al despertar y a veces siente que hay alguien en la habitación, la presencia suele vivirse como amenazante, y el miedo es casi la norma: en un estudio con estudiantes que la habían sufrido, nueve de cada diez sintieron miedo durante la parálisis. Son estudios muy distintos y no se pueden comparar cifra a cifra, pero la diferencia de tono es clara.
«Más real que lo real»
Lo más llamativo de estos encuentros quizá no sea lo que se ve, sino cómo se vive. En la encuesta de 2020, el 81 % dijo que, mientras duró, la experiencia le pareció más real que la conciencia de todos los días, y el 65 % seguía pensándolo cuando respondió. Sobre dónde estaba lo que encontraron, el 49 % dijo que en una dimensión real, pero distinta; el 26 %, que a la vez en esa dimensión y en la realidad física de todos los días, y el 9 %, que completamente dentro de sí. Y el 72 % cree que aquel ser siguió existiendo después.
Esa sensación de realidad es parte de la experiencia, y no hay por qué quitársela. Pero es un dato sobre cómo se vive, no sobre de dónde viene, y no es exclusivo de los enteógenos: según un estudio pequeño de 2013, los recuerdos de las experiencias cercanas a la muerte tienen incluso más detalle que los de hechos reales. De lo que se vive como «más real que lo real» hablaremos en otro texto.
Lo que dejan
La mayoría dice que el encuentro le cambió algo. En la encuesta de 2020, el 80 % dijo que había cambiado su idea de lo que es la realidad; casi nueve de cada diez lo relacionaban con un bienestar mayor (89 %), y ocho de cada diez, con más sentido en su vida (81 %). Los cambios a peor fueron raros, entre el 1 y el 5 %.
¿Vuelven creyentes a los ateos? Según lo que recuerdan, a muchos sí: en esa encuesta, los ateos pasaron del 28 % antes del encuentro al 10 % después, y en otra de 2019 sobre encuentros con «Dios», que pagó sobre todo una organización cuyo responsable firma el artículo, del 21 % al 8 % entre quienes la tuvieron con una sustancia. Pero son recuerdos, contados años después, de personas que se apuntaron porque habían tenido la experiencia. El único estudio que conocemos que lo haya medido antes y después, con 657 personas que iban a tomar psilocibina, no encontró cambios: los ateos eran el 24 % antes y el 25 % dos o tres meses después. Lo pagó una organización privada en la que trabajan dos de sus autores.
Lo que sí parece cambiar es otra cosa. En un estudio de 2021, después de la experiencia la gente se alejaba de la idea de que todo es materia y se acercaba a pensar que la conciencia está en todas partes, y el cambio seguía ahí seis meses después. En otro, de 2022, quienes habían vivido una experiencia que les cambió las creencias decían que, después, atribuían conciencia a las plantas (del 26 % al 61 %) y a los hongos (del 21 % al 56 %); también son recuerdos, de ocho años de media, de personas que se apuntaron precisamente porque sus creencias habían cambiado. Más que una fe nueva, lo que parece dejar es una idea distinta de qué es real y de quién tiene conciencia.
Lo que dicen las tradiciones
Para los pueblos que usan estas plantas desde hace siglos, que haya seres no es una pregunta: es el punto de partida. Pero no dicen todos lo mismo.
Para los curanderos mestizos de la Amazonía peruana, los vegetalistas, las plantas enseñan. Un antropólogo que trabajó con ellos en los años ochenta lo resumió así: la función del maestro «no es enseñar medicina, eso lo hace la propia planta», y los espíritus de las plantas enseñan al aprendiz sus melodías, los ícaros. Según el mismo antropólogo, para ellos el espíritu de una planta puede tomar una forma distinta para cada aprendiz: una hormiga, un gavilán, un viejecito. Para los shipibo, cualquier ser vivo, animal o planta, y hasta ciertos lugares, tiene su espíritu, y los cantos de curación vienen de los espíritus de las plantas. Un curandero lo explicó así a dos investigadores: «durante la sesión soy como la grabadora, son los rao yoshin quienes cantan».
La palabra «madre» tiene su propia historia. Para los shipibo, la «madre» de una planta es su dueño, un ser distinto de su espíritu: según un informante, la madre de una planta medicinal no es un espíritu «porque se ve». En otras partes de la región, la «madre» es el espíritu protector de la planta. La «Madre Ayahuasca» solo femenina y benévola de la que se habla hoy es, según dos antropólogos, una imagen que se ha extendido al occidentalizarse el chamanismo de la ayahuasca y venderse a clientes de fuera, y que poco tiene que ver con la ambigüedad moral del chamanismo amazónico. En Iquitos, según la investigadora que pasó dos años de trabajo de campo con sus curanderos mestizos, la ayahuasca puede manifestarse como hombre o como mujer.
En las iglesias brasileñas, el Santo Daime considera la bebida un ser divino, y en la liana y en la hoja ve dos entidades. En la União do Vegetal, el efecto de la bebida se vive como una fuerza que lleva el espíritu de su fundador, y como un encuentro espiritual con él. Los mazatecos llaman a los hongos niños santos, y María Sabina, la más conocida de sus sabias, contaba que curaba con el lenguaje de esos niños santos, un lenguaje que ningún mortal podía enseñar. Para los wixaritari, los peyotes son el corazón de sus antepasados divinizados, y los peregrinos que van a buscarlos no representan a las deidades, sino que lo son. En el bwiti de Gabón, la iboga es la que «te lo dirá todo». Y para los pueblos de las llanuras de Norteamérica que describió un antropólogo en 1938, el peyote es una persona que habla y canta: los kiowa lo llaman «Mujer Peyote», y entre los shawnee se dice que quien escucha con atención puede aprender sus cantos.
Las tradiciones dan a lo vivido un marco y una función: enseñar, curar, cantar. No son una teoría que se pueda comprobar, no dicen todas lo mismo y tienen su propia historia: hay quien sostiene que el uso de la ayahuasca en el Ucayali tiene probablemente menos de 300 años, y quien cree que esa hipótesis no está bien fundada. Ninguna habla por las demás.
Lo que dice el cerebro
La neurociencia ha mostrado algo importante: el cerebro puede fabricar la sensación de que hay alguien. En 2006, al estimular con electrodos una zona concreta del cerebro de una persona con epilepsia, le pareció que había cerca una «persona sombra» que imitaba su postura. En 2014, un equipo suizo consiguió algo parecido en personas sanas con un robot: si la persona movía un brazo mecánico y otro brazo le tocaba la espalda sin cuadrar con su propio movimiento, aparecía la sensación de que había alguien más cerca.
Esa sensación aparece también sin ninguna sustancia: en la parálisis del sueño, en enfermedades neurológicas y en exploradores polares y montañeros en situaciones extremas, que cuentan que alguien los acompañaba. Tres encuestas publicadas en 2022, a una muestra de población que incluía a personas que oyen voces, a personas con creencias espirituales o espiritistas y a quienes practican deportes de resistencia o actividades en solitario, encontraron en los tres grupos que la presencia era más frecuente en quienes tienden más a lo que los autores llaman alucinaciones, y ellos lo leen como una misma experiencia de fondo.
No todo lo que se ha propuesto ha resistido. El llamado «casco de Dios», que según su inventor provocaba presencias con campos magnéticos, no se replicó: en un ensayo con 89 personas en el que ni ellas ni los investigadores sabían quién recibía el campo, lo que predijo la presencia fueron rasgos de personalidad propios de la gente más sugestionable. Y una idea muy citada, la de que estamos hechos para ver por todas partes a alguien con intenciones y de que de ahí nacen los dioses, ha dado resultados débiles cuando se ha puesto a prueba. En cinco estudios con más de 67.000 personas en total, la capacidad de ponerse en la mente de otros apenas distinguía a creyentes de no creyentes; lo que sí pesaba, y mucho, era haber visto de niño a gente que vivía la fe con convicción.
Sobre lo que hace la DMT, una hipótesis de 2019, pensada para todas estas sustancias, propone que aflojan las expectativas con las que el cerebro interpreta lo que percibe y dejan pasar información, sobre todo de dentro, que normalmente queda frenada. En el escáner, con DMT, las redes del cerebro que suelen trabajar por separado se mezclan.
Todo esto muestra que el cerebro puede producir la sensación de «alguien», aunque nadie ha comprobado que sea eso lo que pasa con la DMT. Y no explica por qué con la DMT ese alguien tiene forma, intención y un mensaje, por qué se repiten ciertos tipos ni por qué se vive como más real que lo real.
Lo que dice la psicología
La psicología ofrece lecturas sugerentes y pocos datos. Hay quien ve en estos seres los arquetipos de Jung, y un equipo propuso en 2025 cómo ponerlo a prueba, pero es todavía una teoría. Desde la psicoterapia se ha propuesto leerlos como aspectos de uno mismo, también los que se viven como malignos o demoníacos, pero es una propuesta teórica, sin datos. Y la idea de que son una proyección de uno mismo no la ha puesto a prueba ningún estudio que hayamos encontrado; un investigador de la parálisis del sueño, que trabaja desde el lado del cerebro, la rechaza para sus presencias: dice que se viven como un «otro» radicalmente distinto de uno mismo y, por eso, como algo más que una mera proyección del yo.
Lo que la psicología explica con más facilidad es que los seres traigan mensajes, tareas o propósitos que tienen sentido en la vida de quien los recibe, aunque nadie ha medido hasta qué punto reflejan sus preocupaciones. Lo que explica peor es que se vivan como otros, con una realidad mayor que la de uno mismo.
Lo que dicen quienes los creen reales
Antes de seguir, una idea que vale en las dos direcciones: que el cerebro pueda fabricar una presencia no demuestra que todas sean fabricadas, y que se vivan como reales no demuestra que lo sean.
Hay investigadores que se toman en serio que estos seres puedan existir fuera de quien los ve. Sus argumentos son, sobre todo, cuatro: que, aunque varían en los detalles, a menudo pertenecen a unos pocos tipos parecidos, también entre personas que no se conocen; que aparecen también en quien, al parecer, no sabía qué esperar; que la DMT los produce con bastante regularidad (en el estudio de campo, en 34 de las 36 sesiones), y que se viven como más reales que la vigilia (el 81 % en la encuesta de 2020). Quien los ha visto suele inclinarse por ahí: como hemos visto, siete de cada diez creen que aquel ser siguió existiendo después.
La explicación del cerebro tiene experimentos detrás, aunque no lo explique todo; esta, por ahora, no tiene un dato que la distinga de aquella. Decirlo no es tomar partido, sino contar dónde está la prueba. Que estos seres transmitan algo que la persona no podía saber no se ha comprobado nunca. Las pocas pruebas de las que hay noticia medían sobre todo si con la sustancia se acierta más al adivinar el futuro, y la única con un resultado positivo, con DMT y al límite de lo significativo, solo consta como comunicación personal en una enciclopedia de parapsicología: no la hemos encontrado publicada en ninguna revista. Uno de estos investigadores presentó en 2019 un proyecto de campo con una veintena de personas con experiencia que exploraba, entre otras cosas, los encuentros con seres, las visiones compartidas y la telepatía, pero no hemos encontrado sus resultados. Las predicciones de la encuesta de 2020 nadie las comprobó. Las formas cambian mucho de una persona a otra, y nadie ha medido hasta qué punto dependen de lo que cada uno esperaba ver. Y la sensación de que alguien está ahí, como hemos visto, se puede provocar.
Lo que se repite sin prueba
- «Todo el mundo ve los mismos seres con la DMT, y eso demuestra que existen.» No ven los mismos: los nombres y las formas están muy repartidos. El psicólogo de la ayahuasca que citábamos más arriba, a partir de sus propias sesiones y de las entrevistas a 178 personas, sí vio motivos que se repetían entre gente de orígenes distintos, como las serpientes, los felinos y los palacios, también en quienes tomaban por primera vez sin saber nada.
- «La glándula pineal produce la DMT que explica estas experiencias.» Sin prueba. Según dos especialistas, no puede fabricarla en una cantidad que importe. En ratas, un estudio de 2019 encontró DMT en el cerebro, también sin la pineal; otro de 2026 no la detectó. En personas, no consta que nadie haya medido cuánta fabrica el cerebro; en el cuerpo solo se han encontrado cantidades mínimas. Lo contamos en la ficha de la DMT.
- «Al morir se libera DMT, y eso explica las experiencias cercanas a la muerte.» Sin prueba. En personas no consta ninguna medición, y en ratas, tras una parada cardiaca, la DMT del cerebro sube, pero la serotonina sube mucho más. Lo que sí se ha visto es que la DMT produce algo parecido: en un estudio de 2018, los trece voluntarios que la recibieron puntuaron en la escala de las experiencias cercanas a la muerte de forma comparable a quienes las habían tenido tras estar a punto de morir, también en el ítem de encontrarse con un ser o una presencia. Pero en el estudio de campo de 2021, al comparar lo que contaban, el parecido resultó superficial.
- «Estos encuentros convierten a los ateos en creyentes.» Discutido: lo dicen los recuerdos de quienes los vivieron; el único estudio que conocemos que midió las creencias antes y después de una experiencia, con psilocibina y sin fijarse en los encuentros, no encontró ese cambio.
Cómo lo cuenta esta web
En el glosario, «presencia» es la sensación de que hay alguien o algo más durante la sesión, y la recogemos «como vivencia real, sin afirmar ni negar que haya alguien». Escribimos «quien lo vive lo describe como…», no «la planta te mostró» ni «el cerebro se lo inventó». Con los mensajes hacemos lo mismo: contamos lo que se vio o se entendió, no de dónde vino.
No es una fórmula nuestra. Shanon, que vio lo que vio y lo escribió como científico, dice lo mismo de lo que le contaron sus informantes: «no pude confirmar ninguna de esas afirmaciones … y prefiero considerarlas relatos de experiencias subjetivas genuinas, no hechos». Y de las predicciones y los mensajes: «todavía no he encontrado pruebas demostrativas de esto».
Qué no sabemos
- Cuánta gente se encuentra con alguien. Las cifras que hay vienen de grupos muy concretos y no se pueden extender a todo el que toma una de estas sustancias.
- Si estos seres pueden transmitir algo que la persona no podía saber. Nadie lo ha comprobado.
- Por qué unas formas se repiten y otras cambian tanto de una persona a otra.
- Si el cerebro humano produce DMT en una cantidad que importe.
- Cuánto duran los cambios de creencias. Casi todo lo que hay son recuerdos de años después.
- De dónde vienen. Sobre su origen no tenemos respuesta, y no vamos a fingir que la tenemos, ni en un sentido ni en otro.
Testimonios
Tu testimonio puede servirle a alguien que está justo donde tú estuviste.
Sin registro. Se publica con la firma que elijas.
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