Con sus palabras · 4
Sonreía, estaba contento
Treinta veteranos de las fuerzas especiales de Estados Unidos, con años de combate y la cabeza castigada por las explosiones, tomaron ibogaína una sola vez. Días después escribieron lo que habían vivido: los compañeros muertos que volvían, una voz que les hacía preguntas, el perdón.
Traducido del artículo «Accelerated recovery using magnesium ibogaine: characterizing the subjective experience of its rapid healing from neuropsychiatric disorders» · npj Mental Health Research, 2026
30Treinta veteranos, de 36 a 58 años. El artículo publica sus palabras sin nombre ni número, y así van aquí.
El estudio, en pocas líneas
Lo hizo un equipo de la Universidad de Stanford con treinta hombres de entre 36 y 58 años, veteranos de las fuerzas especiales de Estados Unidos. De media, cada uno había estado desplegado en combate cinco o seis veces y había sufrido casi cuarenta traumatismos craneales, con enormes diferencias entre unos y otros, la mayoría leves y sobre todo por explosiones. Veintitrés tenían estrés postraumático; quince, depresión; catorce, un trastorno de ansiedad; quince, un problema con el alcohol, y seis, con otras sustancias.
No es un ensayo controlado, sino un estudio observacional. Ellos mismos habían reservado ya un tratamiento con ibogaína en una clínica de México (en Estados Unidos está prohibida), y el equipo de Stanford les hizo pruebas antes y después. La tomaron una sola noche, en varias tomas a lo largo de unas dos horas y en una cantidad ajustada a su peso (a uno le dieron una toma más al día siguiente, porque el efecto no había sido lo bastante intenso). Antes y después les pusieron magnesio por vía intravenosa para proteger el corazón: la ibogaína tiene un riesgo serio para él, que explicamos en su ficha. Pasaron la mayor parte de la experiencia tumbados en colchonetas y con antifaz, en una sala común pero cada uno a lo suyo, con personal médico en la sala (uno por cada dos). Mientras duró, nadie les acompañó en lo psicológico. Después siguieron vigilados durante 72 horas, porque los efectos pueden durar todo ese tiempo.
Son condiciones mucho más cuidadas que las de muchos sitios donde se toma ibogaína. Antes, el estudio principal había descartado a cualquiera con problemas de corazón, y, como cuenta la ficha, hay clínicas que hacen análisis y electrocardiograma y vigilan el corazón durante horas, y otras que no.
Al cuarto día de la estancia, cuando el efecto ya había pasado casi del todo, hubo sesiones con acompañantes, en grupo o individuales, para hablar de lo vivido, además de yoga, masajes, meditación, ejercicios de respiración, reiki y una sauna ritual. Además, una organización de veteranos les puso en contacto con terapeutas, que los prepararon a distancia antes del viaje y los acompañaron después.
Contestaron por escrito, o dictando, a tres preguntas abiertas. La primera, titulada «Experiencias místicas», les pedía que contaran la experiencia desde el principio, incluidos los recuerdos que hubieran vuelto, lo que hubieran visto u oído y los conflictos del pasado sin resolver con los que se hubieran encontrado: qué pasó y, si se resolvieron, cómo. Ya les avisaba de que quizá les costaría ponerlo en palabras. Las otras dos preguntaban si durante la experiencia había cambiado su sentido del tiempo y su sentido de sí mismos. De media contestaron trece días después, aunque hubo quien tardó casi tres meses. Sus respuestas se publicaron sin nombre ni número, y así van aquí.
Antes de leerles, una advertencia. Los autores no recogieron todo lo que contaron, sino lo que tenía que ver con la curación y la transformación, y la primera pregunta ya invitaba a hablar de conflictos del pasado sin resolver y de cómo se resolvieron. Lo que sigue es esa parte. El miedo, los malos ratos o el desgaste físico que suele traer la ibogaína apenas asoman.
- Qué esRespuestas escritas, analizadas una a una (estudio cualitativo y observacional)
- Quiénes30 veteranos de las fuerzas especiales de Estados Unidos con traumatismos craneales
- SustanciaIbogaína, una sola noche, con magnesio
- DóndeUna clínica de México; las pruebas, en Stanford
- Publicado2026, en npj Mental Health Research
- LicenciaCC BY: se puede traducir citando la fuente
Volver a lo que pasó
Uno de los grandes temas es el regreso a recuerdos traumáticos, a veces enterrados durante años. No volvían como los recordaban, sino con una emoción radicalmente distinta, muchas veces de amor, perdón o aceptación, y con una descarga al final.
«Me acordé del artillero de la puerta del helicóptero que derribaron. Cargué con su cuerpo hasta sacarlo. Las manchas estaban en mi uniforme; me ha perseguido todos estos años… Cuando me acordé de buscarlo, apareció. Sonreía, estaba contento. Me liberó; sentí que aquel dolor se iba, y fue inmenso.»
En otra respuesta aparece una escena que se repetía:
«Mi mente me hizo atravesar una escena horrible que se me repetía, la de un niño al que mataban, hasta que fui capaz de rescatarlo.»
Y otro cuenta que salió a la superficie algo que llevaba décadas enterrado:
«Durante mi viaje con la ibogaína pude destapar algo que había enterrado tan hondo que ni décadas de terapia con los mejores terapeutas del mundo lo habrían sacado a la luz… Mi mente lo había borrado todo, salvo un par de recuerdos fugaces, para sobrevivir. Llevaba más de treinta años cargando con ese peso sin saber qué me pasaba, y era la causa de que bebiera en exceso y me refugiara en la comida para sobrellevarlo. Después de la ibogaína, todo el trauma que venía de aquello ha desaparecido. El peso del mundo que llevaba sobre los hombros ya no está. La sensación de tener el corazón aplastado en un torno ha desaparecido. Estoy totalmente en paz en este mundo y por fin puedo dormir bien y despertarme contento y con ganas de empezar el día. ¡La ibogaína me salvó la vida!»
Los que no volvieron
Varios se encontraron con sus muertos, compañeros de equipo o amigos, y uno, con un hombre que había combatido contra él. Una de las citas acaba con las mismas palabras que la del artillero:
«También fue mi padrino de boda. Estaba deprimido, y a veces con ideas de suicidio, desde que éramos jóvenes. Bebía, bebía mucho. Intenté que se viniera a vivir conmigo [dato suprimido]. Estaba demasiado hundido. Pasé mucho tiempo al teléfono con él. Creía que podía salvarlo. No pude. Se suicidó… Siempre se vio venir, pero aun así me golpeó fuerte. Ni siquiera pude decir unas palabras en su funeral; para entonces el dolor no me dejaba hablar. En la visión, sonreía, estaba contento. Me sentí mejor.»
«Me rodeaban mis compañeros de equipo que habían muerto a lo largo de los años. Se agacharon y me levantaron, y pasé un rato abrazándolos, llorando, pidiéndoles perdón, y sentí su amor y su gracia. Algunos me dieron mensajes para que se los llevara a sus familias.»
Y en otra, alguien se encuentra con un hombre que, por lo que le dice, había combatido contra él:
«Subió y se sentó en el montón de piedras. Le dije: “Lo siento”. Él me dijo: “Yo intentaba matarte a ti y a tus hombres; eres un soldado, estabas protegiendo a tus hombres”. Luego desapareció. Me sentí perdonado. Nunca lo habría esperado, ni pensaba que fuera a aparecer. Me sentí muy bien. Sin miedo.»
Una voz en la oscuridad
Muchos vivieron la experiencia como un diálogo con la propia ibogaína, a la que sentían como un guía o un maestro: les daba lecciones, les hacía un repaso moral de lo que habían hecho y les señalaba un camino.
«La voz que me había hablado en la oscuridad volvió a hablar, y me preguntó si entendía las lecciones que me estaban dando.»
«A veces yo le hacía preguntas [a la ibogaína], y a veces ella me enseñaba imágenes para ayudarme a ver la respuesta», se lee en otra respuesta. No siempre era solemne: «Mi subconsciente y yo nos pasamos toda la noche gastándonos bromas. Fue de lo más agradable: es graciosísimo». Y a veces era muy física:
«La medicina “me dijo” que necesitaba sacar el agua [purgar: vomitar] antes de que pudiéramos empezar.»
Mirarse a sí mismos
Otros se miraron a sí mismos: los patrones que les hacían daño, cómo trataban a los suyos.
«Al final me enseñaron a mi familia asustada a mi alrededor. Fue duro de ver, pero necesario para que me diera cuenta de la energía negativa con la que estaba llenando mi casa.»
«Me vi conduciendo un coche al lado de una mujer que iba en otro. Me cerró el paso, y yo, de rabia, se lo cerré a ella. Vi cómo ella se lo cerraba a otras dos personas… hasta que mi único acto de rabia infectó el planeta entero, porque hizo que todo el mundo cometiera actos de rabia contra los demás. Vi cómo el globo se volvía negro con todo ese mal. Estuve un rato pensando en el poder de un solo acto de rabia, y al final me pregunté: ¿y si, en lugar de un acto de rabia, hiciera un acto de bondad? Algo inesperado, que sorprendiera. ¿Podría provocar un efecto dominó, con todo el mundo haciendo actos de bondad? ¿Podría ese único acto tener la fuerza de llenar el mundo de alegría?»
«Pregunté cómo podía ser mejor marido para mi mujer. Tuve una conversación larga y profunda sobre eso con mi conciencia superior. Le dimos vueltas y más vueltas, y al final me di cuenta de que tenía que quererla sin culpa.»
Alguno ensayó allí mismo otra manera de ser:
«Pregunté cómo podía ser mejor padre para mis hijos. Me vi tratando con ellos, frustrándome y saltándoles. Vi lo contraproducente y lo dura que era mi manera de llevar aquello. Vi que lo único que estaban aprendiendo era que yo era un capullo con mala leche. Pensé en lo que había visto, con culpa y con vergüenza. Mi conciencia superior me pidió que repitiera la escena, esta vez estando yo dentro. Esta vez lo llevé respirando hondo, manteniendo la calma y hablando de lo que veía y de por qué me molestaba. Les expliqué a los chicos, con cariño y preocupación, por qué lo que hacían estaba mal. Me aseguré de que lo entendieran sin perder los nervios ni levantar la voz. Después, mi conciencia superior me preguntó cómo me había sentido. Me sentí genial, y chocamos esos cinco.»
Mirarse desde fuera
Muchos describen un estado en el que se veían como desde fuera, testigos de lo que ocurría, incluso de lo más terrible:
«Era más bien como si mi ego estuviera en suspenso, y yo fuera del todo un testigo, sin apego a las escenas que estaba presenciando. Ni siquiera las escenas horribles en las que veía el suicidio de [nombre suprimido de un compañero] parecían afectarme. Era solo un observador desapegado, testigo de la escena.»
«Sentía que era yo, separado de mis pensamientos, de los sonidos o de lo que estaba viendo o viviendo. Era como si fuera una pequeña alma inocente que observaba todas esas cosas que pasaban a mi alrededor… Es difícil de explicar, pero había una separación clara dentro de mí.»
En otros, los límites de lo que sentían como su yo se disolvieron:
«Los límites sólidos de mi sentido del yo quedaron arrasados. Me convertí en parte de todo. Lo que yo era estaba centrado en mi corazón y se proyectaba hacia el universo.»
Otra respuesta usa casi las palabras de la tercera pregunta, que les preguntaba si su yo estaba «detrás de los ojos» o «sin centro», y si había límites sólidos entre ellos y el mundo:
«Mi sentido del yo no estaba solo detrás de mis ojos durante este viaje. Parecía no tener centro, ni ningún lugar concreto. Sentía que no había ninguna barrera sólida entre yo y el mundo de fuera. De verdad sentía que todo era posible.»
Algunos sintieron que partes de sí mismos que estaban divididas, o que rechazaban, se reconciliaban: «Siento que mi consciente y mi subconsciente ahora están alineados». Y hubo encuentros con algo más grande, una presencia divina o una conciencia universal, a menudo con asombro:
«Conocí a Dios y tuve una conversación con él. Le pregunté: “¿Quién eres?”. Dios: “Soy tú”. Le respondí: “Entonces, ¿quién soy yo?”. Dios: “Tú eres yo”.»
«Tuve la sensación abrumadora de que un poder superior, o alguien digno de reverencia, me decía con mucha autoridad algo así como: “Ya has recibido lo que necesitas; deja esto en el pasado y sigue adelante”.»
Y alguno vio el universo entero: «El universo se me apareció bajo el antifaz; podía ver las estrellas y los cielos como si estuviera fuera, mirando al cielo».
Estos estados iban muchas veces unidos a un sentido renovado, a un para qué:
«Se reveló que el propósito era vivir el amor puro, y lo que deberíamos compartir con el resto de los seres vivos de la tierra, en el cielo que se creó para nosotros. Volver a abrazar el amor, y cuál era mi verdadero propósito en la vida.»
Para uno, ese para qué tenía forma concreta:
«Luego cambió a unas escenas en las que yo les hacía terapia a algunos de los jóvenes del equipo. Muestra varias escenas en las que yo soy el terapeuta, hablando con ellos y teniendo un efecto muy positivo. Al principio me dejó un poco alucinado. (…) Me trajo de vuelta escenas de cuando empecé a ir a terapia y de lo frustrado que estaba por [no] poder encontrar a alguien con quien conectar. Mostraba no solo lo que yo influía en esos jóvenes, sino en sus hijos, sus familias y su comunidad. Mostraba una versión de mí todavía mayor disfrutando de verdad con ese trabajo y sacando de él muchísima satisfacción.»
El amor y el perdón
Los desbloqueos emocionales fueron muy frecuentes. Muchos hablan de un amor que volvía de golpe, por la familia, los amigos, su comunidad. Uno habla, además, de lo que la guerra le había quitado:
«Todo el amor. Me di cuenta, en un destello abrumador, de cuánto sentimiento había perdido por la guerra. Otra vez, era tan hermoso que la cabeza se me fue hacia atrás, con la boca abierta, aullando, porque el amor que sentía era tan intenso.»
«Salió todo el dolor. Y entró de golpe el amor por la familia y los amigos. Fue abrumador y duró varios minutos.»
«Me quedé dormido, pero no estaba dormido. Sentía calidez, [muchas] manos cariñosas y susurros de oración y de amor de gente que me apoyaba, de ángeles y de seres queridos que ya no están, entre ellos mi abuela, y sentía que estaba a salvo, seguro. Entonces empezó la magia de verdad.»
Y de compasión y perdón, hacia los demás y hacia sí mismos:
«Descubrí que el odio hacia mí mismo, inmenso y paralizante, y la culpa y la vergüenza que había arrastrado durante tanto tiempo, también se habían transformado en amor y comprensión hacia mí.»
«Me llevaron a mi auditoría, en la que un ángel me hizo repasar toda mi vida y todo lo que me pesaba en el alma… Entendí que no me lo enseñaban para que sintiera vergüenza o culpa, sino para que me perdonara a mí mismo como Dios me había perdonado.»
Lo que les dejó
Muchos notaron en el cuerpo sensaciones que interpretaron como una curación del cerebro:
«Lo que pasaba en mi cerebro era como si todas mis neuronas y sinapsis se estuvieran disparando, recargando y curando.»
«Podía sentir cómo se curaba mi cerebro. Podía sentir esa medicina poderosa haciendo que volviera a estar entero. No era desagradable. Era genial. Calmante. La medicina me nutría el cerebro, y yo notaba sus efectos increíbles mientras pasaba. Podía visualizarlo. Me salía humo, o vapor, por la coronilla.»
Los autores piden leerlo ante todo como una metáfora, la manera en que el cuerpo contaba que algo se estaba recomponiendo, y no como si de verdad sintieran repararse sus neuronas. Aun así, señalan que en las pruebas de Stanford estos mismos hombres mejoraron después en rapidez mental y en la capacidad de planificar y organizarse, y que su discapacidad bajó.
Más allá de la experiencia, hablan de cambios que seguían ahí cuando escribieron: menos ansias, más atención, mejor ánimo, mejor sueño, menos dolor, costumbres que cambiaron.
«Lo que SÍ ha cambiado es que la costumbre de tomar varios litros de café al día, que tenía desde hacía más de veinte años, ha desaparecido… Me tomé una copa de vino y me dio asco cómo me dejaba la cabeza.»
«También me alivió descubrir que la migraña atroz que me acompañaba sin descanso desde [fecha suprimida] había desaparecido del todo, igual que la mayoría de los dolores y molestias a los que me había acostumbrado.»
«Hacía siglos que no dormía así; la ansiedad ha bajado mucho y la rabia no está tan presente», dice otra respuesta. Y otra cuenta cómo volvió el hilo de los pensamientos:
«Antes de la ibogaína, me costaba acceder a los pensamientos y a la información en mitad de una conversación. También se me olvidaban las cosas. Del tipo: ¿a qué venía yo aquí?, etcétera. Ahora mis pensamientos pasan directamente a lo que digo. Es increíble tenerlos fluyendo libremente y poder expresarme tan bien.»
Alguien, ya con algo de distancia, lo resume así:
«Después de dedicar un tiempo a explorar mi nuevo yo y a pensar en el viaje al que me llevó el tratamiento, descubrí que se me habían puesto delante todos y cada uno de los traumas por los que sentía culpa, vergüenza, rencor o dolor, y que se me había permitido mirarme a mí mismo y a los demás desde la perspectiva de Dios.»
El estudio principal con estos treinta hombres, publicado en 2024, midió el resto. Al mes, los síntomas de estrés postraumático, depresión y ansiedad, y su grado de discapacidad, habían bajado de forma muy marcada, aunque sin un grupo con el que comparar. Y según un primer análisis del mismo grupo, presentado en un congreso, cuanto más intensa había sido la experiencia mística, más habían bajado los síntomas de estrés postraumático.
Lo que dicen los autores
Para los autores, lo que cuentan estos hombres se parece a una psicoterapia acelerada y dirigida por ellos mismos, casi siempre en una sola sesión: los recuerdos traumáticos vuelven, se miran desde otro sitio y se integran con amor, perdón y sentido. Lo llaman «autopsicoterapia acelerada», y aclaran que es una forma de describir cómo lo vivieron, no una afirmación de que equivalga a una psicoterapia reglada ni de que sea clínicamente eficaz. Aun así, creen que lo que vivieron puede ser una parte esencial de la mejoría que se midió, y ven en ello un modelo prometedor para tratar el trauma más deprisa. Buena parte del artículo lee estos relatos desde distintas escuelas de psicoterapia, de Freud y Jung a la terapia cognitivo-conductual o la logoterapia de Viktor Frankl.
Relacionan además la experiencia con el sueño. Muchos la describen como soñar despierto, y en los sueños es normal hablar con alguien que parece venir de fuera; en ratas despiertas, la ibogaína produce una actividad cerebral que recuerda a la fase del sueño en la que más se sueña. Eso podría explicar las conversaciones con una voz, con un ángel, con Dios o con los muertos. Y apuntan que la ibogaína funciona de otra manera que los psicodélicos clásicos, como la psilocibina, y que reúne rasgos de varias familias de sustancias: mira hacia dentro como ellos, acerca a los demás como la MDMA y tiene algo de disociativa, como la ketamina.
La pieza 5 de esta serie cuenta un después muy distinto: once personas con una depresión que no cedía, una sola sesión de psilocibina y, en la mayoría, ningún cambio claro.
Si te reconoces en lo que cuentan, el estrés postraumático tiene tratamientos, y hablarlo con un profesional forma parte de la salida. Si estás pensando en la ibogaína, empieza por su ficha: cuenta lo que se sabe de ella, y también su riesgo para el corazón. En el glosario explicamos qué es el estrés postraumático.
- Olash, C., Buchanan, D. M., Brown, R., Faerman, A., Cherian, K., Lin, G., Spiegel, D., Gross, J. J. y Williams, N. (2026). «Accelerated recovery using magnesium ibogaine: characterizing the subjective experience of its rapid healing from neuropsychiatric disorders». npj Mental Health Research, vol. 5, art. 8. Las citas proceden del artículo y de su material complementario.

