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Por qué decimos «enteógeno»


Lo sabido ·
Pon un Dios
· Revisado el 9 de octubre de 2026

Esta web llama «enteógenos» a la ayahuasca, a la psilocibina y a las demás sustancias de sus fichas. La palabra lleva un dios dentro, y aquí no afirmamos ni negamos de dónde viene lo que se vive. Contamos cómo encajan las dos cosas.

«Enteógeno» es la palabra principal de esta web, y está en casi todas sus páginas. No es la más habitual: la investigación dice «psicodélico» o «alucinógeno». La elegimos a sabiendas, y en el glosario reconocemos su «carga teológica». Pero nunca habíamos contado de dónde viene ni qué dice exactamente.

Hay una pregunta incómoda para nosotros. No afirmamos ni negamos el origen de lo que se vive en una experiencia: fue real, te cambió, y de dónde viene no lo sabemos. Y «enteógeno» lleva dentro la palabra griega para «dios». ¿Contradice nuestra propia norma?

Para responder hemos ido a las fuentes: el artículo de 1979 en el que se propuso la palabra, los diccionarios, lo que escribieron sus autores y sus críticos, el origen de los otros nombres, las dos grandes encuestas sobre cómo describe la gente lo que encuentra durante estas experiencias, y cómo llamaban a estas plantas y hongos los pueblos que los usaban siglos antes de que existiera la palabra. Las citas literales van entre comillas. Las que estaban en otro idioma las hemos traducido nosotros.

Ningún nombre es neutro

Antes de 1979 ya había varios nombres para estas sustancias, y cada uno llevaba un juicio.

En 1924, el farmacólogo alemán Louis Lewin las agrupó bajo el nombre de Phantastica: los «agentes de las ilusiones sensoriales», como lo explica Jonathan Ott, de quien hablaremos enseguida. Metía ahí el peyote, pero también el cannabis, la amanita y varias solanáceas. Y, según Ott, Lewin parecía tratar esas ilusiones como irreales.

En los años cincuenta, cuando la psiquiatría se volcó en ellas, el término de uso general era «psicotomimético»: que imita la psicosis. Se usaban para provocar en voluntarios sanos una especie de locura de laboratorio. El psiquiatra Humphry Osmond, que investigaba con ellas, lo usaba, pero no le convencía: «Si imitar la enfermedad mental fuera la principal característica de estos agentes, “psicotomiméticos” sería sin duda un término genérico adecuado. Es cierto que lo hacen, pero hacen mucho más». El químico David Nichols, una de las referencias del campo, recuerda que cuando empezó, en 1969, lo «políticamente correcto» en los círculos científicos era llamarlas solo así.

«Alucinógeno» es de la misma época (la palabra inglesa empezó a imprimirse a principios de los cincuenta), y sigue muy extendido. También juzga, porque da por hecho que lo que se ve es una alucinación: una percepción falsa que se confunde con el mundo. Nichols reconoce que es otro término peyorativo, porque sugiere que lo que hacen es sobre todo provocar alucinaciones, «y eso no es lo que hacen en la mayoría de quienes las toman, a las dosis habituales». Antonio Escohotado ya lo había escrito en 1978, en un texto que publicó mucho después en sus memorias: llamarlas alucinógenos «es impreciso e induce malentendidos, pues la alucinación propiamente dicha conlleva credulidad». Por eso esta web dice de la ayahuasca que es visionaria, sin negar que algunas personas tengan alucinaciones.

«Psicodélico» lo inventó Osmond para salir de ahí. Lo discutió por carta con el escritor Aldous Huxley, que prefería otra palabra inventada, phanerothyme, y en marzo de 1956 se la propuso con una rima: «To make this trivial world sublime, take half a gramme of phanerothyme» («Para hacer sublime este mundo trivial, toma medio gramo de phanerothyme»). Osmond le contestó con otra: «To fathom Hell or soar angelic, just take a pinch of psychedelic» («Para sondear el infierno o volar como un ángel, toma una pizca de psychedelic»). La propuso en su ponencia para una reunión de la Academia de Ciencias de Nueva York, celebrada en abril de 1956; la ponencia se publicó al año siguiente: «Mi elección, porque es clara, eufónica y no está contaminada por otras asociaciones, es psychedelic: que manifiesta la mente».

Lo de «no contaminada» duró poco: pronto fue la palabra de la contracultura de los sesenta, y los propios autores de 1979 reconocían que el mérito de popularizarla era sobre todo de Ralph Metzner y Timothy Leary. En 2016, Nichols escribía que la comunidad científica la había mirado con malos ojos «porque implica que estas sustancias tienen propiedades útiles». Aun así, hoy se disputa con «alucinógeno» el primer puesto en la investigación, y «enteógeno» casi no aparece. En PubMed, la gran base de datos de la investigación médica, psychedelic sale en el título o el resumen de más de cinco mil artículos; hallucinogen, en casi tantos; entheogen, en menos de cien. En castellano, el diccionario de la RAE la recoge como «psicodélico», con la o de «psico-»; la forma más fiel a Osmond, «psiquedélico», no está en el diccionario, pero la usaron en 1999 los traductores de Los enteógenos y la ciencia, el libro de unas jornadas de Barcelona del que volveremos a hablar, y la usan hoy algunos investigadores españoles en sus títulos, como Medicina psiquedélica o Integración psiquedélica.

Cada nombre, por tanto, dice algo de quien lo usa: que lo visto es falso, que se parece a la locura, o que es útil. Ninguno es neutro.

La palabra de 1979

En 1979, cinco autores firmaron en el Journal of Psychedelic Drugs una nota de dos páginas titulada «Entheogens»: Carl Ruck, profesor de griego clásico en la Universidad de Boston; Jeremy Bigwood; Danny Staples; Jonathan Ott; y R. Gordon Wasson, el banquero estadounidense que en 1955 había probado los hongos con la curandera mazateca María Sabina. Un año antes, Wasson y Ruck habían publicado con Albert Hofmann, el químico que descubrió el LSD, El camino a Eleusis.

Sus razones eran las que acabamos de contar. «Alucinar», escriben, significa «ser engañado o albergar ideas falsas», así que la palabra impone «un juicio de valor» sobre lo que se percibe. Y «psicodélico» estaba tan cargado de la cultura pop de los sesenta que resultaba «incongruente» decir que un chamán toma una sustancia psicodélica. Lo que se preguntaban es cómo hablar sin prejuicios de «esos estados trascendentes y beatíficos de comunión con la divinidad que numerosos pueblos creen alcanzar, ellos o sus chamanes». El verbo es «creen». La frase no dice que haya una divinidad: dice que hay pueblos que creen alcanzarla. Y lo que proponían era un término nuevo, apropiado «para describir estados de posesión chamánica y extática» provocados por sustancias que alteran la mente.

Después explican su invento. En griego, éntheos significa literalmente «dios (theos) dentro», y se usaba para describir el estado de quien estaba, según los griegos, inspirado y poseído por el dios que había entrado en su cuerpo. El gran diccionario de griego clásico, el de Liddell, Scott y Jones, lo traduce así: «lleno del dios, inspirado, poseído». Platón escribe en el Ion que el poeta no es capaz de componer hasta que se vuelve éntheos y sale de sí.

La segunda parte de la palabra es la que más se ha malinterpretado. Los autores la explican como la raíz griega gen-, «que denota la acción de “llegar a ser”». No hablan de «generar». No traducen la palabra entera, pero lo que se deduce de su explicación es algo así como llegar a estar lleno del dios. Dicho en nuestros términos: el estado de quien se siente habitado por algo divino.

Y le dan dos sentidos. En el estricto, solo serían enteógenos las sustancias visionarias de las que se pueda demostrar que «han figurado en ritos chamánicos o religiosos». En el amplio, también otras, «tanto naturales como artificiales», que produzcan alteraciones de la conciencia parecidas a las documentadas en esos ritos. Por eso esta web puede llamar enteógeno al LSD, que salió de un laboratorio.

Cómo «llegar a ser» se convirtió en «generar»

El problema empezó con la forma de la palabra. Según el Merriam-Webster, «entheogen» se formó a imitación de hallucinogen. Y en «alucinógeno», como en «patógeno», el final se lee como que produce. Así que muchos han leído «enteógeno» como que produce un dios.

Uno de los propios autores ayudó. En 1996, en la segunda edición de su libro Pharmacotheon, Ott ya explicaba que la palabra venía de un término griego que significaba «realizing the divine within», que puede entenderse como «hacer real» o como «darse cuenta de» lo divino dentro. En castellano, el antropólogo Josep Maria Fericgla, que dirigía en Barcelona unas jornadas anuales sobre estas sustancias, escribió en 1999 que venía a significar «que genera dios dentro de mí», y explicaba gen como «que genera o despierta». En Los enteógenos y la ciencia, el libro de esas jornadas, el psiquiatra Joan Obiols, del Hospital Clínic de Barcelona, la traducía como «dios en mi interior». Y Benny Shanon, el psicólogo que más sesiones de ayahuasca ha estudiado, la glosaba en 2002 como «la que genera el dios dentro», citando el artículo de 1979. La lectura de «generar» no es de los descuidados: la hicieron también los que más sabían.

El diccionario de la RAE la incluye hoy, y es el mejor ejemplo de ese deslizamiento. Explica bien la primera parte («Del gr. ἔνθεος éntheos 'inspirado por un dios'»), pero la segunda la remite al sufijo «‒́geno», el mismo de «patógeno»: la lectura de que produce, no la de llegar a ser. Y la define así: «Dicho de una sustancia: Que produce alucinación y que inicialmente fue utilizada en contextos religiosos y chamánicos, y hoy puede consumirse con otros fines». La palabra que nació para no decir «alucinación» se define en el diccionario a través de ella.

Nuestro glosario decía también «que genera a Dios dentro». Era una lectura muy extendida, y es justo la que afirma una causa: que algo de la sustancia fabrica un dios. Ya lo hemos corregido.

¿Afirma que hay un dios?

Depende de a quién se lea.

Wouter Hanegraaff, historiador del esoterismo en la Universidad de Ámsterdam, la define con cuidado: enteógenos son las sustancias que inducen estados de conciencia en los que «se cree» que quienes las toman están «llenos», «poseídos» o «inspirados» por algún tipo de entidad, presencia o fuerza divina. Y añade: «Aunque los estados alterados en cuestión se inducen farmacológicamente, esas interpretaciones religiosas son, obviamente, productos de la cultura».

En el otro extremo, Hollis Phelps, de la Universidad Mercer, en Estados Unidos, sostiene en un artículo de 2026 que el término y sus usos son «fundamentalmente teológicos», y que el argumento de 1979 es más bien «de valoración», basado en «la supuesta sustancia divina» de estas sustancias. Tiene parte de razón. El propio texto de 1979 recuerda que los griegos usaban éntheos para los ritos en los que se tomaban sustancias «transustanciales con la divinidad», es decir, de la misma sustancia que el dios. Y algunos de quienes más difundieron la palabra sí creían. En Los enteógenos y la ciencia, Ott se quejaba de quienes clasifican «de forma errónea a los enteógenos como drogas en el sentido político y lúdico, como opuestos a lo que verdaderamente son: sacramentos».

En castellano, la crítica que más nos toca es la de Escohotado, que también la usaba, con reservas. En 1982, según contó en sus memorias, al releer un texto suyo de 1978, «el tufillo clerical derivado de llamarlas enteógenos» le hizo cambiar de enfoque. Aun así siguió usándola. En la Historia general de las drogas advertía que «hablar de enteógenos no implica algo semejante a una profesión de fe», y que lo que quería indicar era que «el misticismo guarda cierta relación —en buena medida por desvelar aún— con nuestra sustancia física». Y en el diario de su año en Tailandia, publicado en 2003, la llamó entre paréntesis «un nombre clerical para drogas visionarias». Obiols, el psiquiatra de aquellas jornadas, recordó que «la ciencia puede también argüir» que usar el concepto de dios «en un término que quiere ser científico puede ser inadecuado», dio la polémica por abierta y explicó que, si él seguía diciendo «alucinógenos», era «por razones de convención, no por convicción».

El psicólogo Benny Shanon, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que estudió durante años la experiencia de la ayahuasca, hizo en 2002 el mismo repaso que acabamos de hacer nosotros, y llegó a otra conclusión. De los nombres en uso eligió «psicoactivo», «que es el más neutro». «Psicodélico» le parecía válido por su etimología, pero «demasiado ligado a la cultura New Age». «Alucinógeno» tenía dos problemas: que las alucinaciones «sin duda no son» el único efecto, porque la experiencia «es con mucho demasiado rica y compleja» para reducirla a eso, y que la palabra «a menudo lleva consigo connotaciones despectivas», las de la literatura clínica, donde la alucinación es un fallo del cerebro. «Ese juicio de valor no refleja las actitudes de los usuarios responsables de la ayahuasca, tradicionales y sincréticos por igual: para ellos, la bebida se toma para aumentar la propia sensibilidad, no para disminuirla.» Y «psicotomimético» le parecía «claramente basado en el prejuicio y fenomenológicamente erróneo»: la psicosis «no es voluntaria ni deseada», nadie la disfruta ni la busca, y quien tiene experiencia con la ayahuasca conserva un control considerable sobre lo que le pasa, «un navegante competente, o alguien que baila con la bebida».

Sobre «enteógeno» dice que «hace justicia» al papel de la ayahuasca en las culturas indígenas y a su función religiosa en los grupos modernos, y añade: «Simpatizo mucho con la perspectiva que considera la ayahuasca un sacramento, y la saludo; pero en este libro científico prefiero los términos más neutros». Es el caso que más nos interesa: alguien que entendía la palabra, que la aprobaba, y que no la usó por el tipo de libro que escribía. Lo sagrado, en todo caso, no estaba para él en la sustancia, sino en el uso: «Que sean drogas (cosa que, por desgracia, sin duda se puede conseguir que sean) o sacramentos (que, en mi opinión, es lo que deberían ser) depende de las personas que las usan».

Las dos lecturas tienen su parte de razón. La palabra, tal como se propuso, describe un estado con el vocabulario de quien lo vive, y no afirma que el dios exista. Pero también valora: elige el vocabulario de lo sagrado y descarta el del engaño y la locura. Eso no es neutro, y no vamos a decir que lo es.

Cómo lo describen quienes lo han vivido

Si la palabra describe cómo se vive la experiencia, la pregunta siguiente es si se vive así. Hay dos encuestas grandes sobre lo que la gente dice haber encontrado.

La primera la publicó en 2019 el equipo de Roland Griffiths, en Estados Unidos. Dieron respuestas válidas 4.285 personas que habían tenido lo que el estudio llamaba un «encuentro con Dios»: 809 sin ninguna sustancia y el resto con psilocibina, LSD, ayahuasca o DMT. Un detalle importa mucho: el anuncio buscaba a quien hubiera tenido un encuentro con algo que se pudiera llamar «Dios», «Poder Superior», «Realidad Última» o «un aspecto o emisario de Dios», y luego les pedía elegir entre esas cuatro etiquetas. No mide si la experiencia se vive como divina; reúne a quienes ya la describen así.

Aun con ese punto de partida, los resultados son interesantes:

  • Entre el 68 % y el 81 % de cada grupo dijo que lo que encontró era sagrado.
  • Sin sustancia, la etiqueta más elegida fue «Dios» (41 %). Con sustancia, «Dios» solo lo eligió entre el 16 % y el 21 %, y la más elegida fue «Realidad Última» (del 46 % al 59 %).
  • Entre el 65 % y el 76 % de quienes tomaron una sustancia dijo que lo encontrado existía, al menos en parte, «en otra dimensión o realidad».
  • El grupo de la ayahuasca describió lo encontrado como benévolo, inteligente y consciente más a menudo que los de la psilocibina y el LSD: benévolo, el 85 % frente al 66 %; inteligente, el 91 % frente al 73 %; consciente, el 80 % frente a entre el 62 y el 64 %.
  • Muchos dejaron de definirse como ateos: en el conjunto de quienes tomaron alguna sustancia, del 21 % al 8 %; con la ayahuasca, del 12 % al 3 %. Pero son recuerdos: el único estudio que conocemos que lo haya medido antes y después, en 2024, no encontró ese cambio.

Los autores son claros sobre el alcance: ni los estudios descriptivos de estas experiencias, «por detallados que sean», ni la neurociencia de la religión pueden resolver «de forma definitiva las afirmaciones ontológicas sobre la existencia de Dios». Y reconocen sus límites: todo son recuerdos, contados de media más de diez años después. La encuesta la pagaron sobre todo el Council on Spiritual Practices, cuyo responsable firma el artículo, y el Heffter Research Institute, de cuya junta formaba parte Griffiths.

La segunda encuesta, de 2020 y con varios de los mismos autores, preguntó a 2.561 personas que habían inhalado DMT y se habían encontrado con algo o alguien. Les dio una lista de etiquetas, y las más elegidas fueron «ser» (60 %), «guía» (43 %), «espíritu» (39 %), «alienígena» (39 %) y «ayudante» (34 %). «Dios» no estaba en la lista: los autores lo dejaron fuera porque, por lo que se sabía de estas experiencias con DMT, pensaron que sería raro que alguien lo eligiera, y después calificaron esa decisión de «desafortunada». Sobre dónde existía lo encontrado, el 49 % dijo que en «una dimensión o realidad real pero distinta», y solo el 9 %, que «completamente dentro de mí». La pagó un centro de investigación sobre estas sustancias, financiado por una fundación y por varios donantes particulares.

Hay una crítica que afecta a estos estudios. La idea de experiencia mística que usan viene de la obra del filósofo W. T. Stace, y dos investigadores advirtieron en 2021 que, al medirla con cuestionarios, «invitamos a los participantes a interpretar su experiencia desde el marco del misticismo», con el riesgo de crear «datos sesgados». Quienes les respondieron admitieron que en las culturas indígenas, donde se puede esperar otra cosa (encontrarse con un espíritu dueño, por ejemplo), los participantes quizá «ni siquiera entiendan el concepto de experiencia mística».

Con todo esto se puede decir algo prudente. Muchas de las personas que han tenido estos encuentros los viven como sagrados, y como el encuentro con algo o alguien. «Dios» no es la palabra mayoritaria, y parte del vocabulario religioso lo pone el cuestionario. «Enteógeno» se ajusta a esa experiencia si su theos se lee en sentido amplio (lo divino, una presencia) y no como el Dios de una religión concreta.

Cómo las llaman quienes las usan

Ninguna de las tradiciones que usaban estas plantas y hongos decía «enteógeno». Es una palabra académica de 1979.

El nombre más conocido es teonanácatl, el nombre náhuatl de los hongos. Fray Bernardino de Sahagún lo anotó sin traducirlo. Fue otro fraile, Motolinía, hacia 1541, quien escribió que quería decir «carne de Dios, o del demonio que ellos adoraban», y añadió que «con aquel amargo manjar su cruel Dios los comulgaba». Es la lectura de un fraile, que veía en el hongo una eucaristía del demonio. En los diccionarios del náhuatl, nanácatl es «hongo», y teo- en palabras compuestas puede significar también «fino, elegante, grande». La traducción ya se discutía en 1940. Lo contamos con más detalle en ¿Tomó Jesús algún enteógeno?.

Los nombres mazatecos van por otro camino. Álvaro Estrada, mazateco como María Sabina, recoge cuatro, que llama eufemismos: «niños santos», «pequeño que brota», «santitos» y «cositas». Son nombres de respeto y de cariño a la vez, y María Sabina los usaba sin dejar de hablar de Dios: «Tiempo después supe que los hongos eran como Dios», cuenta en su autobiografía oral, y también: «Ser sabia. Ser hija de los niños santos». El nombre quechua de la ayahuasca une aya, «espíritu, antepasado», y waska, «liana». Y en el pueblo de Taos, en Nuevo México, el peyote se llamaba walena, «el término genérico para “medicina”».

Ese último registro, el del remedio, tiene su propia historia. El investigador Bernd Brabec de Mori recuerda que fueron los occidentales quienes, desde la primera mitad del siglo XX, presentaron la ayahuasca como una «medicina», cuando los pueblos indígenas y mestizos la usaban sobre todo para la adivinación, la brujería y la contrabrujería, la guerra y los rituales religiosos de la comunidad.

Y hay una objeción que va al centro de la palabra. La antropóloga Marlene Dobkin de Rios escribió en 1995 que «enteógeno» pasa por alto que, cuando los pueblos nativos usan estas plantas, lo hacen por lo general buscando «fuerzas exógenas», y no para generar «una fuerza divina» dentro de la persona.

Hay, por tanto, nombres de respeto y de cariño, de lo sagrado y de remedio, y en muchas tradiciones lo que se busca, según Dobkin de Rios, está fuera. La palabra de 1979 se quedó con lo sagrado, y lo puso dentro.

Por qué la usamos

Después de todo esto, seguimos diciendo «enteógeno». Por tres razones:

  • Porque nombra cómo se vive, no de dónde viene. Sus autores la propusieron «para describir» estados, con el vocabulario de quien los vive. Y es así como cuentan su experiencia muchas de las personas que han tenido un encuentro: algo sagrado, una presencia.
  • Porque las alternativas también juzgan, y juzgan de antemano lo que nosotros no juzgamos. «Alucinógeno» da por hecho que lo visto es falso, y «psicotomimético», que se parece a la locura. En Lo que defendemos decimos que lo vivido merece respeto aunque no sepamos de dónde viene. Un nombre que lo declara falso de antemano no encaja con eso.
  • Y porque su sentido amplio cubre todas las sustancias de nuestras fichas, también las que salieron de un laboratorio.

También hay cosas que no hacemos. No decimos que la palabra signifique «que genera a Dios». No decimos que estas sustancias sean sagradas en sí mismas; Shanon, por ejemplo, pensaba que eso depende de quien las usa. Y no las llamamos «medicina» en nuestra voz.

La palabra tiene además un coste, que pagamos a sabiendas. Es minoritaria: en PubMed sale en 87 artículos, frente a más de cinco mil de «psicodélico» y casi tantos de «alucinógeno». A quien llega desde la ciencia puede sonarle, antes de leer una línea, a web de creyentes. Shanon es el ejemplo: simpatizaba con ella y no la usó. Y fuera de la academia la usan también quienes anuncian retiros, lo que le añade una connotación que sus autores no le pusieron. Por eso, cuando contamos lo que dice la investigación, usamos «psicodélico», que es su palabra; las fichas llevan el nombre de cada sustancia, que es lo que la gente busca; y este artículo explica por qué decimos lo que decimos.

La crítica de Phelps es justa: la palabra valora. Pero también valoran «alucinógeno» y «psicotomimético», solo que lo hacen declarando falso o enfermo lo que alguien ha vivido. Elegimos la carga que podemos defender, y decimos cuál es.

Qué no sabemos

  • Qué querían decir con teonanácatl quienes lo dijeron. Lo que tenemos es lo que anotaron los frailes, y la traducción se discute desde hace casi un siglo.
  • Si quienes viven estas experiencias dirían «Dios» si se les preguntara sin darles opciones. La encuesta de 2019 reunió a personas que ya hablaban de un encuentro con algo que podía llamarse Dios, y la de 2020 no ofrecía esa palabra. No hemos encontrado ninguna encuesta amplia que lo pregunte sin dar opciones. En entrevistas abiertas, como las que recogemos en Con sus palabras, hay quien habla de Dios y quien habla de una «abuela», pero son pocas personas y no permiten contar.
  • Si la experiencia cambia de verdad según la sustancia. Las diferencias entre la ayahuasca y la psilocibina salen de recuerdos de hace años, de personas que se apuntaron por su cuenta. En el laboratorio, las comparaciones directas que se han hecho (el LSD con la psilocibina y, en otro ensayo, los dos con la mescalina) encontraron efectos muy parecidos a cantidades equivalentes. Los dos ensayos, del mismo equipo de Basilea, los pagó sobre todo el Fondo Nacional Suizo para la Ciencia; el segundo, también el Hospital Universitario de Basilea y una empresa farmacéutica, Mind Medicine (hoy Definium Therapeutics).
  • De dónde viene lo que se vive. La palabra que usamos nombra cómo se vive, pero no lo explica. Sobre su origen no tenemos respuesta, y no vamos a fingir que la tenemos, ni en un sentido ni en otro.

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Fuentes:
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