¿Hay que tomarla para entenderla?
Pon un Dios
· Revisado el 30 de octubre de 2026

Hay una frase que se repite en casi todos los relatos de ayahuasca, con las mismas palabras o parecidas: «no se puede explicar». Quien la dice no suele ser alguien a quien le falten palabras. Y quien la escucha desde fuera tiene derecho a sospechar que esa frase cierra la puerta justo donde empezaría la conversación. Este artículo toma en serio a los dos. Mira qué llevan diciendo sobre lo inefable, desde hace más de un siglo, las pocas personas que lo han estudiado habiéndolo vivido; qué tiene que decir la filosofía; qué está discutiendo ahora mismo la ciencia sobre si hace falta vivir la experiencia para que estas sustancias curen; y qué puede entender, de verdad, quien no la ha tomado. Esta web cree que la experiencia solo se conoce entera desde dentro. Precisamente por eso no va a decir que desde fuera no se entienda nada.
El autor de esta web tomó ayahuasca por primera vez a los cuarenta y nueve años, en el salón de su casa, con su pareja trabajando a unos metros. Cuando pudo levantarse del colchón, subió a lavarse la cara, bajó despacio «como si todavía estuviera flotando», y se sentó con ella en la mesa de la cocina. Ella no preguntó. Él empezó a contar por lo más evidente, que era el llanto que había intentado esconderle retorciéndose en el colchón y cubriéndose el rostro con una manta, y siguió por las visiones, las «voces», los mensajes, las resistencias. Enseguida se dio cuenta de que las palabras no daban. Lo ha escrito después con una imagen que vale para todo este artículo: era «como intentar describir el mar enseñando un vaso de agua». Lo que acababa de vivir había sido, y sigue siendo cinco años después, lo más intenso que le ha pasado, por encima del nacimiento de sus hijos y de la muerte de su padre. Y no encontraba manera de decirlo sin sonar como alguien «colocado».
Esa escena, con variantes, está en miles de relatos: una persona que vuelve y no consigue contarlo, y otra que escucha y no sabe qué hacer con lo que oye. De ahí sale la pregunta del título, y cada uno de los dos la hace a su manera. Quien ha tomado ayahuasca no la plantea como pregunta, sino como afirmación: «hay que haber estado». Quien no la ha tomado la plantea como sospecha: ¿de verdad no se puede explicar, o es que no queréis que se os discuta? Este artículo empieza por lo que se viene diciendo desde hace casi dos milenios y medio, sigue con lo que se discute hoy, y termina en lo que esta web puede ofrecer a quien lee desde fuera.
Veinticuatro siglos diciendo lo mismo
La imagen más antigua de este problema tiene veinticuatro siglos. En la caverna de Platón, uno de los prisioneros es liberado, sale a la luz, y cuando vuelve para contar lo que ha visto, los demás creen que ha regresado con los ojos estropeados; si intentara desatarlos, dice Platón, lo matarían. Y añade algo que suele olvidarse: el que vuelve tropieza en la oscuridad, ve peor que antes durante un tiempo, y el que sale no lo ve todo de golpe, sino que tiene que acostumbrarse primero a las sombras, luego a los reflejos en el agua, luego a las cosas y al final, al sol. Platón creía que lo de fuera era la realidad y lo de dentro la ilusión. Esta web no sabe si eso es así, y no lo va a fingir. Lo que sí sabe es que el que ha salido no puede volver a mirar las sombras como antes, y que eso, al menos, no es una ilusión.
En 1902 William James, el psicólogo que más hizo por que la experiencia religiosa pudiera estudiarse sin burlarse de ella ni creérsela entera, dio cuatro marcas para reconocer un estado místico. La primera era la inefabilidad: «El sujeto dice inmediatamente que desafía toda expresión, que no puede darse en palabras un informe adecuado de su contenido. De ahí se sigue que su cualidad tiene que experimentarse directamente; no puede impartirse ni transferirse a otros». Y a continuación puso la comparación que, sin saberlo unos de otros, iban a repetir casi todos los que vinieron detrás: «Hay que tener oído musical para conocer el valor de una sinfonía; hay que haber estado uno mismo enamorado para entender el estado de ánimo de un enamorado. Si nos falta el corazón o el oído, no podemos juzgar con justicia al músico ni al enamorado, y es probable incluso que los tomemos por débiles de mente o absurdos».
La segunda marca de James importa tanto como la primera y se cita mucho menos. La llamó cualidad noética: estos estados no son solo sentimientos, «son también estados de conocimiento», y «por regla general traen consigo un curioso sentido de autoridad para el tiempo que viene después». Es decir: quien vuelve no dice solo «no te lo puedo explicar». Dice «he comprendido algo», y lo sigue sosteniendo meses después. Las dos cosas juntas son lo que irrita al que escucha: un conocimiento que no se puede transmitir. James lo sabía, y por eso añadió que la inefabilidad acerca estos estados «más a los estados de sentimiento que a los de intelecto». Un sentimiento no se demuestra; se tiene. Y, sin embargo, nadie diría que quien ha estado enamorado no sabe nada más que quien no lo ha estado.
Casi noventa años después, en México, el neurofisiólogo Jacobo Grinberg, que había pasado de medir ondas cerebrales a estudiar a chamanes y curanderas, escribió en La teoría sintérgica (1991) una frase que James habría firmado: «Las diferentes cualidades de la conciencia son conocidas únicamente por experiencia directa». Intentar explicarlas por sus componentes, decía, «está de antemano destinado al mismo fracaso y frustración que el que resulta de la pretensión de explicarle a un ciego lo que es la luz o un sonido a un sordo de nacimiento». Grinberg no hablaba de ayahuasca en ese pasaje, sino de la conciencia en general: del hecho de que ni la visión ni el oído se explican a quien no los tiene, y de que lo mismo pasa con los estados que la mayoría no ha visitado.
Y en 2002 Benny Shanon, psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, publicó en Oxford University Press el libro que más veces aparece en esta web, Las antípodas de la mente, después de más de ciento treinta sesiones de ayahuasca en Brasil, Perú, Colombia, Ecuador y en privado. Su argumento está en la página 32 y vuelve a la música: «Mi firme convicción es que no hay alternativa a estudiar la fenomenología desde dentro. Las experiencias que la ayahuasca induce son extraordinarias en el sentido pleno del término, y muchas son inefables. No hay manera de apreciar de verdad lo que son sin experimentarlas de primera mano. Al fin y al cabo, ¿se atrevería alguien a estudiar la música sin experimentar realmente cómo suena la música?».
Tres personas, tres disciplinas, tres décadas distintas, la misma imagen: la música, la luz, el oído. No es casualidad y no es pereza. Es que todos ellos buscaban lo mismo: un ejemplo de conocimiento que todo el mundo acepta como real y que nadie puede pasar a otro con palabras. Y los tres tenían algo más en común que conviene decir antes de seguir: habían estado dentro. James experimentó con óxido nitroso y salió escribiendo que «nuestra conciencia normal de vigilia no es más que un tipo especial de conciencia, mientras que a su alrededor, separadas de ella por la más fina de las pantallas, hay formas potenciales de conciencia enteramente distintas». Grinberg se formó con curanderos y lo cuenta en sus libros. Shanon bebió más de cien veces. Quien sostiene que hay que haber estado, casi siempre ha estado. Eso no le da la razón; pero explica por qué el argumento no es un dogma, sino algo que les pasó.
Lo que dice la filosofía, sin plantas de por medio
Hay una manera de plantear esta pregunta que no necesita ayahuasca ni misticismo, y que la filosofía lleva cincuenta años discutiendo. Sirve para que el lector escéptico vea que la tesis de este artículo no es una excusa de quien no quiere que le discutan.
En 1974 Thomas Nagel publicó «¿Qué se siente al ser un murciélago?». Su argumento: podemos saber todo lo que la biología sabe sobre un murciélago, cómo emite ultrasonidos, cómo su cerebro procesa los ecos, qué neuronas se activan, y seguiremos sin saber qué se siente al percibir el mundo así, porque la única manera de saberlo sería ser un murciélago, y no lo somos. Nagel no decía que la ciencia esté equivocada. Decía que hay un tipo de hecho, cómo es una experiencia para quien la tiene, al que la descripción desde fuera no llega, por completa que sea.
Ocho años después, Frank Jackson lo afiló con un experimento mental que se ha hecho famoso. Mary es una científica que lo sabe todo sobre el color: la física de la luz, la fisiología de la retina, qué ocurre en el cerebro cuando alguien ve un tomate. Pero ha vivido toda su vida en una habitación en blanco y negro. Un día sale y ve por primera vez algo rojo. La pregunta es: ¿aprende algo nuevo? Casi todo el mundo responde que sí. Y si aprende algo nuevo, entonces había algo que no estaba en toda la física y toda la fisiología juntas: cómo es ver el rojo.
Traducido a lo que nos ocupa: alguien puede leerse todos los estudios sobre la DMT y los receptores de serotonina, todas las fichas de esta web y todos los testimonios de la sección correspondiente, y seguir siendo Mary antes de salir de la habitación. Esa es la parte de razón que tiene quien dice «hay que haber estado». Y hay que decir también, por honestidad, lo que suele omitirse cuando se cita a Mary: lo que ella aprende al salir es cómo se ve el rojo, no un hecho nuevo sobre los tomates. El propio Jackson cambió de opinión años después sobre lo que su experimento demostraba, y hoy piensa que Mary no descubre nada que la física no contuviera, aunque lo descubra de otra manera. Para este artículo, la discusión filosófica no hace falta zanjarla; basta con lo que las dos posturas comparten: que hay una diferencia real entre saberlo todo sobre una experiencia y haberla tenido, aunque discutan en qué consiste esa diferencia.
Esa distinción es la que esta web intenta mantener en todo lo que publica. Que quien ha tomado ayahuasca sepa algo que no sabía no significa que sepa algo sobre el mundo que el resto ignora. Significa que sabe cómo es. Es menos de lo que algunos quieren y más de lo que otros conceden.
Lo que añade quien la estudió durante diez años
Shanon es el único de los tres que escribió un libro entero sobre el problema y lo hizo con método, así que merece una sección propia, porque su argumento tiene dos mitades que casi siempre se citan por separado.
La primera mitad es la fuerte. Cuando empezó a leer la literatura científica sobre la ayahuasca, le sorprendió descubrir «que, en la mayoría de los casos, la información que los científicos tienen sobre la fenomenología experiencial de la ayahuasca es de segunda mano. Incluso cuando toman el brebaje, los científicos suelen hacerlo con bastante cautela y como algo periférico a lo que consideran su principal objeto de investigación». Señala con nombre a quien considera el antropólogo más importante que la ha estudiado, Gerardo Reichel-Dolmatoff, que la tomó «solo un par de veces». Y da la medida de cuánto hace falta: «para apreciar lo que es la música clásica no basta con ir a un par de conciertos o escuchar una docena de discos». En una nota añadida al revisar el libro, casi diez años después de escribirlo, lo dice más seco: «la ayahuasca es una escuela, no un asunto de una sola vez. Es sencillamente imposible adquirir una apreciación seria de la experiencia con la ayahuasca y comprenderla habiendo tomado el brebaje solo un puñado de veces».
Hay un pasaje de Shanon que explica mejor que el de la música en qué consiste la diferencia, porque muestra que no es una diferencia de cantidad de información, sino de clase. En una sesión del Santo Daime, una mujer, según lo vivieron todos los presentes, pierde el alma y la recupera, y él y los demás «lo vieron ocurrir». Cuando se lo cuenta a amigos que nunca han tomado, le preguntan qué vio en realidad. «No, no vi nada blanco saliendo de la garganta de la mujer, ni vi ningún fantasma ni espíritu. Perceptivamente, solo estaba la mujer delante de mí. Pero el drama era evidente, y yo, junto con los demás participantes en la sesión, lo vi ocurrir. Lo vi con mis ojos interpretativos». El que escucha pregunta por la imagen; el que estuvo responde con una evidencia que no era una imagen. Hablan de dos cosas distintas, y los dos tienen razón en lo suyo.
La segunda mitad del argumento de Shanon es la que sus lectores más entusiastas olvidan, y sin ella la primera se convierte en lo que el escéptico teme. Está en las páginas 39 y 40: «Muchos han sostenido que las experiencias que suelen llamarse de estados alterados de conciencia son inefables y que no hay nada objetivo que pueda decirse de ellas. Todo este proyecto de investigación subraya un desacuerdo definido con esa afirmación categórica. De hecho, hay mucho que puede decirse sobre estas experiencias no ordinarias». Admite que «hay facetas de la experiencia con la ayahuasca que el discurso objetivo puede no captar ni transmitir; quizá esas facetas sean incluso las más importantes». Pero «nada de esto implica que no pueda decirse nada en absoluto». Y escribió cuatrocientas páginas para demostrarlo: catálogos de lo que se ve, en qué orden, con qué frecuencia, qué cambia con la experiencia, qué se repite entre culturas que no se conocen.
Las dos mitades caben juntas, y la fórmula es esta: hay que haber estado para saber qué describir, y hay que seguir pensando para describirlo. Shanon lo resume en lo que llama una regla de oro. Por un lado, «hay que guardarse de la mistificación de la experiencia con la ayahuasca», y recuerda lo que un chamán kamsá le dijo al antropólogo Michael Taussig: «La ayahuasca es la peor de las mentirosas». Por otro, hay que mantener siempre «el sobrecogimiento y la humildad que nosotros —tanto como seres humanos como en cuanto científicos— debemos tener ante los misterios que la mente y la naturaleza nos presentan». Quien solo se queda con la primera mitad acaba en la condescendencia; quien solo se queda con la segunda, en el culto.
El autor de esta web ha contado algo que encaja aquí y que vale la pena recoger con sus palabras, porque describe cómo llega lo que después no se puede contar. En sus sesiones, lo que él llama los mensajes de la ayahuasca se presentaban como iconos sin explicación, frases metafóricas sin contexto o palabras sueltas, «y todo eso era suficiente para comprender, en toda su extensión, tanto el propósito del mensaje como su significado pleno». Lo describe así: «cada palabra o icono o frase era como un archivo comprimido, que al recibirlo se descomprimía en mi cerebro y, en ese momento, obtenía toda la información en su máxima extensión». Un icono que, para exponerlo por escrito, «precisaría de varios cuadernos». Si eso es lo que ocurre, se entiende mejor el problema del que vuelve: no es que le falten palabras para una imagen; es que tiene que descomprimir a mano, durante meses, lo que recibió entero en un segundo. Y se entiende también por qué distingue entre comprender, que para él fue inmediato, e integrar, que le llevó meses: «Pero el mensaje llega. Y llega con todo».
Lo que no se cuenta aunque se pueda
Hay otra razón por la que lo vivido no llega entero al que escucha, y no tiene que ver con los límites del lenguaje. Tiene que ver con que quien lo vivió decide no contarlo todo. Esto se dice poco, porque suena a secretismo, y conviene decirlo claro.
Shanon cierra su libro con un epílogo en el que admite que ha evitado deliberadamente «muchos aspectos y temas que se extienden más allá del ámbito de lo psicológico y lo científico. Algunos implican cuestiones metafísicas, algunos tienen que ver con cuestiones religiosas y espirituales, algunos son muy privados». Y añade algo que, viniendo de quien acaba de escribir cuatrocientas páginas, es una confesión: «En un sentido profundo, los temas no tratados en los capítulos de este libro pueden ser con mucho más importantes y significativos que los que sí lo están». Algunos de esos capítulos, dice, han encontrado ya su articulación «en conversaciones privadas, así como en el canto, en la oración y en el silencio». Cuando en el capítulo 16 llega al séptimo rasgo de la experiencia mística, la inefabilidad, escribe una sola frase: «Entiendo que lo más apropiado es no decir nada más aquí».
El autor de esta web describe algo parecido desde el otro lado de la mesa, y con menos filtro. Aquella tarde en la cocina intentó contarle a su pareja ciertas cosas «y finalmente tuvimos que dejarlo estar». Sentía una presión «que parece llegar desde fuera», en forma de algo parecido a la culpa y de no poder verbalizarlo; ella, sin haber tomado nada, «sencillamente perdía las fuerzas para poder escucharlo, inundándose de un repentino sueño». Semanas después volvió a intentarlo, pasó lo mismo, y no lo intentó más. Él mismo pone la advertencia que hace falta: «solo digo lo que siento y como lo siento, aunque pueda parecer un poco loco». Esta web no sabe qué es esa presión ni de dónde viene, y no lo va a adornar. Lo recoge porque se repite en los relatos de gente que no se conoce entre sí, y porque explica una parte de lo que el que escucha percibe como evasiva. A veces no es que no sepan contarlo. Es que han decidido, o algo ha decidido por ellos, hasta dónde.
Hay una tercera razón, más humilde, y es que quien escucha, por bien que escuche, no tiene dónde colocar lo que oye. El autor de esta web lo intentó con un padre del colegio de sus hijos que es psiquiatra, aprovechando los cumpleaños de los niños. No sabía qué era la DMT; sí mencionó la esketamina, que viene de la ketamina, y los avances que se estaban haciendo con ella. Lo intentó con otros dos padres. Mostraron curiosidad, pero «tomaban el tema con pinzas y recelo», y cuando contó el desdoblamiento entre el que vive y el que observa, o esa sensación de un «algo» superior que observaba la escena «impasible e imparcial», sus caras eran «una mezcla entre incredulidad y deseo porque eso pudiera ser cierto». Y siempre, dicho con todas las palabras, cierto rechazo a lo que implica depender de algo que ellos, «sin pudor ni duda», consideraban «droga». No hay villanos en esa escena. Hay un hombre con un vaso de agua y tres personas que no han visto el mar. Es la escena normal, y es de la que parte cualquier conversación honesta sobre esto.
Y si tomarla tampoco bastara
Hasta aquí, el lado del que ha estado. Ahora el otro lado, que no es el del escéptico, sino el que descubre quien sigue tomando, y que es menos cómodo para quien la defiende: tomarla no garantiza entenderla.
Shanon es, otra vez, el primero en decirlo contra sí mismo. Su primera sesión, en una colonia del Santo Daime en la Amazonia brasileña, fue notable, «pero no me cambió como persona. Mi visión del mundo no se había alterado». Fue la siguiente la que lo hizo. Y advierte de un sesgo que casi nadie tiene en cuenta: muchas de las afirmaciones que circulan sobre la ayahuasca «se basan en relatos de personas con una experiencia elemental o moderada», y eso es «un sesgo sistémico que conviene tener presente». No basta con haberla tomado: haberla tomado poco produce su propia clase de error, que es creer que lo que uno vio es lo que hay.
Lo que Shanon descubrió con los años es que la ayahuasca se comporta como una escuela, y en una escuela se aprende por cursos, no por asistir un día. «No había profesores, ni libros de texto, ni instrucciones; y sin embargo había, sin duda, una estructura y un orden. El maestro era el brebaje». Y «había grados. Cada serie de sesiones se centraba en un tema o un problema. A veces solo me daba cuenta de cuál era el tema en retrospectiva». En otro lugar enumera los suyos: una exposición de lo que el brebaje podía mostrar; después la disciplina, «aprender a manejar la embriaguez de la ayahuasca y a hacerme responsable de mi propia contribución»; después la curación y la enfermedad; después lo sagrado. Y una lección que se da muy tarde: «Recuerdo la primera vez que decliné una invitación a una sesión […]. En ese momento, lo supe, avancé un grado más en mi escuela de ayahuasca».
La experiencia del autor de esta web coincide con esto en un punto que no esperaba. En su primera toma recibió, entre otras cosas, el mensaje de que debía hacer tres en total, espaciadas en meses, y que cada una le desvelaría uno de tres asuntos que él llama, entre comillas y como alegoría, «demonios internos». La primera le mostró la religión de su infancia; la segunda, el concepto que tenía de su propio cuerpo; la tercera, una soledad que no era impuesta sino buscada. Un tema por toma, y un orden que solo se entendía al mirar atrás. No lo había leído en Shanon cuando le ocurrió. Esta web no saca de ahí ninguna conclusión sobre quién pone el orden; constata que dos personas que no se conocen, en continentes distintos, lo describen igual.
Pero la escuela no se mide por lo que uno ve, sino por lo que hace después. En esto coinciden todos los que han estado mucho tiempo, y es la razón de que este artículo no pueda terminar en «hay que haber estado». Una amiga le dijo a Shanon, «basándose en sus propias experiencias», que «con la ayahuasca no hay manera de hacer trampa». Un brasileño del Santo Daime, con décadas de sesiones, le explicó por qué seguía bebiendo con una frase que vale para todo este asunto: «te ves forzado a comprender que el amor es el único camino. Por supuesto, todo el mundo puede decir esta frase y todo el mundo puede suscribirla. Es obvio. Pero es algo muy distinto decir esta frase y comprender de verdad». Shanon recuerda que en la tradición esotérica judía «una experiencia mística ha de juzgarse no sólo por hasta dónde ha sido uno capaz de adentrarse en ella, sino también por cuán bien ha conseguido salir de ella y volver a su vida normal».
El autor de esta web lo ha escrito de un modo menos elegante y más útil: si lo visto no cambia la forma en que uno habla, escucha y trata a quien tiene al lado, «se queda en batallita». Y ha contado un aprendizaje que no vino de ninguna visión. En todas sus tomas, ocho hasta hoy, hay una fase en la que llega un frío que baja de la piel a los músculos y de los músculos a los huesos, y en todas le ha acobardado. En la primera pensó, con el cuerpo y no con la cabeza, que así debía de sentirse morir. En una posterior el frío llegó más lejos, y entonces sí creyó, con una convicción que le costó mantener a raya, que se estaba muriendo allí mismo. Las dos veces el frío se detuvo y remitió muy despacio. Lo que quedó no fue una imagen sino una comprensión: «todo puede acabar en cualquier momento», «la vida es solo el momento preciso del instante», y en su dimensión más concreta «es casi nada, es un segundo». Eso no se puede transmitir. Pero lo que uno hace con eso al día siguiente, sí se ve, y lo ven los demás.
Por eso su postura ha cambiado en estos cinco años, y lo dice con una franqueza que esta web comparte: «Antes pensaba que todo el mundo debería tomar ayahuasca, sin ninguna excepción, y yo hubiera intentado convencer a todo el mundo». Hoy sabe «que no todo el mundo podría soportarlo», que cada uno tiene sus ritmos, «y que la ayahuasca solo puede estar cuando todo sea propicio para ello. Y si no lo es nunca, no debería ser un asunto mío jamás». Hay que haber estado para entenderla; pero de ahí no se sigue que haya que ir.
Lo que la ciencia discute ahora mismo
Hay una versión moderna de esta pregunta que se está discutiendo en las revistas científicas, con otra formulación: ¿hace falta la experiencia para que estas sustancias hagan lo que hacen? No es exactamente nuestra pregunta, pero la toca por debajo, y conviene saber en qué estado está.
En 2021 la revista ACS Pharmacology & Translational Science publicó dos artículos enfrentados en el mismo número. David Yaden y Roland Griffiths, de la Universidad Johns Hopkins, defendían que los efectos subjetivos de los psicodélicos clásicos «son necesarios para sus efectos terapéuticos duraderos»: en los ensayos con psilocibina, la intensidad de la experiencia de tipo místico predecía la mejoría meses después, y lo hacía incluso descontando la intensidad general del efecto. Un estudio de 2018 del Imperial College de Londres había encontrado lo mismo en depresión resistente: la calidad de la experiencia aguda, medida con cuestionarios al día siguiente, predecía la respuesta a las cinco semanas. David Olson, de la Universidad de California en Davis, sostenía lo contrario: que los efectos subjetivos «pueden no ser necesarios», que en roedores se observan cambios de plasticidad neuronal sin que nadie pueda preguntarles qué sintieron, y que debería ser posible diseñar moléculas que hagan lo que hace la psilocibina en el cerebro sin que la persona viva nada.
Yaden y Griffiths propusieron la prueba definitiva: dar un psicodélico a alguien bajo anestesia profunda, que no recuerde nada, y ver si el beneficio aparece igual. Esa prueba no se ha hecho con un psicodélico clásico, pero sí con ketamina. En 2023 un equipo de Stanford dio ketamina o placebo a cuarenta personas con depresión durante una operación quirúrgica, bajo anestesia general, de modo que nadie supo qué había recibido. Los dos grupos mejoraron mucho y por igual. Los autores escribieron que el resultado planteaba más preguntas de las que resolvía: o bien la expectativa de haber recibido ketamina explica buena parte de su efecto, o bien, al suprimir la experiencia, se suprimió lo que lo producía. Las dos lecturas son compatibles con el resultado, y la ketamina no es un enteógeno clásico. Pero es el dato más cercano que existe a la pregunta de Mary hecha en un quirófano.
Lo que esta discusión tiene que ver con la nuestra es esto. Si Olson acabara teniendo razón y una molécula sin experiencia aliviara una depresión igual que la psilocibina, la psiquiatría habría ganado algo y la pregunta de este artículo seguiría intacta, porque nadie diría que quien tomó esa pastilla «entiende» nada de lo que entiende quien vivió la experiencia. Y si Yaden y Griffiths tienen razón, la experiencia no es un adorno de un efecto químico: es el efecto. Lo que se transforma en una persona pasa por lo que vive, y lo que vive no se puede recetar sin que lo viva. En cualquiera de los dos casos, lo que esta web defiende sale igual: la experiencia es el asunto, no el envoltorio.
Quienes la estudian, ¿la han tomado?
La pregunta del título tiene una versión profesional incómoda: ¿puede investigar esto, o acompañar a quien lo vive, alguien que no lo ha vivido?
En el Viernes Santo de 1962, en la capilla Marsh de la Universidad de Boston, Walter Pahnke dio psilocibina o placebo a veinte estudiantes de teología durante un oficio religioso, en el experimento más citado de la historia sobre experiencia mística inducida. Pahnke, médico y teólogo, se abstuvo «de tener ninguna experiencia personal con ninguna droga psicodélica hasta después del experimento», para conservar la objetividad, aunque Timothy Leary, que dirigía el proyecto, era partidario de que los investigadores la conocieran por dentro. Fue la decisión correcta según los cánones de su época y hoy nadie se la reprocharía. También es, según el criterio de Shanon, la de alguien estudiando música sin oírla. Las dos cosas son verdad a la vez, y ahí está el problema entero.
Nielson y Guss revisaron en 2018 cómo se ha tratado esta cuestión y encontraron que en los años cincuenta y sesenta muchos investigadores y clínicos habían tomado las sustancias que estudiaban y lo consideraban útil para entender y guiar a sus pacientes, y que precisamente eso se usó contra ellos: se dijo que comprometía su objetividad, y la sospecha contribuyó a que la investigación se parara durante veinte años. Hoy la influencia de la experiencia propia del terapeuta sigue estando, según estos autores, «indocumentada, desconocida e infrateorizada». En 2023 un equipo de la Universidad de California en San Francisco encuestó a los terapeutas de un ensayo de psilocibina para la depresión: la gran mayoría tenía experiencia personal con psicodélicos. Los autores añadieron que algunos sostienen que esa experiencia es imprescindible para hacer bien ese trabajo, y que no hay datos que lo demuestren.
Shanon pone la objeción contraria con una pregunta: «¿Juzgaríamos el arte del piano por los tonos discordantes que producen los principiantes?». Las investigaciones clínicas, dice, están sesgadas porque no tratan con expertos, y «por regla general» quienes describen estos estados como un deterioro de la mente «no se basan en experiencias de primera mano». Pero hay que decir también lo que él mismo deja ver: que participó en todas sus sesiones «como un participante de pleno derecho, no como investigador», que en términos técnicos sirvió «como mi propio control», y que admite que su investigación «no está libre de la influencia de mi propia perspectiva personal e idiosincrásica». Un crítico leería en esas frases exactamente lo que se le reprochó a los investigadores de los sesenta. Shanon lo sabía y lo escribió igual. Es su manera de decir que el precio de mirar desde dentro se paga, y que prefiere pagarlo a no mirar.
Lo que sí puede entender quien no la ha tomado
Si todo lo anterior es cierto, ¿para qué sirve una web como esta, llena de palabras sobre algo que, según sus propios autores, no se puede contar? Para bastante. Esto es lo que, a juicio de esta web, sí pasa de un lado al otro de la mesa.
Que ocurrió. Shanon, que se niega a aceptar interpretaciones paranormales de nada, escribe sobre las sincronicidades y la sensación de telepatía que «la verdad es que no sé qué pensar de ellas», y añade que su escepticismo «no invalida en lo más mínimo el hecho de que con la ayahuasca hay una sensación genuina» de estar viviendo eso. «Como fenómenos psicológicos, estas experiencias son un hecho». El que no ha tomado puede entender esto perfectamente, porque lo hace cada día con todo lo que no ha vivido: cree que a alguien le pasó algo sin necesidad de que le pase a él. Lo que no puede hacer es saber cómo fue. Y eso es lo único que esta web no le va a prometer.
Que tiene estructura. Las fases, su orden, lo que se repite entre personas que no se conocen, lo que cambia con la experiencia, lo que aparece más en unas culturas que en otras: todo eso se puede describir desde fuera y Shanon lo hizo. La sección Sustancias de esta web y los estudios de «Con sus palabras» existen para eso. Es lo que James habría llamado el mapa de un país que uno no ha visitado: no sustituye al viaje, pero quien lo ha leído reconoce el terreno cuando llega, y quien no va a ir sabe al menos dónde está.
Que lo que se aprende es, casi siempre, reconocible. El autor de esta web ha dicho que lo que la ayahuasca le mostró no eran verdades nuevas, sino cosas que había leído en la literatura budista o entendido por la razón, «vivir en el aquí y ahora», la disolución del ego, el dolor que puede provocar el deseo, y que «era incapaz de instalar verdaderamente en mi mente más profunda». La diferencia no fue el contenido, sino que dejó de ser «un mensaje poético y esperanzador imposible de alcanzar» y pasó a ser «una realidad que, además, se puede realmente vivir». Esto es importante para el que lee desde fuera: lo que se trae de vuelta rara vez es una revelación que nadie haya oído. Lo que cambia es la relación con algo que ya se sabía. Quien no ha tomado conoce casi todas las frases. Lo que no conoce es qué se siente cuando dejan de ser frases.
Que hay otras puertas. James lo dijo con el óxido nitroso y lo dijo del enamoramiento; esta web lo ha contado en «¿Cuántos estados de conciencia hay?» a propósito del sueño y de la meditación, y vale para el parto, el duelo o una experiencia cercana a la muerte. Ninguno es la ayahuasca y ninguno da lo mismo. Pero quien ha estado en alguno de esos lugares sabe lo que es volver y que las palabras no den, y desde ahí entiende al que vuelve de una sesión mucho mejor de lo que cree. El enamorado de James no necesita haber estado enamorado de la misma persona.
Y que el después se ve. Esto es lo que puede juzgar quien no ha tomado nada, y es lo que esta web pide que se juzgue. No las visiones, que no se pueden comprobar, sino cómo habla, escucha y trata a los demás quien vuelve, al cabo de meses y no al día siguiente. Shanon lo mide por «cuán bien ha conseguido salir de ella». El autor de esta web, por si «toca la forma en que amas, hablas y escuchas». El que escucha al otro lado de la mesa de la cocina no puede ver el mar. Pero puede ver, con el tiempo, si el que lo vio trata mejor el agua.
Quién pagó
David Olson, el autor del artículo que sostiene que la experiencia puede no ser necesaria, es cofundador de Delix Therapeutics, una empresa que desarrolla precisamente moléculas derivadas de los psicodélicos diseñadas para no producir experiencia; lo declara en su artículo. Roland Griffiths dirigió hasta su muerte, en 2023, el Center for Psychedelic and Consciousness Research de Johns Hopkins, financiado por donaciones privadas, y sus ensayos con psilocibina son la base de la postura contraria. El estudio de ketamina bajo anestesia de Stanford fue financiado con fondos públicos y de la propia universidad. Shanon no recibió financiación de nadie para tomar ayahuasca ciento treinta veces; lo hizo en un año sabático y en sus vacaciones, y lo dice en el prólogo. Nada de esto invalida a nadie; se dice para que el lector sepa quién tiene qué en juego.
Lo que se repite sin prueba
«Si no la has tomado, no puedes opinar». Es la versión degradada de todo lo anterior, y se usa para cerrar conversaciones. Shanon no dice eso; dice que quien no la ha tomado no puede describir la fenomenología, que es otra cosa. Sobre la farmacología, los riesgos, la legalidad, la historia, la antropología o los ensayos clínicos, quien no la ha tomado puede saber más que quien la ha tomado cien veces, y a menudo lo sabe. Y sobre si alguien ha vuelto mejor o peor, los que mejor opinan son los que viven con él.
«Lo que vi es lo que hay». Es el error simétrico, el sesgo del que Shanon avisa, como se ha dicho. La propia experiencia de haber estado no otorga autoridad sobre la experiencia de los demás, ni la primera toma sobre la décima. En esta web, los testimonios cuentan lo que le pasó a quien firma; ninguno dice lo que le pasará al lector.
«Una vez basta para saber de qué va». Shanon la tomó una vez y no le cambió nada. Lo dice él.
«Es solo serotonina». Es la respuesta más frecuente del que no ha tomado y es tan verdadera como «la música es solo aire vibrando»: describe correctamente el medio y no dice nada de lo que pasa en él. Shanon, ante la idea de que todo sea «un fantasear intenso» de la mente, responde: «quizá, en efecto, eso sea todo lo que ocurre, pero no debe tomarse de manera desdeñosa». Y añade que, si la mente es capaz de producir lo que él vio, «la capacidad de la mente para crear supera cualquier cosa que los científicos cognitivos hayamos pensado nunca». Esa frase la puede entender cualquiera, la haya tomado o no.
Qué no sabemos
No sabemos si la diferencia entre saber de la experiencia y haberla tenido es una diferencia de conocimiento o solo de manera de conocer; la filosofía lleva cincuenta años en ello y Jackson ha estado en los dos bandos. No sabemos si la experiencia es necesaria para los efectos terapéuticos de los psicodélicos clásicos, porque la prueba decisiva, con anestesia, no se ha hecho; con ketamina el resultado admite dos lecturas. No sabemos si los terapeutas que han tomado acompañan mejor que los que no; hay opiniones y no hay datos. No sabemos qué es la presión que algunos sienten para no contarlo todo, ni si tiene una explicación psicológica sencilla, ni si la tiene. No sabemos cuántas sesiones hacen falta para que la escuela de la que habla Shanon enseñe algo, ni si enseña lo mismo a todos; su propia experiencia dice que no. Y no sabemos qué ve el que vuelve. Sabemos que vuelve, que suele volver cambiado, y que lo que hace con eso se puede ver desde fuera. Con eso, esta web trabaja.
Testimonios
Tu testimonio puede servirle a alguien que está justo donde tú estuviste.
Sin registro. Se publica con la firma que elijas.
- James, W. (1902). The Varieties of Religious Experience, lecciones XVI-XVII («Mysticism») y la nota sobre el óxido nitroso en la lección XVI. Dominio público; traducción nuestra. Hay edición en castellano: Las variedades de la experiencia religiosa.
- Platón. República, libro VII, 514a-517a (la alegoría de la caverna). Cualquier edición.
- Grinberg-Zylberbaum, J. (1991). La teoría sintérgica. México: INPEC. Capítulo sobre las cualidades de la conciencia (véase en «Lecturas»).
- Shanon, B. (2002). The Antipodes of the Mind: Charting the Phenomenology of the Ayahuasca Experience. Oxford: Oxford University Press. Citas por la traducción propia de esta web; páginas de la edición de OUP: pp. 4, 8-9, 32 y n. 2, 39-40, 41, 46, 71, 258-259, 263, 289, 301-303, 321, 327-329, 371, 374, 405. Solo existe en inglés (véase en «Lecturas»).
- Nagel, T. (1974). «What Is It Like to Be a Bat?». The Philosophical Review, vol. 83, n.º 4, págs. 435-450.
- Jackson, F. (1982). «Epiphenomenal Qualia». The Philosophical Quarterly, vol. 32, n.º 127, págs. 127-136; y (2003) «Mind and Illusion», Royal Institute of Philosophy Supplement, vol. 53, págs. 251-271, donde revisa su posición.
- Yaden, D. B. y Griffiths, R. R. (2021). «The Subjective Effects of Psychedelics Are Necessary for Their Enduring Therapeutic Effects». ACS Pharmacology & Translational Science, vol. 4, n.º 2, págs. 568-572.
- Olson, D. E. (2021). «The Subjective Effects of Psychedelics May Not Be Necessary for Their Enduring Therapeutic Effects». ACS Pharmacology & Translational Science, vol. 4, n.º 2, págs. 563-567.
- Roseman, L., Nutt, D. J. y Carhart-Harris, R. L. (2018). «Quality of Acute Psychedelic Experience Predicts Therapeutic Efficacy of Psilocybin for Treatment-Resistant Depression». Frontiers in Pharmacology, vol. 8, 974.
- Lii, T. R. et al. (2023). «Randomized trial of ketamine masked by surgical anesthesia in patients with depression». Nature Mental Health, vol. 1, págs. 876-886.
- Doblin, R. (1991). «Pahnke's "Good Friday Experiment": A Long-Term Follow-Up and Methodological Critique». The Journal of Transpersonal Psychology, vol. 23, n.º 1, págs. 1-28.
- Nielson, E. M. y Guss, J. (2018). «The influence of therapists' first-hand experience with psychedelics on psychedelic-assisted psychotherapy research and therapist training». Journal of Psychedelic Studies, vol. 2, n.º 2, págs. 64-73.
- Aday, J. S. et al. (2023). «Personal Psychedelic Use Is Common Among a Sample of Psychedelic Therapists: Implications for Research and Practice». Psychedelic Medicine, vol. 1, n.º 1.
- Taussig, M. (1987). Shamanism, Colonialism, and the Wild Man. Chicago: University of Chicago Press, pág. 455 (la frase del chamán kamsá, citada por Shanon).
- Los pasajes del autor de esta web proceden de sus notas para este artículo (octubre de 2026) y de su testimonio «El niño que no se permitió llorar».
Otros artículos

Iboga (ibogaína)

LSD (dietilamida del ácido lisérgico)

¿Quién hay ahí?


