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Por qué da vergüenza decirlo


Lo sabido ·
Pon un Dios
· Revisado el 19 de octubre de 2026

La mayoría de quienes toman ayahuasca, hongos o LSD para conocerse, para pensar o para curarse no se lo cuenta a casi nadie: ni al médico, ni a la familia, ni en el trabajo. No porque quieran esconderlo, sino por lo que pasa cuando lo dicen. Aquí contamos de dónde viene ese rechazo, qué cuesta callar, qué es lo único que lo ha movido cuando alguien lo ha medido, y qué parte del rechazo tiene razón. Esta web está del lado de quien toma. Precisamente por eso, no va a decirle que no hay nada que temer.

Una de las personas entrevistadas en un estudio reciente sobre gente que lo pasó mal después de una experiencia con psilocibina tenía un especialista en trauma. Iba a su consulta. Y no le dijo nada. «Me daba tanta vergüenza aquella experiencia que me impidió buscar ayuda. Estaba viendo a mi especialista en trauma. Pero no se lo planteé porque me daba vergüenza. ¿Qué iba a decirle? "Ah, soy el idiota que hizo esto".» Otra participante del mismo estudio sí va a terapia, y tampoco lo cuenta, porque no es legal y porque su terapeuta «se preocuparía». Y añade algo que resume el coste: «Es una verdadera pena no poder compartir esta parte, porque también fortalecería nuestro vínculo».

Este artículo trata de ese silencio. De cómo se formó la idea de que la ayahuasca y la heroína son la misma cosa; de lo que cuesta callar, que no es solo vergüenza; de lo que cambia las actitudes cuando alguien lo mide; y de lo que el rechazo acierta, porque acierta en algo. Lo que no vamos a hacer es llamar ignorante a quien rechaza. Mucha gente rechaza porque solo ha oído una campana, y eso no es culpa suya; parte de lo que ha oído, además, es verdad.

Cuánto rechazo hay

Empecemos por España, y por un dato que es la ausencia de un dato. La encuesta oficial sobre alcohol y drogas, la que el Ministerio de Sanidad hace cada dos años a casi 27.000 personas de 15 a 64 años, mide desde 1997 qué riesgo atribuye la gente a cada conducta. Pregunta por el tabaco, por el cannabis, por «cocaína u otras drogas ilegales» y por el alcohol. No pregunta por lo que ella misma llama «alucinógenos». Ni en 2024 ni en ninguna edición. El Estado no sabe qué piensan los adultos españoles de estas sustancias porque nunca lo ha preguntado.

La única cifra española con los «alucinógenos» separados es la de los estudiantes de 14 a 18 años, 42.000 en 2023. Y en Estados Unidos, donde sí se pregunta a los adultos, el patrón es el mismo:

 Probar una vezBeber mucho cada semana
España, estudiantes de 14 a 18 años (2023) un «alucinógeno»: el 83 % ve bastantes o muchos problemas cinco o seis copas cada fin de semana: el 63 %
Estados Unidos, adultos (2024) LSD: el 56 % ve un gran riesgo cinco o más copas, una o dos veces por semana: el 46 %
Estados Unidos, adultos, uso regular (2024) LSD: el 72 % alcohol: el 70 %
Estados Unidos, votantes (2025) «adictos» describe bien a quienes toman psicodélicos: uno de cada cuatro; «irresponsables»: uno de cada cuatro  

Un acto único frente a un hábito, y aun así veinte puntos de diferencia. Con el uso regular, el LSD y el alcohol casi se igualan: la penalización se concentra en el uso ocasional, que es justamente como se usan estas sustancias. Y de la única encuesta del mundo que ha preguntado por las personas, a 1.577 votantes estadounidenses en 2025, sale que tres de cada cuatro no las ven como adictos ni como irresponsables, y que entre el 15 % y el 33 %, según la pregunta, responde que no sabe.

Y un dato español, pequeño pero elocuente. En 2026 se publicó la primera encuesta de actitudes hacia los psicodélicos hecha en España, a 325 estudiantes de Medicina y Enfermería de Las Palmas. Tres de cada cuatro creen que su uso aumenta el riesgo de trastornos psiquiátricos, y el 53 % reconoce no estar bien informado. Los habían probado trece. Esos trece eran significativamente más favorables.

De dónde viene: la palabra que lo junta todo

El rechazo vive de una categoría. «Droga» es una palabra que mete en el mismo saco la psilocibina y el fentanilo, y quien la usa no lo hace por descuido: es lo que aprendió. En España, el origen de esa categoría tiene fecha, y lo documentó el propio Estado. En 2000, el Plan Nacional sobre Drogas publicó un manual para periodistas que decía esto: «Al hablar de la droga, en singular, estamos lanzando un mensaje codificado que el lector u oyente interpreta como la "heroína" y todo lo que ésta conlleva: marginalidad, delincuencia, inseguridad ciudadana». Y daba la prueba: «se ha identificado el mundo de las drogas con los "yonkis" de tal forma que, incluso cuando se hable de drogas de síntesis, se acude a la jeringuilla tachada para ilustrar una información». El manual pedía dejar de usar «el genérico DROGA, cuando los efectos de las distintas sustancias son completamente diferentes», y recordaba que «la mayoría de las personas que consumen drogas no pertenecen a grupos marginales».

Que la imagen se grabara así tiene explicación. En España, las drogas ilegales, casi siempre heroína inyectada, mataron a más de 1.700 personas al año a principios de los noventa; a lo largo de la epidemia, unas cien mil personas que se inyectaban se infectaron de VIH; y aquello colocó a «las drogas» entre los tres mayores problemas del país en la opinión pública. Quien vio eso de cerca, o lo vio en la televisión cada noche, aprendió una palabra con una imagen pegada, y la imagen no se despegó cuando llegaron otras sustancias. «El primer impulso es el que se graba con mayor fuerza», decía el manual. Este artículo no va a discutirle a nadie ese miedo: era real y tenía muertos detrás. Lo que discute es que se aplique a cosas que no tienen nada que ver.

La propia Organización Mundial de la Salud lo dejó escrito en su diccionario de términos de 1994: la palabra «droga», en medicina, es cualquier sustancia con potencial para prevenir o curar una enfermedad; «en el uso común, el término se refiere a menudo específicamente a las drogas psicoactivas, y a menudo, aún más específicamente, a las drogas ilegales». Del fármaco a lo ilegal en dos deslizamientos. Y el mismo diccionario, en la entrada «alucinógeno», decía de estas sustancias que «el uso es típicamente episódico; el uso crónico y frecuente es extremadamente raro», mientras las clasificaba por su parecido con «las psicosis funcionales». Las dos cosas en la misma página: no enganchan, y las definimos por la locura.

Con el LSD, el miedo tuvo además una campaña de prensa, y sus mitos tienen acta de nacimiento. En 1967, la revista Science publicó que el LSD rompía los cromosomas. El estudio había añadido LSD a glóbulos blancos en una placa de laboratorio, y había examinado a un solo paciente, tratado cuatro años con LSD por esquizofrenia paranoide. Sobre eso se montó un pánico mundial de bebés deformes. En 1971, la misma revista publicó la revisión de todo lo investigado desde entonces: «creemos que el LSD puro ingerido en dosis moderadas no daña los cromosomas, no causa daño genético detectable y no es teratógeno ni carcinógeno en el ser humano». Cuatro años entre el titular y la corrección; el titular lo recuerda todo el mundo. En enero de 1968, el responsable de la oficina para ciegos de Pensilvania anunció que seis universitarios habían quedado ciegos por mirar al sol bajo LSD; lo publicaron agencias y revistas de costa a costa; un mes después confesó: «Todo fue una invención. Una mentira total». Y en 1969, cuando la hija de un presentador famoso se tiró por una ventana, el padre declaró antes de la autopsia que estaba bajo LSD; la toxicología fue negativa. Era una muerte real y un dolor real; lo falso fue la causa, y la causa fue lo que quedó.

El sociólogo Howard Becker explicó en 1967 cómo nacen los casos del que «se quedó»: la prensa «afirma con frecuencia que el uso recreativo de drogas produce una psicosis», pero «la naturaleza de la "psicosis" rara vez se define», y «la incidencia de "psicosis" es una función del grado de desarrollo de una cultura de uso». Dicho en llano: quien tiene un episodio de ansiedad aguda sin nadie que le explique qué le pasa cree que se ha vuelto loco, acaba en urgencias y se registra como psicosis. El miedo era real; lo que faltaba era información y compañía. Es la idea que recorre esta web, y ya la contamos en Qué hace malo a un «mal viaje».

¿Por qué una categoría sobrevive a los datos? Bastan dos ideas que la psicología conoce desde hace décadas. Los casos que salen en la prensa pesan más que las cifras, porque juzgamos la frecuencia de algo por la facilidad con que recordamos ejemplos, y los seis ciegos se recuerdan mejor que una tabla. Y el riesgo no se juzga por el número de muertos sino por el «pavor»: lo que no se controla, lo desconocido, lo que puede ser catastrófico; por eso da más miedo un avión que un coche, y más un hongo que una botella. Nada de esto se arregla con un folleto: informar no empeora nada, pero tampoco basta.

Lo que cuesta callar

Callar tiene un coste que no es solo íntimo, y el sitio donde más se nota es la consulta del médico.

En la mayor encuesta a gente que toma estas sustancias por su cuenta, con 1.221 personas reclutadas en un acto a favor de los psicodélicos, es decir, la población más dispuesta a hablar de ello, el 78 % no se lo ha dicho nunca a su médico de cabecera. El primer motivo es el estigma (59 %), por delante del miedo legal (42 %). Y en la misma encuesta, el 23 % había tomado medicación psiquiátrica el mismo día que un psicodélico, antidepresivos sobre todo, y más de la mitad de ellos sabía que la combinación tenía riesgos. Los autores lo escriben con la cautela debida: «esta baja tasa de revelación puede afectar a la seguridad». No callan por la ley; callan por la mirada. Y hay un riesgo descrito, el de las interacciones que recoge la ficha de la ayahuasca en «Antes de tomarla», para el que la única defensa es que alguien lo sepa.

Otra encuesta, con 1.435 personas, da casi lo mismo. Y una tercera, con unas 790 que los usan con fines terapéuticos, midió lo que pasa cuando alguien rompe el silencio: solo el 30 % lo había hablado con un médico, y de ellos el 55 % se sintió discriminado por sacar el tema. Para ver el tamaño del agujero sirve una comparación con una sustancia legal: en un estado de Estados Unidos donde el cannabis lo es, uno de cada cuatro pacientes de atención primaria lo usaba por motivos médicos, y el médico lo tenía anotado en la historia clínica de uno de cada veinte. Con una sustancia ilegal, el agujero no puede ser menor. Y lo que cierra la boca, según el único estudio que lo ha medido con escalas de estigma validadas, no es la vergüenza ya sentida ni el desprecio ya sufrido: es el desprecio que se espera.

Los médicos también callan. Un artículo de 2021 sobre la ética de acompañar a quien toma por su cuenta reconoce que un clínico «puede temer que revelar su propio uso pasado suponga admitir una actividad ilegal», y propone como salida una respuesta vaga: «tengo experiencia con estados alterados de conciencia». De los psiquiatras españoles no sabemos nada, porque nadie se lo ha preguntado.

Fuera de la consulta, el coste es la soledad. En el estudio de 26 personas con dificultades prolongadas que ya usamos en Nadie te dice qué hacer al día siguiente, 18 hablaron de falta de apoyo y comprensión de los demás, y 14 de un aislamiento «agravado por sentir que no podían hablar con nadie de su experiencia». En otra encuesta, a 159 personas con dificultades de hace años, la desconexión social fue la dificultad más frecuente de todas, por delante de la ansiedad. Una participante lo dice en una frase: «No podía hablar de ello con la gente, porque entonces, sencillamente, estás loco». Otra no le había dicho a nadie que iba a tomar, y cuando la experiencia se volvió terrorífica no tuvo a quién llamar. Y una tercera, con síntomas visuales que duraban, resume dónde está el daño: «no es tanto tener los síntomas: es el aislamiento».

Contarlo, cuando se cuenta, suele ir bien, y eso también hay que decirlo. En una encuesta a 90 personas que decían haber salido transformadas de su experiencia, compartirla con otros ayudó al 40 %, tuvo efectos mixtos para el 14 % y perjudicó al 4 %. Uno de esos cuatro lo contó a su familia, a sus amigos y a sus compañeros, y «esto acabó en que me despidieran». A los 36 les ayudó. Las dos cifras son verdad, y publicar el despido sin el 40 % sería contar la mitad.

Hay además una forma de silencio que no produce el desprecio sino lo contrario. En un estudio todavía no revisado por pares, con 35 personas que fueron a psicoterapia después de una experiencia difícil, una mujer que creía tener una terapeuta comprensiva volvió de una sesión, le explicó lo que le había pasado y «le vi el juicio en la cara. Pensé: "Se acabó"». Pero un hombre cuyo terapeuta era entusiasta de los psicodélicos le mintió en sentido contrario: «le solté la trola de que me sentía mejor… y él: "Ah, parece que fuiste, hiciste esta ceremonia y te curaste a ti mismo". Me dijo que me había curado a mí mismo. Y no». Los autores lo llaman «posturas predeterminadas»: el que condena y el que celebra cierran igual el espacio para contar la verdad. Y hay un detalle que lo explica todo: en la revisión sistemática de lo que cuentan los pacientes de los ensayos clínicos, en once estudios cualitativos, las palabras «estigma», «secreto», «ocultar» y «tabú» no aparecen ni una vez. En el ensayo la sustancia es legal, el contexto está autorizado y no hay nada que esconder. El estigma no es un efecto de la molécula: es un efecto del marco.

Lo que lo cambia

Si la información sola no basta, ¿qué sí? Hay una respuesta medida, aunque no en este campo, y conviene darla entera.

Lo que reduce el prejuicio hacia un grupo es el contacto con alguien del grupo. Es una de las ideas más comprobadas de la psicología social: un metaanálisis de 515 estudios encontró que el contacto entre grupos «típicamente reduce el prejuicio». Con el estigma de la enfermedad mental, en los ensayos aleatorizados con adultos, el contacto con una persona que tiene un trastorno cambió las actitudes unas tres veces más que la educación. Y con las adicciones, la prueba más concreta: en un ensayo con 1.842 profesionales sanitarios, una campaña visual sola apenas movió nada; la misma campaña con la voz escrita de un paciente adicto a los opioides redujo doce puntos el rechazo a tenerle de vecino. La voz de un clínico no funcionó. Las hojas informativas, en otra revisión, tampoco. Lo que mueve lleva siempre a una persona dentro.

Lo que no funciona también está medido, y con esmero. El programa escolar antidroga más extendido de Estados Unidos, el DARE, se evaluó durante décadas: efecto sobre el consumo, cero; sin daño tampoco, solo nada. Y cambiar la palabra, la operación más barata, no mueve: 1.600 personas respondieron el mismo cuestionario con «marihuana» o con «cannabis» y el apoyo a la legalización fue el 50,1 % y el 50,3 %.

Y ahora la advertencia, que es la frase más importante de este apartado: nada de esto se ha probado con los enteógenos. No existe ningún estudio que mida si conocer a alguien que los toma, o escuchar su relato, cambia lo que la gente piensa de ellos o de quienes los toman. Toda la evidencia es prestada. Lo que hay son indicios: en la encuesta de votantes, la proporción de quienes habían probado un psicodélico o conocían a alguien cercano que lo había hecho pasó del 53 % al 57 % en dos años, y mientras tanto el apoyo a despenalizar el uso personal no se movió. Conocer a alguien, por sí solo, no basta; lo que cambia es que ese alguien lo cuente. Y de la gente que lo ha contado en público, como el periodista Michael Pollan con su libro de 2018, lo único medido es un pico en las búsquedas de internet: un libro se mide en curiosidad; nadie sabe medirlo en respeto.

De todo esto sale una conclusión que no es un sermón. El grano de arena contra el estigma no es un argumento más, ni una campaña, ni cambiar una palabra. Es que alguien que lo ha vivido lo cuente a alguien que no, y que lo cuente entero. Para eso existe la sección de testimonios de esta web.

Lo que el rechazo tiene de razón

Un artículo que denuncie el estigma y calle lo que el rechazo acierta es propaganda, y esta web no la hace. Hay cuatro cosas que quien rechaza suele intuir y que son verdad.

Los efectos adversos no son raros. En la mayor encuesta sobre la ayahuasca, con 10.836 participantes, el 70 % tuvo efectos físicos adversos, sobre todo vómitos; el 56 % tuvo alguna dificultad emocional en las semanas o meses siguientes; de ellos, cerca del 88 % lo consideró parte de un proceso de crecimiento, y el 12 % buscó ayuda profesional. Y entre las 608 personas con dificultades prolongadas del estudio que citamos arriba, para un tercio duraron más de un año. Son frecuentes, en general leves, y mayoritariamente reinterpretados en positivo: las tres cosas juntas o ninguna.

Desaprobar una conducta la reduce. Un estudio clásico siguió once promociones de estudiantes estadounidenses entre 1976 y 1986: cuando el riesgo percibido del cannabis se duplicó, el consumo bajó, y la correlación entre lo uno y lo otro fue fuerte y constante. Los propios autores admiten que podría ser al revés. Pero el argumento de que el rechazo social protege tiene esa base y conviene reconocerla. Lo que nadie ha demostrado es lo otro: que despreciar a la persona proteja a nadie. Lo documentado en sanidad va en contra: los profesionales con actitudes negativas hacia quien consume empeoran sus resultados, y quien se siente más estigmatizado se esconde más y funciona peor.

Estas sustancias hacen a la gente más sugestionable, y eso es peligroso. Un antropólogo que pasó año y medio en un centro peruano que trata adicciones con ayahuasca lo escribió sin rodeos: aumentan la «reverencia hacia quienes sostienen las proposiciones», y todas las decisiones importantes del centro pasaban por un solo hombre. En el estudio de las 26 personas con dificultades, tres señalaron el «riesgo de codependencia y abuso por parte de quienes reclaman autoridad en el espacio psicodélico», y una, Emine, que escribió a sus guías pidiendo ayuda después de una ceremonia clandestina, recibió por respuesta: «Toma más medicina». Quien rechaza estas sustancias porque ha visto a un gurú no está desinformado: está informado.

Y dentro del mundo enteógeno hay un estigma al revés. Hay un desprecio al no iniciado con nombres y citas: Tom Wolfe dividía el mundo entre «los conscientes» y «una gran masa de inconscientes»; Timothy Leary escribió que «vivir en el Este es suspender un test genético de inteligencia». Y hay una forma más sutil, que un estudio noruego documentó entrevistando a cincuenta usuarios: los malos viajes «eran algo que tenían los consumidores incompetentes», los que no respetaron el set and setting, los «inmaduros e irresponsables». Es el mismo repertorio moral que se usa contra ellos, apuntado hacia abajo. Uno de los entrevistados, Frank, cincuentón, no ha tenido nunca un mal viaje porque, dice, «no he reprimido nada». Y está lo que el propio campo llama «bypass espiritual», que los investigadores del Imperial College definen como «una defensa escapista disfrazada de despertar espiritual»: Alana, que fue a un retiro por sus cefaleas, dejó en tres meses pareja y trabajo y se fue a Bali hablando con los árboles, y ella misma lo llama después bypass; y sus cefaleas remitieron casi dos años. Las dos cosas a la vez, como siempre.

Hay una frase de un investigador del riesgo, Paul Slovic, que debería gobernar cualquier artículo sobre esto: «Quizá el mensaje más importante de esta investigación es que hay sabiduría tanto como error en las actitudes y percepciones del público». Y una pregunta que conviene hacerse antes de preguntar por qué rechazan los demás: ¿por qué aceptamos nosotros? La respuesta tiene tanto de cultura y de identidad como la contraria, y a veces es menos presentable.

Quién pagó estos estudios

Como siempre, se dice y no se juzga. Las encuestas españolas y la estadounidense de población general son públicas (Ministerio de Sanidad; los institutos nacionales de Estados Unidos). La encuesta de votantes que mide el estigma hacia las personas la hizo un centro de la Universidad de Berkeley que declara no hacer advocacy, y la pagaron un empresario en 2023 y dos donantes anónimos en 2025. La encuesta de los 1.221 pacientes y su médico tiene autores con acciones en empresas del sector y uno que fundó una organización para despenalizar; la de los 790, autores con becas de empresas del sector. Los estudios de dificultades prolongadas los pagan fundaciones que apoyan a quienes han tenido problemas. El ensayo con los 1.842 sanitarios lo cofinanció una aseguradora. Y del otro lado: la Fundación Fad Juventud, antes Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, que hizo la mayoría de las campañas antidroga españolas entre 1988 y 2008, declara en su informe económico de 2024 que el 65 % de los ingresos de su actividad nacional son privados; entre sus financiadores nombra a Banco Santander, Telefónica, BBVA, La Caixa, Google, Meta, Netflix, Disney, la Fundación Pfizer y, para prevención de adicciones, Petronor; entre los medios que aportan espacio a sus campañas, Prisa, Mediaset y Clear Channel; y recibe también fondos del Plan Nacional sobre Drogas. Ninguna de estas cosas invalida un dato; todas se dicen.

Lo que se repite sin prueba

Lo comprobamos en los dos sentidos.

«Son drogas como cualquier otra.» No lo son en farmacología, como contamos en Prohibido no es peligroso. Pero tampoco lo son en lo social: aumentan la sugestionabilidad y la reverencia hacia quien dirige, y eso es un riesgo propio. La excepcionalidad corta en los dos sentidos.

«Quien las toma es un yonqui, un perdido.» En la mayor encuesta sobre la ayahuasca, el 64 % de quienes respondieron tiene estudios universitarios, la edad media es de 41 años y casi la mitad son mujeres. Pero son muestras captadas en iglesias, retiros y foros: describen a quien responde, no a quien consume. Lo que sí se sabe es cuánta gente sostiene el estereotipo: uno de cada cuatro votantes estadounidenses. Tres de cada cuatro, no.

«Quien no tiene nada que esconder no se esconde.» Esconderse es una respuesta al estigma, no una prueba de culpa: los más estigmatizados usan más el secreto, y el secreto se asocia a peor funcionamiento. Y el ocultamiento es tan fuerte que deforma la propia investigación: una de las mayores encuestas sobre la ayahuasca renunció al muestreo aleatorio por «la naturaleza oculta de la población».

«La gente rechaza por ignorancia, y con información cambiaría de opinión.» Es la versión que más circula entre quienes toman, y no aguanta como explicación general. Una parte grande no sabe y lo dice (entre el 15 % y el 33 % de «no sé»); hay un desacuerdo factual concreto y corregible (el 35 % de los votantes cree que son adictivas), y ahí sí sirve la información; pero los valores religiosos y la identidad política predicen la actitud con coeficientes medidos, y la información neutra ha fracasado de forma repetida donde se ha probado: lo que mueve lleva una persona dentro. Y hay quien rechaza porque ha visto de cerca el daño de otras sustancias, o porque ha mirado al movimiento y no le ha gustado lo que ha visto. Y tenía razones.

«En otros países no hay estigma.» Varía; no desaparece. De Brasil, donde las iglesias son legales, no hay ninguna medida de actitudes públicas; en Francia, el Gobierno expresó «seria preocupación» por el uso de ayahuasca en «grupos sectarios»; en un retiro legal de los Países Bajos, nueve de treinta participantes tuvieron dificultades y «falta de apoyo»; en Portugal, las evaluaciones midieron consumo y justicia penal, no estigma.

Y del otro lado. «Los efectos adversos son raros»: 70 % físicos, 56 % mentales. «Si fue mal, es que no te entregaste»: es una creencia de campo, y es el mismo movimiento moral que el estigma que este artículo denuncia.

Cómo lo cuenta esta web

Esta web cree que los enteógenos son un bien, y lo dice en su portada. Está del lado de quien los toma para conocerse, para pensar, para curarse, y querría que nadie tuviera que callarlo. Por eso mismo no va a desestigmatizarlos diciendo que no hay nada que temer: lo que desmonta un estigma no es un folleto a favor, sino un sitio que no miente. Aquí se cuenta lo que aporta y lo que puede torcerse con el mismo rigor, se dice quién pagó cada estudio y se reconoce lo que el rechazo acierta. Es lo que un médico, una madre o un compañero de trabajo necesitan encontrar cuando alguien, por fin, se lo cuenta.

Y lo que sí puede hacer esta web es lo único que, medido, mueve actitudes: poner a personas dentro. Cada relato de la sección Testimonios es eso. Queda una cosa que nadie ha hecho: nadie ha recogido, en sus propias palabras, por qué alguien rechaza estas sustancias. Si eres de quienes rechazan y has llegado hasta aquí, nos interesa lo que tengas que decir.

Qué no sabemos

  • Qué piensan los adultos españoles. El Estado no lo pregunta. La única cifra es de adolescentes.
  • Si el rechazo a los enteógenos es distinto del rechazo a «las drogas». El estigma de las drogas tiene escalas validadas, series de cincuenta años y muestras de medio millón de personas; el de los enteógenos como categoría propia, una tabla de 2026 en una encuesta de votantes y un estudio con 239 personas. Nadie ha mirado porque, para quien mide, no había nada que separar.
  • Si conocer a alguien cambia algo con los enteógenos. Está medido en la enfermedad mental y en las adicciones; con estas sustancias, nunca.
  • Por qué rechaza quien rechaza, en sus palabras. Ningún estudio se lo ha preguntado.
  • Cómo lo vive la pareja, el padre, el hijo. En toda la literatura, la familia aparece solo contada por quien tomó; nunca habla.
  • Si la población que se esconde se parece a la que responde encuestas. Probablemente no, y no hay manera de saberlo mientras se esconda.
  • Si ocultárselo al médico ha causado daños. El riesgo de las interacciones está descrito; un caso en que el silencio lo causara, documentado, no existe.

Testimonios

¿Has pasado por una experiencia con enteógenos?

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Sin registro. Se publica con la firma que elijas.

Fuentes:
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