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LSD (dietilamida del ácido lisérgico)

Ácido, tripi, cartón, secante, micropunto, LSD-25, lisergida (su nombre oficial en las listas de sustancias), dietilamida del ácido lisérgico, Delysid (el nombre con el que lo distribuyó Sandoz).

Lo sabido ·
Pon un Dios
· Revisado el 6 de octubre de 2026

El LSD no sale de ninguna planta ni tiene detrás una tradición indígena. Lo creó en 1938 un químico suizo en el laboratorio de una farmacéutica, a partir de un hongo que parasita el centeno, y nadie supo lo que hacía hasta cinco años después, cuando su autor lo probó. Desde entonces ha sido herramienta de psiquiatras, objeto de experimentos secretos, emblema de una generación y, desde 1971, sustancia prohibida en casi todo el mundo. Hoy vuelve a los ensayos clínicos, y una empresa prevé pedir en 2027 su aprobación como medicamento para la ansiedad.

Es una sustancia extraordinariamente potente, activa en cantidades minúsculas, y su efecto dura muchas horas. Cambia la percepción (los colores, las formas, el sonido, el paso del tiempo), las emociones y la forma de pensar, y a cantidades altas puede disolver la sensación de ser alguien separado del resto. Cuando se compara en el laboratorio con la psilocibina de las setas, a cantidades equivalentes, la experiencia es casi la misma: lo que cambia es cuánto dura. Y, como con la psilocibina, muchos de quienes lo prueban en los estudios lo cuentan después entre las experiencias más significativas de su vida.

Como no tiene detrás ninguna tradición, casi siempre se toma sin un marco que lo acompañe: en casa, con amigos, en la naturaleza o en festivales. Y una de las cosas que mejor se conocen de él es que lo que se vive no depende solo de la sustancia, sino también del estado de quien la toma, del lugar y de quién está al lado. Esta ficha cuenta lo que se sabe de eso.

De dónde viene

Un estimulante que no lo fue. En 1938, Albert Hofmann, químico de la farmacéutica Sandoz en Basilea, fabricó el compuesto número 25 de una serie de derivados del ácido lisérgico, que se obtiene del cornezuelo, el hongo del centeno. Buscaba un estimulante de la circulación y la respiración. No sirvió para eso y quedó guardado. El viernes 16 de abril de 1943, mientras volvía a fabricarlo, tuvo que dejar el trabajo por una inquietud extraña y un ligero mareo; él mismo sospechó que había absorbido algo por la piel. Tres días después, el 19 de abril, lo tomó a propósito. Como en plena guerra no había coche disponible, volvió a casa en bicicleta, y esa tarde pasó a la historia como «el día de la bicicleta». La primera publicación científica sobre sus efectos es de 1947. Hofmann lo contó en un libro que está en nuestras Lecturas.

La época de los psiquiatras. A finales de los años cuarenta, Sandoz empezó a enviarlo con el nombre de Delysid a psiquiatras e investigadores de todo el mundo, como herramienta experimental. En las dos décadas siguientes se publicaron más de mil artículos sobre estas sustancias, con decenas de miles de personas estudiadas. En Europa se usó sobre todo en la llamada terapia psicolítica: cantidades bajas, en muchas sesiones, para hacer aflorar recuerdos en psicoterapia. En Norteamérica, en una sola sesión intensa que buscaba una experiencia de tipo místico. En Canadá lo probaron con personas con alcoholismo Abram Hoffer y Humphry Osmond, el psiquiatra que había dado mescalina a Aldous Huxley y que acuñaría poco después la palabra «psicodélico».

Aquellos estudios no tenían los controles de hoy. Cuando en 2012 se reunieron los seis ensayos con grupo de comparación que se hicieron sobre el alcoholismo, con 536 participantes, el LSD mostró un beneficio claro en los primeros meses, que ya no se apreciaba al cabo de un año.

Los experimentos secretos. Entre 1953 y 1964, la CIA financió el programa MKUltra, con 149 subproyectos en universidades, hospitales y prisiones de Estados Unidos, en parte para estudiar el LSD como herramienta de interrogatorio. Según reconoció el propio Senado estadounidense en 1977, la agencia dio sustancias a ciudadanos sin que lo supieran ni lo consintieran. Casi toda la documentación se destruyó en 1973 por orden del entonces director de la CIA. El caso más conocido es el de Frank Olson, un empleado civil del Ejército que murió en 1953 al caer por la ventana de un hotel de Nueva York, unos días después de que le dieran LSD sin saberlo; el Gobierno indemnizó a su familia en 1976, y las circunstancias exactas de su muerte siguen discutidas. El Ejército hizo además sus propias pruebas con soldados entre 1955 y 1967.

La contracultura y la prohibición. En los años sesenta el LSD salió de los laboratorios. El escritor Ken Kesey organizó en California, entre 1965 y 1966, fiestas abiertas en las que se repartía, los Acid Tests, y el LSD pasó a ser uno de los símbolos de la contracultura. La reacción fue rápida: Sandoz dejó de distribuirlo en 1965-1966; en Estados Unidos, una ley de 1965 controló su fabricación y venta, otra de 1968 castigó su posesión y, desde 1970, figura en la lista más restrictiva. El Reino Unido lo prohibió en 1966, y el Convenio de Naciones Unidas de 1971 lo incluyó en su Lista I. La investigación nunca se prohibió como tal, pero se hizo casi imposible.

La vuelta. Suiza permite desde 2014 que algunos psiquiatras lo usen con pacientes concretos, con un permiso excepcional de su Ministerio de Sanidad para cada caso (ya lo había hecho entre 1988 y 1993). En 2024 concedió 128 de esos permisos para el LSD. En ningún país es un medicamento aprobado.

Qué se busca en él

Los motivos se parecen a los de otras sustancias de esta web: curiosidad, explorar la propia mente, buscar algo espiritual o simplemente pasarlo bien con amigos. [PENDIENTE: datos de encuestas sobre los motivos; ver «Notas para Jesús».]

En los ensayos clínicos, en cambio, se busca otra cosa: aliviar la ansiedad o la depresión, con la sustancia como parte de un tratamiento (ver «Lo que dice la investigación»).

Lo que pesa en la experiencia

Desde los años sesenta se habla del set y el setting: el estado de quien la toma y el lugar en el que lo hace. La investigación actual permite poner cifras a esa idea. Y enseña también por qué una de las cifras que más se repiten no significa lo que parece.

Lo que no dice el dato de Basilea. En un análisis de nueve ensayos del Hospital Universitario de Basilea, con 213 personas sanas, lo que mejor predijo cómo sería la experiencia fue la cantidad. Ese dato se ha leído como prueba de que la cantidad pesa más que el estado, el lugar o la compañía. No lo es. En esos ensayos, la sala, el equipo y la preparación eran iguales para todos, y lo único que cambiaba de verdad de una persona a otra era la cantidad. Un estudio que no cambia el lugar no puede medir cuánto pesa el lugar.

La cantidad. Lo que ese análisis sí muestra es cómo cambia la experiencia con ella: por encima de una cantidad media, lo agradable ya no aumentaba; la ansiedad y la disolución del yo, sí.

El estado de quien la toma. En esos mismos ensayos, quienes llegaban con más bienestar y más abiertos a la experiencia la vivieron mejor, y la ansiedad previa la empeoraba. En un estudio con personas que lo tomaron por su cuenta, tener una intención clara y llegar preparado se asoció a menos experiencias difíciles. Una revisión de catorce estudios encontró que lo que más protege es la disposición a dejarse llevar, y lo que más complica la experiencia, la preocupación y la aprensión previas.

El lugar y la música. En los estudios con psilocibina, un entorno hostil, como un escáner médico, disparaba la ansiedad, y la música que resonaba con quien la escuchaba se asoció a mejores resultados.

Nada de eso lo decide todo. Ni la mejor preparación garantiza una buena experiencia ni un mal entorno condena a una mala. Y fuera de los laboratorios, donde el lugar y la compañía cambian mucho más que dentro, nadie ha podido medir bien cuánto pesan.

Cómo se toma, dentro y fuera de los ensayos. En los ensayos clínicos se toma con una revisión médica y psiquiátrica previa, en una sala tranquila, con alguien del equipo presente durante toda la sesión y sin otras sustancias de por medio. Fuera de ellos, las condiciones son muy variadas. En una gran encuesta internacional a 3.340 personas que lo habían tomado por primera vez, tres de cada diez lo hicieron en su casa, una de cada cuatro en casa de amigos, una de cada cinco en la naturaleza y algo menos de una de cada diez en un festival. Casi siete de cada diez lo tomaron con amigos, y la mitad tenía a alguien sin tomar que estaba pendiente.

Aun así, necesitar atención urgente es raro. En una encuesta a más de diez mil personas que lo habían tomado en el último año, le había pasado alguna vez a una de cada cien, alrededor de una de cada quinientas veces que lo tomaban. Eran más a menudo personas jóvenes, con un diagnóstico de salud mental o que lo tomaban con frecuencia; la mitad lo había mezclado con cannabis y una de cada cuatro con alcohol. Y más de la mitad atribuyó lo ocurrido al lugar en el que estaba o al estado de ánimo con el que llegó.

Lo que dice la investigación

En el laboratorio. Los ensayos del grupo de Matthias Liechti, en el Hospital Universitario de Basilea, son la mayor fuente de datos modernos con personas sanas. El LSD sube de forma moderada la tensión, el pulso y la temperatura, y en un análisis de cuatro de esos ensayos, siete de cada diez personas valoraron la experiencia como positiva en conjunto, sin reacciones adversas graves. Si antes de tomarlo se bloquea el receptor de serotonina 5-HT2A, el efecto desaparece, y si se bloquea cuando ya ha empezado, se acorta mucho.

Para la ansiedad. En 2014, un psiquiatra suizo publicó el primer ensayo controlado con LSD en cuarenta años: doce personas con ansiedad por una enfermedad grave, con terapia, frente a una cantidad mínima usada como comparación. La ansiedad bajó y la mejoría seguía al año. Lo pagó MAPS, una asociación estadounidense que promueve la investigación con psicodélicos. En 2023, el grupo de Basilea lo repitió con 42 pacientes y un placebo sin sustancia: la ansiedad y la depresión bajaron mucho más con LSD, y la mejoría se mantenía a las dieciséis semanas.

El camino a medicamento. La empresa estadounidense MindMed, que desde enero de 2026 se llama Definium Therapeutics, desarrolla una presentación de LSD que se deshace en la boca. En un ensayo con 198 personas con ansiedad generalizada, publicado en JAMA en 2025, una sola toma, sin psicoterapia, redujo los síntomas frente al placebo durante tres meses. Entre junio y septiembre de 2026, la empresa anunció resultados positivos en tres ensayos de fase 3, la última antes de pedir la aprobación: dos en ansiedad y uno en depresión. A octubre de 2026 esos resultados solo se conocen por las notas de prensa de la empresa, que los paga, y todavía no se han publicado en una revista. La empresa prevé pedir la aprobación en Estados Unidos en la primera mitad de 2027. La agencia del medicamento estadounidense le dio en 2024 una designación que acelera la revisión, que no es una aprobación.

Todos estos ensayos comparten un problema: con un efecto tan evidente, casi todo el mundo sabe si ha tomado LSD o placebo, y eso puede inflar la diferencia. En un ensayo, la empresa añadió una cantidad baja como comparación precisamente para que costara más adivinarlo.

Para la depresión, fuera de la empresa. El grupo de Basilea comparó en 2025 una cantidad alta y una baja en 61 pacientes con depresión. La diferencia a favor de la alta fue pequeña y no se sostuvo en todos los análisis.

Las microdosis. Tomar cantidades muy por debajo de las que producen una experiencia, de forma repetida, con la idea de mejorar el ánimo, la concentración o la creatividad, se ha hecho muy popular. Los ensayos con placebo no lo respaldan por ahora. En un estudio británico con 191 personas que ya lo hacían, y que se preparaban ellas mismas cápsulas con microdosis o con placebo sin saber cuál tomaban, los dos grupos mejoraron igual: contaba más lo que cada cual creía haber tomado que lo que había tomado. En un ensayo de Basilea con 53 adultos con trastorno por déficit de atención, encargado por la misma empresa, el placebo funcionó igual o algo mejor. Y en Nueva Zelanda, en 80 hombres sanos durante seis semanas, el ánimo subía el día de la toma, pero al final apenas quedaban cambios. Hay efectos del día que se pueden medir (un ánimo algo mejor, algo de ansiedad, una tensión algo más alta), pero ningún beneficio duradero claramente superior al del placebo. Una revisión de 2024 lo deja como una pregunta abierta.

Cuando se acaba

El efecto se va despacio, a lo largo de varias horas, y como dura tanto suele terminar de noche. Es frecuente que cueste dormir: es lo esperable con un efecto tan largo. Al día siguiente, en los ensayos, lo más habitual son el cansancio, el dolor de cabeza, la sensación de debilidad y la dificultad para concentrarse, y suele pasar en un día.

En la primera semana, casi una de cada diez personas de los ensayos de Basilea tuvo momentos breves, de segundos a minutos, en los que volvía algo de lo vivido, casi siempre visual. Los vivieron como neutros o agradables. No se deben a que quede LSD en el cuerpo, que lo elimina en horas. Si algo de esto se alarga o angustia, ver «Cuándo acudir a un médico».

Lo que deja

Lo que deja el LSD es lo más difícil de medir y de contar. En el seguimiento más largo con personas sanas, en Basilea, dieciséis participantes respondieron un año después de haberlo tomado en el laboratorio: siete de cada diez situaban aquella experiencia entre las diez más significativas de su vida, su bienestar había mejorado y nadie había empeorado. Es un indicio, no una prueba: son dieciséis voluntarios sanos que se apuntaron a un ensayo con LSD, sin un grupo con el que compararlos.

Un estudio con jóvenes noruegos que habían pasado por experiencias muy difíciles con LSD y otras sustancias parecidas encontró otra cosa, igual de interesante. Con el tiempo, muchos contaban aquellas experiencias como algunas de las que más les habían enseñado, por ejemplo a dejarse llevar en vez de resistirse. El estudio no demuestra que las experiencias difíciles enseñen; muestra cómo, con los meses, quien las vivió vuelve a contarlas y les da otro sentido. Ese volver sobre lo vivido es, precisamente, el después del que trata esta web.

No todo lo que queda es bueno. Muy pocas veces quedan alteraciones visuales que no se van y que causan malestar: estelas detrás de lo que se mueve, halos, imágenes que permanecen o una especie de nieve en el campo visual. Se llama trastorno perceptivo persistente por alucinógenos (TPPA, o HPPD por sus siglas en inglés), y el LSD es la sustancia que más se asocia a él: estaba detrás de 17 de los 24 casos publicados que revisó un estudio de 2022. No hay una cifra fiable de cuántas personas lo sufren; las que circulan van de una entre cincuenta mil a varias de cada cien, según cómo se pregunte. En los ensayos controlados no ha aparecido ningún caso. Es más frecuente tras el LSD que se toma fuera de la investigación, y quien ya tenía ansiedad parece más expuesto. Cuando aparece, puede durar mucho: de los casos publicados, que suelen ser los más graves, solo uno de cada cuatro se recuperó del todo. Y entre quienes llegaron a necesitar atención urgente, una de cada diez seguía notando las consecuencias un mes después (ver «Cuándo acudir a un médico»).

Lo que ningún estudio recoge bien es cómo se vive ese tiempo: volver a la vida de siempre con algo que no cabe en palabras, intentar contarlo y notar que no llega, decidir qué hacer con lo que se vio. De eso tratan los [testimonios] de esta web.

Lo que cuentan quienes lo han tomado

Palabras de participantes en dos estudios publicados en abierto: uno con jóvenes noruegos que hablan de sus experiencias más difíciles con enteógenos y otro con personas que tomaron microdosis de LSD para la depresión en un ensayo sin placebo en Nueva Zelanda. Traducción de Pon un Dios. Es lo que hay en abierto: no se han publicado palabras de pacientes de los ensayos con LSD a cantidades completas. Y el estudio noruego trata precisamente de cómo las experiencias difíciles se cuentan después como algo valioso, así que estas citas se inclinan hacia ese final. 

«Supe lo que es volverse loco. Fue muchísimo peor que la tortura y la muerte. Porque estás atrapado en tu cabeza, y es todavía peor cuando sabes que estás atrapado.» — Mark, estudiante, Noruega, sobre su experiencia más difícil con LSD

«Durante las tres semanas siguientes, me despertaba cada mañana feliz solo por estar viva.» — Helen, profesora, Noruega, después de una experiencia angustiosa

«Mis amigos y mi pareja han notado que tengo ganas de hacer cosas, cuando antes no quería hacer nada.» — Participante en un ensayo de microdosis para la depresión, Nueva Zelanda

Qué no sabemos

  • Si funcionará como medicamento fuera de los ensayos de la empresa que lo desarrolla, y cuánto de su efecto se debe a que casi todo el mundo sabe que lo ha tomado.
  • Cuánto duran los cambios que cuentan quienes lo han tomado, y a quién le llegan: el seguimiento más largo con personas sanas es de un año, con dieciséis participantes.
  • Si las microdosis hacen algo más que un placebo a largo plazo.
  • Cuántas personas sufren alteraciones visuales persistentes, por qué unas sí y otras no, y cómo tratarlas.
  • Cuánto pesan el lugar, la preparación y la compañía fuera de los laboratorios. Se sabe que importan; no se sabe medirlo bien.
  • De dónde viene lo que se vive. Se conoce el receptor por el que entra y hasta la forma en que se queda atrapado en él, pero no por qué eso, en una persona concreta, se convierte en terror, en risa o en la sensación de entenderlo todo. Sobre el origen de lo que se vive no tenemos respuesta, y no vamos a fingir que la tenemos, ni en un sentido ni en otro.

Qué contiene

El LSD es una sustancia semisintética: se fabrica en un laboratorio a partir del ácido lisérgico, que procede del cornezuelo, un hongo del centeno. Es de la familia de las ergolinas y comparte con la psilocibina y la DMT la misma pieza química, el indol. Actúa sobre todo a través del receptor de serotonina 5-HT2A, la misma puerta que la psilocibina, la DMT o la mescalina. Lo que lo distingue es cómo se agarra: al estudiar su estructura en un receptor muy parecido, se vio que una parte del receptor se cierra sobre la molécula como una tapa y la deja atrapada. Eso ayuda a explicar dos cosas: que sea activo en cantidades minúsculas y que su efecto dure tanto. Como es tan potente, se vende casi siempre impregnado en papel secante, en gotas o en gelatinas, y por el aspecto no se puede saber qué contiene ni cuánto (ver «Interacciones peligrosas»). En los últimos años han aparecido además sustancias muy parecidas al LSD, que el cuerpo convierte en LSD o que se comportan de forma similar, y que se han vendido a veces como si fueran legales.

Duración de los efectos

Por la boca, el efecto empieza entre media hora y algo más de una hora después, llega a su punto más intenso entre la segunda y la tercera hora y dura, según la cantidad, entre unas seis horas y media y unas once, a veces más. Durante el efecto son frecuentes la dificultad para concentrarse, la falta de apetito, la inquietud, el mareo, el dolor de cabeza y los problemas de equilibrio. Suben de forma moderada la tensión, el pulso y la temperatura, y se dilatan las pupilas. Como dura tanto, suele terminar de noche y es frecuente que cueste dormir. Al día siguiente son frecuentes el cansancio y el dolor de cabeza (ver «Cuando se acaba»). Tolerancia. Si se toma varios días seguidos, el efecto se reduce mucho en pocos días, y vuelve tras algunos días sin tomarlo. [VERIFICAR los plazos en la fuente original.] La tolerancia se cruza con la psilocibina y la mescalina: tomar una reduce el efecto de las otras.

Antes de tomarla

El LSD tiene una toxicidad física muy baja: en la literatura científica solo hay un par de muertes atribuidas al LSD solo, las dos dudosas, y se han descrito personas que tomaron por error cantidades enormes y se recuperaron. Sus riesgos están en otra parte: en lo que se mezcla con él, en quién lo toma y en lo que se vende con su nombre.

Lo que se vende como LSD no siempre lo es. Como se vende en papel y en cantidades invisibles, es fácil sustituirlo por otra cosa. En un análisis hecho en un festival portugués en 2016, solo dos de cada tres muestras vendidas como LSD eran LSD; casi una de cada diez era una sustancia del grupo NBOMe. Las NBOMe son mucho más tóxicas: pueden causar agitación extrema, convulsiones, el corazón muy acelerado, la tensión muy alta y una subida peligrosa de la temperatura, y han causado muertes en varios países europeos.

Con litio. Es la combinación más peligrosa documentada. Un estudio de 2021 reunió relatos publicados en internet por personas que tomaban litio y lo combinaron con LSD u otras sustancias parecidas: casi la mitad de los relatos con LSD (27 de 55) describían convulsiones, y cuatro de cada diez de quienes las tuvieron necesitaron una ambulancia o un hospital. Son relatos sin comprobar, pero los autores concluyen que el litio debería considerarse una contraindicación.

Con antidepresivos. Con los más habituales (los ISRS, como la fluoxetina o la sertralina), lo más frecuente es que el efecto del LSD se reduzca, aunque un ensayo reciente con paroxetina no encontró diferencias. Con los antidepresivos tricíclicos se ha descrito lo contrario: un efecto mayor. Quien toma un antidepresivo no debe dejarlo por su cuenta: es algo que se habla con el médico que lo recetó.

Con IMAO: la liana de la ayahuasca, la ruda siria o algunos antidepresivos. Los estudios antiguos encontraron que reducían el efecto del LSD. El riesgo de síndrome serotoninérgico en las combinaciones de enteógenos aparece sobre todo cuando hay un IMAO de por medio, aunque con el LSD no hay casos claros.

Con cannabis, alcohol u otras sustancias. En la encuesta sobre urgencias, la mitad de quienes las necesitaron lo había mezclado con cannabis, y una de cada cuatro con alcohol.

Con antecedentes de psicosis o de trastorno bipolar. Personales o en la familia cercana. Los ensayos clínicos excluyen a quien los tiene. En una revisión de 2024, en los ensayos controlados con estas sustancias hubo síntomas psicóticos en menos de una persona de cada cien, y el riesgo se asociaba a los antecedentes familiares y a mezclar sustancias. Ya en 1960, una encuesta a investigadores con miles de personas encontró psicosis de más de dos días en algo menos de una de cada mil personas sanas y en casi dos de cada mil pacientes psiquiátricos. Si es tu caso, o no conoces tu historia familiar, esa información importa más que cualquier otra de esta ficha.

Con problemas cardiovasculares o durante el embarazo. Sube de forma moderada la tensión, el pulso y la temperatura, y los ensayos excluyen a quien tiene una enfermedad del corazón, así que no hay datos de seguridad para esas personas. Durante el embarazo no hay datos de seguridad.

Situación legal en España

A fecha de octubre de 2026, según el texto consolidado del BOE (actualizado el 21 de abril de 2026), el LSD (lisergida) figura en la Lista I del Real Decreto 2829/1977 sobre sustancias psicotrópicas, la más restrictiva, igual que en la Lista I del Convenio de 1971 de Naciones Unidas. Su uso, fabricación, comercio y tenencia están prohibidos fuera de la investigación autorizada.

Desde los años ochenta, los tribunales lo consideran una sustancia que causa grave daño a la salud a efectos del delito contra la salud pública (artículo 368 del Código Penal), lo que agrava las penas por venderlo, darlo o tenerlo para darlo a otros. Tenerlo para consumo propio no es delito, pero tenerlo o consumirlo en la vía pública, en locales o en transportes públicos es una infracción grave, con multas de 601 a 30.000 euros (Ley Orgánica 4/2015).

Fuera de España: está prohibido en casi todo el mundo. En Suiza, algunos psiquiatras pueden usarlo con pacientes concretos con un permiso excepcional para cada caso. En Estados Unidos sigue en la lista más restrictiva, aunque una empresa prevé pedir su aprobación como medicamento en 2027.

Esto es información general, no asesoramiento jurídico. Esta situación puede cambiar: la revisamos cada seis meses.

Cuándo acudir a un médico

Durante las horas más intensas, a quien lo ha tomado puede costarle valorar lo que le pasa, así que esta primera parte sirve también para quien está con él.

La ansiedad, el miedo, la confusión, el llanto o la risa que no se controlan, ver cosas que no están y la sensación de que el tiempo se ha detenido forman parte habitual de la experiencia y suelen pasar solos, aunque duren horas. Estas señales, en cambio, no son normales y son motivo para llamar al 112 o ir a urgencias:

  • Convulsiones, sobre todo si la persona toma litio.
  • Fiebre alta, rigidez muscular, el corazón muy acelerado o una agitación extrema que no cede. Pueden ser señales de que lo que se tomó no era LSD.
  • Dolor en el pecho, desmayo o dificultad para respirar.
  • Una agitación en la que la persona puede hacerse daño o hacérselo a otros.
  • Confusión o desorientación que sigue cuando los efectos ya deberían haber pasado, teniendo en cuenta que pueden durar más de diez horas.

En urgencias conviene decir qué se ha tomado, aunque no se sepa con seguridad, y si había otras sustancias o fármacos. Para dudas sobre una posible intoxicación, está el Servicio de Información Toxicológica (91 562 04 20).

En los días o semanas siguientes, conviene consultar con un médico si las alteraciones visuales no se van o angustian, si aparecen ideas extrañas que la persona vive como reales, no se puede dormir durante varias noches seguidas, hay un miedo intenso que no cede o pensamientos de hacerse daño.

Testimonios

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Fuentes: