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Con sus palabras · 8

¿De qué sirve haber sentido a Dios si luego se te olvida?

En Tijuana, siete mujeres contaron a dos investigadoras lo que la ayahuasca había movido en ellas. El artículo cuenta con detalle dos primeras ceremonias: la de una joven que no salía del duelo por su padre y la de una mujer que llegó tras diez años de adicción. La segunda revive en la ceremonia los abusos que sufrió de niña, y lo cuenta con todo detalle, también cómo la tocó la facilitadora. Y una de ellas puso nombre a lo que viene después.

Del artículo «Sanar con amor: experiencias de mujeres en el consumo ritual de ayahuasca en Tijuana, Baja California» · Ciencias Sociales y Religión, 2023

Y dos frases de otras participantes, sin nombre.

El estudio, en pocas líneas

Dos investigadoras mexicanas estudiaron entre 2021 y 2022 cómo viven las mujeres las ceremonias de ayahuasca en Tijuana, una ciudad donde la oferta de terapias alternativas ha crecido mucho desde el año 2000. En la fase previa contaron nueve centros con local abierto al público que ofrecían ayahuasca, además de ocho grupos itinerantes y unos cincuenta curanderos llegados sobre todo de Perú, Colombia y Brasil.

El trabajo de campo se hizo en uno de esos centros, cuyo nombre cambiaron, elegido porque seguía unas pautas de seguridad y de ética. Allí dirigían las ceremonias curanderos shipibo-conibo de Perú. Empezaban de noche: los curanderos cantaban durante unas cinco horas, luego otros músicos seguían hasta el amanecer, y la mayoría de los participantes pasaba la noche tumbada y con los ojos cerrados. Hubo llanto, vómitos, risas y, sobre todo, silencio. Al final, en un círculo de palabra, cada uno contaba lo que había vivido; según algunos asistentes, oír a los demás les ayudaba a completar el sentido de lo suyo.

Antes y después, el centro pedía una semana sin carne roja, sal, azúcar, tabaco, café, alcohol ni relaciones sexuales, y que se dejaran los antidepresivos, los ansiolíticos y otros fármacos que no se pueden combinar con la ayahuasca. Que muchos antidepresivos no se combinen con la ayahuasca tiene su razón; dejarlos es otra cosa, y lo explicamos al final.

Entrevistaron en profundidad a siete mujeres de entre 21 y 58 años, con estudios universitarios, que llevaban de dos a quince años yendo a ceremonias; quienes iban a aquel centro eran sobre todo de clase media-alta. Para la mayoría, la ayahuasca había sido la primera sustancia de este tipo. Sus nombres están cambiados. El artículo cuenta con detalle dos primeras ceremonias, las de Gabriela y María, y recoge unas pocas frases sueltas. Esas dos ceremonias no son las que observaron las autoras, y el artículo no dice dónde fueron: Gabriela va a las de un facilitador de Tijuana formado con curanderos shipibo-conibo, y la de María la dirigía una facilitadora formada con curanderos shipibo-conibo y con facilitadores de Brasil.

  • Qué esEtnografía con entrevistas en profundidad (estudio cualitativo)
  • Quiénes7 mujeres de 21 a 58 años; el artículo cuenta dos casos con detalle
  • SustanciaAyahuasca, en ceremonias dirigidas por curanderos shipibo-conibo
  • DóndeTijuana (México)
  • Publicado2023, en Ciencias Sociales y Religión
  • LicenciaCC BY-NC-SA: se puede reutilizar sin fines comerciales, citando la fuente y con la misma licencia

Gabriela

28 años · el duelo por su padre

«Los amo a todos, amo la vida»

Gabriela tiene 28 años, es química farmacobióloga y profesora, y se considera espiritual, sin pertenecer a ninguna religión. Lleva cinco años yendo a ceremonias. Fue a la primera por la muerte de su padre, que tenía cáncer. Llevaba algo más de seis meses con depresión, y se animó porque su hermano contaba que había visto a su padre en una ceremonia de ayahuasca.

Al principio estaba pendiente de su cuerpo, para saber si ya había «entrado a la experiencia», calculando el tiempo y comparando todo con lo que conocía. Cuando empezaron los cantos, se vio debajo de las raíces de un árbol, se convirtió en planta y volvió a ser humana. Luego miró el fuego como si fuera la primera vez:

«me puse a llorar de lo magnífico que era ver el fuego y empecé a agradecer mi vida»

Después se sintió como un felino, en lo que pensaba y en cómo se movía, hasta que notó que no controlaba su cuerpo. Le entró miedo, y se tumbó hecha un ovillo.

«Entonces fue que me empecé a calmar, (...) y empecé a tener más visiones con los ojos cerrados, con mi mamá, porque [ella] estaba muy preocupada, (de) verme con depresión (…). Recuerdo que también empecé a sentir, todo eso sobre la muerte (...) Entonces, como que yo estaba muy aferrada a querer ver a mi papá en ceremonia (...) aunque no lo pudiera tocar, quería ver la forma que yo conocía de él (...) pero luego vi la preocupación de mi mamá y situaciones que tuve con mi mamá, todo el amor y todas las cosas (...) no tan lindas que le había hecho a mi mamá en todo ese tiempo (...) ya no podía estar acostada en sus piernas, (...) y me senté, y empecé a sentir, me voy a morir.»

«Empecé a luchar por mi vida, yo que tanto me quería morir, empecé a luchar por mi vida, no me quería morir (…). Después (...) me rendí, dije, si me voy a morir, me voy a morir, (...) y me volví a acostar a esperar mi muerte. (...) [M]e acosté, y después de eso, así como, un rayo de luz divina me tocó y dijo: ¿Qué te costaba? ¿No que te querías morir? pues te hubieras dejado desde el principio, ¿viste cómo estuviste batallando por vivir otra vez?, y empecé a sentir lo que era el amor divino, el amor universal, (...) fue instantáneo el “los amo a todos, amo la vida, los amo a todos” (…) esa fue mi primera ceremonia, terminar mi ceremonia con mucho amor, con otra cara, yo había llegado a esa ceremonia con la cara desencajada.»

Las autoras lo leen así: con el duelo y la depresión, le daba igual vivir o morir, y nada de lo que había probado la consolaba. En la ceremonia, su cuerpo sintió que se moría, con sudores, falta de aire y angustia, y ahí descubrió que no quería morirse. Cuando ya no pudo más, se rindió, y llegó lo demás.

Gabriela fue buscando a su padre; lo que vio fue la preocupación de su madre, que estaba viva.

Tras aquella ceremonia decidió trabajar de noche en un hospital oncológico, a cargo de la medicación controlada, porque, según dijo, de noche es cuando más duele el cáncer. Ha probado otros rituales, con hongos o peyote, y sigue yendo a ceremonias de ayahuasca. Dice que la ayahuasca, a la que llama «medicina», le ha dado una mirada más amorosa y comprensiva sobre sí misma, y le permite «trabajar» partes de sí más allá de la culpa o el miedo.

María

Llegó tras diez años de adicción

«Fue un morir y un renacer»

María cuenta que la violencia y los abusos sexuales de su padrastro la llevaron a las adicciones: durante diez años consumió anfetaminas y metanfetamina. A veces quería dejarlo, pero, según su manera de verlo, el cuerpo no se lo permitía. Acabó en una depresión profunda. Los psiquiatras le recetaron antidepresivos y pastillas para dormir, que le dejaron por dentro, dice, «un gran vacío». Se informó sobre lo que la ayahuasca podía hacer con la depresión y las adicciones, llegó a la ceremonia con un propósito claro y se lo contó a la facilitadora.

A los quince minutos vomitó y empezó a sentirse bien. Entonces la facilitadora se le acercó.

«Llega [la facilitadora], me toca (el hombro izquierdo) y me dice: —A lo que viniste. ¡Boom! Así me regresó (de la experiencia placentera). —No viniste a divertirte. ¡Y santo dios! no me haya dicho eso, empecé con un llanto del alma. (...) Lo primero que veo es a la persona que me había hecho daño de niña, mi padrastro. Y le reclamaba: —¡¿Por qué me hiciste eso?! Si se suponía que eras mi padre, la persona que me cuidaba, que me iba a dar amor, ¿por qué a mí?… Y me pidió perdón… su espíritu, o su imagen que estaba viendo, me pidió perdón, y yo a mi madre le pedí perdón, a él mismo, yo misma me perdonaba.»

«Yo sentía cómo algo estaba dentro de mí, moviéndose, no sé si era una serpiente, pero se movía fuerte dentro de mí. Llega [la facilitadora] y me pone su frente en mi frente, su tercer ojo en mi tercer ojo, y me dice: —¡trasciéndelo! ya lo viviste, ¡suéltalo! Pone su mano así en mi parte (indica su vagina). Pone su mano así (hace el gesto con la mano en forma de tazón e imita jalar con dirección de adentro hacia afuera). Y yo empiezo a retorcerme como una serpiente. Me fui para atrás y empiezo a gritar como si estuviera pariendo ¡Una lucha interna!, que decía: —¡No puedo!, —¡Sí puedes!; me decía. —¡Sácalo ya! Cuando siento algo como que, sale así, profundo, desde todo mi cuerpo, se centra aquí en la parte de mi vulva, mi vagina, y me lo saca de ahí. Cuando me lo saca, agarro aire y siento como que algo dentro de mí volvió. Ella ([la facilitadora]) al instante va, se abraza de un árbol y empieza a vomitar.»

«(Yo) estaba como que mi alma volvió a mi cuerpo, así profundo, y me abrazo. Y ¿qué es esto, que nunca había sentido? Ese amor, por mí principalmente, esa paz, esa tranquilidad, ya había traspasado el dolor. —¡Lo logré! (...) Empiezo sentir ese amor, esa paz, esa tranquilidad, que tantos años añoraba […]. Y empecé así, llorando, pidiendo perdón a toda la gente que le había hecho daño en un momento de mi vida. (…) Fue un morir y un renacer. (...) La medicina me estaba revelando, me estaba poniendo el espejo delante de mí. (...) La medicina te habla, es un espíritu tan poderoso, y es una mujer, es una abuela, muy antigua, muy viejita pero muy sabia (...).»

A la mañana siguiente, cuenta, tenía otra cara, sentía el cuerpo distinto y lo veía todo con una claridad nueva: «todos somos uno. Somos naturaleza, la naturaleza es nosotros».

María lo vive como «un morir y un renacer», y no ponemos en duda lo que sintió. Pero hay algo que esta web no puede pasar por alto. La facilitadora le puso la mano en los genitales mientras María, bajo los efectos de la ayahuasca, revivía los abusos de su padrastro, y el artículo no dice que se le pidiera permiso antes. Las autoras lo analizan como parte de la sanación y no se lo plantean. María no lo cuenta como un abuso. Pero bajo los efectos de una sustancia así cuesta mucho poner un límite, y es justo en situaciones como esa donde se han documentado abusos de quienes dirigen ceremonias. Lo contamos en el glosario, en abusos en contextos grupales.

Después, María convirtió su casa en un espacio de bienestar y plantó un jardín que considera el reflejo de su alma. Hoy su casa funciona como un centro de terapias alternativas, donde se ofrecen, entre otras cosas, temazcales, reiki, acupuntura, peyote, kambó y la 5-MeO-DMT del sapo. Cuenta que desde aquella ceremonia trata a su familia con más respeto y desde el amor, y de vez en cuando sigue yendo a ceremonias de ayahuasca. Considera que el espíritu de la ayahuasca le ha permitido, con las palabras que dan título al artículo, «sanar con amor».

Las autoras usan una frase suya para ilustrar algo que ven en varias de las mujeres: que los tratamientos médicos convencionales no les daban lo que buscaban. «hay enfermedades físicas que no se curan con pastillas porque son enfermedades del alma». Es lo que María sacó de su experiencia, en la que las pastillas la dejaron vacía; no es una razón para dejar un tratamiento, y de eso hablamos al final.

Lo que tienen en común

Las mujeres entrevistadas ven la ayahuasca como un ser vivo, femenino y maternal, una «abuela». Una de ellas lo explicó así:

«La ayahuasca es muy amorosa, (...) ella te hace un escaneo, así, en ti, y es ahí donde tú tienes que sanar. Si es cuerpo físico, espiritual, mental, emocional es donde ella señala, entonces ella con amor sana.»

Y hay otra cosa en la que coinciden, según las autoras: lo que se vive en una ceremonia no basta, y les toca a ellas llevar el cambio a la vida de todos los días. Los guías de las ceremonias decían algo parecido: que el proceso empieza cuando uno decide participar y sigue días y meses después. Una de las participantes (el artículo no dice cuál) lo dijo así:

«(...) ¿de qué sirve haber sentido a Dios si luego se te olvida? porque no hay un trabajo día a día de tu parte… No puede ser, porque si no se vuelven moda [el consumo de enteógenos]. Esto significa esfuerzo, compromiso, trabajo real.»

Lo que dicen las autoras

Para ellas, sanar no es quitarse de encima una enfermedad, sino transformarse como persona, y eso pasa por el cuerpo: los sudores, el vómito, el llanto, la postura de ovillo o el parto que siente María son la forma en que el malestar se convierte en otra cosa. Son críticas con la biomedicina, que, a su juicio, reduce la salud a lo biológico. Y recuerdan también el contexto: en Tijuana, la ayahuasca se da a conocer sobre todo en las redes sociales, como remedio para los males del mundo occidental, y en su expansión por el mundo han crecido negocios como el turismo místico.

En la tercera pieza de esta serie, una mujer en duelo llama a su madre muerta durante una sesión de ayahuasca, y siente que la encuentra. Gabriela fue a buscar a su padre y se encontró con su madre viva.

La ayahuasca no se combina con muchos antidepresivos, pero ni un antidepresivo ni un ansiolítico se dejan porque lo pida un centro: retirarlos de golpe tiene sus propios efectos, y es algo que se habla con el médico que los recetó. Lo explica su ficha.

Si el duelo, o las ganas de no seguir, te pesan, hablarlo con alguien de confianza, o con un profesional, forma parte de la salida. Si estás en peligro, los teléfonos están en esta página.

Fuentes: