¿Hubo enteógenos en los misterios?
Pon un Dios
· Revisado el 20 de octubre de 2026

Cada pocos años vuelve la noticia: los griegos tomaban psicodélicos en Eleusis, el cristianismo nació de un vino con drogas, los textos herméticos describen un viaje. Aquí separamos lo que tiene prueba material, lo que tiene prueba escrita, lo que es inferencia razonable y lo que es leyenda. La prueba material más citada del mundo está a cien kilómetros de Barcelona, y nadie la ha vuelto a mirar en veintinueve años. Esta web no necesita que los antiguos tomaran nada para defender lo que defiende; por eso puede decir «no hay prueba» donde no la hay.
En febrero de 2019, en una sala sin ventanas del Museo de Arqueología de Cataluña en Girona, el director del museo se puso unos guantes de látex azules y sacó un vasito de cerámica de dos dedos de alto. Delante tenía a un profesor de griego de ochenta y tres años que había cruzado el Atlántico para verlo. El profesor se llama Carl Ruck y en 1978 había firmado, con el banquero Gordon Wasson y el químico Albert Hofmann, un libro que sostenía que la bebida de los misterios de Eleusis llevaba cornezuelo, el hongo del que Hofmann había sacado el LSD. El libro le costó la carrera. Cuarenta años después, un abogado estadounidense le había llamado para decirle que la prueba que nunca encontró estaba en una granja griega del Ampurdán.
Ese vasito, y lo que se encontró en él en 1997, es el centro de este artículo. Alrededor están Eleusis, los textos herméticos, el libro que ha vendido la idea a millones de lectores, y un librito de 1908 que mucha gente lee después de la ayahuasca y toma por hermetismo antiguo. Vamos por partes, de lo más seguro a lo menos.
Lo que se sabe de Eleusis sin la hipótesis
Durante casi dos mil años, hasta que el emperador Teodosio los cerró en el 392, en Eleusis, a veinte kilómetros de Atenas, se celebraron cada otoño los misterios de Deméter y su hija Perséfone. Iban miles de personas, hombres y mujeres, libres y esclavos; Cicerón fue iniciado, y lo dice; de Platón y de Sófocles se da por hecho. Lo que pasaba dentro del santuario era secreto bajo pena de muerte, y el secreto se guardó: no hay ningún testimonio directo de la noche final.
Lo que sí hay son cuatro cosas. Primera, una bebida. El Himno homérico a Deméter cuenta que la diosa, de luto por su hija, rechazó el vino y pidió que le mezclaran «harina de cebada y agua con poleo tierno»; ese es el kykeón, y los iniciados lo bebían. Segunda, la fórmula que los iniciados pronunciaban, conservada por Clemente de Alejandría, que empieza así: «Ayuné; bebí el kykeón; tomé de la cesta». Tercera, la descripción de una experiencia, no de una enseñanza. Aristóteles dijo que los que se inician «no deben aprender algo, sino padecerlo». Plutarco describe el momento anterior al final: «extravíos y vueltas fatigosas; después, antes del fin, todos los terrores: escalofrío, temblor, sudor y estupor; y tras esto, una luz maravillosa sale al encuentro». Y cuarta, lo que decían después los que habían pasado: Píndaro, «dichoso quien, habiendo visto aquello, va bajo tierra: conoce el fin de la vida y conoce su principio»; Cicerón, que de los misterios «hemos recibido el modo de vivir con alegría y también el de morir con mejor esperanza».
Y está la profanación del 415 a. C., que es la prueba de que el secreto era de verdad: en vísperas de la expedición a Sicilia, Alcibíades y sus amigos fueron acusados de remedar los misterios en casas privadas, «llamándose a sí mismo hierofante», y la ciudad respondió con delaciones, confiscaciones y ejecuciones. Con esto, los historiadores reconstruyen un rito de ayuno, procesión nocturna, oscuridad, terror y revelación, que terminaba, según un testimonio tardío, con una espiga de trigo cosechada en silencio. Una experiencia intensa y transformadora, de eso no duda nadie. La pregunta es de dónde salía.
La hipótesis de 1978, y lo que ha pasado con ella desde entonces
The Road to Eleusis (en castellano, El camino a Eleusis, 1980) nació de tres ponencias leídas el 28 de octubre de 1977 en un congreso internacional sobre hongos en el estado de Washington, y su prefacio no deja dudas sobre la ambición: «creemos haber encontrado la solución». Wasson aportó el marco (los hongos de México, que él había dado a conocer en 1957) y la pregunta: si un hombre de la antigua Grecia pudo obtener un enteógeno del cornezuelo. Hofmann, la química: el cornezuelo que crece sobre la cebada contiene alcaloides solubles en agua, como la ergonovina, que un sacerdote podría haber separado de los tóxicos con una simple infusión. Ruck, el helenista que un año después acuñaría con otros la palabra «enteógeno» (lo contamos en Por qué decimos «enteógeno»), la filología: la cebada del kykeón, la púrpura de Deméter, el ciclo del hongo que muere y renace como Perséfone.
Para responder a la pregunta, Hofmann hizo lo que había hecho con el LSD en 1943: tomárselo. El 1 de abril de 1976, a las 12:20, ingirió «2,0 mg de maleato ácido de ergonovina… en un vaso de agua», de cinco a diez veces la dosis obstétrica, y llevó un diario que el libro reproduce. A la una, «náusea ligera… cansado, necesidad de recostarme; con los ojos cerrados, figuras de colores»; a la una y media, «los árboles del bosque vecino parecen animarse; sus ramas se mueven de manera amenazadora»; a las dos y media, «intenso deseo de soñar, incapacidad para el trabajo sistemático»; a las cinco, «tras una breve siesta me despierta una especie de explosión interior de todos los sentidos»; a las diez, «todos los efectos desaparecidos». Y su conclusión, que es la de un químico honrado: «Fue una experiencia realizada sin un procedimiento riguroso, mas prueba que la ergonovina posee una ligera actividad enteogénica modificadora del estado de ánimo», con una potencia de «aproximadamente una vigésima parte de la que tiene la LSD». Hofmann responde que sí a la pregunta de Wasson, pero con dos reservas que sus lectores suelen saltarse: «No tenemos manera de saber cuál era la composición del cornezuelo de la cebada o del trigo que se cosechaban en la llanura» de Eleusis, y toda la respuesta «se apoya en la suposición de que los herbolarios de la Grecia antigua eran tan inteligentes y hábiles como los del México prehispánico». Una posibilidad química apoyada en una suposición: así lo dejó escrito el propio autor.
Lo que vino después no lo cuentan los libros de divulgación, y conviene contarlo entero. En 1980, dos investigadores favorables a la hipótesis, Jonathan Ott y Peter Neely, repitieron el experimento con metilergonovina a la misma dosis y escribieron que el efecto recordaba al LSD «pero mucho más superficial», y que «los efectos somáticos eclipsan los psíquicos»: malestar antes que visión. En 2000, un artículo firmado por el propio Ruck con dos químicos admitió que esos autoexperimentos «parecen casi descalificar la hipótesis del cornezuelo de toda consideración seria. Parece que estamos en un callejón sin salida». La salida que propusieron fue otra química: que los sacerdotes hubieran hidrolizado los alcaloides tóxicos con lejía de ceniza hasta convertirlos en ergina, el principio activo de las semillas de ololiuqui. Y en 2026, veintiséis años después, un laboratorio griego, con Ruck de coautor y sin financiación externa, lo hizo: refluyó cornezuelo en lejía de ceniza, con tecnología al alcance de cualquier cocina antigua, y obtuvo ergina sin residuos tóxicos relevantes. Prueba que era posible. No prueba que ocurriera. Y el mismo artículo contiene la frase que la hipótesis lleva cuarenta y ocho años intentando que no se lea: en Eleusis «nunca se ha llevado a cabo una investigación sistemática, ni se ha concedido nunca permiso para ella». No hay un solo vaso del santuario analizado.
Los historiadores de la religión griega, mientras tanto, han hecho algo peor que refutar la hipótesis: la han ignorado. El tratado de referencia sobre las iniciaciones antiguas, de Jan Bremmer, publicado en abierto en 2014, describe el rito entero sin mencionar el cornezuelo, a Wasson, a Hofmann ni a Ruck; su única frase «psicodélica» es que «el parpadeo de los miles de antorchas debió de producir un efecto casi psicodélico entre los caminantes agotados». Kevin Clinton, que ha dedicado su vida a Eleusis, dio en 2025 un argumento que no se le había ocurrido a nadie: las cuentas públicas del santuario, grabadas en piedra, no registran ningún gasto «en producción de cornezuelo ni de drogas». Y Fritz Graf, cuando el autor del libro del que hablaremos enseguida le preguntó por qué la relación le parecía «bastante traída por los pelos», contestó despacio: «Lo principal es que no hay ni una pizca de prueba en nuestras fuentes».
Pero el escéptico más grande dejó escrita una duda. Walter Burkert, el mayor historiador de la religión griega del siglo XX, escribió en 1977 que cabía preguntarse, «aun sin perspectiva de una respuesta segura, si en la base de los misterios hubo rituales prehistóricos de drogas, alguna fiesta de la inmortalidad que, mediante la expansión de la conciencia, pareciera garantizar un más allá psicodélico». Y unas páginas después, según la cita que da Muraresku: «Un ritual puede persistir cuando la droga original lleva mucho tiempo olvidada y sustituida por sustancias inofensivas». Si la cita es exacta, el desacuerdo de fondo entre Burkert y Ruck no era si hubo alguna vez una sustancia, sino si todavía la había cuando Cicerón bebió el kykeón.
Pontós: la prueba que está en Girona
En 2020, el abogado Brian Muraresku publicó The Immortality Key (en castellano, La llave de la inmortalidad, 2023), con prólogo de Graham Hancock. Fue superventas en Estados Unidos y lo llevó a los programas más vistos del mundo. Su tesis es la de Ruck ampliada: Eleusis era psicodélico, el vino griego llevaba drogas, y el primer cristianismo heredó la receta. Y su prueba material, la única que presenta como «dato duro», está en Mas Castellar de Pontós, un yacimiento ibérico con fuerte presencia griega a diecisiete kilómetros de Empúries.
Lo que se encontró, dicho con las palabras de quienes lo excavaron y no con las del libro, es esto. En la «casa compleja» del poblado hay una habitación, la estancia 3, con un hogar central, los huesos quemados de tres perras en una fosa, diez vasitos miniatura repartidos por la sala y las habitaciones vecinas, y un altar hecho con una columna de mármol del Pentélico, la cantera de Atenas, con capitel jónico. Sus excavadores la interpretaron en 1993, antes de cualquier análisis, como «un posible santuario de Deméter y Core». En el nivel del suelo apareció «un fragmento de mandíbula con cuatro piezas dentales, que corresponde a un individuo de rasgos masculinos y de edad por encima de los 25 años». Y en 1997, un joven arqueobotánico de la Universidad de Barcelona, Jordi Juan-Tresserras, analizó al microscopio el sarro de esa mandíbula y el poso de uno de los vasitos, y en los dos encontró fragmentos de esclerocios de Claviceps, el cornezuelo.
Lo publicó en un párrafo. En un artículo de síntesis de 2000 en la revista Complutum escribió que el cornezuelo estaba en el vasito «como ingrediente casual o intencionado en una cerveza especial con mucho pósito», y que su contenido «podría asociarse al consumo del kykeón». En la monografía de la excavación, de 2002, en catalán, le dedicó dos páginas, y descartó la contaminación accidental porque en los molinos del yacimiento, también analizados, no había cornezuelo. Su tesis doctoral, donde está el análisis completo, sigue inédita. Y a mediados de los años 2000 dejó la arqueoquímica; hoy es profesor de turismo cultural.
Nadie en el mundo académico recogió el dato en veinte años. La única especialista española que lo comentó, Elisa Guerra-Doce, escribió en 2006 que la lectura del cornezuelo como «planta alucinógena» era una «hipótesis que debe ser revisada concienzudamente», y recordó un caso danés en el que aparecieron centenares de esclerocios en un cuerpo y se concluyó que los había comido sin querer con el cereal: el cornezuelo es un parásito tan corriente de la cebada que sus restos sirven, en otros estudios, como marcador de que una vasija contuvo cereal. En 2023 la misma arqueóloga escribió, sobre el conjunto de identificaciones de Juan-Tresserras de aquellos años, que «la falta de claridad al detallar los procedimientos metodológicos ha afectado a la fiabilidad de estos resultados». Y en las publicaciones posteriores de la excavadora, Enriqueta Pons, sobre esa misma sala, en francés y en inglés, el cornezuelo no aparece.
Muraresku encontró el párrafo en 2018, leyendo catalán en la Biblioteca del Congreso. Se puso en contacto con Pons y con Juan-Tresserras, que, según él, se sorprendieron de que alguien se interesara por un hallazgo de veinte años atrás; fue a Girona con Ruck en febrero de 2019; y pasó un año pidiendo al analista que rebuscara en sus archivos. Lo que hay que reconocerle es que cuenta lo que encontró. Juan-Tresserras localizó su informe de 1997 con la descripción del método y los resultados; las fotomicrografías, las imágenes del microscopio que permitirían a otro ver lo que él vio, no aparecieron, ni en sus papeles ni en la Universidad. Patrick McGovern, el arqueoquímico más citado del libro, le dijo que esa ausencia «añade un elemento de incertidumbre» a la identificación, aunque no dudaba de la honradez del analista. Y cuando Muraresku llevó el capítulo a Gregory Nagy, el helenista de Harvard que le había abierto su biblioteca, Nagy le dijo, según contó el propio Muraresku en 2021: «Brian, ni se te ocurra». Por eso el libro dice, en su epílogo, que la relación entre Pontós y Eleusis «simplemente no la conocemos», y dos páginas después llama al hallazgo «los primeros datos científicos del uso ritual de psicodélicos en la Antigüedad clásica». Las dos frases son del mismo libro.
Desde entonces, nada. Al cerrar el libro, Muraresku escribió que las muestras originales «podrían» estar guardadas en la Universidad de Barcelona a la espera de reanálisis. En enero de 2023 la prensa catalana anunció una nueva campaña en Pontós, pagada por la Generalitat, en la que una universidad estadounidense asumiría los análisis de lo que se encontrara; Pons declaró: «Me dicen que han descubierto esta información, que una profesora de universidad les había dicho que en Pontós había lo que buscaban desde hacía tiempo». No se ha publicado ningún resultado. McGovern, en 2025, ya no fue cauto: el libro «malinterpreta y sobreinterpreta los datos arqueológicos y arqueobotánicos, muy limitados y ambiguos, para resucitar la desacreditada teoría del cornezuelo en Eleusis».
Para ver qué aspecto tiene una prueba material sólida sirve compararla con tres que nadie discute. En Bolivia, un hatillo de cuero de hacia el año 1000 contenía harmina, bufotenina, cocaína y, con menos certeza, DMT: lo necesario para una ayahuasca, identificado por espectrometría de masas con patrones de referencia. En el Pamir, nueve de diez braseros funerarios de hacia el 500 a. C. dieron cannabinol, con el exterior de los vasos como control negativo. En una jarrita chipriota del British Museum, de hacia el 1500 a. C., seis extracciones independientes, con blancos y límites de detección, dieron papaverina y tebaína, los alcaloides del opio. Y en una cueva de Menorca, en cabellos humanos de hace tres mil años, se identificaron por cromatografía efedrina, atropina y escopolamina; lo firmó, en 2023, la misma arqueóloga que pide revisar Pontós. La química de hoy encuentra, cuando hay muestra. Pontós es una identificación visual, de un solo analista, sin química, sin imágenes conservadas, sin réplica en veintinueve años, con «casual o intencionado» y «podría» en el texto original. No es nada: es una pista. Y lo más raro de toda esta historia es que la pista más famosa del debate más viejo sobre drogas y religión está en un museo de Girona, verificable, y nadie ha pedido las muestras. Identificar químicamente alcaloides del cornezuelo en material arqueológico no se ha hecho nunca en ningún sitio del mundo; sería, también, la primera vez.
Lo que dicen los textos herméticos, y lo que no
El hermetismo antiguo son diecisiete tratados en griego, el Corpus Hermeticum, escritos en el Egipto romano entre los siglos I y III y atribuidos a Hermes Trismegisto, que es el dios egipcio Thot con nombre griego y que nunca existió; más un tratado latino, el Asclepio, y tres textos en copto que aparecieron en 1945 entre los manuscritos de Nag Hammadi. Durante el Renacimiento se creyeron anteriores a Moisés: en 1463 Cosme de Médici hizo que Ficino dejara a Platón y tradujera primero a Hermes, y Ficino lo acabó en unos meses, un año antes de que Cosme muriera. En 1614 un filólogo, Casaubon, demostró que eran de la era cristiana, y la noticia tardó siglos en llegar a quienes no querían oírla.
Lo que describen esos textos es, sin discusión, una experiencia. El primer tratado empieza con el narrador que ve «retenidos los sentidos del cuerpo, como les pasa a los hombres a quienes pesa el sueño tras un hartazgo de comida», y entonces «todo se me abrió, y veo una visión sin límites, todas las cosas vueltas luz». El tratado del «renacimiento» tiene al discípulo diciendo: «ahora ya no me veo a mí mismo», y después: «Estoy en el cielo, en la tierra, en el agua, en el aire; estoy en los animales, en las plantas; estoy en el vientre, antes del vientre, después del vientre; ¡estoy en todas partes!» Y el Discurso sobre la Ogdóada y la Enéada, el de Nag Hammadi, es la transcripción de una iniciación guiada: el maestro y el discípulo rezan juntos, cantan vocales, se abrazan («Abracémonos con afecto, hijo mío»), y de inmediato: «¡Porque veo! Veo profundidades indecibles». Quien haya pasado por una sesión reconoce el paisaje: la disolución del yo, la ubicuidad, la luz, el guía, lo indecible.
Y no hay ninguna sustancia. Hemos buscado en los tratados cualquier planta, bebida, perfume o droga: la única crátera es una metáfora («se llenó una gran copa con Mente… bautízate en esta copa»); las únicas plantas sirven, en el Asclepio, para animar estatuas; y el incienso se rechaza expresamente: cuando el discípulo propone rezar «con incienso y ungüentos», el maestro se aflige porque eso «se parece a una profanación de nuestros ritos sagrados». La metáfora que rige los textos es la contraria a la embriaguez: la humanidad está «entregada a la embriaguez, al sueño y a la ignorancia de Dios», y el camino es «sed sobrios». Lo que induce la visión, según el mayor especialista vivo, Wouter Hanegraaff, es la preparación intelectual, el rito, la plegaria, la adoración al sol y, en el texto de Nag Hammadi, «un beso o abrazo ritual». Él mismo lo escribió: no hacen falta «logias herméticas cuasimasónicas para tomar en serio los textos herméticos como reflejo de una práctica religiosa real».
Con un matiz que la defensa de la sobriedad hermética suele callar, y que es del propio Hanegraaff. En el mismo Egipto, en el mismo siglo, los papiros mágicos contienen la llamada Liturgia de Mitra, un ascenso visionario por los cielos que se parece mucho al hermético, y al final del papiro hay una receta: semilla de loto, miel, mirra, vino, aceite de rosa y el jugo de una planta llamada kentritis, que nadie ha identificado, untado alrededor de los ojos para ver «con tanta claridad que te asombrarás». Para el editor del papiro en 1903, la receta era una nota marginal pegada después; para Hanegraaff, es parte del rito, y «si uno mira con suficiente atención, tiene que concluir que el uso de sustancias enteogénicas desempeñó un papel bastante importante» en lo que ahí se describe. Sustancias en el entorno, no en los tratados. Y una cautela sobre el loto: la identificación de la «semilla de loto» del papiro con el loto azul del Nilo es una inferencia, y la farmacología del loto azul es la opuesta a la de un enteógeno: su alcaloide principal, la nuciferina, bloquea el mismo receptor que activan la psilocibina y el LSD, con un perfil parecido al de un antipsicótico; ningún texto egipcio lo describe como embriagante; no hay ningún ensayo en humanos; y de los decomisos estadounidenses de «loto azul» entre 2020 y 2023, el 90 % llevaba cannabinoides sintéticos. Lo que venden las tiendas con una flor egipcia en la etiqueta no es lo que ponía en el papiro, y lo que ponía en el papiro no sabemos qué era.
Hermes en Chicago: el Kybalion
El hermetismo que ha leído casi todo el mundo no es ninguno de esos textos. Es El Kybalion, firmado por «Tres Iniciados», publicado en 1908 por la Yogi Publication Society, con sede en el edificio del Templo Masónico de Chicago. Su autor, con toda probabilidad, fue William Walker Atkinson, abogado, editor y escritor de la corriente estadounidense del Nuevo Pensamiento, que publicó al menos trece libros como «Yogi Ramacharaka» y que en 1912 incluyó el Kybalion entre sus obras en la ficha que él mismo envió al Who's Who in America. El estilo, los temas (la obsesión por las siete leyes universales) y la editorial coinciden con el resto de su producción. Entró en castellano por el cauce teosófico, traducido por Federico Climent Terrer, director de la revista Teosofía de Barcelona, y lleva un siglo reimprimiéndose: una edición argentina de 1994 ya era la vigesimosexta.
Del hermetismo antiguo no tiene nada, salvo el nombre y una frase. El estudio más detallado sobre el libro concluye que «el Kybalion no dice nada sobre la tradición hermética, aunque la tradición hermética contemporánea tenga mucho que decir sobre el Kybalion». Su «como es arriba, es abajo» viene de la Tabla Esmeralda, un texto árabe de los siglos VIII-IX; su «vibración», de un médico inglés del siglo XVIII; y sus siete principios (mentalismo, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa y efecto, género) no están en ningún tratado antiguo. De sustancias, nada: hemos leído el libro entero y no contiene una planta, una bebida ni un trance que no sea «la absorción en el TODO». Es un libro de leyes mentales, y como tal es claro, breve y, para muchos, convincente.
Y aquí entra algo que ningún estudio ha registrado y que esta web puede contar de primera mano. Un lector de esta web, que ha contado su experiencia en El niño que no se permitió llorar, se encontró con el Kybalion casi por casualidad después de su primera ayahuasca, cuando todavía intentaba descifrar lo que le había pasado. Dos cosas le sorprendieron. La primera, saber con rotundidad que, de no haber vivido la ayahuasca antes, era un libro que jamás habría leído completo: nada más empezar le habría parecido demasiado rebuscado, o sencillamente no lo habría comprendido. La segunda, que cada uno de los siete principios no solo los podía entender sin dificultad, sino que cobraban, gracias a lo vivido, un sentido que le resultaba imposible de negar: para él fueron, y siguen siendo, «siete Verdades capitales». Los que se le clavaron primero fueron el primero, «el Todo es Mente; el universo es mental», y el tercero, «nada descansa; todo se mueve; todo vibra». Y la distinción que él mismo hace es la que importa: «No es lo mismo interpretarlo, o entender el significado, que sentirlo interiorizado como una Verdad».
Lo que esta web puede decir de eso es lo que dijo en Más real que lo real: la certeza es un rasgo de la experiencia, y desde dentro no hay manera de distinguir si el libro describe lo que uno vio o si lo que uno vio le hizo capaz de leer el libro como si lo describiera. En su testimonio, escrito antes de leer el Kybalion, están la placa base dorada «vibrando», el sonido fijo en el cráneo y la sospecha de que la personalidad era un programa: vibración y mente, con sus palabras. El libro no le convenció; lo reconoció. Que un texto de 1908 escrito en Chicago por un abogado del Nuevo Pensamiento se vuelva transparente después de una sesión en un salón de las afueras de Madrid no dice nada contra el texto ni contra la sesión. Dice que la experiencia deja una llave que abre varias cerraduras, y que algunas las fabricó, hace un siglo, gente que no había tomado nada. Lo que sí está medido apunta en la misma dirección: en el mayor estudio sobre cambios de creencias tras una experiencia con psicodélicos, con 2.374 personas, quienes se identificaban como creyentes en una realidad última, un poder superior o Dios pasaron del 29 % antes al 59 % después, y entre las afirmaciones que más subieron está «el universo es consciente»; en otro, el giro «lejos del materialismo duro» hacia el panpsiquismo se mantenía a los seis meses. Nadie ha preguntado por el Kybalion. Pero el primer principio del Kybalion es exactamente esa frase.
Lo que el escéptico tiene de razón, y lo que tiene el defensor
El escéptico tiene seis cosas. Que las fuentes antiguas describen un rito de revelación agraria y una experiencia que ayuno, agotamiento, oscuridad, terror y luz bastan para explicar, y que el rito está mejor descrito sin la hipótesis que con ella. Que los alcaloides del cornezuelo realmente probados en humanos producen sobre todo lasitud y malestar, y que lo dijeron sus propios defensores. Que en Eleusis no hay ni un residuo, y las cuentas en piedra no registran la compra. Que Pontós es una mirada al microscopio de una sola persona, sin fotos, sin réplica y sin química, de un hongo que está en toda la cebada. Que los textos herméticos no mencionan sustancia alguna y predican la sobriedad; y que el Kybalion no es hermético ni antiguo. Y el método: dos profesores canadienses de clásicas y de religión describieron en 2026 el patrón de esta literatura como «presentar afirmaciones, seguidas de pruebas circunstanciales débiles, consolidando retóricamente la interpretación de esas pruebas en un "hecho" sobre el que se construye la siguiente ronda de conjeturas». Un historiador de Harvard que simpatiza con la búsqueda, Charles Stang, lo dijo de otra manera: en el libro de Muraresku la pistola humeante va siempre acompañada de un «podría», hasta que en la última página ya no es si, sino cuándo.
El defensor tiene otras seis. Que el kykeón era una bebida concreta y se tomaba antes de la visión, y que la fórmula del iniciado empieza por «bebí». Que Plutarco y Aristóteles describen un padecer, no una lección. Que Burkert, el escéptico mayor, dejó escrita la pregunta. Que la objeción de la toxicidad, la que descalificaba la hipótesis en 2000, está químicamente resuelta desde 2026. Que fuera de Grecia la prueba material de sustancias en la Antigüedad es sólida, en Bolivia, en el Pamir, en Chipre, y «no hay prueba» no es «no hubo». Y que el entorno egipcio de los textos herméticos sí tenía una receta con plantas, según el historiador más serio del hermetismo. Stang resumió la posición honesta del defensor, en un acto de Harvard en 2021 en el que presentaba el libro, con una frase que es también la de esta web: «Espero plenamente que lo encontremos. No creo que lo hayamos encontrado. Y creo que es una distinción importante».
¿Importa?
Quien cita Eleusis en una ceremonia de Madrid busca lo que un historiador escéptico, Andy Letcher, describió sin crueldad: «validar una práctica moderna dándole raíces religiosas profundas». Si fuera cierto que Platón bebió cornezuelo, el uso contemporáneo tendría una genealogía de dos mil años y una respuesta lista para la palabra «droga». Es una tentación comprensible, y esta web no la comparte. Ya lo dijimos en ¿Tomó Jesús algún enteógeno?: la experiencia no necesita pedigrí. Lo que vale de una sesión de ayahuasca no depende de lo que hicieran los atenienses, y si dependiera, la historia de la ciencia enseña que las genealogías se caen. Y hay una razón más: la estructura del argumento («si no hay prueba, es por el secreto») es exactamente la que los historiadores llaman infalsable, y una web que presume de decir quién pagó cada estudio no puede comprar un argumento que no se puede perder.
Lo que sí importa es más pequeño y más cerca. La prueba material del libro más vendido sobre este asunto está en un museo de Girona, y nadie la ha vuelto a mirar en veintinueve años. Reanalizar un sarro y el poso de un vasito con la química de 2026 costaría una fracción de lo que costó el libro. Esta web no hace campañas; pero constatar que lo más barato de todo este debate es lo único que nadie ha hecho, eso sí es cosa nuestra.
Quién pagó
Como siempre, se dice y no se juzga. Wasson era vicepresidente del banco J. P. Morgan y pagó de su bolsillo el viaje de 1955 a Huautla; el reportaje de Life de 1957 lo pagó la revista. Al año siguiente, un químico le escribió «de la nada» ofreciéndole una fundación que financiaría la siguiente expedición: fueron 2.000 dólares del Geschickter Fund, un conducto de la CIA, que registró el viaje como Subproyecto 58 de MK-ULTRA; que Wasson lo supiera no está probado, y la primera expedición y el reportaje no aparecen financiados por la agencia. Hofmann trabajaba para Sandoz. Ruck fue catedrático de Clásicas en la Universidad de Boston durante cincuenta y nueve años; el castigo de 1978 (perdió la jefatura del departamento y la docencia de posgrado) solo consta en relatos de terceros; no fue expulsado, y se jubiló en 2025. El artículo de 2026 que resolvió la química declara «sin financiación externa» y tiene dos coautores del instituto que lleva el nombre de Wasson y Ruck. Muraresku es abogado, licenciado en lenguas clásicas, y fue director fundador de una organización de médicos a favor de la regulación del cannabis; no tiene cargo en Harvard ni en Johns Hopkins, aunque el libro se presentó en las dos; cómo financió doce años de investigación no lo dice ninguna fuente; el prólogo es de Graham Hancock, que afirma que el autor se inspiró en su propio libro de 2005; y Muraresku declaró en 2021 no haber tomado nunca un psicodélico. Las excavaciones de Pontós las han pagado la Generalitat, la Diputación de Girona y el Museo de Arqueología de Cataluña; los análisis de 1997, dos proyectos públicos. Los trabajos de Guerra-Doce, fondos públicos españoles y europeos. El único estudio sobre la química del loto azul de venta comercial lo firman empleados de una empresa de aceites esenciales. Hanegraaff, Bremmer y Burkert, universidades públicas de Ámsterdam, Groninga y Zúrich.
Lo que se repite sin prueba
Lo comprobamos en los dos sentidos.
«Está demostrado que en Eleusis se tomaba un psicodélico.» No hay ningún residuo analizado en Eleusis; la química de 2026 prueba la posibilidad, no el uso; Pontós es una observación al microscopio sin réplica. Lo defendible: hipótesis plausible, no demostrada.
«El vino griego llevaba siempre drogas.» Es la tesis de Ruck en el mismo libro: que el vino antiguo «no contenía alcohol como sustancia embriagante única, sino que por lo general era una infusión variada de toxinas vegetales en un líquido vinoso», porque, diluido con tres partes de agua, como era costumbre, no podría explicar las locuras y muertes que cuentan las fuentes. Que se mezclaba con agua es un hecho filológico; que llevara aditivos psicotrópicos es una inferencia a partir de textos literarios, sin un solo análisis químico de vino griego que la apoye, y con otra explicación disponible para las muertes: el vino sin diluir de catorce grados en gente que no lo bebía nunca así.
«Los centros psicodélicos prehistóricos: Göbekli Tepe, los frescos del Sáhara.» En Göbekli Tepe ni la cerveza está confirmada: el test de los propios excavadores no fue reproducible y lo califican de «tentativo». Del «chamán con hongos» de Tassili, el autor de la idea reconoce en 1992 que el mismo símbolo se había interpretado antes como punta de flecha, remo o flor, y el dibujo famoso es una reconstrucción moderna a partir de una foto con zonas dañadas.
«Los egipcios usaban el loto azul como enteógeno en los templos.» Iconografía abundante, ningún texto, ningún residuo en un vaso con procedencia, ningún ensayo humano, y una farmacología contraria.
«El Kybalion es un texto hermético antiguo.» Chicago, 1908.
«Hermes Trismegisto existió.» Es Thot. Los textos son de los siglos I al III y lo sabemos desde 1614.
«Muraresku es un académico de Harvard.» Es abogado, y Harvard le dio una sala, no una cátedra. Gregory Nagy escribió una frase para la contraportada y, según el propio Muraresku, le prohibió afirmar la conexión con Eleusis. Ninguna revista de estudios clásicos ha reseñado el libro.
Y del otro lado. «No hay ninguna prueba de sustancias en la Antigüedad.» Falso: Bolivia, el Pamir, Chipre, con química impecable; ninguna en Grecia. «Los misterios eran teatro y nada más.» Los escépticos académicos no dicen eso: aceptan una experiencia intensa y transformadora, y discuten su fuente, no su existencia. «Mylonas refutó la hipótesis del cornezuelo.» Mylonas escribió en 1961; la hipótesis es de 1978.
Cómo lo cuenta esta web
Esta web cree que los enteógenos son un bien, y por eso no necesita que lo fueran para los griegos. Cuenta la hipótesis de 1978 con su mejor química y con sus peores autoexperimentos; cuenta Pontós con las palabras de sus excavadores y no con las del libro; cuenta lo que los textos herméticos describen, que se parece mucho a lo que cuentan nuestros testimonios, y lo que no mencionan, que es cualquier sustancia; y cuenta el Kybalion como lo que es, un libro de Chicago de 1908 que, leído después de una experiencia, se vuelve transparente para mucha gente. Ninguna de esas cosas le quita valor a lo que se vive en un salón de Madrid. Lo que esta web no hará es apuntalar una experiencia verdadera con una historia que no lo es.
Qué no sabemos
- Qué había en el kykeón. La receta dice cebada, agua y poleo. Lo demás es hipótesis mientras no se analice un vaso de Eleusis, y nunca se ha concedido permiso.
- Qué había en el vasito de Pontós. Un analista vio cornezuelo en 1997. Las muestras, si existen, están en Barcelona. Nadie las ha pedido.
- Qué era la kentritis de la receta del papiro, ni si la «semilla de loto» es el loto azul.
- Qué decía Burkert exactamente en la segunda mitad de la frase que todo el mundo cita: la primera está verificada en su texto; la segunda, solo a través de Muraresku.
- Cuánta gente lee el Kybalion después de una experiencia, y qué hace con él. No lo ha preguntado nadie. Tenemos un caso, y es de casa.
Testimonios
Tu testimonio puede servirle a alguien que está justo donde tú estuviste.
Sin registro. Se publica con la firma que elijas.
- Wasson, R. G., Hofmann, A. y Ruck, C. A. P. (1978). The Road to Eleusis: Unveiling the Secret of the Mysteries. Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich. En castellano: El camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios, trad. de Felipe Garrido, México, Fondo de Cultura Económica, 1980 (capítulo I, de R. G. Wasson, «El camino de Wasson a Eleusis»; capítulo II, de A. Hofmann, «Una pregunta inquietante, y mi respuesta»; capítulo III, de C. A. P. Ruck, «La solución del misterio eleusino»).
- Ott, J. y Neely, P. (1980). «Entheogenic (hallucinogenic) effects of methylergonovine». Journal of Psychedelic Drugs, vol. 12, n.º 2, pág. 165. [VERIFICAR título]
- Webster, P., Perrine, D. M. y Ruck, C. A. P. (2000). «Mixing the Kykeon». ELEUSIS: Journal of Psychoactive Plants and Compounds, n. s., n.º 4, págs. 3-18.
- Antonopoulos, D. et al. (2026). «Investigating the psychedelic hypothesis of kykeon». Scientific Reports, vol. 16, 8757. [VERIFICAR título completo]
- Hofmann, A. (1980). LSD: My Problem Child. Nueva York: McGraw-Hill (edición en línea autorizada por MAPS).
- Himno homérico a Deméter, vv. 208-210 y 480-482, ed. T. W. Allen (Perseus). Clemente de Alejandría, Protréptico II.21. Plutarco, Alcibíades 19-22, y fr. 178 Sandbach (Estobeo IV.52). Aristóteles, fr. 15 Rose (Sinesio, Dión). Píndaro, fr. 137. Sófocles, fr. 837. Cicerón, De legibus II.14.36. Tucídides VI.27-28, 53, 60-61. Ediciones de dominio público; traducción de Pon un Dios.
- Bremmer, J. N. (2014). Initiation into the Mysteries of the Ancient World. Berlín: De Gruyter (acceso abierto).
- Burkert, W. (1985). Greek Religion: Archaic and Classical, trad. J. Raffan. Oxford: Blackwell, págs. 277 y 289 (orig. 1977). [VERIFICAR p. 289 en el original]
- Stang, C. M. (2024). «Psychedelic Futures and Altered States in the Religions of the Ancient Mediterranean». Harvard Theological Review, vol. 117, n.º 4, págs. 851-870.
- Kitchens, T. (2025). «The Strange Case of The Immortality Key». Reason, marzo de 2025.
- Mosurinjohn, S. y Ascough, R. (2026). «Psychedelics, Eleusis, and the Invention of Religious Experience». Psychedelic Medicine, vol. 4, n.º 1, págs. 35-44.
- Muraresku, B. C. (2020). The Immortality Key: The Secret History of the Religion with No Name. Nueva York: St. Martin's Press (en castellano, La llave de la inmortalidad, Barcelona, Crítica, 2023), caps. 5-7 y epílogo de la primera parte.
- Harvard Divinity School, Center for the Study of World Religions (1 de febrero de 2021). «Psychedelics: The Ancient Religion with No Name?», transcripción.
- Juan-Tresserras, J. (2000). «La arqueología de las drogas en la Península Ibérica: una síntesis de las recientes investigaciones arqueobotánicas». Complutum, vol. 11, págs. 261-274.
- Pons, E. (dir.) et al. (2002). Mas Castellar de Pontós (Alt Empordà). Un complex arqueològic d'època ibèrica (Excavacions 1990-1998). Girona: Museu d'Arqueologia de Catalunya, Sèrie Monogràfica 21 (capítulos de J. Juan-Tresserras, págs. 477-481 y 548-556).
- Pons, E. (1997). [título por confirmar]. Quaderns de Prehistòria i Arqueologia de Castelló, vol. 18, págs. 71-89 (repositorio de la Universitat Jaume I). [VERIFICAR título]
- Adroher, A., Pons, E. y Ruiz de Arbulo, J. (1993). «El yacimiento de Mas Castellar de Pontós y el comercio del cereal ibérico en la zona de Emporion y Rhode (ss. IV-II a. C.)». Archivo Español de Arqueología, vol. 66, págs. 31-70. [VERIFICAR título]
- Pons, E. y Colominas, L. (c. 2015). «Des silos et des rites dans le monde ibérique. Espaces de culte à Pontós». Dossiers d'Archéologie, n.º 367, págs. 38-43.
- Guerra Doce, E. y López Sáez, J. A. (2006). «El registro arqueobotánico de plantas psicoactivas en la prehistoria de la Península Ibérica. Una aproximación etnobotánica y fitoquímica a la interpretación de la evidencia». Complutum, vol. 17, págs. 7-24.
- Guerra-Doce, E. et al. (2023). «Direct evidence of the use of multiple drugs in Bronze Age Menorca (Western Mediterranean) from human hair analysis». Scientific Reports, vol. 13, 4782. [VERIFICAR título]
- Lucejko, J. J. et al. (2018). «Long-lasting ergot lipids as new biomarkers for assessing the presence of cereals and cereal products in archaeological vessels». Scientific Reports, vol. 8, 3935. [VERIFICAR título]
- Agència Catalana de Notícies (6 de enero de 2023). Despacho sobre la nueva campaña de excavación en Mas Castellar de Pontós, reproducido en VilaWeb.
- Miller, M. J., Albarracin-Jordan, J., Moore, C. y Capriles, J. M. (2019). «Chemical evidence for the use of multiple psychotropic plants in a 1,000-year-old ritual bundle from South America». PNAS, vol. 116, n.º 23, págs. 11207-11212.
- Ren, M. et al. (2019). «The origins of cannabis smoking: Chemical residue evidence from the first millennium BCE in the Pamirs». Science Advances, vol. 5, n.º 6, eaaw1391.
- Smith, R. K., Stacey, R. J., Bergström, E. y Thomas-Oates, J. (2018). «Detection of opium alkaloids in a Cypriot base-ring juglet». Analyst, vol. 143, págs. 5127-5136.
- Dietrich, O., Heun, M., Notroff, J., Schmidt, K. y Zarnkow, M. (2012). «The role of cult and feasting in the emergence of Neolithic communities. New evidence from Göbekli Tepe, south-eastern Turkey». Antiquity, vol. 86, págs. 674-695.
- Mead, G. R. S. (1906). Thrice-Greatest Hermes: Studies in Hellenistic Theosophy and Gnosis, 3 vols. Londres y Benarés: Theosophical Publishing Society (dominio público).
- Hanegraaff, W. J. (2008). «Altered States of Knowledge: The Attainment of Gnōsis in the Hermetica». The International Journal of the Platonic Tradition, vol. 2, págs. 128-163.
- Hanegraaff, W. J. (2022). Hermetic Spirituality and the Historical Imagination: Altered States of Knowledge in Late Antiquity. Cambridge: Cambridge University Press.
- Hanegraaff, W. J. (2020). «Psychedelica in de westerse cultuur: onnodige psychiatrisering van visionaire ervaringen». Tijdschrift voor Psychiatrie, vol. 62, n.º 8, págs. 713-720.
- Hanegraaff, W. J. (2012). «Entheogenic Esotericism». En E. Asprem y K. Granholm (eds.), Contemporary Esotericism. Sheffield: Equinox, págs. 392-409.
- Dieterich, A. (1910). Eine Mithrasliturgie, 2.ª ed. Leipzig: Teubner (dominio público).
- Harrauer, C. (2009). «Marsilio Ficino und der "Mythos vom Menschen"». Wiener Studien, Beiheft 33, págs. 173-188.
- Farrell, M. S. et al. (2016). «In Vitro and In Vivo Characterization of the Alkaloid Nuciferine». PLoS ONE, vol. 11, n.º 3, e0150602.
- Dosoky, N. S. et al. (2023). «Chemical Composition, Market Survey, and Safety Assessment of Blue Lotus (Nymphaea caerulea Savigny) Extracts». Molecules, vol. 28, n.º 20, 7014.
- Seither, J. Z. et al. (2024). «Synthetic cannabinoid identification in cases associated with blue lotus and valerian root vaping products». Journal of Analytical Toxicology, vol. 48, n.º 8, págs. 557-565.
- Timmermann, C. et al. (2021). «Psychedelics alter metaphysical beliefs». Scientific Reports, vol. 11, 22166.
- Nayak, S. M., Singh, M., Yaden, D. B. y Griffiths, R. R. (2023). «Belief changes associated with psychedelic use». Journal of Psychopharmacology, vol. 37, n.º 1, págs. 80-92.
- Three Initiates [W. W. Atkinson] (1908). The Kybalion: A Study of the Hermetic Philosophy of Ancient Egypt and Greece. Chicago: The Yogi Publication Society (dominio público).
- Chapel, N. E. (2013). «The Kybalion's New Clothes: An Early 20th Century Text's Dubious Association with Hermeticism». Journal of the Western Mystery Tradition, vol. 3, n.º 24.
- Horowitz, M. (2025). «The Kybalion Without Tears». Mystery Achievement, 12 de julio de 2025.
- Deslippe, P. (ed.) (2011). The Kybalion: The Definitive Edition. Nueva York: Tarcher/Penguin.
- Brown, J. B. (2021). Reseña de The Immortality Key. Journal of Psychedelic Studies, vol. 5, n.º 1, págs. 5-8. [VERIFICAR título]
- Marks, J. (1979). The Search for the "Manchurian Candidate": The CIA and Mind Control. Nueva York: Times Books, cap. 7.
- Samorini, G. (1992). «The oldest representations of hallucinogenic mushrooms in the world (Sahara Desert, 9000-7000 B.P.)». Integration, n.º 2-3, págs. 69-78.
- Letcher, A. (2006). Shroom: A Cultural History of the Magic Mushroom. Londres: Faber & Faber. [VERIFICAR la cita; vía Sullum 2007]
- Ruck, C. A. P., Bigwood, J., Staples, D., Ott, J. y Wasson, R. G. (1979). «Entheogens». Journal of Psychedelic Drugs, vol. 11, n.º 1-2, págs. 145-146.
Otros artículos

Por qué da vergüenza decirlo

Ayahuasca

¿Quién hay ahí?


