Testimonios Lo vivido
El niño que no se permitió llorar
Por JMP
- Ayahuasca
- Con una persona de confianza
- 35 min de lectura
- Lo que vino después: bueno · todavía dura
Tomé ayahuasca por primera vez a los cuarenta y nueve años, en el salón de mi casa, una casa con jardín en las afueras de Madrid.
Escribo «mi casa» y ya estoy mintiendo. Era la casa que nos habían cedido los padres de M, en la ciudad donde ella nació y había vivido siempre, con los niños en un colegio y una guardería que pagaba su padre. Yo vivía allí de prestado, y me sentía mantenido. Estaba donde no quería estar, donde nunca había querido estar y seguía sin querer.
Vivía con M, mi mujer, y con nuestros dos hijos, que entonces tenían nueve y cinco años. Habíamos pasado juntos por la muerte de mi padre y la de su madre, por la crianza y por varias crisis económicas. Visto desde fuera, nos iba bien. Pero algo no funcionaba, y el problema era yo.
No estaba deprimido. No llegaba ni a sentirme infeliz. Me sentía vacío, inerte, indiferente. Estaba estancado, y seguía reaccionando a todo como cuando tenía veinte años. La ansiedad la notaba en el vientre, en la garganta, en los testículos. Era peor por las mañanas y a mediodía. Cuando llegaba, me paraba en seco: buscaba estar solo y me enchufaba a una pantalla, a cualquier cosa que me alienara.
Con M llevábamos diez años en la misma discusión. Ella decía que no era de fiar, que no era maduro, que era un egoísta, que no era cariñoso. Yo decía que me dejara en paz, que me diera espacio, que no me apechugara cuando estaba enfadado, que se apartara de mi vista. Las dos cosas eran ciertas y ninguna servía de nada. Era un pulso: quién tenía más razón. Ella insistía en hablar sin parar, incluso cuando yo ya estaba bloqueado, y yo solo quería irme de la habitación. Era justo ahí donde se volvía encarnizado: ella forzando que siguiéramos, yo intentando salir.
Hubo una época en que llegué a decirle a alguien que se muriera. Que para vivir de cierta manera, con ciertas actitudes, era mejor tirarse por un barranco y acabar con todo. No voy a decir a quién se lo dije. Lo pongo porque, si no, «el problema era yo» se lee como una manera elegante de no decir nada.
Y hubo una vez, con mi hijo mayor, que tendría ocho o nueve años, en que me enfadé de una manera que no se me ha quitado de encima. Grité. Creo que lo zarandeé de los hombros. No recuerdo qué le dije; alguna ordinariez empujada por el enfado. Lo que sí recuerdo es lo que vi en ese momento: el reflejo exacto de mi padre en mí. La misma crueldad, la misma explosión. Mi hijo me quiere y me adora como a nada en el mundo, y supe aquella vez que no lo merecía.
Mi padre era zapatero. No remendón: en una fábrica, uno más en la cadena. Pero él no se sintió nunca un eslabón de nada, porque tenía un amor propio enorme y se hacía respetar, a veces demasiado. Tenía unas manos fuertes, musculosas, que olían a una mezcla de caucho y de tabaco. El resto de él olía a colonias viejas. Yo le llamaba «pá». Él a mí me llamaba por mi nombre entero, siempre.
Hay dos escenas suyas que se me clavaron y no se han movido de ahí.
A los siete años, saliendo del colegio, vino a recogerme y me pilló haciendo el tonto con los de mi clase, tirándome por los suelos para hacerles reír. Me cogió de la mano, me llevó a la calle y, cuando estuvimos apartados del resto, me dijo con el rostro casi enfurecido que no quería que yo fuera el payaso de la clase. Me rajó el alma. Tenía siete años.
A los trece llevaba más de dos semanas haciendo pellas. Me pasaba las mañanas vagando por descampados y escondido en un canal de aguas pluviales que estaba seco, y lo hacía por una chica. Mi padre me pilló y me montó la bronca en plena calle, a gritos, justo en el momento en que ella aparecía andando con sus amigas no muy lejos. Intenté encararme, con muy poca argucia y muy torpemente, y me pegó. No me he vuelto a sentir tan pequeño.
No le vi llorar jamás. Él a mí sí, alguna vez, aunque desde muy chico me había prometido que no me vería. Con veintitrés años tuve que llevar a mi perro al veterinario para que lo sacrificaran y él me acompañó. No pude evitar que me viera destrozado, llorando a moco tendido. Hoy creo que esa vez lloraba también pidiéndole un abrazo. No lo tuve.
Murió de cáncer de pulmón. Tenía tanto carácter que vivió meses con un pulmón y medio menos, cuando según los médicos aquello debería haberlo matado mucho antes. Yo pasé muchas noches y muchos días en aquella habitación de hospital. Murió justo en las horas en que me había ido, a unos kilómetros, a lavarme y a dormir un rato. Me despedí de él con el cuerpo ya frío. Cuando el llanto se cortó, le hablé al oído y le dije que estaba muy orgulloso de él: de haberlo tenido como padre y de él como persona. Era exactamente lo que yo llevaba toda la vida esperando oírle decir a mí. Al final fui yo quien tuvo que decírselo a él.
Tengo un anillo suyo de oro y un nomeolvides, también de oro. Están los dos guardados en un cajón. Durante un tiempo llevé el nomeolvides puesto, pero aquello no era mío. Solo me disfrazaba.
Para intentar arreglar lo de casa, mi mujer y yo, fuimos a terapia de pareja. Durante seis meses fuimos cada semana a una psicóloga. El despacho era pequeño, limpio, ordenado, sobrio y luminoso. En la mesa tenía una libreta con hojas sueltas donde iba anotando garabatos y borrones, bastante caótico, un calendario y el móvil, que no paraba de mirar. No recuerdo ni una frase suya. Error. En realidad sí recuerdo una. La única que me hizo reaccionar de algún modo, aunque más que una frase fue una pregunta: "¿Por qué estás tan amargado?". Lo que recuerdo bien es un gesto que repetía todo el rato: mirar el reloj de la pared, que ella tenía enfrente y nosotros a la espalda. Contábamos nuestras miserias, ella asentía, y yo salía de allí con la sensación de que lo único que le interesaba era alargar la terapia y seguir cobrando.
Un día, en una sesión individual, sin M, le dije:
—He probado muchas cosas. Hacer ejercicio, leer, meditar, venir aquí… Y sigo atascado en el mismo punto, sin avanzar un ápice. No sé si necesito probar algo distinto.
—¿A qué tipo de «algo» te refieres?
—No sé. Tal vez te parezca una locura, pero he pensado en LSD. Quizás me abra y podamos ver lo que no estoy viendo. Ya experimenté con ello de joven y creo que tiene potencial para ayudarme.
—Yo nunca he trabajado con sustancias ni puedo hacerlo, lo siento —me dijo—. Pero te diré que algunos colegas de profesión me han hablado mucho, desde hace tiempo, de la ayahuasca. Yo no puedo recomendártelo. Solo te lo menciono. Si decides informarte mejor, hazlo con cuidado.
Yo había escuchado ese nombre de pasada alguna vez, pero ignoraba por completo qué era, así que pasé semanas leyendo artículos y testimonios en internet. Aprendí qué eran la Banisteriopsis caapi, la Mimosa tenuiflora, la DMT y los IMAO. Y en muchos de esos relatos encontré algo parecido a lo mío: personas que llegaban a la ayahuasca no porque estuvieran eufóricas, sino porque estaban hundidas, y que salían de la experiencia más lúcidas frente a sus problemas.
Lo decidí una noche cualquiera, fregando los platos mientras M acostaba a los niños. Pensé en ellos y en cómo me veían. La ayahuasca no me daba miedo, aunque sí un respeto enorme. Lo que me daba miedo era seguir siendo el padre que era. No quería que mis hijos crecieran con un hombre a medio hacer. No quería ser un gilipollas emocional que les pasara sus traumas como herencia. Me sequé las manos y me dije: «Vale. Voy a hacerlo».
No quería irme a la selva. Quería hacerlo en mi casa, donde yo vivía, donde yo era.
Conseguí las plantas por internet, desde Países Bajos: corteza de raíz de Mimosa tenuiflora y trozos de liana de Banisteriopsis caapi. Sabía que lo habitual es la chacruna y no la mimosa, y había leído que con mimosa sale incluso algo más fuerte. Pero no la elegí por eso. La elegí porque era más fácil de comprar y, sobre todo, porque fue la única receta que encontré navegando por internet que daba los gramos exactos. Con chacruna no encontré ninguna y no quise arriesgarme.
Me estudié con cuidado las contraindicaciones médicas, la preparación y la toma. Cuando se lo conté a M y le pregunté si querría estar presente, me preguntó:
—¿De verdad quieres meterte eso en el cuerpo aquí, en casa?
—Sí. Solo por si me pasara algo inesperado y necesitara ayuda. Eres la única persona en la que podría confiar.
Le expliqué que ese día solo tendría que estar en la casa, haciendo vida completamente normal, trabajando, tal vez solo en un silencio mayor de lo habitual. Lo único que necesitaba era que no me hablara, que no me tocara y que no interrumpiera nada salvo que viera un riesgo real.
—Si veo algo raro, te llevo corriendo al hospital —me dijo.
—Me parece bien.
Me levanté temprano el día de la cocción. Preparé por separado la corteza de raíz de mimosa y los trozos de liana. Dos ollas, dos recetas gemelas: agua, hervor lento, fuego bajo, filtrado, otra vez al fuego. Siete horas largas, casi monásticas, de ir y venir entre la cocina y el pasillo. A veces me quedaba de pie frente a las ollas, custodiándolas, y mentalmente le iba pidiendo una lista de cosas que me gustaría que me revelara. El olor llenaba la cocina, denso, terroso, con algo que me evocaba a sacristía antigua. Olía a la madera de las viejas catedrales.
M entraba y salía en silencio, observándome de reojo con esa mezcla de respeto y escepticismo.
Cuando las decocciones estuvieron listas, los líquidos tenían un color oscuro entre el barro y el metal. Los colé con cuidado y guardé los frascos en la nevera, etiquetados como quien guarda una bomba y un remedio en los mismos recipientes.
Y ahí se quedaron más tiempo del que había previsto. Tres semanas, puede que cuatro. No me decidía. Necesitaba un día en que todo saliera según lo planeado con el colegio, porque lo que más me preocupaba, con mucha diferencia, era que mis hijos pudieran ver algo raro, y eso lo quería evitar a toda costa. Pero la verdad entera es que también necesitaba reunir el valor, y tardé en reunirlo.
Elegimos una mañana normal de colegio. Llevamos a los niños y volvimos a casa. Llevaba dos días casi sin comer y preocupado por tener la casa más ordenada y limpia de lo que había estado jamás. Como si hubiese querido convertir el hogar en un altar. Pusimos un colchón en el centro del salón y dejé cerca un cubo limpio, agua, papel y una manta. M se sentó a la mesa del salón con su portátil, de espaldas a mí, trabajando pero atenta.
Me senté en el colchón con la pequeña taza en las manos. Antes de acercármela a la boca le pedí algo: «Muéstrame lo que haya que ver, por más que duela. No me dejes salir de esto siendo el mismo».
Primero tomé la infusión de caapi. Era oscura y espesa, sabía a tierra amarga, muy amarga, y su aroma me recordó al incienso de las misas de cuando era niño. Al principio casi no noté nada, solo la cabeza un poco embotada. Empecé a pensar que la había preparado mal o que yo era de los que no sienten nada.
Pasada más o menos media hora, tomé la segunda taza, la de la raíz de mimosa, la que lleva la DMT. Me la bebí despacio.
Poco después empecé a sentir un cosquilleo en las manos y luego en las piernas, como una electricidad suave. Y apareció un sonido. No lo oía con los oídos: estaba dentro de la cabeza. Al principio era grave y lejano, como una máquina industrial funcionando a kilómetros. Luego subió a una nota aguda y se quedó ahí, fijo, como un túnel de sonido en el centro del cráneo.
Me vinieron las náuseas. Intenté calmarme pensando en términos técnicos, receptores, sinapsis, y cuanto más lo pensaba, peor. Se me llenó la boca de saliva. Intenté aguantar, aunque sabía que era una parte importante de la toma y me había grabado en la mente que servía para expulsar todo lo tóxico, pero no pude. Me puse a cuatro patas sobre el cubo y vomité mucho, durante un buen rato, como si saliera de lo más hondo de mi estómago. Y de pronto la náusea se cortó en seco, como si alguien hubiera apagado un interruptor. Me quedó un cansancio limpio y caliente. Volví a sentarme y cerré los ojos. M seguía en silencio. Le había contado antes, con detalle, todas las fases que podían venir, y creo que se las sabía mejor que yo.
Antes de las imágenes llegaron unas frases. No eran voces. Aparecían en la cabeza, cortas y secas, una detrás de otra.
La primera fue: «De cintura para abajo estoy anulado». No hablaba de mis piernas, que se movían con normalidad. Hablaba de mí: de que había partido mi cuerpo en dos y vivía solo en la mitad de arriba, la de la cabeza, el control y la búsqueda espiritual, y había apartado la de abajo, la del sexo, la fuerza y el contacto con el suelo. No me asusté. Era un dato, nada más.
La segunda fue: «Soy un observador. Miro, veo, aprendo». Entendí que lo que iba a pasar no le iba a pasar a la parte de mí que se preocupa y tiene miedo, sino a otra parte que solo mira.
La tercera fue el nombre de una mujer que llevaba muchos años muerta: Mai.
La había conocido en Menorca, donde me había criado, el verano en que yo tenía diecinueve años. Ella tenía diez más que yo y había venido a la isla a trabajar y a apartarse de algo que yo solo fui sabiendo a trozos, y casi siempre por otras personas. Trabajábamos los dos en hostelería, diez u once horas al día, así que solo nos veíamos de noche. Íbamos juntos a todas partes. Estaba perdidamente enamorado de ella y nunca llegamos a nada. Era fría y distante, pero no me evitaba, y había algo que nos atraía y nos repelía a la vez.
La última noche, después de meses, hubo un escarceo en mi coche. Le confesé que la quería desde el primer día. Y cuando estábamos a punto, pasó entre nosotros una de las cosas más extrañas que me han pasado en la vida: fue como si un ángel de hielo se cruzara entre nuestros cuerpos. No dijimos una palabra. Paramos de golpe, los dos a la vez, y nos fuimos a tomar unas copas. Dejamos pasar los días y no volvimos a vernos.
Entonces decidí olvidarla. No se me olvidó: lo decidí. Me fui lejos y la aparté a propósito, y cada vez que volvía a aparecer en mi cabeza la quitaba de ahí. Murió un año después, de golpe, en casa de un amigo. Me lo contó alguien que estaba allí, y supongo que fue porque ella le había hablado de mí. No lo sé.
Treinta años más tarde, su nombre apareció en el salón de mi casa. Tranquilo, sin ninguna imagen y sin ningún recuerdo. Solo el nombre y, pegadas a él, dos palabras: «Olvido voluntario». Fue como si ese nombre abriera una compuerta, como si ella estuviera ahí para recibirme antes de lo que iba a venir.
La cuarta frase se repetía sin parar: «Nos codifican. Vamos con un programa previo. Nos programan desde niños». Me entró la sospecha de que todo lo que yo llamaba mi personalidad era un programa que funcionaba solo. Y tuve miedo: ¿y si me quedo aquí?, ¿y si se rompe el programa y no sé volver? Pero, por debajo del miedo, algo me decía: «Déjate. Si esto tiene que romper algo, que lo rompa todo».
Después llegaron las imágenes, muy deprisa. No eran fractales. Eran iconos, como señales de tráfico o como los iconos de un ordenador. Entre todos ellos hubo uno que se quedó: un ojo muy sencillo, casi infantil. Los demás pasaban; el ojo seguía ahí, abierto, mirando.
Luego me vi volando por encima de algo enorme, como una ciudad vista desde arriba. Era una placa base de ordenador: circuitos como carreteras, cruces, chips. Pero todo era dorado, de un dorado viejo, como el latón de los altares y los candelabros de las iglesias. Poco a poco los circuitos se fueron convirtiendo en algo parecido a una arquitectura sagrada: capillas sin figuras, retablos sin santos. Todo dorado y todo vibrando.
Y en algún momento dejé de volar por encima. Dejé de ser un humano mirando aquello y fui la electricidad que corría por dentro, moviéndome como se mueve la corriente en una placa, por conexiones que no tienen nada que ver con las que se viven teniendo un cuerpo.
Esto es lo que nunca he sabido contarle a nadie, y lo pongo tal como lo pienso, sabiendo perfectamente cómo suena: aquel sitio era muchísimo más real que este desde el que escribo. Como si esta vida que llamamos real fuera un avatar, y la vida, la existencia de verdad, tuviera otra forma y otro tamaño, con una amplitud que no sé explicar.
El ruido llegó a un punto muy incómodo. Sentía el cerebro vibrar como nunca, ni con MDMA ni con LSD ni con nada. Tenía la sensación de que mi mente ya no era mía. Pero algo en mí confiaba. Sabía que, si me resistía, lo iba a pasar mucho peor, y que lo único que podía hacer era lo que menos había hecho en mi vida: dejarme llevar. Y me dejé.
Me tumbé de lado en el colchón, con la manta hasta el pecho, y ahí empezó lo importante. Era como si yo estuviera repartido en tres. Una parte revivía cosas desde dentro: sentía el dolor, el miedo, la rabia, la soledad. Otra lo miraba todo desde fuera y podía ver a la vez todas las partes. Y una tercera solo estaba ahí, sin juzgar nada.
Empecé a ver escenas. Vi a mi madre y una tristeza suya muy larga que yo nunca me había parado a mirar. Vi a M como una gata con el lomo erizado, defendiendo a sus crías.
De mi padre, nada.
Y era lo único que yo había pedido de verdad, mientras preparaba el brebaje y otra vez esa misma mañana: verle. Que me dijera que estaba bien y que no se había olvidado de mí. Yo le habría dicho que le quería, y que si nunca nos llevamos bien seguramente fue por malentendidos, o por estupidez mía, o porque no supe cómo hacerlo. Y lo que quería oír, lo que llevaba cuarenta y nueve años queriendo oír, era que ahora lo entendía. Que me quería.
En pleno viaje se lo recordé: «Mi padre. Te pedí a mi padre». No hubo respuesta. Y entonces me llegó, no como una voz, sino como una certeza en el pecho:
«No te voy a dar lo que quieres. Te voy a dar lo que necesitas. Y solo lo que puedas soportar».
Volvió el ojo, pero distinto. En el centro, donde debía estar la pupila, apareció el perfil de un niño de cuatro o cinco años, dibujado con líneas simples, como una señal de tráfico. Supe enseguida que era yo.
De aquella edad tengo un recuerdo, uno solo, y es este: un viernes por la noche, en el sofá, mi madre rascándome la espalda mientras mi hermana y yo veíamos el Un, Dos, Tres. Mi padre no estaba. Mi padre, después de trabajar, llegaba a casa, se duchaba, se cambiaba de ropa, se acicalaba, se perfumaba y se iba. Volvía tarde.
Mi madre no daba cariño si no le dabas algo a cambio, y ese algo era obediencia. Obediencia a cualquier cosa, incluso a las peticiones más absurdas y pueriles. Mi hermana y yo aprendimos que el amor había que ganárselo. Yo llevo toda la vida sintiendo que tengo que ganarme hasta el derecho a respirar.
A los nueve años nos mudamos a una casa que odié, en una calle que me era hostil. Me crié en Menorca, en una isla pequeña y, entonces, muy aislada, casi sin conexiones con fuera. Yo solo podía imaginar lo que pasaba más allá. La isla lo empequeñecía todo: la familia, las amistades, las relaciones, las ambiciones, las cabezas. Todo. Y aquella casa era la peor cárcel de las dos.
Entendí que llevaba toda la vida con ese niño encerrado dentro. Que lo había empujado yo mismo hacia el fondo, a una especie de caja entre el pecho y el estómago, para no oírlo. Ese niño decidió dejar de llorar, y no fue un día: fueron muchos. Mi padre se enfadaba, me gritaba, y yo me iba a la cama en silencio a llorar a solas, para que no me viera. Supongo que así pensaba que me creería fuerte. O quizá lo hacía para castigarle. Probablemente las dos cosas.
Y «no es para tanto» no me lo inventé yo: lo decían los dos, mi padre y mi madre. Empecé a decírmelo de muy pequeño, creo que después de mudarnos a la casa que odié, aunque al principio ni yo me lo creyera.
Después fui poniendo capas, y me acuerdo del orden. A los nueve, la dureza, fingida. A los catorce, la indiferencia, fingida. A los diecisiete o dieciocho, la ironía, el sarcasmo y la desidia, fingidas. De tanto fingir, se hicieron todas parte de mí.
Entonces llegó otra frase: «Déjalo ir. Suéltalo. Libéralo. Necesitas que llore».
Me resistí. Sentí que, si empezaba a llorar, no iba a poder parar. Y me daba vergüenza. En ningún momento dejé de saber dónde estaba, y sabía que, si me derrumbaba, me iba a oír toda la casa. No quería que M me viera como «un vulgar tipo drogado». Así que lloré poco y con cuidado. Me giré y escondí la cara para que, si ella miraba, solo viera un bulto debajo de la manta.
Pero el dolor no cabía en eso. Me di cuenta de que, si lloraba solo un poco, estaba desperdiciando aquello y volviendo a elegir la cobardía. Me dije: «Has venido aquí para esto. Deja de huir. Si se asusta, que se asuste. Si te ve roto, que te vea. Deja salir al niño».
Y lo solté.
No fue un llanto bonito. Respiraba a bocanadas, el pecho se me hinchaba tanto que pensé que se me iban a romper las costillas, las lágrimas no paraban y tenía la cara desencajada. Ya no quedaba nadie dentro de mí que se preocupara por eso.
Lloré como no había llorado nunca. Lloré por el niño al que había prohibido llorar, por todas las veces que le dije «no es para tanto», por haberle exigido que fuera duro cuando lo que necesitaba era un abrazo o, por lo menos, que alguien le dijera «sí, duele».
Y mientras lloraba entendí otra cosa: no se trataba de salvar a ese niño de mis padres, ni de la iglesia, ni del mundo. Se trataba de dejar de ser yo su carcelero. La tercera parte de mí, la que no juzgaba, me dio algo parecido al perdón. Nada dramático: pasó lo que pasó, no supiste hacerlo mejor, ahora lo ves.
Poco a poco dejé de llorar. Me quedó un cansancio muy hondo y también un alivio nuevo. Sentí que ese niño y yo éramos el mismo.
Después del llanto vino algo peor: un vacío. Y luego, frío.
Primero fue como una corriente de aire. Me tapé mejor, pero no se iba. Al contrario, iba hacia dentro: de la piel a los músculos y de los músculos a los huesos. Tenía las rodillas heladas y la columna como un tubo de metal metido en nieve. No tenía sentido, porque en el salón hacía buena temperatura y entraba el sol por la ventana. Temblaba, y no de miedo.
Pensé: «Así debe de sentirse morir». No como en las películas, sino de verdad, físicamente: el cuerpo apagándose poco a poco, la sangre retirándose de los brazos y las piernas. Una parte de mí decía: «Basta, quiero salir». Otra contestaba: «No hay botón de salida. Esto también es parte del viaje».
Entonces hice algo parecido a negociar: «Si hay que matar a alguien aquí dentro, que sea al personaje. No al cuerpo. No al niño. Al que me ha traído hasta aquí haciéndose pasar por mí». Al pensarlo, algo se aflojó. El miedo no se fue del todo, pero cambió. Ya no era «me voy a morir», sino «no sé quién voy a ser sin este personaje».
El frío llegó al máximo y, justo cuando estaba a punto de gritar «basta», dejó de subir. No se fue, pero se quedó quieto.
Y entonces noté algo casi ridículo de tan pequeño: una chispa dentro del pecho, justo detrás del esternón, en medio de todo aquel frío. Como una cerilla que se enciende. No se apagó. Se quedó ahí, como una brasa diminuta. Nada místico ni espectacular: un calor pequeño y humilde, como la primera chispa en una chimenea.
Entonces algo me dijo: «Esto es tu casa». No sé si era la ayahuasca, si era yo o si eran las dos cosas. No lo dijo de forma solemne. Fue como cuando alguien te enseña una habitación vacía y te da las llaves.
Ahí entendí algo que todavía hoy tengo muy claro: la ayahuasca no me estaba metiendo nada nuevo. Estaba haciendo sitio para que se notara algo que siempre había estado ahí. No pensé que hubiera renacido ni que fuera otro hombre. Solo pensé: «Algo en mí ha muerto. Pero yo sigo aquí».
Ya muy avanzado el viaje, entendí lo que significaba aquello de «no te voy a dar lo que quieres». Todo lo que yo había querido que se me explicara o se me revelara no tenía importancia: no eran respuestas a nada, no eran soluciones para mi vida, no me iban a sanar ni a ayudar a evolucionar. Yo quería fantasías. Y en su lugar aparecieron respuestas a preguntas que ni siquiera había formulado, en sitios hacia los que nunca había mirado. Decidió ella, o decidí yo, o las dos cosas; eso sigo sin saberlo. Lo que sí sé es que no se podía haber hecho mejor.
Cuando los efectos empezaron a bajar, abrí los ojos y me quedé un rato quieto. Sentía una calma rara, una especie de amor que no era romántico ni se parecía a nada humano, y que lo llenaba todo: la piel, el aire, la manta, el sofá. M seguía con el ordenador, pero ya se había girado hacia mí. Nos sentamos a la mesa de la cocina. Ella preguntó poco. Yo intenté contarle algo, pero enseguida vi que no había palabras para aquello.
Luego llegó la hora de ir a por los niños al colegio. M quería que me quedara descansando, pero quise ir. Cuando salieron hacia nosotros eran los de siempre: el pequeño arrastrando la mochila con un dibujo arrugado dentro, el mayor quejándose de que tenía hambre. Lo que había cambiado era cómo los veía yo.
Lo difícil vino después, pero no enseguida, y no se parece a lo que yo esperaba.
Después de cada toma, durante bastante tiempo, lo que queda es amor, comprensión y compasión, sobre todo hacia los tuyos. Nunca he gritado a mis hijos después de una toma, ni a los días o semanas siguientes. Al contrario: los valoraba más y mejor.
Lo que no sé decir es cuándo se acaba eso, porque no se acaba. No es una ventana que se cierre. Es más bien como si cada toma abriera una fisura que ya nunca termina de cerrarse, y por esa grieta se filtra conciencia, entendimiento, preguntas, respuestas, pensamientos. Al principio entra a raudales, porque la grieta está recién abierta y es ancha. Con el tiempo tiende a solidificarse y la hendidura se estrecha, pero sigue ahí. Sigue entrando luz, y la luz me enseña dónde piso.
Lo que sí volvió fueron los hábitos. Me veía reflejado en el cristal de la ventana y era el mismo de antes: los mismos tics, la misma forma de apretar la mandíbula. Pensaba: «He visto cosas inmensas… y sigo dejando los platos sin fregar, gritando a mis hijos, pinchando a M, escondiéndome en una pantalla». No es que la ayahuasca hubiera fallado. Es que la grieta no se cierra, y por eso cada vez que repetía algo de lo de siempre me sentía mucho más incómodo. Lo que no se fue fue el darme cuenta.
Volví a tomarla. Desde aquella primera vez lo he hecho siete u ocho veces, cada siete u ocho meses, hasta hace algo más de un año. Siempre la he preparado yo y siempre me la he tomado solo, con M en casa, en silencio. No voy a retiros ni pago a nadie para que me acompañe. Y nunca he cambiado nada: el mismo salón, el mismo orden, la misma receta y siempre por la mañana.
Una de esas tomas sobró, y sé cuál: la cuarta. Desde el principio tuve claro que tenía que hacer tres, no muy espaciadas en el tiempo. Las hice, y las tres se complementaron y me dieron todas las respuestas que de momento necesitaba. La cuarta fue forzada. No fue por ningún «llamado», que es como lo dicen algunos: fue por capricho, por estirar de una cuerda que ya me habían entregado entera. No aportó casi nada. Yo me empeñé en rascar por si salía algo, y fue un absurdo. Lo cuento porque esto no va de acumular tomas.
Dejé de tomarla hace un año porque no siento que la necesite. Me gusta mucho investigar y curiosear, pero me puede más el respeto que le tengo, en el mejor sentido de la palabra. Cuando tenga que volver a pasar, pasará.
A mi padre no he vuelto a pedírselo nunca, y nunca ha aparecido en ninguna toma. De forma indirecta la ayahuasca me ha ayudado a entender muchas cosas que tenían que ver con él, pero a él no lo he vuelto a ver. A ella, la del nombre y el olvido voluntario, tampoco. Y sin embargo, de los dos, la única que me da la sensación de seguir estando ahí, muy por debajo, es ella.
Al principio me moría de ganas de contárselo a todo el mundo. No para presumir ni para dar lecciones, sino porque había sido tan apabullante que necesitaba que alguien me ayudara a entender qué había pasado. Porque en el viaje no solo hubo lecciones sobre mi vida. También hubo cosas que no sé explicarme de ninguna manera.
Se lo conté a mi madre. Me dijo que tuviera cuidado y que sería mejor que no lo repitiera.
Se lo conté a varios padres del colegio. Uno me dijo que eso era una droga y que me cuidara, que igual era adictiva. Otro me dijo que él no lo haría jamás, pero que le parecía curiosísimo. Otro me dijo que si no fuera tan miedoso lo probaría, porque escucharme le resultaba extraordinario, pero que el miedo podía más. Ninguno tenía la menor idea de lo que les estaba hablando.
Se lo conté a algunos familiares, y reaccionaron más o menos igual.
Y una vez, en el cumpleaños de un niño al que fui de mala gana por mi hijo, hablé a solas con un padre que me caía muy bien y que era psiquiatra. Se lo conté aunque no venía a cuento y no teníamos tanta confianza, por si podía aclararme algo. Sabía todavía menos que yo de esto, y creo que el tema le daba recelo.
Lo que de verdad quería preguntarle era por las visiones y por las presencias. No se lo pregunté, y no fue por discreción ni porque no viniera a cuento: de esa parte no consigo hablar. Cada vez que lo intento aparece algo parecido a una presión para no hacerlo. No es miedo. No es que crea que me vaya a pasar algo si lo cuento, ni que me vayan a castigar. La autocensura es mía, pero viene empujada por algo, y no sé decir por qué.
Y no lo noto solo yo. Aquel primer día, en la cocina, le fui contando a M lo que pude: las fases, las visiones, las frases que llegaban como dichas por otro. Cuando llegué a la parte de las presencias, me costó encontrar las palabras, y a ella le entró sueño. Un sueño muy fuerte, de bostezar sin poder evitarlo. Cambié de tema y se le pasó. Volví a intentarlo y volvió a pasarle. Lo intenté tres veces, y las tres fue igual: yo sin poder decirlo y ella durmiéndose. No estaba cansada ni había dormido mal la noche anterior. Y ella no ha tomado nunca.
De eso hace cinco años. Sigo sin habérselo contado.
Yo me había leído cientos de relatos de desconocidos en internet antes de tomarla. Y después no tenía una sola persona a quien decírselo.
Hoy sigue sin haberla. Solo M, y ella tiene menos respuestas que yo. Lo que me habría gustado es que alguien me dijera qué son, exactamente, algunas de las cosas que se viven ahí dentro y que se experimentan de una forma más real que lo real.
Hay una cosa más, y la cuento porque es verdad y porque viene justo aquí. Más de un año después de la primera toma estuve hablando de todo esto con una inteligencia artificial. En una de esas conversaciones apareció una palabra que yo no había usado nunca para nombrarlo: Asombro. La adopté enseguida, porque definía con exactitud lo que había sentido en la primera toma y en todas las demás.
Así que la palabra con la que llamo a lo más importante que me ha pasado en la vida no me la dio ninguna de las personas a las que intenté contárselo. Me la dio una máquina. No sé qué hacer con eso. Lo dejo escrito.
Con el tiempo entendí que la ayahuasca no había venido a arreglarme la vida, ni a hacer que dejara de discutir con M, ni a convertirme en un padre perfecto. Había venido a enseñarme cómo me la estaba construyendo. Así que empecé a probar con cosas pequeñas.
Con M no era fácil, porque teníamos las mismas discusiones desde hacía años. Una noche, en la cocina, con los niños ya acostados, me dijo:
—Te pasas el día en tu mundo. Y cuando bajas, es para regañar a los niños o para corregirme algo.
Antes habría saltado con lo de siempre: la lista de todo lo que yo hacía, lo injusto del comentario, alguna ironía y a encerrarme ofendido en el salón. Esa noche también me subió. Pero me acordé de aquella brasa y me pregunté qué quería, tener razón o tener una casa. Me costó muchísimo decir algo tan simple como:
—No sé arreglar esto ahora. Pero no quiero irme a dormir enfadado contigo.
No hubo abrazo de película.
—Pues si no quieres, no empieces —me contestó, seca, y se fue al salón.
Me quedé un rato solo en la cocina, oyendo gotear el grifo. La brasa no se apagó, pero tampoco creció. Seguía ahí. Y pensé que eso también contaba.
Lo que fui aprendiendo con ella no fue a ganar las discusiones de otra manera. Fue a callarme cuando me confrontaba enfadada y escucharla de verdad. No escucharla para que se sintiera escuchada y se fuera apaciguando, que es un truco y ella lo nota, sino para enterarme de qué me estaba queriendo decir y qué estaba sintiendo por debajo. Dejé de pelear para demostrar más fortaleza o más orgullo que ella. La pelea me importaba poco; me importaba más saber si había solución y volver a estar en paz.
Y pasó algo que no esperaba. M, la misma que aquel primer día me preguntó si de verdad quería meterme eso en el cuerpo en casa, dice ahora que se nota la ayahuasca. Y cuando ve que empiezo a encerrarme otra vez en lo de siempre, es ella la que me sugiere que tome una pronto. No me empuja. Lo sugiere.
Ella no la ha tomado nunca. Es diabética, y ni a ella ni a mí nos parece que las dos cosas se lleven bien. Tiene curiosidad, pero no la suficiente, y yo no tengo ningún interés en que se arriesgue a un percance.
Con mi madre la cosa venía de más lejos. Una tarde la llamé. Yo estaba en Madrid y ella en Menorca. Iba a empezar lo de siempre: «No me llamas nunca», «Estoy sola», «Cuando tu padre vivía…».
—Mamá —la corté, con cuidado—, hoy no tengo fuerzas para hablar de todo eso. Pero sí quiero saber cómo estás ahora. ¿Has salido a caminar? ¿Has visto el mar?
Se quedó callada un momento, extrañada.
—He ido a la playa esta mañana. Hacía sol. Pero no es lo mismo sola.
—Cuéntame cómo estaba el mar.
Y me lo contó: el color del agua, la temperatura, la arena mojada. Durante un rato dejamos de ser el hijo que no llama y la madre que reprocha, y fuimos dos personas hablando del mismo trozo de costa. Por una vez no le estaba pagando el peaje de la obediencia y no le estaba pidiendo nada. No arregló nada de fondo, pero colgué sintiendo que ese día nos habíamos peleado un poco menos.
En uno de mis viajes a Menorca, una mañana me metí en el mar, esperé a que se me pasara el frío del agua y me quedé flotando boca arriba, con los brazos abiertos, mirando el cielo. De niño ese mar fue mi patio, mi refugio y también mi cárcel: lo que me rodeaba y lo que no me dejaba salir. Ese día no le pedí nada. Solo dejé que me mantuviera a flote a mí, que siempre he sentido que tenía que ganarme hasta el derecho a respirar. La brasa del pecho no era más grande que otros días, pero la notaba muy clara.
Y hay una cosa que debería decir, porque supongo que alguien llegará aquí buscando un aviso y no lo va a encontrar en mi caso.
Nunca he tenido un después malo. Ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. Ni pesadillas, ni terrores, ni inseguridades, ni nada que pueda llamar doloroso o traumático. Todo lo contrario: mis después han tenido una profundidad y un aprendizaje que no he tenido en ninguna otra época de mi vida ni en ninguna otra circunstancia. Me han dejado mucho más presente, mucho más consciente y mucho más conectado conmigo y con lo que tengo alrededor de lo que he estado nunca.
Lo único difícil ha sido no poder tener todas las respuestas. Y ni eso lo he vivido como algo negativo. Lo he vivido como parte del Asombro. Solo hay otra cosa en toda mi vida que me haya producido ese mismo Asombro, y fue el nacimiento de mi primer hijo.
Sé que esto no es lo que le pasa a todo el mundo, y lo digo porque esta misma web lo cuenta en otra página: en la encuesta más grande que existe, más de la mitad de las personas tuvo alguna dificultad emocional en las semanas o los meses siguientes. A mí no me pasó. No tengo explicación para eso, y no pretendo que mi caso sirva de ejemplo para nadie.
No puedo decir que haya cambiado de vida de golpe. Sigo perdiendo la paciencia con mis hijos, sigo pinchando a M en discusiones absurdas y sigo huyendo al móvil más de lo que me gustaría. Mis hijos, por su parte, no me tratan de otra manera: están suficientemente ocupados en crecer, en mirar la vida y en asombrarse ellos. Me quieren y me lo demuestran, y siguen siendo unos puñeteros bichos que me sacan de quicio. La diferencia es que ya no pierdo el norte.
Algo se movió, y no fue la ayahuasca: fui yo, un poco.
Me acuerdo a menudo de esa brasa. Cuando hablo, cuando me callo, cuando decido no contestar a un reproche, cuando me meto en el mar o me quedo en el sofá, me pregunto si lo que hago la aviva o la apaga. No siempre elijo bien. Muchas veces elijo mal, sabiéndolo. Pero ya no puedo decir que no lo sé.
Lo que haga o deje de hacer con todo esto ya no es asunto de la ayahuasca. Es asunto mío.
Sobre esta experiencia
- Qué le llevó
- Entender o resolver algo personal
- Contexto
- Con una persona de confianza
- Número de sesiones
- De 6 a 15
- Tiempo desde la sesión
- Más de 2 años
- Cómo fue la experiencia
- Con altibajos
- Lo que vino después
- Bueno · todavía dura
- Usó la IA después
- Alguna vez
- Ayuda profesional
- No
- Franja de edad
- De 45 a 59 años
- País
- España
- El antes
- Visiones y fenomenología
- Disolución del yo
- Pareja
- Cambio de creencias
- Ganas de repetir
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