Saber ver las señales
Pon un Dios
· Revisado el 24 de octubre de 2026

La ayahuasca habla muchas veces en símbolos: iconos, emblemas, letras de oro, un ojo. No se interpretan; se entienden. Este artículo cuenta lo que se sabe de eso, desde el único autor que lo ha estudiado con método hasta los matemáticos que explicaron por qué lo primero que se ve es geométrico, y lo que hay detrás del ojo que tantos han visto mirándoles. La frase «saber ver las señales» se ha convertido en una consigna que da vergüenza decir. Aquí se la toma en serio, que no es lo mismo que creérsela.
El autor de esta web iba conduciendo, hace unos días, detrás de un coche con el portón trasero cubierto de pegatinas: marcas de ropa, de bandas de música, de bares, decenas de logotipos uno al lado del otro. Los leyó todos sin querer, a ochenta por hora, y cada uno le dijo lo suyo sin que tuviera que pensarlo. Y se acordó de la primera noche que tomó ayahuasca.
Fue el 30 de septiembre de 2021, en casa, con un cuaderno abierto para anotar lo que pasara. En la primera página había escrito, antes de beber, trece preguntas en tinta negra. Entre ellas: qué he olvidado, dónde está mi niño, qué debo saber. Casi desde que empezó el efecto, lo que llegó no fueron escenas sino iconos. «Pura iconografía», escribió después: imágenes planas, nítidas, como logotipos, que aparecían una tras otra y se difuminaban. Cada una llevaba dentro un mensaje completo que se entendía al instante, sin interpretarlo. Un ojo dentro de anillos concéntricos, que transmitía tres cosas a la vez: observa, estás siendo observado, y "algo" es consciente de todo. El rostro de un niño de perfil, dentro de un círculo, que anunciaba el capítulo de su infancia. Primero pasaron varios, «como si de un índice se tratara»; luego vino una fase de otra naturaleza, que no tenía que ver con ellos; y solo después, en capítulos, se desarrolló lo que cada icono había anunciado. En el margen de una página, con la letra ya deshecha, anotó durante la toma: «Importancia y carga de la simbología. Logos. Símbolos. Logos = palabra, razón, sentido, significado, Verbo». Y debajo de las trece preguntas, en tinta azul y con otra mano: «Nada de eso es importante».
La asociación del margen es exacta. «Logo» es la abreviatura de logotipo, del griego logos, palabra, y typos, marca. El logo de una marca de ropa y el Logos del Evangelio son la misma palabra. Este artículo va de ese cruce: de por qué una experiencia que no cabe en palabras llega tantas veces en forma de signo, de qué se sabe de eso y de qué no, y de la frase, «saber ver las señales», que el autor aprendió aquella noche a tomarse en serio y el mundo le había enseñado a ridiculizar.
Un signo que no representa: presenta
Benny Shanon, el psicólogo de la Universidad Hebrea de Jerusalén que cartografió la experiencia de la ayahuasca en más de ciento treinta sesiones propias y 178 entrevistas, dedica a esto unas páginas que son la tesis de este artículo dicha mejor de lo que esta web sabría decirla. Primero, la observación general: bajo la ayahuasca «hay una tendencia general a conferir gran significación a todo lo que uno percibe o encuentra» (p. 70); el mundo cotidiano parece «una obra de arte… compuesto, diseñado, dirigido». Después, el ejemplo. En una sesión del Santo Daime, un hombre pasó un incensario de un lado a otro delante de la madrina. «El humo se elevó y para mí quedó perfectamente claro: era un acto de limpieza, de proteger a la mujer de posibles peligros que pudieran infligirle espíritus malignos. No había alucinaciones visuales como tales y, sin embargo, no diría que el acto fuera meramente simbólico. Lo que experimenté fue literalmente esto.» Y la explicación de por qué eso importa: «Desde un punto de vista externo, el acto es "solo" simbólico, es decir, está constituido por dos niveles, el del acto y el de lo que con él se quiere decir… Sin embargo, experiencialmente, el acto implica un solo nivel. Así, el acto no es simbólico. Como una cara sonriente, no representa el significado: lo presenta. El significado del acto es, en otras palabras, transparente en el acto mismo» (pp. 72-73). «Lo simbólico se convirtió en lo literal, lo real.» Un discípulo preguntó una vez a un maestro de la Unión del Vegetal si una historia que había contado debía entenderse literal o metafóricamente. «Literal y metafóricamente», contestó el maestro (p. 73).
Shanon describe ahí algo visto con los ojos abiertos, un gesto real cargado de sentido; pero lo formula como rasgo de la manera en que se percibe bajo la ayahuasca, y vale para lo que se ve con los ojos cerrados. Él mismo tuvo emblemas. Una de sus primeras visiones, cantando en el Daime, fue «un triángulo y, circunscrita en él, una mano. Conmovido, bajé la postura y guardé silencio». «Muchas personas cuentan haber visto inscripciones de letras, numerales u otros signos. Tanto en mi caso como en el de mis informantes, en algunas ocasiones los caracteres vistos estaban hechos de oro o plata, o grabados en ellos… Los mandalas y las banderas son también muy comunes» (p. 126). Y su propia visión de la Torá: «un rollo de fuego rojo sobre hielo» del que salían serpientes con letras grabadas; un año después encontró en el Zohar que la Torá estaba «escrita con fuego negro sobre fuego blanco».
Esto está contado, además de descrito. En los cuestionarios de su apéndice, de 18 bebedores independientes con más de cuarenta sesiones, trece habían visto alguna vez «símbolos», el 72 %; de diez con experiencia moderada, la mitad. No es de lo más frecuente sesión por sesión (cuando se cuenta así, los símbolos quedan por detrás de palacios, serpientes y felinos), pero es algo que casi todos los veteranos han visto.
Y hay dos observaciones suyas que encajan con el cuaderno de la primera noche con una precisión que esta web no esperaba. Una es sobre el estilo. Al preguntar a qué se parecía lo que veían, «muchas personas» le dijeron espontáneamente que «se parecía a los dibujos animados y a las películas de animación, así como a imágenes similares a las que se encuentran en el pop art. Unos cuantos indicaron que las visiones les recordaban a diseños de tipo Disney. Normalmente, las imágenes en cuestión se describen como bidimensionales, estáticas y con límites bien definidos y un colorido homogéneo y claro. A menudo se ven en secuencia, como en las tiras cómicas» (p. 96). Algunos de sus informantes, añade, sentían vergüenza de que fuera así: esperaban el misterio y les llegaba el cómic. La otra es sobre las series: imágenes de objetos únicos que «pueden aparecer también en sucesión», y «varias otras personas me hablaron de series que tenían que ver con temas autobiográficos» (p. 90). Iconos planos, nítidos, en secuencia, sobre la propia vida. Es el índice del cuaderno descrito por alguien que nunca lo vio.
El caso límite lo pone Shanon al final del capítulo. «Muchas veces, invariablemente hacia el final de las sesiones y cuando salía fuera, al entorno natural, había líneas y redes de luz que lo entrelazaban todo… de las muchas personas que he entrevistado, solo muy pocas no han visto estos patrones.» Y reconoce que, «en un sentido estrictamente geométrico», son simples. «Sin embargo, invariablemente, los bebedores asocian un significado profundo a estos patrones. Al verlos, prácticamente todas las personas con las que he hablado de este asunto contaron que sentían que estaban viendo la energía que impregna el mundo» (p. 82). Una informante: «Salí fuera, a los árboles, y vi líneas de luz, como telas de araña, que lo conectaban todo. Esas líneas son la presencia Divina sin la cual el mundo no podría ser». La figura más simple posible con el significado más grande posible. Eso es un símbolo, y así funciona.
Por qué primero los iconos
Al autor de esta web le sorprendió que lo que veía fueran logos y no imágenes realistas en tres dimensiones, que le parecían lo natural. Resulta que lo natural, en las primeras fases, es justo lo contrario, y se sabe desde hace un siglo.
En 1928, un psicólogo alemán emigrado a Estados Unidos, Heinrich Klüver, analizó los treinta y dos protocolos de mescalina que Kurt Beringer había publicado el año anterior, de médicos y estudiantes de su clínica de Heidelberg. Vio que, por distintas que fueran las personas, las formas se repetían: rejillas, celosías, panales; telarañas; túneles y embudos; espirales. Las llamó «constantes de forma», y observó que muchas visiones «atípicas» eran, miradas de cerca, variaciones de esas pocas. Uno de los sujetos de Beringer lo dijo desde dentro: «Soy celosía; oigo lo que estoy viendo; pienso lo que estoy oliendo; todo es celosía». Klüver anotó también la única regla de orden que estaba dispuesto a aceptar: lo elemental precede a lo complejo, y cualquier esquema que asigne visiones a fases sucesivas «debe considerarse extremadamente arbitrario». Y separó con cuidado dos cosas que después se han mezclado mucho: la forma, que es común a todos, y el significado, que es de cada uno. Que un sujeto viva una celosía como un fenómeno de fisiología sensorial «y que otro la considere no solo de significación cósmica, sino el cosmos mismo, es desde luego una contribución interesante a la psicología individual de estos sujetos».
Por qué esas formas y no otras lo explicaron, en dos artículos de 2001 y 2002, cinco matemáticos y neurocientíficos, y la explicación cabe en una imagen. La retina no se copia tal cual en la corteza visual: la proyección convierte los círculos concéntricos, los rayos y las espirales del campo visual en franjas rectas sobre la superficie del cerebro. Y una corteza visual excitada sin estímulo, por una sustancia o por una luz que parpadea, produce primero lo más simple que su cableado permite: franjas y mallas periódicas. Vistas «desde la retina», esas franjas son túneles, espirales, celosías y telarañas. Las constantes de Klüver son la arquitectura de la corteza visual proyectada hacia fuera; las mismas conexiones que detectan bordes y contornos las generan cuando no hay nada que detectar. Con una salvedad que los autores ponen y conviene repetir: el modelo explica por qué lo primero es geométrico, no cómo se pasa de la geometría a las escenas. Eso nadie lo ha medido minuto a minuto.
Entre los dos, en 1967 y 1968, un antropólogo austriaco afincado en Colombia hizo el experimento que une la geometría con el símbolo. Gerardo Reichel-Dolmatoff, en el río Pirá-paraná, ofreció a hombres tukano que tomaban yajé habitualmente «una escogencia de doce lápices de colores y hojas de papel blanco, de 28 x 22 cms.», y les pidió que dibujaran lo que veían. Fabricaron reglas con espartos, trazaron primero un marco, a veces ensayaron el motivo en el polvo del suelo, usaron solo rojo, amarillo y azul, y tardaron una o dos horas por dibujo. Luego él pasó los motivos a tarjetas y se las enseñó a otros hombres que no habían dibujado: la mayoría les daba el mismo significado. Eran, concluyó, «signos ideográficos» codificados: el rombo, el órgano femenino; la hilera de puntos, las gotas de semen, «la vida en sí»; la espiral, el incesto; la forma en U, «la entrada al útero» y, por extensión, «puerta» y «cielo», «la ruptura de un nivel cósmico y el tránsito a otra dimensión de la percepción». Los tukano los llamaban gahpí gohóri, yajé-figuras, y decían que todo lo que nosotros llamaríamos arte, las pinturas de las malocas, la cerámica, las maracas, estaba «inspirado y basado en la experiencia alucinadora»: «Eso lo vemos cuando tomamos yajé». Y describían dos fases: los motivos «aparecen ante todo en una fase inicial» y «en fases posteriores se ven más bien escenas míticas, figuras de hombres y animales, pero ya no tan estilizadas y nítidas como las visiones de la primera fase». Reichel-Dolmatoff puso al lado los quince fosfenos que un físico alemán había catalogado estimulando eléctricamente la sien de mil personas y dijo que «en buena parte son idénticos a los motivos codificados de los Tukano». Pero añadió la frase que Klüver habría firmado: «debemos distinguir entre forma y significado». Él mismo tomó seis copas, con la grabadora en marcha, y no pasó de la primera fase: vio «pinturas de Rouault, como vitrales… o grandes ojos en diferentes colores», y «no se presentaron fenómenos acústicos ni imágenes figurativas». (Reichel-Dolmatoff fue miembro del partido nazi desde 1931 y de las SS entre 1933 y 1936, antes de exiliarse, según documentó un colega en 2012 con los archivos alemanes; se dice porque es verdad, y no cambia lo que los tukano dibujaron.)
Hay que leer su experimento con las cautelas que él mismo puso. Los dibujos eran de memoria y a petición; los hombres eran todos adultos y bebedores veteranos; los jóvenes, preguntados por el significado, decían «son cosas que se ven», y eran los viejos quienes nombraban cada signo; y la comunicación libre entre todos «podría llevar a un consensus, a una fijación de ciertas imágenes». Es decir: la forma venía de la corteza; el significado, de la cultura, aprendido y compartido. Lo mismo que la mano del triángulo de Shanon quería decir algo para él porque era judío, y los rostros mayas que le miraban desde la sombra de unos zapatos eran mayas porque estaba en Brasil.
Las lenguas amazónicas distinguen lo mismo que Klüver. Los sharanahua separan kunu, diseño, de rami, imágenes; los cashinahua llaman «visiones de la liana» a las que son solo geométricas, frente a las «más avanzadas», figurativas; y un chamán yebamasa le dijo a un etnógrafo: «Si solo ves dibujos, todavía estás muy atrasado». El propio Shanon pone el matiz que falta: en su experiencia, los patrones geométricos «son mucho menos frecuentes de lo que la literatura parece sugerir… Además, no aparecen necesariamente al principio de las sesiones» (p. 294); y en un estudio de campo con DMT, solo seis de treinta y seis personas describieron geometría al inicio, «muchas menos de las que cabría esperar por la literatura o la anécdota». Lo que se sostiene es la regla gruesa de Klüver: lo elemental antes que lo complejo, lo plano antes que lo tridimensional. Y es exactamente lo que el cuaderno dice: primero el índice de iconos, luego otra cosa, después los capítulos.
Dos palabras sobre lo que no se sostiene. En 1988, dos arqueólogos sudafricanos convirtieron esta secuencia en un modelo de tres fases (geometría, luego la geometría leída como objetos, luego las escenas) y propusieron que el arte rupestre paleolítico la demuestra. Las tres fases se las atribuyen a Klüver, que las había llamado arbitrarias; y el salto de un zigzag en una cueva a un estado de trance es inferencial, con la objeción de que no hay pruebas de plantas con mescalina ni psilocibina en la Europa de entonces. Lo que queda en pie es lo que medía Klüver; lo que no, es que una pared pintada lo pruebe.
Lo que se entiende sin que nadie lo explique
Lo singular del índice del cuaderno no es que fueran iconos. Es que cada uno se entendía entero y de golpe. Eso tiene nombre desde 1902. William James, al describir las marcas de la experiencia mística, puso la segunda así: «Aunque tan parecidos a estados de sentimiento, los estados místicos les parecen a quienes los experimentan ser también estados de conocimiento. Son estados de penetración en profundidades de la verdad que el intelecto discursivo no sondea. Son iluminaciones, revelaciones, llenas de significación e importancia, por inarticuladas que permanezcan; y, por regla general, llevan consigo un curioso sentido de autoridad para después» (pp. 380-381). La llamó «cualidad noética», de nous, inteligencia. Y conviene fijarse en el verbo: «les parecen» estados de conocimiento. James no dijo que lo fueran.
Shanon le dedica una sección. «La noesis es la experiencia del conocimiento… Con la ayahuasca, los sentimientos noéticos son comunes… Muchos bebedores me dijeron que bajo la embriaguez sintieron que podían saberlo todo, alcanzarlo todo… De hecho, todo lo que puede saberse se le presenta a uno de una vez. Solo depende de uno captarlo.» Un informante de otro antropólogo lo dijo con una imagen que vale por el apartado: «Estaba "viendo" con mi cerebro directamente, no con mis ojos». Y Shanon recuerda que en muchas lenguas, como en inglés y en castellano, «ya veo» significa «ya entiendo».
De esto, la ciencia ha medido menos de lo que parece. El cuestionario más usado para la experiencia mística pregunta: «Está usted convencido ahora, al mirar atrás, de que en su experiencia encontró la realidad última (es decir, que "supo" y "vio" lo que era realmente real)». Lo que mide es convicción, y los propios autores de una revisión reciente lo reconocen: esos cuestionarios sirven «para predecir, no para medir». En las 591 sesiones experimentales de Zúrich, el ítem «Las cosas cotidianas cobraron un significado especial» puntúa 37 sobre 100 de media; «Gané claridad sobre conexiones que antes me desconcertaban», en cambio, tiene una mediana de 2: casi nadie, en un laboratorio, declara haber entendido algo concreto. Lo que sí hay es un dato limpio sobre de dónde sale el significado. En 2017, en Zúrich, dieron LSD a voluntarios y les pusieron música que antes habían clasificado como irrelevante; bajo el efecto, piezas «previamente clasificadas como sin significado se volvieron de pronto personalmente significativas», y un fármaco que bloquea el receptor de serotonina al que se une el LSD impidió que eso ocurriera. El significado extra se añade en quien escucha. La música era la misma.
Un investigador que ha pensado sobre esto, Ido Hartogsohn, llama a estas sustancias «intensificadoras del significado», y señala las dos caras: la misma propiedad que convierte una pieza de música en reveladora «puede manifestarse igualmente en epifanías espirituales y en patrones de pensamiento paranoide». James lo había dicho con otras palabras, hablando del misticismo de la paranoia: «el mismo sentido de inefable importancia en los acontecimientos más pequeños, los mismos textos y palabras con significados nuevos… "serafín y serpiente" habitan allí lado a lado. Venir de allí no es credencial infalible» (p. 426). Que el significado llegue entero no dice de qué lado viene. Eso se sabe después, y se sabe mirando lo que hace con la vida de quien lo recibió.
El ojo
El primero de los iconos del cuaderno fue un ojo. No un ojo cualquiera: un ojo dentro de anillos concéntricos, encuadrado, dibujado dos días después con cuidado «para dejar constancia de la forma exacta». Al autor de esta web le dijo, a la vez, que mirara, que era mirado y que algo era consciente de toda la vida. Después buscó, no tanto qué significaba el ojo en otras culturas, que lo sabía, sino si alguien más había visto ese ojo, con ese diseño, bajo ayahuasca. No lo encontró. Esta web tampoco, y lo dice: ese ojo, con esa forma y ese mensaje, no está en ninguna fuente que hayamos leído.
Lo que sí está es esto. Shanon, al buscar «pequeños detalles» que se repiten entre bebedores sin que la cultura los explique (serpientes y felinos los ha visto todo el mundo en los libros; otras cosas, no), pone el primero: «ojos sin cuerpo. Son ojos que se ven flotando en el espacio visual sin que haya ni rostro ni cuerpo del que formen parte. Los ojos pueden ser de seres humanos, de felinos, o sin ninguna identidad particular. A menudo se ve una gran multitud de esos ojos. Se cuentan muy comúnmente» (p. 133). Y remite a la visión de Ezequiel, con sus ruedas «llenas de ojos alrededor». Reichel-Dolmatoff, en su única toma grabada, vio «grandes ojos en diferentes colores». En 3.778 relatos de DMT recogidos en internet, «rostros u ojos» aparecen en el 2,4 %. Y en las entrevistas de campo con DMT, lo más frecuente que hacen los seres que la gente encuentra es mirar: «observar» es su actividad en una de cada cuatro entrevistas, casi siempre con curiosidad o benevolencia. «Había una sensación de ser curado… Tenían curiosidad por entender qué soy, qué busco… Todo muy benévolo, cuidando de mí.» «Era como si hubiera una perspectiva paralela, y me estaba mirando a la cara, observando mis expresiones.» Ser mirado, en estas experiencias, es común; el ojo que lo dice en forma de emblema, no.
Y luego está la historia del símbolo, que es más corta y menos unívoca de lo que se cuenta. El ojo egipcio, el udyat, es el de Horus herido y sanado; su nombre significa «el que está sano (de nuevo)», y los amuletos más antiguos, del tercer milenio antes de Cristo, protegen y curan: no vigilan. El ojo turco, el nazar, se cuelga para repeler el mal de ojo con un ojo, lo semejante contra lo semejante; no hemos encontrado documentación suya anterior al siglo XX, y la aldea que lo fabrica se llama Nazarköy por un acuerdo del Consejo de Ministros turco de 2007. El tercer ojo del hinduismo es visión interior, y el texto que describe el chakra entre las cejas es de 1577. El único que significa «ser visto» es el Ojo de la Providencia cristiano: el Dios «de quien nada escapa», documentado como emblema desde 1614, que un consultor que no era masón propuso en 1776 para el sello de Estados Unidos, y que la masonería hizo suyo después, por escrito en 1797 y en imagen en 1819, no antes, como suele contarse al revés. Una enciclopedia de las religiones resume que el ojo es «uno de los símbolos más extendidos de toda representación religiosa» y que «el ojo sabe porque ve»; pero reparte el símbolo en cuatro sentidos: sanar, repeler, ver hacia dentro, y la omnisciencia que vigila. El ojo del cuaderno pertenece al cuarto, que es el de la cultura en que creció su autor; aunque él lo vivió sin la amenaza que suele acompañarlo, como quien es visto por algo que cuida.
Queda una cosa por decir del ojo, y es que su autor lo convirtió en un logotipo. Lo dibujó en Photoshop, en dorado y latón, intentando reproducir los tonos y las luces exactas de la visión, y lo puso en la portada de su libro; después, solo el trazo, en las tres páginas que separaban las tres partes, con el ojo cerrado, entreabierto y abierto. Lo que la ayahuasca le dio en forma de icono, él lo devolvió al mundo en la forma que los iconos tienen hoy. El coche de las pegatinas estaba lleno de ojos así.
Lo que quien lo ha vivido tiene de razón
Esta web dice siempre lo que el escéptico tiene de razón, y lo dirá dentro de un momento. Pero este artículo necesita antes la otra columna, porque sin ella la duda ocupa el centro y la experiencia queda como lo que hay que explicar.
Quien ha visto un icono cargado de sentido tiene razón en que el sentido no lo fabricó. Shanon, que es psicólogo cognitivo y no místico, lo defiende con toda su formación: «no hay línea de demarcación entre la percepción "bruta", por un lado, y la interpretación semántica, significativa, por otro». No es que primero se vea una forma y luego se le ponga un significado: «La interpretación no se añade a la percepción; está, más bien, arraigada en ella. Y lo mismo el significado» (pp. 253-254). Un informante suyo que vio a Jesús lo dijo después con una honradez que vale por un tratado: «lo que realmente puede decirse de la visión es solo que se vio la figura de un joven amoroso, vestido de blanco y que irradiaba luz. La identificación de ese hombre como Jesús fue quizá mía, reflejo de mi trasfondo cultural y de mis creencias religiosas» (p. 253). Y Shanon no concluye de ahí que la visión sea «meramente subjetiva»: «la visión con ayahuasca no tiene por qué ser más subjetiva de lo que es la percepción ordinaria… Nuestra realidad es producto de una interacción dinámica entre lo que se nos da y lo que aporta nuestro sistema cognitivo». Un filósofo naturalista, Chris Letheby, lo generaliza: la percepción ordinaria ya es un modelo del mundo que «no experimentamos como modelo, sino simplemente como el mundo mismo». El signo que presenta su significado sin representarlo no es una rareza de la ayahuasca. Es como funciona percibir, llevado a una intensidad en la que por fin se nota.
Tiene razón, también, en que el icono acertó. El rostro del niño anunció un capítulo que llegó, y que llegó sobre lo que más le importaba. Shanon escribe en su último capítulo que, por lo general, las visiones de ayahuasca «no representan las historias vitales particulares de los individuos… ni de manera directa ni simbólica» (p. 368). Pero su propio apéndice dice otra cosa de las primeras veces: en 136 primeras sesiones de personas no indígenas, la categoría más frecuente de todas es «biografía personal», casi una de cada cinco visiones. La primera noche va de uno. Después, cada vez menos; el autor de esta web cuenta lo mismo: los iconos han ido menguando en número y en intensidad con las tomas.
Y tiene razón en que la sensación de saber no es un añadido posterior. Los autores que validaron el cuestionario más usado lo señalaron ellos mismos: la cualidad noética va con la experiencia, no se fabrica al recordarla. Shanon, en 2010, mantuvo que sus propias intuiciones bajo la ayahuasca, «en general, resultaron válidas y valiosas mucho después de que el efecto hubiera pasado». Y quien defiende hoy el modelo neurocientífico más citado deja la puerta entreabierta: un estado así «podría también manifestar aspectos del mundo normalmente ignorados».
Lo que el escéptico tiene de razón
Tiene razón en tres cosas, y esta web las dice con su peso.
La facultad que lee señales es la que ve caras en las nubes. En 2014, a veinte personas sanas y sobrias se les dijo que la mitad de unas imágenes de ruido puro contenían caras: las vieron el 34 % de las veces, y la zona del cerebro que reconoce rostros respondió. A eso se le llama pareidolia, y a la disposición general a encontrar patrones y conexiones donde no los hay, apofenia; un estudio de 2020 con más de mil personas la describe como «la disposición a los falsos positivos», que «ocurre con regularidad en toda la población» y crece con la apertura a la experiencia. Bajo enteógenos nadie la ha medido con una tarea y un placebo, y es verosímil que aumente. El sesgo de confirmación hace el resto: se recuerdan los iconos que acertaron y se olvidan los que no. Esto explica la selección de los aciertos. No explica su contenido.
Sentir que se sabe no es saber. James lo dijo con el verbo «parecer»; un grupo de investigadores lo formuló en 2024 sin rodeos: «nada en los psicodélicos selecciona preferentemente la exactitud, sino solo las sensaciones de exactitud». Y el dato más limpio es de Shanon, por lo que le toca: «Algunos informantes dicen que sí consiguen descifrar y entender mensajes en escrituras y/o lenguas que en realidad no les son familiares. No he podido corroborar ninguna de estas afirmaciones (hay que señalar especialmente los casos en que la lengua en cuestión era el hebreo, mi propia lengua materna), y prefiero considerarlas relatos de experiencias subjetivas sinceras, no hechos» (p. 126). La ayahuasca no enseñó hebreo a nadie delante de un profesor de hebreo. Lo que la sensación de realidad prueba y no prueba lo contamos en Más real que lo real y no lo repetimos.
Y el salto. De «el icono acertó sobre mi vida» a «el universo me lo envió» hay un paso que el escéptico tiene razón en no dar. Pero aquí la respuesta más fuerte no es de un escéptico, sino de un bebedor. Un informante le dijo a Shanon: «Usted es profesor, así que cree que me enseña, que me pasa información. Pero no es así. Usted solo me habla, y a través de eso surgen ideas y conocimientos que están ahí, guardados en mi propia mente. Está todo ahí y, en efecto, usted no me enseña nada» (p. 167). A Shanon le vino a la cabeza el Menón de Platón, que aquel hombre no había leído. El icono del niño sabía de la infancia de quien lo veía porque el emisor, fuera lo que fuera, le conocía; y lo que le conocía mejor que nadie era él. Esa respuesta no niega el dato ni lo empobrece. Shanon la da sin cerrar la puerta: «no hay que descartar la naturaleza desconcertante de las visiones con ayahuasca… Una explicación estrictamente psicológica no puede agotar las preguntas en cuestión».
La versión fuerte, y lo que se le ha respondido
Hay quien ha dado el salto por escrito. El antropólogo Jeremy Narby, en La serpiente cósmica (1995; en inglés, 1998), partió de dos boas que le hablaron sin palabras en una sesión en Perú y de las serpientes entrelazadas de la iconografía amazónica, y propuso que los chamanes «llevan su conciencia hasta el nivel molecular y acceden a información relacionada con el ADN», que el conocimiento botánico de la Amazonia viene de ahí y que el canal podría ser la luz ultradébil que emiten las células. Conviene decirlo con exactitud, porque se le atribuye más: Narby habla de dobles hélices y escaleras retorcidas, no de «las formas geométricas»; presenta su idea como hipótesis comprobable; y reconoce sus huecos: el ADN desnudo emite fotones «tan débilmente que escapan a la medición», y la recepción de esa luz «no se ha estudiado». La antropología casi no le contestó; la crítica más clara la publicó una revista del sector editorial: «confunde entusiasmo con pruebas». Y la biofísica, años después, retiró el pilar: la emisión de luz de las células es real, pero no hay prueba de que lleve información coherente, y la obra en la que Narby se apoyaba contenía «experimentos no descritos, datos descartados y errores matemáticos». Stanislav Grof va más lejos y sin datos: estas experiencias pueden «impartir información nueva y exacta sobre simbolismo religioso y motivos míticos previamente desconocidos para la persona». Y Rick Strassman, que en 2001 propuso que la DMT permitía percibir «materia oscura o universos paralelos», escribe en 2016, con comillas, de «lo que parecen ser seres» en «un universo alternativo». Shanon, que no cree en nada de esto, lo resume: «no creo en absoluto que la ayahuasca proporcione o permita ningún conocimiento factual no ordinario». Entre la versión fuerte y la negación hay el sitio donde esta web se queda.
Quién pagó
Se dice y no se juzga. Las primeras investigaciones de Shanon las apoyó en parte la asociación MAPS, que promueve el uso terapéutico de los psicodélicos; el libro no declara financiación. Los estudios de campo con DMT de los que salen casi todas las voces de este artículo los financian la Fundación BIAL, la Society for Psychical Research, la Parapsychological Association y un mecenas, Anton Bilton: organizaciones de investigación parapsicológica, y eso importa cuando el tema son ojos, seres y mensajes. Casi toda la psicometría de la «cualidad noética» sale de dos laboratorios, Johns Hopkins y Zúrich, financiados por el Heffter Research Institute, en cuyo consejo de dirección estaba, según declara el propio estudio, el investigador principal de uno de ellos. El estudio del LSD y la música lo pagaron, además de la fundación suiza de ciencia, Heffter y el Usona Institute. Reichel-Dolmatoff trabajó con la Universidad de los Andes, que había fundado su departamento de antropología, y después veinte años en UCLA. El modelo matemático de 2001 y 2002 lo financiaron fundaciones científicas británicas y estadounidenses. El libro de Narby es comercial.
Lo que se repite sin prueba
En los dos sentidos.
«Klüver describió las tres fases de la visión.» Llamó «extremadamente arbitrario» a cualquier esquema de fases. Las tres son de dos arqueólogos en 1988.
«El arte paleolítico demuestra el trance.» Inferencia sobre inferencia; sin pruebas de las plantas en la Europa de entonces.
«Los tukano pintan lo que ven en el yajé.» Verdad, con método: de memoria, a petición de un etnógrafo, hombres adultos veteranos; los jóvenes decían «son cosas que se ven».
«Los iconos aparecen siempre antes que las escenas.» Regla gruesa cierta; Shanon dice que los patrones geométricos «no aparecen necesariamente al principio», y solo el 17 % de un estudio los describió al inicio.
«El ojo que todo lo ve es masónico.» Al revés: lo propuso en 1776 un consultor que no era masón; la masonería lo adoptó después.
«El ojo turco tiene tres mil años.» Lo documentado es del siglo XX; la aldea, de 2007.
«El ojo siempre significa ser observado.» Es uno de cuatro sentidos; los otros tres sanan, repelen o ven hacia dentro.
«Ver señales es un síntoma.» La apofenia clínica es otra cosa; gente sana y sobria ve caras en el ruido un tercio de las veces.
«La ciencia ha medido la cualidad noética.» Ha medido convicción autoinformada.
«La ayahuasca enseña a leer símbolos y escrituras.» El único autor con corpus no pudo corroborarlo ni en su lengua materna.
Y del otro lado: «Narby demostró que las visiones son el ADN». Lo propuso como hipótesis, nadie lo comprobó, y él mismo dijo que «el jurado sigue deliberando».
Cómo lo cuenta esta web
Esta web cree que lo vivido es real y que su origen está abierto. Aplicado a los símbolos, eso quiere decir: que la ayahuasca hable en iconos es un hecho descrito por quien la ha estudiado y contado por quien la ha tomado; que lo primero sea geométrico y plano tiene una explicación en la corteza visual que no le quita nada; que el significado llegue entero y sin esfuerzo es la marca que James describió hace más de un siglo y que la ciencia solo ha sabido medir como convicción; y que ese significado acierte sobre la vida de quien lo ve tiene una explicación que no necesita emisor externo y no excluye ninguno. «Saber ver las señales» no es una frase hippie ni una verdad absoluta. Es una capacidad que todo el mundo tiene, que una noche se vuelve imposible de ignorar, y que después hay que aprender a usar con la misma brújula que lo demás: lo que llega, como dijo James, «debe cribarse y ponerse a prueba, y pasar por la confrontación con el contexto total de la experiencia, igual que lo que viene del mundo exterior de los sentidos» (p. 427). Cribar no es descreer. Es lo que hace quien se lo toma en serio.
Qué no sabemos
- Cómo se pasa de la geometría a las escenas. El modelo de la corteza explica lo primero; del paso a lo figurativo no hay medición minuto a minuto.
- Si la ayahuasca produce las mismas formas elementales que la mescalina y el LSD. Klüver pidió en 1928 una «farmacopsicología diferencial de las constantes de forma». No se ha hecho.
- Si bajo enteógenos aumenta la pareidolia. Plausible; sin estudio con tarea y placebo.
- Qué significa el ojo para quien lo ve bajo ayahuasca. Shanon cuenta multitudes de ojos; nadie ha preguntado qué dicen.
- Qué pasa con los iconos a partir de la primera vez. El apéndice de Shanon y el cuaderno del autor coinciden en que menguan. Por qué, nadie lo ha estudiado.
La noche del cuaderno terminó con una página que no se puede leer, porque la mano ya no respondía. Dos días después, su autor dibujó el ojo y el niño para que no se perdiera la forma exacta. Trece preguntas en negro, una respuesta en azul: «Nada de eso es importante». Es lo que hace un icono: cabe todo en él, y se entiende al verlo. Lo que no hace es decir de dónde viene. Esa pregunta sigue abierta, y esta web prefiere tenerla abierta a cerrarla en falso en cualquiera de los dos sentidos.
Testimonios
Tu testimonio puede servirle a alguien que está justo donde tú estuviste.
Sin registro. Se publica con la firma que elijas.
- Shanon, B. (2002). The Antipodes of the Mind: Charting the Phenomenology of the Ayahuasca Experience. Oxford: Oxford University Press.
- Shanon, B. (1998). «Ideas and Reflections Associated with Ayahuasca Visions». MAPS Bulletin, vol. 8, n.º 3, págs. 18-21.
- Shanon, B. (2010). «The epistemics of ayahuasca visions». Phenomenology and the Cognitive Sciences, vol. 9, n.º 2, págs. 263-280.
- Klüver, H. (1928). Mescal: The "Divine" Plant and Its Psychological Effects. Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner.
- Bressloff, P. C., Cowan, J. D., Golubitsky, M., Thomas, P. J. y Wiener, M. C. (2001). «Geometric visual hallucinations, Euclidean symmetry and the functional architecture of striate cortex». Philosophical Transactions of the Royal Society B, vol. 356, n.º 1407, págs. 299-330.
- Bressloff, P. C., Cowan, J. D., Golubitsky, M., Thomas, P. J. y Wiener, M. C. (2002). «What Geometric Visual Hallucinations Tell Us about the Visual Cortex». Neural Computation, vol. 14, n.º 3, págs. 473-491.
- Reichel-Dolmatoff, G. (1969). «El contexto cultural de un alucinógeno aborigen: Banisteriopsis caapi». Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, vol. 13, n.º 51, págs. 327-345.
- Oyuela-Caycedo, A. (2012). «Arqueología Biográfica: Las raíces Nazis de Erasmus Reichel, la vida en Austria (1912-1933)». Memorias. Revista digital de Historia y Arqueología desde el Caribe colombiano, n.º 18, págs. 1-21.
- Lewis-Williams, J. D. y Dowson, T. A. (1988). «The Signs of All Times: Entoptic Phenomena in Upper Palaeolithic Art». Current Anthropology, vol. 29, n.º 2, págs. 201-245.
- Helvenston, P. A. (2015). «Psilocybin-containing mushrooms, Upper Palaeolithic rock art and the neuropsychological model» (con réplica de T. Froese). Rock Art Research, vol. 32, n.º 1, págs. 84-115.
- Michael, P., Luke, D. y Robinson, O. (2021). «An Encounter With the Other: A Thematic and Content Analysis of DMT Experiences From a Naturalistic Field Study». Frontiers in Psychology, vol. 12, 720717.
- Michael, P., Luke, D. y Robinson, O. (2023). «An encounter with the self: A thematic and content analysis of the DMT experience from a naturalistic field study». Frontiers in Psychology, vol. 14, 1083356.
- Michael, P., Luke, D. y Robinson, O. (2025). «An encounter with death: a comparative thematic and content analysis of naturalistic DMT experiences and the near-death experience». Frontiers in Psychology, vol. 16, 1532937.
- Lawrence, D. W., Carhart-Harris, R., Griffiths, R. y Timmermann, C. (2022). «Phenomenology and content of the inhaled N, N-dimethyltryptamine (N, N-DMT) experience». Scientific Reports, vol. 12, 8562.
- James, W. (1902). The Varieties of Religious Experience: A Study in Human Nature. Nueva York: Longmans, Green and Co., págs. 380-381, 387, 422-427.
- Barrett, F. S., Johnson, M. W. y Griffiths, R. R. (2015). «Validation of the revised Mystical Experience Questionnaire in experimental sessions with psilocybin». Journal of Psychopharmacology, vol. 29, n.º 11, págs. 1182-1190.
- Sanders, J. W. y Zijlmans, J. (2021). «Moving Past Mysticism in Psychedelic Science». ACS Pharmacology & Translational Science, vol. 4, n.º 3, págs. 1253-1255.
- Studerus, E., Gamma, A. y Vollenweider, F. X. (2010). «Psychometric Evaluation of the Altered States of Consciousness Rating Scale (OAV)». PLoS ONE, vol. 5, n.º 8, e12412.
- Preller, K. H. et al. (2017). «The Fabric of Meaning and Subjective Effects in LSD-Induced States Depend on Serotonin 2A Receptor Activation». Current Biology, vol. 27, n.º 3, págs. 451-457.
- Hartogsohn, I. (2018). «The Meaning-Enhancing Properties of Psychedelics and Their Mediator Role in Psychedelic Therapy, Spirituality, and Creativity». Frontiers in Neuroscience, vol. 12, 129.
- MacLean, K. A., Leoutsakos, J.-M. S., Johnson, M. W. y Griffiths, R. R. (2012). «Factor Analysis of the Mystical Experience Questionnaire: A Study of Experiences Occasioned by the Hallucinogen Psilocybin». Journal for the Scientific Study of Religion, vol. 51, n.º 4, págs. 721-737.
- McGovern, H. T. et al. (2024). «An Integrated theory of false insights and beliefs under psychedelics». Communications Psychology, vol. 2, 69.
- Letheby, C. (2022). «Naturalistic Entheogenics: Précis of Philosophy of Psychedelics». Philosophy and the Mind Sciences, vol. 3, 4.
- Swanson, L. R. (2018). «Unifying Theories of Psychedelic Drug Effects». Frontiers in Pharmacology, vol. 9, 172.
- Liu, J., Li, J., Feng, L., Li, L., Tian, J. y Lee, K. (2014). «Seeing Jesus in toast: Neural and behavioral correlates of face pareidolia». Cortex, vol. 53, págs. 60-77.
- Blain, S. D., Longenecker, J. M., Grazioplene, R. G., Klimes-Dougan, B. y DeYoung, C. G. (2020). «Apophenia as the disposition to false positives: A unifying framework for openness and psychoticism». Journal of Abnormal Psychology, vol. 129, n.º 3, págs. 279-292.
- Nickerson, R. S. (1998). «Confirmation bias: A ubiquitous phenomenon in many guises». Review of General Psychology, vol. 2, n.º 2, págs. 175-220.
- Narby, J. (1998). The Cosmic Serpent: DNA and the Origins of Knowledge. Nueva York: Tarcher/Putnam. Ed. castellana: «La serpiente cósmica», Madrid: Errata Naturae, 2021.
- Babcock, J. (2006). «Interview with Jeremy Narby». Arthur, n.º 22 (en línea en arthurmag.com).
- Publishers Weekly (1997). Reseña de «The Cosmic Serpent», 29 de diciembre de 1997.
- Cifra, M., Brouder, C., Nerudová, M. y Kučera, O. (2015). «Biophotons, coherence and photocount statistics: A critical review». Journal of Luminescence, vol. 164, págs. 38-51.
- Grof, S. (2016). «Psychology for the Future: Lessons from Modern Consciousness Research». Spirituality Studies, vol. 2, n.º 1.
- Strassman, R. (2001). DMT: The Spirit Molecule. Rochester: Park Street Press.
- Gallimore, A. R. y Strassman, R. J. (2016). «A Model for the Application of Target-Controlled Intravenous Infusion for a Prolonged Immersive DMT Psychedelic Experience». Frontiers in Pharmacology, vol. 7, 211.
- Meslin, M. (1987). «Eye». En M. Eliade (ed.), The Encyclopedia of Religion. Nueva York: Macmillan.
- Stünkel, I. (2019). «Ancient Egyptian Amulets». Heilbrunn Timeline of Art History, The Metropolitan Museum of Art.
- U.S. Department of State, Bureau of Public Affairs (2003). The Great Seal of the United States. Washington.
- Morris, S. B. (1995). «The Eye in the Pyramid». Short Talk Bulletin, vol. 73, n.º 9. Masonic Service Association of North America.
- İzmir İl Kültür ve Turizm Müdürlüğü. «Evil Eye Bead».
- Avalon, A. [Woodroffe, J.] (1924). The Serpent Power, being the Ṣaṭ-cakra-nirūpaṇa and Pādukā-pañcaka, 2.ª ed. Madrás: Ganesh & Co.
Otros artículos

Por qué da vergüenza decirlo

Por qué decimos «enteógeno»

Lo que no sale en el folleto de un retiro


