Con sus palabras · 3
Ahora está más cerca
Una mujer que perdió a su madre cuando tenía cuatro años bebió ayahuasca dentro de un estudio sobre el duelo. Lo que vivió en la tercera sesión, y lo que le dejó, lo contó días después en terapia, en voz alta y paso a paso.
Traducido del artículo «Restorative Retelling for Processing Psychedelic Experiences: Rationale and Case Study of Complicated Grief» · Frontiers in Psychology, 2022
El estudio, en pocas líneas
Es un estudio piloto hecho en Barcelona para diseñar una terapia que ayude a quien no consigue salir de un duelo. Cada participante tuvo catorce sesiones semanales de psicoterapia y tres sesiones de ayahuasca, en grupos pequeños y con varias personas acompañando, en una clínica privada.
Entre tres y cinco días después de cada sesión, cada participante volvía a contar lo vivido en una sesión individual de terapia de hora y media. El artículo presenta esa manera de volver a contar y la ilustra con el caso de una mujer, A. O., con las palabras que se grabaron.
- Qué esUn caso dentro de un estudio piloto
- QuiénUna mujer de 29 años con un duelo complicado
- SustanciaAyahuasca, en tres sesiones, con psicoterapia
- DóndeBarcelona
- Publicado2022, en Frontiers in Psychology
- LicenciaCC BY: se puede traducir citando la fuente
A. O.
29 años · duelo por su madre
«Ahora está más cerca»
A. O. tenía 29 años. Su madre murió cuando ella tenía cuatro y su hermano dos, y apenas la recuerda. Toda la vida le dijeron que había sido un accidente. Poco antes de entrar en el estudio, una tía le contó la verdad: su madre se había quitado la vida tirándose por el balcón de casa, y los había dejado solos en el piso a ella, de cuatro años, y a su hermano, de dos. A. O. no estaba en la habitación cuando ocurrió. La noticia le trajo un duelo que la desbordaba y un rechazo hacia su familia, sobre todo hacia su padre, por haberla engañado. Echaba de menos con mucha intensidad a su madre y una familia en la que confiar, y le costaba seguir adelante con su vida. Sus cuestionarios mostraban un duelo complicado: el que no se cierra con el tiempo.
La primera sesión de ayahuasca no tuvo que ver con el duelo. En la segunda, revivió la muerte de su madre, una escena que nunca vio. La tercera es la que contó con detalle.
Empezó con un salto brusco «a otro sitio», con muchísimas visiones «de animales, formas, colores, chatarra» y un pánico que no había sentido nunca, «como en un sueño». Tenía miedo de perder el control y de estar sola. Sentía que allí nadie podía ayudarla.
«Eran como figuras, una encima de otra… se convirtieron en un tótem, el tótem era una máscara, con caras agresivas… como demonios burlones sacando la lengua, unas lenguas largas. Estaban delante de mí, venían a por mí y me agarraban… ¡joder! ¿De dónde ha salido esto? ¡Es tan real!… Esto existe de verdad en algún sitio, y yo estoy en ese sitio…»
Al volver a contarlo, ya no los vio igual: «Ahora que lo pienso, era como si fueran guardianes, entidades y espíritus… Estaban ahí para hacerme entender… Aparecieron para mostrarse. Para que yo pudiera “ver”».
«En toda aquella situación de locura, como veía que nadie en la tierra podía ayudarme, llamé a mi madre.»
Sintió que su madre se sentaba en el borde de su colchón, y todo cambió: se encontró en un lugar «más definido, con un aura que era como… ¡celestial! Como transparente, como si me rodeara una especie de tela, como un brillo… y eso me dio mucha calma».
«Y recuerdo que también había un guía, como una entidad o algo… que me daba la sensación de esto… del “Todo”, ¿sabes? Me dio la sensación de que es lo que la gente llama Dios, ¿sabes? Un dios… como que Dios es el Todo. Era una energía como… de otro mundo. Y esa energía me llevó hasta mi madre.»
Cuando en terapia le preguntaron cómo se sentía con su madre y con esa energía, respondió: «Es como que el amor es incondicional, pero un amor que… que lo es todo. Es el sentido de la vida».
Luego vinieron varias escenas. En una, madre e hija miraban desde fuera una comida familiar, y su madre le pedía «una especie de alianza» y que entendiera a los suyos: que les había dejado una situación muy difícil, que todos tenían «su propia cruz» y no podían haberlo hecho de otra manera. A. O. salió de ahí mirando a su familia de otro modo:
«Sentí amor incondicional. Y a la vez sentí muchísima pena… porque habían perdido a una hermana, y de esa manera… y mi padre era su pareja. Puede que mi padre sea un desastre, que quizá nunca haya hecho nada bien, que nunca me haya ayudado a estar mejor, pero eso no es… no es todo.»
En otra escena se vio en el lugar de su madre:
«Luego estoy en otra situación en la que es como si estuviera allí, como si fuera ella, en la cama del hospital, y estoy, no sé, todavía no del todo muerta… Creo que ella debió de sentirse fatal en ese momento. No sé si es solo una proyección mía, porque es algo en lo que he pensado tantísimas veces…»
«Estaba tumbada en la cama así [se tumba], y de repente, no sé cómo, levanté las manos [se cruza las manos sobre el pecho]… y en ese momento… ¡pam!… viví lo que era estar en coma. Entonces me golpeó una ola enorme de tristeza, la misma pena que estaba pasando ella en ese estado, mi madre. Y entonces me di cuenta, algo como: joder, me he tirado por el balcón, he dejado a mis dos hijos en casa, esto ha pasado de verdad, estoy aquí… y tanta pena, tanta, tanta pena [se tapa la cara con las manos].»
Después asistió a un nuevo funeral de su madre, ella que no pudo ir al de verdad, y esta vez fue distinto: «Un sentimiento de comunidad… de estar en paz con el proceso de la muerte. Como entender que la muerte tiene algún tipo de sentido».
Al final, su madre y ella se encontraron a solas. Su madre «se derrumbó… me pidió perdón, y asumió la responsabilidad de cómo habían salido las cosas. Era como si no hubiera podido curarse en vida, como si nunca hubiera podido ver lo que yo estaba viendo».
«Siempre he tenido esta necesidad de tener con mi madre una conversación que nunca pude tener, y nadie podía ocupar su lugar.»
Al terminar de contarlo, le preguntaron si la experiencia había cambiado algo:
«Sí, lo único es que… la realidad del día a día te… [suspira] No sé. Pero desde luego me ha dejado huella; algo ha cambiado. Hay una parte que no va a ser como antes… Después de la experiencia, tengo la sensación de que hasta la veo distinta en las fotos.»
«Sigue siendo ella, pero su actitud ha cambiado… Parece más tranquila, más serena… Como si antes tuviera esa energía oscura, pesada… pero ahora es como que miro la foto y me acuerdo de esa segunda parte [de la experiencia], de ese lenguaje… y entonces miro la foto de otra manera, me lo explico de otra manera, y la veo de otra manera.»
Y sobre lo que había cambiado entre ellas:
«Sí, porque creo que ahora está… más cerca, más… ¡accesible! Antes era tan inquietante, porque es alguien que desapareció y ya… se había ido, no había nada. ¡Nada! Y ahora tengo mi pequeño lugar [se cruza las manos sobre el pecho] donde, si quiero, puedo encontrarla. Aquí hay un espacio donde podemos encontrarnos. No de la manera humana y material que yo querría, pero ahora está más cerca y más a mi alcance. Tengo más herramientas y recursos, porque lo he visto y lo he vivido, así que sé que, si quiero, y si hago el esfuerzo (porque lo veo como un esfuerzo), puedo llegar a ella. Puedo pedirle que esté, y estará.»
En los cuestionarios, la diferencia fue grande. En el inventario de duelo complicado, donde a partir de 30 puntos se considera que el duelo no se está cerrando, A. O. tenía 51 al empezar el estudio y 34 antes de la tercera sesión; después de volver a contarla, 7. También había bajado mucho la depresión.
Volver a contarlo
Los autores empiezan su artículo con una frase que cualquiera que haya pasado por esto reconocerá: muchas experiencias con enteógenos son muy significativas, pero inefables. Cuesta ponerlas en palabras, y lo que no se pone en palabras se queda suelto, sin sitio en la propia historia.
La técnica que usan, que llaman restorative retelling (algo así como «volver a contar para reparar»), viene del trabajo con personas que han perdido a alguien de forma traumática. Consiste en revivir la experiencia en terapia, en presente, despacio, escena a escena, distinguiendo tres cosas: lo que pasó, lo que se sentía mientras pasaba y lo que significa. Después, se pregunta qué ha cambiado: quién soy a la luz de esto, cómo encaja en lo que pensaba del mundo. En el caso de A. O., ese segundo paso es el que transforma la imagen de su madre: de una figura oscura y trágica a una presencia serena.
La primera pieza de esta serie apuntaba en otra dirección: allí, los autores observaban que poder describir lo vivido no tenía que ver con cuánto les había servido a sus pacientes. Quizá no se contradicen, porque una cosa es describir las imágenes y otra darles un sitio en la propia historia. Pero la pregunta sigue abierta: cuánto necesita lo vivido ser contado para quedarse.
Lo que dicen los autores
Recuerdan algo que pone este caso en su sitio: entre la mitad y ocho de cada diez personas en duelo sienten en algún momento la presencia de quien murió, en la vida diaria o en sueños muy vivos, sin tomar nada. Hoy no se considera un síntoma de enfermedad, y a menudo trae consuelo y compañía. Lo que A. O. vivió con la ayahuasca es una versión intensa de algo que le pasa a mucha gente.
Para ellos, lo más importante de su caso no fue una idea nueva, sino el cambio en la imagen interior de su madre, que pasa de ser alguien que desapareció a alguien con quien se puede seguir teniendo un vínculo. Es lo que hoy busca buena parte de la terapia del duelo: no «pasar página», sino seguir unido a quien murió de una manera que no duela igual.
En la pieza 8 de esta serie, una joven en duelo va a su primera ceremonia de ayahuasca buscando a su padre, y lo que encuentra es la preocupación de su madre.
El duelo complicado, el que no se cierra con el tiempo, está reconocido y tiene tratamientos específicos, como el que estudia este artículo. Si te reconoces en él, no es raro, y hablarlo con alguien de confianza, o con un profesional, forma parte de la salida.
Si quieres saber qué es la ayahuasca y qué dice el resto de la investigación, está su ficha. En el glosario, la entrada presencia explica cómo usa esta web esa palabra.
- González, D., Aixalà, M. B., Neimeyer, R. A., Cantillo, J., Nicolson, D. y Farré, M. (2022). «Restorative Retelling for Processing Psychedelic Experiences: Rationale and Case Study of Complicated Grief». Frontiers in Psychology, vol. 13, art. 832879.

