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Nadie te dice qué hacer al día siguiente


Lo sabido ·
Pon un Dios

Antes de una toma hay mucha información: qué no mezclar, qué esperar, cómo prepararse. Después, casi ninguna. Se vuelve a casa, se duerme o no se duerme, y a la mañana siguiente hay que ir a trabajar, hablar con la familia o hacer la compra con algo dentro que todavía no tiene nombre.

Este texto trata de ese momento y de lo que viene detrás: los días, las semanas y a veces los años en que lo vivido sigue trabajando. No es un manual, porque no hay dos después iguales. Es lo que se sabe, contado por los estudios y por quienes lo han vivido.

Los primeros días

Lo más frecuente es una mezcla que desconcierta. Por un lado, cansancio, a veces como después de un gran esfuerzo físico, y una sensibilidad a flor de piel: emociones que suben sin aviso, lágrimas fáciles, sueños muy vivos. Por otro, en muchas personas, una calma y una claridad poco comunes, como si el mundo se hubiera lavado. En inglés lo llaman afterglow; en castellano podría llamarse la estela.

«Justo después de la ceremonia solía sentirme vulnerable y sensible, y no podía exponerme de inmediato al estrés ni a los horarios.»

Quienes cuentan su después señalan a menudo que lo más duro no fue la sesión, sino la vuelta a la rutina: el despertador, el correo, las conversaciones de siempre. Por eso quienes pueden permitírselo se reservan unos días de margen, y lo describen como una de las cosas que más ayudan.

Y está la necesidad de contarlo, que choca enseguida con la dificultad de hacerlo.

«Lo más frustrante es no poder explicar la experiencia a quienes no la han vivido.»

Sentirse incomprendido es de lo que más se repite en los estudios sobre el después, sobre todo entre quienes no tienen cerca a nadie que haya pasado por lo mismo. Algunos participantes hablan también de tener que callar según con quién, por el estigma que todavía pesa sobre estas sustancias.

Lo que suele quedarse

Para la mayoría, el después es bueno. En una encuesta que preguntó a más de dos mil personas antes de tomar hongos de psilocibina por su cuenta, y volvió a preguntarles después, los síntomas de depresión y de agotamiento bajaron de forma clara, y la mejora seguía ahí dos o tres meses más tarde, junto a un aumento del bienestar espiritual y de la flexibilidad para ver las cosas de otra manera. Con la ayahuasca pasa algo parecido: muchas personas la cuentan entre las experiencias más importantes de su vida, y muchas insisten en que lo valioso no fue lo que vieron, sino lo que cambió después.

Pero la estela se apaga. En unas semanas, a veces en unos días, la claridad se va diluyendo, y hay quien vive ese momento como un bajón, con la sensación de haber vuelto al punto de partida.

«Justo después no me odiaba tanto. Fue como si alguien hubiera encendido la luz.»

Para quien dijo esto, participante en un ensayo con psilocibina, la luz duró poco. Es una de las cosas que más se repiten: lo que se ve en una sesión no se queda solo. Se queda lo que uno consigue llevar a la vida.

El mal viaje, sin mitos

De pocas cosas se habla tanto y se sabe tan poco. El «mal viaje» arrastra una mitología de gente que «se quedó» para siempre, y el miedo a tenerlo es de lo primero que aparece cuando alguien piensa en estas sustancias. Los datos cuentan otra historia.

Un estudio de la Universidad Johns Hopkins preguntó a casi dos mil personas por su peor experiencia con hongos de psilocibina. Para cuatro de cada diez había sido una de las cinco experiencias más difíciles de su vida. Y, sin embargo, el 84 % decía haber sacado algo bueno de ella, y una de cada tres la situaba también entre las cinco más significativas. El hallazgo más llamativo fue otro: cuanto más difícil había sido la experiencia, más duradero era el aumento de bienestar que la persona notaba después. La duración, en cambio, iba en sentido contrario: cuanto más se alargaba la experiencia, menos bienestar dejaba.

No es una paradoja. Lo que se vive como mal viaje es muchas veces el encuentro con algo que se llevaba tiempo evitando: un miedo, una culpa, un duelo, la forma en que uno trata a los demás o a sí mismo. Muchas personas lo describen, con el tiempo, como un espejo que les mostró lo que no querían ver. Por eso la palabra «malo» dice más del momento que de lo que deja.

Otro estudio preguntó a quienes habían pasado por experiencias difíciles qué les había ayudado a atravesarlas mientras ocurrían. Lo que más funcionó fue soltar, aceptar o rendirse (así lo dijeron ocho de cada diez) y observar la propia mente sin pelearse con ella. Lo que menos, intentar dormirse, enfadarse o exigir que aquello parara. Mirar en lugar de huir parece valer también para el después.

«He aprendido lo importante que es vivir toda la gama de emociones humanas.»

Nada de esto convierte la experiencia difícil en algo que haya que buscar, ni garantiza que todas acaben bien. En ese mismo estudio, algo más de uno de cada diez se puso en riesgo físico a sí mismo o a otros durante la experiencia, sobre todo con cantidades altas, experiencias largas y sin comodidad física ni compañía; por eso las fichas de cada sustancia recogen lo que conviene saber antes. Pero el mito del mal viaje como condena no se sostiene.

Canalizar lo vivido

A lo que ocurre después se le suele llamar integración. Una revisión de las definiciones que circulan la resume así: un proceso en el que la persona vuelve sobre lo vivido y trabaja activamente para darle sentido, elaborarlo y traducirlo a su vida. Otra forma de decirlo es canalizar: darle un cauce a lo que se ha abierto.

Algunas cosas se canalizan casi solas. Una conversación pendiente que por fin se tiene, un hábito que se deja, una forma distinta de mirar a los hijos o de estar en el trabajo. Otras cuestan mucho más, porque antes de llevarlas a la vida hay que entender qué pasó, y eso puede llevar meses o años. Ni todo es inmediato ni todo es imposible.

«Mi integración ocurre en silencio. Necesito tiempo para traducir las experiencias en palabras, y después en actos.»

La palabra tiene un problema: se ha convertido también en un producto. Hay retiros, cursos y terapias que venden la integración como un servicio, y los propios investigadores reconocen que no hay acuerdo sobre qué es exactamente; la mayoría de los modelos detallados se han escrito en los últimos años. Lo que describe, en cambio, es real y es necesario. Los miembros de las iglesias ayahuasqueras lo tienen en parte resuelto: su comunidad y su doctrina les dan un marco para entender lo vivido. Quien toma por su cuenta tiene que construírselo.

Lo que cuentan que ayuda

No hay receta, pero los estudios sobre el después coinciden bastante en lo que la gente describe como útil.

Tiempo. Lo vivido necesita asentarse, y las prisas por entenderlo todo suelen jugar en contra. Los días de margen tras la sesión son la versión más corta de esto; la paciencia de meses, la más larga.

El cuerpo. Cuando la cabeza no para, muchas personas encuentran estabilidad en lo físico: caminar, respirar, moverse, cualquier cosa que devuelva al presente.

«Empecé a hacer prácticas centradas en el cuerpo para aterrizar, porque eso era lo primero que necesitaba de verdad.»

La naturaleza. Pasear, estar fuera, cerca de árboles, de agua o de animales. En muchos relatos aparece como el lugar donde lo vivido se ordena sin esfuerzo.

«Lo que más me ha ayudado son los momentos en la naturaleza, en los que puedo estar a solas.»

Hablar con alguien que entienda. No cualquiera: alguien que escuche sin asustarse y sin quitarle importancia. Una pareja o unos amigos que también hayan pasado por esto, o un grupo donde se pueda hablar con libertad. Quienes pertenecen a una iglesia ayahuasquera tienen esa comunidad hecha; quienes toman por su cuenta a menudo tienen que buscarla, y muchos la construyen poco a poco.

«Una red de personas que también toman ayahuasca ha sido muy importante para poder integrar mis experiencias.»

Un marco para entender. A unas personas les ayuda una tradición espiritual; a otras, la psicología, la filosofía o la ciencia; a otras, tratar lo vivido como algo interior sin necesidad de decidir si era real. Y a algunas, simplemente, dejar de necesitar una respuesta. Lo que parece importar es tener dónde apoyarse, más que cuál sea el apoyo.

Actos concretos. Darle vueltas sin fin a lo vivido es de las dificultades más comunes, y suele aflojar cuando la experiencia se convierte en algo que se hace, por pequeño que sea: cambiar un horario, retomar algo abandonado, cumplir una decisión que se tomó durante la sesión.

Crear. Escribir, pintar, tocar un instrumento. Da forma a lo que no cabe en una conversación, y a veces es la única manera de sacarlo fuera.

«Cogí la guitarra. Después de un año o así tocándola, te puedo decir que esa práctica me salvó la vida.»

También hay coincidencia en lo que empeora las cosas: aislarse; darle vueltas sin llegar a nada; volver a tomar para arreglar lo que la experiencia anterior removió; encontrarse con alguien que le quita importancia; e interpretaciones que en lugar de dar sentido dan miedo.

Cuando el después se complica

A veces el después pesa más de lo esperado. En la encuesta más amplia sobre la ayahuasca, con más de diez mil participantes, algo más de la mitad vivió alguna dificultad emocional en las semanas o meses siguientes: sentirse desconectado, dormir mal, ver u oír cosas que otros no veían. Casi nueve de cada diez lo consideraron parte de un proceso de crecimiento, y alrededor de uno de cada diez buscó ayuda profesional por ello.

Un estudio de 2023 se centró solo en quienes habían tenido dificultades que se alargaban: 608 personas. Describían ansiedad, sensación de irrealidad, desconexión de los demás, y lo que los investigadores llaman choque ontológico: que se tambalee lo que uno creía sobre la realidad, la muerte o uno mismo. En un tercio de ellas, las dificultades duraron más de un año. Es una muestra de personas que ya tenían problemas, no de todas las que toman, pero dice mucho sobre qué los hace más probables.

Lo que se asociaba a dificultades más largas era no saber qué sustancia se había tomado ni en qué cantidad, y una experiencia especialmente dura en el momento. Tomar sin nadie que guiara se asociaba a dificultades de más tipos. Cuatro de cada diez relacionaban lo que les pasaba con heridas de la infancia que la experiencia había removido. Y un dato importante: haber tenido antes un diagnóstico psiquiátrico no predecía cuánto iban a durar. Estos datos no dibujan a personas débiles ni sin voluntad. Dibujan circunstancias, y heridas que ya estaban ahí.

Muchas de ellas contaban que lo que más agravó sus dificultades fue no saber qué les estaba pasando. La falta de información aumentaba la ansiedad, el aislamiento y la confusión.

«Durante al menos unos días no podía pensar ni hablar de forma lineal. No entendía lo que me estaba pasando, y no tenía palabras para ello.»

En el estudio complementario, varias personas contaban que el punto de inflexión fue descubrir que otros habían pasado por lo mismo, y darse cuenta, como dijo una de ellas, de que «hay una salida». Para eso existe esta web.

Cuándo no es solo el después

Hay señales que piden algo más que tiempo: no poder dormir durante varias noches seguidas, ideas que la persona vive como reales y que los demás no comparten, un miedo intenso que no cede, sentirse irreal durante semanas o pensamientos de hacerse daño. Cada ficha de sustancia recoge estas señales en «Cuándo acudir a un médico».

Pedir ayuda profesional no invalida la experiencia ni la convierte en una enfermedad. 

Qué no sabemos

  • Por qué a unas personas el después les dura días y a otras años, en condiciones parecidas.
  • Cuánto de lo que se apaga se apaga por no haberlo llevado a la vida, y cuánto porque ciertas cosas están hechas para pasar.
  • Si tomar a solas, sin tradición ni marco, cambia el después. Hay indicios, pero apenas se ha estudiado.
  • De dónde viene lo que se canaliza. Si lo que se vio estaba dentro de uno o llegó de otra parte, no lo sabemos. Lo que sí se sabe es que lo que se hace con ello depende de cada uno.

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Fuentes: