Con sus palabras · 10
Me tratan como a un ser humano
En São Paulo, un grupo daba ayahuasca una vez al mes a personas que vivían en la calle con problemas de crack o de alcohol. Las primeras sesiones fueron, para casi todos, un mal trago. Lo que vino después no fue igual para unos que para otros, y al antropólogo que los acompañó le pareció que lo que más contaba no era lo que bebían, sino la gente con la que estaban.
Traducido del artículo «Ayahuasca, dependência química e alcoolismo» · Ponto Urbe, 2009
Y, contadas por el autor, las historias de Alda y de Bruno.
El estudio, en pocas líneas
El antropólogo Marcelo S. Mercante acompañó entre 2006 y 2007 a una asociación benéfica de São Paulo que daba ayahuasca a personas sin hogar. El grupo se había separado de la União do Vegetal, una de las religiones brasileñas que toman la ayahuasca como sacramento, y, como ella, la llamaba «Vegetal». Lo dirigía un psiquiatra que desde finales de los ochenta repartía sopa en el centro de la ciudad y que en 1999 empezó con la ayahuasca. Veía en ella, según una investigadora a la que cita el autor, un «tratamiento de choque».
Una vez al mes, un sábado, el grupo quedaba en una plaza del centro y de allí iba en metro, en tren y en furgoneta hasta una finca, donde la sesión duraba cuatro horas, con cantos. Muchos vomitaban, a veces tenían diarrea, y lo vivían como una limpieza: según los propios participantes, así se libraban del alcohol y de lo que habían consumido. Los lunes había comida y una reunión de dos horas en la sede, dirigida por la mujer del psiquiatra y con una trabajadora social, para contar lo vivido, y los miércoles, rezos y un taller de artesanía. El grupo repetía que no ofrecía dinero, ni comida, ni ropa, sino amistad, aunque, anota el autor, sí repartía cestas de comida y ropa. La amistad era ayudar a sacar los papeles, dar apoyo emocional y buscar dónde ingresar a quien lo necesitara.
Al autor le interesaban sobre todo las mirações, como llaman en estos grupos a las visiones de la ayahuasca, y qué tenían que ver con dejar el alcohol o el crack. El texto es una ponencia para un congreso, publicada en una revista de antropología urbana de la Universidad de São Paulo, y cuenta unos pocos casos: los de cinco «asistidos», como el grupo llamaba a quienes venían de la calle, y los de tres socios que habían estado a punto de acabar en ella. No dice si los nombres son los reales.
Y recuerda el marco legal. Brasil amparaba la ayahuasca solo para uso religioso, y el grupo de trabajo oficial que propuso esa regulación pidió dejar en suspenso su uso terapéutico hasta que se estudiara si era seguro. El autor escribe que este grupo, que la usaba en sus rituales como herramienta terapéutica, vivía por eso en una situación legal ambigua.
- Qué esTexto de una ponencia, basado en su trabajo de campo (etnografía)
- QuiénesPersonas sin hogar con problemas de alcohol o de crack, y socios del grupo que habían pasado por lo mismo
- SustanciaAyahuasca («Vegetal»), en una sesión al mes
- DóndeSão Paulo (Brasil), entre 2006 y 2007
- Publicado2009, en Ponto Urbe
- LicenciaCC BY: se puede traducir citando la fuente
William
39 años · nueve en la calle
«Y en esa sesión tuve la fuerza»
William tenía 39 años y llevaba nueve en la calle. Había trabajado de peón en la construcción; empezó con la cocaína, pasó al crack, y el crack lo llevó a la calle. En su primera sesión sintió algo muy parecido a lo que sentía al fumar crack:
«Tuve una reacción como si estuviera en plena paranoia, como si le hubiera dado una calada a la pipa de crack. Me dio una paranoia tan grande que no conseguía quedarme en la sala, andaba de un lado para otro, hasta me sacaron fuera. Estaba asustado, mirando a todo el mundo. Parecía que querían pillarme. Las cosas que yo hacía en la calle, de maldad, de peleas: pensaba que los tíos estaban entrando en la sala para pegarme. […] Vi el desprecio que mi familia sentía por mí, ahí sentí el desprecio de mi familia. […] Fue como si Dios me pusiera todo delante para que viera por qué estaba en la calle. Todo eso malo, se fue pasando el efecto y me fui quedando normal; cuando terminó la sesión ya estaba normal. Y fue entonces cuando dije que quería que me ingresaran.»
WWilliam
«Cuando se me acababa el efecto [del crack] me arrepentía, decía que lo iba a dejar, pero luego empezaba todo otra vez. Nunca había pedido salir. Y en esa sesión tuve la fuerza. Pero con el efecto del té solo vi maldad, cosas malas. Pero allí estaba con gente que no consumía drogas; yo consumía drogas con gente que estaba consumiendo, ya sabíamos que el efecto era así, cada uno asustado del otro. […] con el efecto del té sabía que la gente que lo había tomado conmigo era gente buena.»
WWilliam
El crack, le dijo al autor, lo sacaba del mundo; el Vegetal le había despertado la conciencia de que necesitaba ayuda. Lo ingresaron, y durante el ingreso lo llevaron a una segunda sesión:
«La reacción fue más suave […]. Creo que aquello malo lo estaba limpiando; esta vez ya era más consciente, fue una experiencia todavía mejor. Empezaba a ver aquellas imágenes de la primera vez, pero me mantenía firme. Pensaba que los demás me estaban mirando, que me estaban echando encima la culpa del pasado. Pero me vino un pensamiento a la cabeza: que aquello era un proceso por el que estaba pasando. […] me mantuve firme de verdad, me entregué, Dios es más grande.»
WWilliam
Al cabo de un tiempo, William se escapó del centro donde estaba ingresado. Dijo que allí se sentía muy solo. De vuelta en la calle, volvió al crack. No quiso volver a tomar Vegetal, pero fue a pedir ayuda a la sede del grupo, y consiguieron enviarlo a su ciudad natal, donde lo acogieron en un albergue municipal. Es lo último que cuenta de él el artículo.
Ellen
22 años · una hija nacida en la calle
«Veía que tengo a mi hija»
Ellen tenía 22 años. Su madre murió cuando ella tenía 11, y su padre la echó de casa con su hermana. Tenía una hija de casi dos años, nacida en la calle. Estuvo a punto de entrar en un albergue, pero el día que tenía que ir no apareció. Su primera sesión fue
«¡un horror! Insulté a todo el mundo allí dentro. Quería a mi hija como fuera [la hija no estaba con ella durante la sesión], no se podía salir. Lloraba, empezaba a mirar a uno, a otro, con mala cara. Decía que no iba a volver más. Fue horrible. Solo echaba de menos a [mi hija]. Nunca la había dejado sola. La hora no pasaba. Las dos primeras veces fueron difíciles. Después, cuando se pasaba el efecto, lo veía de otra manera. Así fue. Ahora me gusta mucho. La tercera vez fue muy buena. Conseguí pensar en otras cosas. La primera vez que fui veía demonios, en la cara de Lucia, su cara se transformaba. Veía el demonio en ella. […] Ahora no veo nada. Todo va cambiando.»
EEllen
«Eran 24 horas fumando piedra [crack] en la pipa, no me ocupaba de mi hija. Me quedaba tirada en el suelo, muerta. La policía estaba en la plaza, y yo estaba muerta. Mucha cachaça. Piedra y aguardiente. Después de empezar con el té fui dejándolo, fui viendo que aquello no lo era todo. Porque para mí la solución era la droga, me metía en la droga para olvidarme de los problemas, de la vida que llevaba. Después de empezar a tomar el té, no: veía que tengo a mi hija. Eso me vino de dentro, vi cómo me robaban a mi hija, empezó a darme vueltas en la cabeza, oía una voz en la cabeza que me decía que, si no paraba, la iba a perder. Pero eso ya lo sabía, que si no lo dejaba un tiempo la iba a perder de todas formas. Así que fui parando. Ahora consumo [crack y cachaça], pero menos.»
EEllen
«La primera calada de la piedra [el crack] es buena. Después no hablas con nadie, hasta matas. La piedra es totalmente distinta del té: con el té estoy tranquila, veo cosas bonitas; con la piedra, no. Solo veo maldad. No hablo con nadie, me desentiendo de mi hija. Esas cosas las voy pensando. Desde la última sesión no he consumido nada.»
EEllen
En la misma respuesta dice que consume menos y que desde la última sesión no ha consumido nada; las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Según el autor, Ellen tenía un carácter fuerte y se la veía cada día emocionalmente más estable, aunque no había dejado la calle. La última vez que la vio estaba a punto de mudarse a una favela con dos mujeres que había conocido en la plaza.
Adolfo
Dejó la bebida y encontró trabajo
«Con el tiempo eso va desapareciendo»
Adolfo, nacido en 1962, era uno de los asistidos más antiguos del grupo. Supo de la ayahuasca por revistas y libros que leía cuando vivía en la calle. Cuando el autor lo conoció, en agosto de 2006, llevaba el pelo largo, hablaba sin parar, todavía bebía y no tenía trabajo. En octubre de 2007 era otra persona: pelo corto, camisa de vestir, más callado. Acababa de encontrar trabajo, vivía en un albergue y ya no bebía. Así recordaba su primera sesión:
«Fue una experiencia con luces, con imágenes, muchas cosas del subconsciente, sensación de pérdida, pánico, sensación de estar fuera del tiempo, pero en un primer momento no tuve ese malestar que suele dar. Al cabo de un rato tuve algunas veces esa limpieza orgánica y espiritual. Después me sentí mucho mejor. Tuve la oportunidad de bucear en mi interior, de superarme. Creo mucho en que, con algo más de tiempo, uno puede llegar a entenderse mejor a sí mismo y a los demás, y tener cierta relación con el mundo espiritual. Tuve algunos momentos en que me sentí mal, que tenían que ver con la comida o incluso con algo espiritual que uno adquiere, algunas cosas que nos deprimen, pero son efectos pasajeros. Creo que es el propio subconsciente de la persona el que actúa en esos sentimientos, angustia, inseguridad, de estar fuera de lugar, pero con el tiempo eso va desapareciendo.»
AAdolfo
César
32 años · técnico de enfermería
«Ahora es el momento de cultivar otra cosa»
César tenía 32 años y era el pequeño de cinco hermanos. Se había formado como técnico de enfermería, y empezó a consumir en la ambulancia en la que trabajaba, junto con los médicos. De los psicotrópicos pasó al crack. Perdió la casa, acabó en la plaza, y allí conoció a Alda, con la que tuvo un hijo. Su primera sesión fue terrible:
«Estaba desesperado, pensé que me iba a morir. Quería salir [del lugar de la sesión], irme. Fue como recibir un choque. Me enfrenté a mí mismo: “tío, hace unos años yo estaba trabajando, con mi familia alrededor de una mesa en las comidas de los domingos”. Pensé: “yo planté estas semillas, ahora estoy recogiendo…” Ahora es el momento de cultivar otra cosa.»
CCésar
Contó que la miração que más le impresionó fue la de un desconocido al que, sin embargo, reconocía como un amigo. Ese amigo le señaló sus muchos errores, lo que lo hizo sentirse muy incómodo, y a la vez le trajo a la memoria muchas cosas que le había dicho su padre, ya muerto. Al final reconoció que su manera de vivir no era la adecuada, y que era hora de empezar de nuevo. Cuando el autor le preguntó si algo había cambiado desde que empezó a tomar el Vegetal, contestó:
«¡Cambió! Cambió de la plaza a debajo del viaducto. De debajo del viaducto a la favela. ¡De la favela al piso!»
CCésar
Tenía trabajo y vivía en un piso de las afueras de São Paulo, y Alda esperaba su segundo hijo.
En otra ocasión, después de discutir con César, Alda pasó la noche en la plaza fumando crack. Al día siguiente era miércoles y fue a los rezos, y allí el psiquiatra le sirvió un vaso de Vegetal. Contó que vio muchas cosas malas, demonios, y que entendió que venían del crack del día anterior. Le dijo al autor que no volvería a consumirlo nunca. El artículo no cuenta si lo cumplió.
Los que ya habían salido
El autor entrevistó también a varios socios del grupo que habían estado a punto de acabar en la calle por el alcohol u otras sustancias, y que encontraron en los rituales con Vegetal, escribe, la fuerza para superarlo. Según él, sus historias se parecían mucho a las de los asistidos.
Jonas
53 años · socio del grupo
«Para cambiar, hay que trabajar»
Jonas tenía 53 años y era vendedor. Con el alcohol estuvo a punto de separarse de su mujer, y cuando bebía era, decía, muy grosero con sus hijos. Según el autor, llevaba siete años sobrio y su vida familiar se había estabilizado. Empezó a beber a los 14 años:
«Por rebeldía. […] Con catorce años mi padre me llevó a vivir con él, porque ya estaba en edad de trabajar [antes vivía con sus tíos]. Estudiaba por la noche, trabajaba todo el día, me levantaba de madrugada, trabajaba muchísimo; así que, en cuanto me veía libre de él, bebía para sentirme libre. Eso, en mi ignorancia. Y así fue, me volví alcohólico. Empecé a consumir otras drogas. Coca, marihuana, y lo demás. Fue hasta pasados los 40. […] Y hasta fui perdiendo a la familia. Es la que tengo hoy, pero gracias a la ayahuasca la recuperé. Estuve a punto de separarme, pero paré, me equilibré, y aquí estoy. Conocí la ayahuasca con 44 años, y paré, paré inmediatamente.»
JJonas
Llegó a la ayahuasca casi por error: lo llevaron a otro grupo a ponerse kambó, la secreción de una rana, y lo que había era una sesión. Al poco de beber sintió que estaba borracho, y quiso pegar a quien los había llevado a él y a su mujer:
«Yo le había prometido a mi hija que no iba a beber más. Me dedicó una sonrisa tan bonita, veo la escena hasta hoy como si fuera ahora, y dije: “tengo que conseguirlo, tengo que dejar de beber para hacer feliz a mi hija”. Cuando bebí el Vegetal y fue llegando el efecto, la sensación que tuve fue que me habían dado aquel té mezclado con alcohol. Chico, lo pasé fatal. […] Fui ocho veces, ¡y las ocho veces me llevé una paliza! A la novena se abrió. Se abrió de una manera que me puso feliz. Pude comprender por qué, cuando bebí la primera vez, tuve aquella sensación: porque fue una despedida, porque después de aquella primera vez nunca más volví a beber [alcohol]. […] Y es sin esfuerzo, porque de verdad que no quiero.»
JJonas
Para él, la miração más importante fue la explicación que le dio el Maestro de por qué se sintió borracho aquella primera vez: fue, dijo, un trabajo del Maestro «para que me curara, y despidiera al borracho. Y lo despedí de verdad». Lo que vino después lo cuenta así:
«Después de sentirme curado tuve un recuerdo de quién es mi hija. Tuve un recuerdo de quién era mi mujer. ¡Tenía muy mal genio! Cuando tuve ese recuerdo de mi hija, cambié del todo la manera de educar a mis hijos, porque antes era una educación dura, a latigazos. […] Así que no te puedo decir que una visión concreta sirviera para recuperarme. Lo que te puedo decir es que uno tiene la visión, y recuerda, cuando puede cargar con el peso. […] Solo recuerdas si lo aguantas. Y depende de cada uno, si ha recordado, ver qué es, y hacerlo. Porque beber ayahuasca, todo el mundo la bebe, pero para cambiar, hay que trabajar. Hay que ver el resultado que has tenido, y hacer lo que hay que hacer. No sirve de nada solo beber ayahuasca, quedarte en tus visiones y no hacer nada, no resuelve. Lo importante es recibir las enseñanzas, y hacer lo que hay que hacer, no dejarlo para después. Si lo dejas para después, se pierde, y no avanza.»
JJonas
Sérgio
58 años · socio del grupo
«Siento que aquí dentro soy útil»
Sérgio tenía 58 años. Sus problemas con el alcohol empezaron tras la muerte de su mujer, y lo perdió todo menos la casa. Pasó tres meses ingresado en una clínica de desintoxicación, y al salir siguió tratándose con el psiquiatra que dirigía el grupo. Llevaba seis meses sin beber, había vuelto a trabajar y a estudiar, y se dedicaba al estudio de las plantas medicinales. Al principio, cuenta, intentaba controlar el efecto:
«tenía más o menos idea de lo que era, por haber consumido otras drogas. Iba a sentir una sensación y la iba a tener que controlar. […] Así que la primera burracheira, las dos primeras, no fueron muy buenas. Me quedaba como controlando; cuando quieres llevar tú el volante, no te sueltas, no consigues un efecto bueno, tu burracheira es una cosa como trabada, como miedosa. Ahora no: ahora, gracias a Dios, estoy suelto del todo, y cada una es distinta, no hay dos burracheiras iguales.»
SSérgio
Burracheira es como llaman en la União do Vegetal al efecto del té. El autor le preguntó qué importancia tenía el ritual para mantenerlo lejos del alcohol:
«no sé por qué, no he conseguido entenderlo, pero no he sentido la compulsión [de beber]. Estoy ahí fuera, veo a los tíos tomándose una cerveza, y ya ni se me hace la boca agua. Creo que aquí encontré el camino, porque aquí encontré muchos amigos, la gente me acepta como soy, me da importancia, no te sientes rechazado. Las personas saben que tuve un problema de alcoholismo, pero me respetan, me tratan como a un ser humano, y no como a un exalcohólico […]. Eso es muy importante, el apoyo que siento aquí. La amistad: siento que aquí dentro soy útil. Una de las cosas que quiero es ser útil, siempre ha sido así. Y ahí fuera es difícil: cuando la gente sabe que bebes, deja de fiarse de ti, nadie quiere apoyarte porque creen que no vas a ser capaz de actuar en serio, de hacer las cosas en serio. […] Aquí no: el trabajo está bien, estoy implicado, veo que aquí dentro hay sitio para mí, lo que estaba buscando lo encontré aquí. Además de los amigos, que esa amistad me importa mucho.»
SSérgio
Lo que tienen en común
Para casi todos, las primeras sesiones fueron difíciles: la paranoia de William, los demonios de Ellen, el miedo a morir de César, las ocho «palizas» de Jonas, el miedo con el que Sérgio intentaba controlar el efecto. Aun así, volvieron. En un artículo posterior, tras estudiar otros centros que usan la ayahuasca con personas con adicciones, el mismo autor contó que muchos entrevistados describían al principio una sensación de persecución muy parecida a la del crack. Lo que cambiaba era el entorno: un ambiente ordenado y, sobre todo, gente que ya había pasado por lo mismo.
Varios cuentan también que vieron a su familia: William, el desprecio de los suyos; Ellen, a su hija; César, las comidas de los domingos; Jonas recordó quién era su hija. En aquel artículo posterior, el autor escribió que la frase «pude ver el daño que le estaba haciendo a mi familia» se repitió en muchas entrevistas.
Y no todos cuentan un camino recto. William recayó y volvió a la calle. Ellen consume menos, pero no ha dejado la calle. Alda prometió no volver al crack, y no sabemos si lo cumplió. Bruno, el último socio del que habla el artículo, un empresario de la publicidad, contó que pasó dos años esnifando cocaína todos los días, que se pasaba una semana sin dormir hasta caer desmayado y que comía poco más que galletas rellenas. Llegó al grupo por curiosidad, y en su primera sesión vio, dice el autor, que estaba destruyendo su vida. Pasó seis meses sin cocaína, recayó, y en la sesión siguiente vivió algo que lo ha mantenido lejos de ella un año más, hasta la fecha del artículo.
Lo que dice el autor
Para Mercante, lo que ofrecía el grupo tenía dos tiempos, que llama el «choque» y la «amistad». El choque llegaba en las sesiones: allí los asistidos pensaban en su vida, en la situación en la que estaban y en lo que el alcohol y lo demás que consumían habían hecho con sus relaciones con el mundo. La amistad eran las relaciones nuevas que nacían en las sesiones y en las reuniones de los lunes, con gente que no venía de la calle, sino de otros mundos sociales, y con la que aprendían, escribe, otro lenguaje. Las dos cosas se reforzaban: las amistades nuevas chocaban con la vida de antes, y el choque los empujaba a buscar más cambio.
Su conclusión es que no es el uso de una sustancia lo que cambia la manera de ver el mundo de alguien, sino el contacto humano. Cree que las mirações parecen tener un papel importante: son momentos de revelación, ligados al pasado, al presente y a lo que uno quiere llegar a ser, que pueden «forzar» a mirar de frente los propios problemas.
En aquel artículo posterior, de 2013, escrito tras estudiar tres comunidades de Brasil y una de Perú, describe la idea que comparten esos centros: si la persona no cambia su manera de relacionarse con los demás, lo que incluye entrar en grupos nuevos, la recaída es inevitable. También aclara que, para esos centros, una persona recuperada es la que no consume ninguna sustancia psicoactiva, salvo la ayahuasca.
En la octava pieza de esta serie, María llegó a la ayahuasca tras diez años de adicción, y una de sus compañeras se preguntaba de qué sirve haber sentido a Dios si luego se te olvida. Jonas lo dice a su manera: para cambiar, hay que trabajar.
Qué es la ayahuasca, con qué no se combina y qué dice la investigación lo cuenta su ficha.
Si el alcohol o cualquier otra sustancia se te ha ido de las manos, pedir ayuda es parte de la salida, y nadie tiene que hacerlo solo. Si estás en peligro, los teléfonos están en esta página.
- Mercante, M. S. (2009). «Ayahuasca, dependência química e alcoolismo». Ponto Urbe, n.º 5.
- Para el contexto: Mercante, M. S. (2013). «A ayahuasca e o tratamento da dependência». Mana, vol. 19, n.º 3, pp. 529-558.
- Sobre los IMAO y la cocaína: Pfizer. «Nardil (phenelzine sulfate): Contraindications», ficha del medicamento.

