Skip to main content

Con sus palabras · 5

Como si alguien hubiera encendido la luz

Once personas con una depresión que no cedía con los tratamientos habituales tomaron psilocibina una sola vez, dentro de un ensayo clínico. Meses después contaron cómo fue: la desconfianza de antes, lo que vivieron tumbadas con un antifaz y, sobre todo, lo que vino luego, que no se pareció en nada de unas a otras.

Traducido del artículo «Patient perspectives and experiences with psilocybin treatment for treatment-resistant depression: a qualitative study» · Scientific Reports, 2024

Participante 1324 años · 25 mg Participante 645 años · 10 mg Participante 544 años · 10 mg Participante 1234 años · 25 mg Participante 764 años · 25 mg Participante 929 años · 1 mg

Y también: los participantes 1, 2 y 3 (1 mg), 4 (25 mg) y 8 (10 mg).

El estudio, en pocas líneas

Los participantes salen de un gran ensayo internacional que probó una sola toma de psilocibina sintética en personas con depresión resistente, la que no mejora con al menos dos antidepresivos. Cada participante recibió, al azar, una de tres dosis: 25 mg, 10 mg o 1 mg, esta última tan baja que servía de placebo. Nadie, ni los pacientes ni los terapeutas, sabía cuál le había tocado.

Antes tuvieron tres sesiones de preparación de una hora u hora y media. Tuvieron que dejar los antidepresivos al menos dos semanas antes y seguir sin ellos las doce semanas siguientes. Pasaron la sesión tumbados, con antifaz, auriculares y una lista de música fija, con dos terapeutas en la sala todo el tiempo. Después hubo dos conversaciones: al día siguiente y a la semana.

Entre los participantes de dos hospitales de los Países Bajos (Groninga y Utrecht), un investigador que no había participado en el ensayo entrevistó a once, ocho mujeres y tres hombres de entre 24 y 66 años, entre tres y quince meses después de la sesión, por videollamada porque era la pandemia. Cuando hablaron, ni ellos ni el entrevistador sabían qué dosis habían recibido: se supo después. Aquí van con el número que les da el artículo, su edad y su dosis.

  • Qué esEntrevistas en profundidad (estudio cualitativo)
  • Quiénes11 pacientes con depresión resistente que participaron en un ensayo
  • SustanciaPsilocibina sintética, una sola vez: 1, 10 o 25 mg, al azar y sin saber cuál
  • DóndeGroninga y Utrecht (Países Bajos)
  • Publicado2024, en Scientific Reports
  • LicenciaCC BY: se puede traducir citando la fuente

Antes: desconfiar y esperar

Muchos llegaban con años de tratamientos que no habían funcionado, y con poca fe en el sistema. «A lo mejor ya estoy un poco saturada de terapia», dice la participante 7 (64 años, 25 mg).

«La última vez que pensé que debería volver a la medicación, fui a mi psiquiatra, con el que no tengo ninguna conexión. Recién salido de la carrera, poco abierto, muy reservado. (…) Ya sé que va a seguir al pie de la letra las guías de lo que hay que recetar. (…) O sea, ¿te hiciste psiquiatra para averiguar con un plan paso a paso qué medicación tengo que tomar? ¿O también miras un poco más allá? Pues sí, eso me decepciona.»

Participante 8, 66 años, 10 mg

Algunos desconfiaban también de la psilocibina:

«Era, y soy, muy escéptico. (…) Si suena demasiado bien para ser verdad, probablemente no lo sea. (…) No tengo ninguna experiencia con drogas. (…) No sé qué me va a hacer. ¿Me volveré adicto? (…) [Los investigadores] quieren que haga el estudio (…) [Pero] ellos no tienen que tomarlo; les interesa que yo participe.»

Participante 3, 50 años, 1 mg

Aun así, la mayoría confió en sus terapeutas del ensayo. A una participante que no notó ningún efecto, el cuidado le devolvió la confianza:

«Que te cuide un profesional durante un día entero: me ponían una manta encima, ponían música. Allí me sentí de verdad como una niña. Pude dejar a un lado todas mis defensas de siempre. (…) Después de cada visita al hospital, era como si hubiera estado con un grupo de amigos.»

Participante 2, 59 años, 1 mg

Pero a varios, tres sesiones de preparación les parecieron pocas para confiar del todo y contar lo que hacía falta.

«No recuerdo hasta qué punto hablamos a fondo de mi infancia, un poco caótica (…) Tampoco creo que hubiera tiempo para eso, porque no son tus terapeutas de siempre. (…) Sí creo que, en ese sentido, todavía falta un poco de confianza. Para entregarte del todo.»

Participante 9, 29 años, 1 mg

A varios, dejar los antidepresivos les costó. «Lo pasé apretando los dientes», dice el participante 5 (44 años, 10 mg). Y quien iba con expectativas concretas se encontró a veces con otra cosa:

«Había visto ese vídeo [de preparación] de gente navegando en barca por un río, viviendo las cosas más bonitas (…) Pero no vi estrellitas ni un caleidoscopio ni nada de eso, y no tuve esas sensaciones que me habían descrito (…) Una decepción, sin más.»

Participante 5

«La intención era ver si podía ver u oír algo que pudiera relacionar con esa sensación [de estar muy mal]. No tuve nada de eso. Solo esa cosa en blanco y negro, como de tinta, una sensación muy intensa de oscuridad pura.»

Participante 4, 32 años, 25 mg

Varios dicen que les habría servido saber antes que podían aflorar emociones fuertes y que no pasaba nada:

«Si hubiera sabido que otras personas también lloraban o se reían, no me habría dado tanta… vergüenza. (…) Pensé: bueno, si lo hubiera sabido, yo también podría haberlo hecho sin más.»

Participante 6, 45 años, 10 mg

Durante: soltar, o no poder

Unos consiguieron dejarse llevar, sostenidos por la confianza en quienes estaban con ellos:

«No me sentí en peligro, aunque de verdad no sentía que controlara nada de lo que pasaba. (…) Supongo que en cierto modo sí me sentí apoyada, porque sabía que había alguien a quien podía pedir que me cogiera la mano, alguien en quien podía confiar.»

Participante 12, 34 años, 25 mg

A otros les costó. El segundo terapeuta lo habían conocido en la última sesión de preparación: «No metáis de repente en [la sala de la psilocibina] a un desconocido al que en realidad no conoces de nada», dice la participante 6. Y estar tumbada ocho horas mientras te miran incomoda: «Dos personas te miran todo el tiempo; eso es algo que tienes que poder dejar a un lado», dice la participante 8. El antifaz y los auriculares, que a unos les ayudaron a mirar hacia dentro, a otros los aislaron:

«[Aquel episodio traumático] me sigue persiguiendo hoy. (…) Nunca me pongo auriculares ni tapones, porque entonces no oigo lo que pasa a mi alrededor. [Durante la sesión de psilocibina] estaba aislado de todo (…) Me sentí atrapado, porque no podía oír ni ver lo que pasaba.»

Participante 5

«En la preparación miras en qué te quieres centrar, y luego intentas ir más o menos hacia ahí… Pero yo no podía hacer nada, no podía dirigirlo, no podía entrar ni salir, me arrastraba y no tenía ningún control. No era yo quien contaba la historia; era un personaje de la historia, y solo podía esperar a ver qué pasaba después. (…) Eso era lo frustrante. Pensé: esto no es lo que habíamos practicado. (…) La idea era simplemente darte cuenta de las cosas y soltar. Y no pude. (…) Creo que con menos [psilocibina] lo habría podido dirigir más.»

Participante 13, 24 años, 25 mg

Para algunos fue profundo y hermoso:

«Sobre todo fue emocional (…) Sensaciones de sobrecogimiento. No lo puedo explicar. (…) Experiencias intensas de belleza. (…) En algún momento sentí alegría. Felicidad, sin más. También sentí tristeza, pero no como la siento normalmente. No tan miope, no sé si me explico. Era muy honda, muy profunda. Pero no necesariamente negativa.»

Participante 12

Para otros, abrumador:

«Esa sensación abrumadora de infelicidad profunda… estaba ahí, de repente. En realidad salía de mí, pero también me cayó encima. Todo lo que me rodeaba, estuviera donde estuviera, todo el entorno era esa infelicidad, esa vulnerabilidad, esa soledad, ese abandono. (…) No podía hacer nada, simplemente venía, no podía pararlo, no podía salvarme. Me estaba ahogando en ella, esperando volver a salir a flote.»

Participante 13

La música llevaba la experiencia de un sitio a otro, aunque no a todos les gustó: a algunos, la lista les pareció cursi, new age o molesta. A la participante 12, cada canción nueva la volvía a lanzar «“fiuuuuu”, dentro de la experiencia». A la participante 7, una música fúnebre le dio algo inesperado:

«En un momento dado sonó un montón de música clásica pesada, y entonces vi un cementerio con lápidas. Me dije: vaya, ya está aquí otra vez ese humor de tumba. Alguien ha muerto, solo que no sé quién. Como diciendo: ¿y qué más da? (…) Y eso fue muy liberador. Muy liberador.»

Participante 7

Después: la luz y la herida

Para la mayoría, entender lo vivido llevó tiempo: días, a veces semanas o meses. Y ponerlo en palabras costaba.

«Es muy difícil de explicar, porque en realidad era una sensación. No vi ni oí nada; eran sensaciones puras. (…) No se puede explicar, de verdad tienes que sentirlo en tu propia piel si quieres saber de qué estás hablando. Pero bueno, eh… sí, difícil.»

Participante 4

Hubo quien salió con algo nuevo, y lo vio irse:

«Justo después no me odiaba tanto (…) Fue como si alguien hubiera encendido la luz. (…) Y no tenía miedo a los demás, porque no puedes tener miedo de algo que es parte de ti (…) Pero duró poco, y ahora creo que todo lo que entendí son tonterías. Vuelvo a odiarme. (…) Si hubiera podido hablarlo todo con alguien de confianza justo en ese momento, creo que se habría resuelto mucho. Pero ahora: nada de nada.»

Participante 6

Y quien salió con una herida:

«Había sido increíblemente traumático… era casi como si tuviera un trauma nuevo, solo por ese tratamiento, porque lo había pasado fatal, me había sentido tan sola y tan triste. Ocho horas llorando (…) Durante dos o tres meses, cada vez que hablaba de ello, me echaba a llorar. Me entraba el pánico, empezaba a tener ataques de pánico y a soñar con ello (…) Ahora se va apagando poco a poco, pero al principio era tan intenso que no sabía qué hacer con ello.»

Participante 13

Las dos conversaciones posteriores llegaron demasiado pronto para unos («La herida seguía abierta de par en par», dice la participante 13) y demasiado tarde para otros, como la participante 6, que habría querido aprovechar aquel tiempo, breve, en que no se odiaba tanto. A algunos les sirvieron; a otros les supieron a poco:

«Sí esperaba un poco más de apoyo. Y de verdad lo necesitaba (…) Hubo dos conversaciones y ya está. (…) Para mí fue como: hasta aquí, adiós, ahora te las apañas solo. (…) Y en ese momento no tenía terapeuta, así que tampoco podía apoyarme en eso.»

Participante 5

«Tengo esta experiencia, y he hablado de ella dos o tres veces, pero no tengo ni idea de qué hacer ahora con ella. Sí, hay cosas en las que puedo trabajar por mi cuenta, pero no sé cómo hacerlo (…), no sé cómo hacer para que todo y todos me afecten menos.»

Participante 13

Varios pensaban que les habría ayudado compartirlo con otros participantes:

«Cuando estoy con gente que tiene las mismas rarezas que yo, sí me siento parte de un grupo. Es muy agradable no sentirte un bicho raro. (…) Y si estuviera en un grupo de psilocibina (…) querría saber cómo fue la experiencia de otro. Para poder decir: sí, yo también vi eso. O: yo también lo he vivido. Y eso a lo mejor me haría volver a reflexionar.»

Participante 5

Querer más

Varios dicen que una sola sesión no basta:

«No creo que un solo viaje me vaya a quitar del todo la depresión. Seguro que hace falta más (…) Porque entonces sería una cura milagrosa [se ríe] (…) Sí creo que es una sustancia milagrosa, y que podría ayudar a mucha gente. (…) Pero también creo que a lo mejor es un proceso y que habría que hacerlo un poco más a menudo.»

Participante 7

A algunos, lo que creían una dosis baja les ayudó a familiarizarse con el efecto sin perder el control, y otros pensaban que empezar por una así les habría preparado mejor para una segunda vez:

«Estuvo muy bien notar un efecto y, aun así, mantener algo de control. Aunque todo estaba pensado para que fuera seguro, en el fondo me pareció bastante bien que no fuera todo completamente… superpsicodélico y de otro mundo.»

Participante 1, 53 años, 1 mg

«Sería una pena que el plan de tratamiento fuera una sola sesión y ya está», dice la participante 9. Para quien notó una mejora, el problema era que se iba:

«Mira, es evidente que al cabo de un mes [el efecto] se ha ido. Y si pudieras recibir otra dosis al mes siguiente, y un día entero para entregarte a ella. Y luego otra vez al mes y medio. Sí, entonces creo que eso podría funcionar.»

Participante 5

Dos participantes, entre ellas la participante 7, probaron por su cuenta en casa con microdosis de trufas para mantener el efecto: «Quería volver a sentir aquello en casa». A ninguna le sirvió. Una estuvo sobre todo irritable, y echó en falta a alguien que la guiara («Es sobre todo experimentar por tu cuenta», dice la participante 9); la otra lo dejó al tercer intento, al ver que la depresión volvía a los pocos días. Los autores advierten de que experimentar así, sin apoyo ni terapia, puede empeorar los síntomas, desestabilizar o hacer daño.

Lo que les dejó

Doce semanas después de la sesión, tres de los once estaban en remisión, es decir, casi sin síntomas en la escala de depresión que usó el ensayo. Dos habían recibido la dosis de placebo, 1 mg: el participante 1, el que agradeció no perder el control, y el 3, el escéptico, que había dormido casi toda la sesión y, cuando le entrevistaron, ocho meses después, no tenía ningún síntoma. La tercera, la participante 12, había recibido 25 mg, había vivido aquella experiencia honda y difícil de explicar, y meses después seguía en remisión.

En los otros ocho, según los autores, no hubo cambios estadísticamente significativos en la escala. Las cifras del artículo ponen números a lo que cuentan. Al participante 5, la depresión le bajó a la mitad en tres semanas y a las doce había vuelto casi al principio: el efecto que se iba. En las participantes 6 y 13 apenas se movió. Y la participante 2, la que se sintió tan cuidada, tenía a las tres semanas una puntuación mucho más alta que al empezar, y a las doce seguía en el doble; el artículo no lo comenta.

En estas once personas, los autores no encontraron ninguna relación evidente entre cómo fue la experiencia, lo bien que podían recordarla o contarla, la dosis y el resultado. Avisan, eso sí, de que no reflejan el ensayo completo, en el que a las doce semanas respondían al tratamiento, con la depresión reducida al menos a la mitad, el 20 % de quienes recibieron 25 mg, el 5 % de quienes recibieron 10 mg y el 10 % de quienes recibieron 1 mg.

Lo que dicen los autores

Hacen una pregunta incómoda: si es ético exponer a personas psicológicamente vulnerables a experiencias que pueden añadirles sufrimiento. Otros estudios cualitativos con psilocibina cuentan experiencias duras que a menudo acaban resolviéndose en algo con sentido; este estudio sugiere que, para algunas personas, esas experiencias dolorosas no siempre llevan a una transformación ni a un buen resultado. Si eso significa que este tratamiento no es adecuado para todos, o que puede mejorarse cambiando la dosis y el contexto, es una pregunta que piden tomarse en serio cuando estos tratamientos se aprueben.

A partir de lo que cuentan los pacientes, proponen más tiempo para crear confianza con todos los terapeutas presentes; hablar claro de las expectativas y de la posibilidad de decepcionarse; instrucciones prácticas para entregarse a la experiencia; contar en la preparación con pacientes que ya hayan pasado por ella; probar listas de música hechas a la medida de cada uno; varias sesiones en lugar de una, empezando por dosis más bajas, y un acompañamiento posterior a la medida de cada persona, con su terapeuta de siempre si es posible y con grupos de apoyo entre pacientes, porque dar sentido a lo vivido puede llevar más tiempo del que cabe en un ensayo.

Otras dos piezas de esta serie cuentan otros después: la pieza 1, cuatro pacientes de cáncer y lo que les dejó una sesión de psilocibina, y la pieza 4, treinta veteranos de guerra que salieron de una noche de ibogaína hablando de perdón.

Si te reconoces en lo que cuentan, no es raro, y hablarlo con alguien de confianza, o con un profesional, forma parte de la salida. En el glosario explicamos la estela que deja a veces una experiencia y el bajón que puede venir cuando se apaga. Lo que se sabe de la psilocibina está en su ficha.

Fuentes: