Con sus palabras · 7
El último que queda en pie
Son seis hombres gais que sobrevivieron a los primeros años del sida, cuando la epidemia arrasaba a su alrededor. Ya mayores, y tras pasar por un cáncer, hicieron una terapia de grupo que incluía una sesión individual con psilocibina. Al día siguiente, y algunos tres meses después, contaron cómo miraban ahora su propia muerte.
Traducido del artículo «Facing Mortality Together: A Constructivist Grounded Theory Analysis of Group Psilocybin Therapy Among Older Long-Term AIDS Survivor Gay Men» · Palliative Medicine Reports, 2026
6Seis hombres de 50 años o más. El artículo publica sus palabras sin nombre ni número, y así van aquí.
El estudio, en pocas líneas
Lo hizo un equipo de la Universidad de California en San Francisco, a partir de un ensayo anterior hecho allí mismo con hombres gais mayores que llevaban décadas viviendo con el VIH. Para entrar en aquel ensayo había que haber recibido el diagnóstico antes de 1996, cuando llegaron los inhibidores de la proteasa, los fármacos que cambiaron el curso de la enfermedad, y sufrir una desmoralización entre moderada y grave: la sensación de no poder con lo que toca vivir y de que las cosas han perdido su sentido.
El programa duraba siete semanas. Combinaba terapia de grupo e individual con una sola sesión de psilocibina, que cada uno hacía por su cuenta, y tenía entre cuatro y seis reuniones de grupo antes de esa sesión y otras tantas después. El grupo, dicen los autores, daba un sitio para pensar en lo vivido y para darle sentido entre todos.
Para este análisis eligieron a seis de aquellos hombres, todos de 50 años o más, con un diagnóstico confirmado de sida y que habían tenido además un cáncer: de riñón, de vejiga, anorrectal o un sarcoma de Kaposi. A los seis se les entrevistó durante una o dos horas al día siguiente de tomar la psilocibina, en las sesiones de integración del propio ensayo, y a tres de ellos, otra vez a los tres meses. Quien analizó las entrevistas no habló nunca con ellos: trabajó con las transcripciones que se habían hecho para el ensayo. El artículo publica sus frases sin nombre ni número, y así van aquí. No se puede saber cuál de los seis dice cada cosa.
- Qué esEntrevistas de un ensayo abierto, analizadas después (estudio cualitativo)
- Quiénes6 hombres gais de 50 años o más, supervivientes del sida, con antecedentes de cáncer
- SustanciaPsilocibina, una sola sesión individual, dentro de siete semanas de terapia de grupo
- DóndeUniversidad de California en San Francisco
- Publicado2026, en Palliative Medicine Reports
- LicenciaCC BY: se puede traducir citando la fuente
Los que quedaron
Varios se describen como «el último que queda en pie». Sobrevivieron a la devastación de los primeros años de la epidemia y cargan con la culpa de haber sobrevivido. En las entrevistas, muchos hablaron de las pérdidas, de amigos y de parejas, de las veces que estuvieron cerca de morir y de la perspectiva de su propia muerte. A menudo lo hacían con una calma nueva, con menos miedo.
Uno de ellos supo, durante el estudio, que su cáncer había vuelto:
«Desde la experiencia [la toma de psilocibina], ha sido más fácil, más tranquilo… la experiencia fue casi como la muerte… totalmente en paz.»
El recuerdo de una pareja que había muerto, o el de haber visto a un amigo pasar con calma a cuidados paliativos, les mostraba que se puede sostener a la vez el duelo y el amor. Al día siguiente de la sesión, uno lo contó así:
«Tuve un baile increíble, precioso, con mi pareja que murió, con mi pareja de ahora, mi marido. Creo que había amigos. Bailábamos y, ¿sabes?, no teníamos pies, porque uno ya no puede bailar… y entonces entró un montón de gente, y en plan: ¿por qué coño vamos todos vestidos? Fuera la ropa. O sea, podemos ir desnudos y ya está.»
Sabían que hablar abiertamente de la muerte no es lo habitual, pero es vital:
«He acompañado a mucha gente que se moría… Se lo cuento a muy pocos, porque la respuesta es: “Qué mal rollo”, pero para mí es, sin más, la realidad.»
A los tres meses, en quienes volvieron a hablar, esa aceptación de la muerte seguía ahí o se había hecho más honda, a menudo junto a un aprecio renovado por la vida y por los suyos.
La enfermedad, tal como es
El segundo gran tema fue aceptar la enfermedad: el cáncer, el VIH, las limitaciones del cuerpo. Uno, al recordar el día de la sesión:
«No le di vueltas a ser seropositivo. No le di vueltas a, no sé, esta vida de pobreza… Tengo todo lo que necesito.»
Otro, sobre su cáncer, lo dijo sin más: «Es lo que hay». Varios insistieron en que «el cuerpo de todo el mundo se va a estropear en algún momento», y así su sufrimiento dejaba de ser solo suyo. Un tercero, según los autores, convirtió sus dudas sobre sí mismo y la sensación de pérdida en aceptación: donde la enfermedad le había quitado unas oportunidades, empezó a ver otras.
Todo a la vez
El tercer tema fue aprender a sostener emociones que chocan entre sí, como la esperanza, la tristeza, el amor, la rabia y la gratitud, sin huir de ellas ni juzgarlas. Uno contó que durante la sesión la alegría se le desbordaba, y que eso le permitió mirar con compasión una rabia que arrastraba desde hacía mucho. Otro:
«Hace falta la tristeza para que haya alegría, y todas son preciosas; es dejar que ese sentimiento ocurra, sin juzgarlo.»
Además de estos tres temas, muchos contaron que vivían más atentos al presente y que se llevaban mejor consigo mismos:
«Hay momentos en los que me gusto más que nunca.»
«Solo quiero ser lo bastante bueno para mí mismo, y eso se extiende a los demás.»
Lo que dicen los autores
Para los autores, la aceptación que describen no es resignación, sino un proceso activo en el que el miedo se convierte en paz, la vergüenza en perspectiva y el aislamiento en conexión. Le dan mucho peso al grupo. Para la mayoría de los participantes fue un lugar donde mostrarse vulnerables y sentirse parte de algo, y donde hablar con una franqueza poco común de la muerte, el estigma, la enfermedad y la vejez. Recuerdan que estos supervivientes cargan con un estigma doble y con formas de aislamiento y de sufrimiento propias, distintas de las de otros enfermos de cáncer o de VIH, además de la culpa de haber sobrevivido.
Señalan también que las experiencias místicas clásicas, como la sensación de unidad o la disolución del yo, fueron menos frecuentes en este grupo que en estudios anteriores. Casi todos contaron haber comprendido algo nuevo sobre su relación con la enfermedad, y algunos hablaron de una sensación de interconexión y de una mirada más amplia, «cósmica».
La primera pieza de esta serie cuenta cómo miraron también de frente a la muerte cuatro pacientes de cáncer, en sesiones individuales de psilocibina y sin un grupo detrás.
Si quieres saber qué es la psilocibina y qué dice el resto de la investigación, está su ficha.
- Whitmore, H., Mangini, M., Leutwyler, H. y Anderson, B. (2026). «Facing Mortality Together: A Constructivist Grounded Theory Analysis of Group Psilocybin Therapy Among Older Long-Term AIDS Survivor Gay Men». Palliative Medicine Reports, vol. 7.

