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title: "Cataplasma para el dolor"
description: "La primera vez que oí hablar de la ayahuasca fue por un amigo que había viajado desde Washington hasta Taos, Nuevo México, para participar en una ceremonia. Su relato me intrigó y yo ya había experimentado anteriormente con setas y LSD unas cuantas veces en conciertos de Grateful Dead a finales de los años ochenta y durante los noventa"
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date: "2026-10-31T03:49:51+00:00"
language: "es-ES"
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[Testimonios](https://ponundios.com/testimonios) ·  Lo vivido

# Cataplasma para el dolor

 Por **Dan**  ·  8 de octubre de 2026

Traducido del inglés

- Ayahuasca
- Ceremonia o retiro
- 22 min de lectura
- Lo que vino después: **tranquilo · duró semanas**

 La primera vez que oí hablar de la ayahuasca fue por un amigo que había viajado desde Washington hasta Taos, Nuevo México, para participar en una ceremonia. Su relato me intrigó y yo ya había experimentado anteriormente con setas y LSD unas cuantas veces en conciertos de Grateful Dead a finales de los años ochenta y durante los noventa, así que era consciente de lo poderosos que pueden ser los psicodélicos a la hora de cambiar la perspectiva que uno tiene de la realidad. «Steve» estaba casado y, antes de su viaje a Taos, solía hablar por encima de su mujer, algo que yo consideraba poco considerado. Cuando fui a visitarlo a su casa después de su regreso, me sorprendió verlo sentado tranquilamente y escuchando a su mujer contar historias, mientras irradiaba amor hacia ella.

Le dije a Steve que estaba muy interesado en acompañarlo la próxima vez que surgiera la oportunidad. Un año después surgió y me encontré volando a Taos para conocer a un chamán peruano y tomar la medicina durante dos noches. Steve me dijo que quizá habría allí un veterano de Vietnam y que debía evitar sentarme a su lado. Al parecer, Steve se había sentado junto a él durante una ceremonia anterior y se había visto abrumado por visiones de dolor y guerra. Cuando ocupé el único sitio que quedaba libre en la maloca aquella noche del viernes, resultó estar junto al veterano. Steve estaba directamente al otro lado de la sala y había otras 13 personas, incluido el chamán y su traductor, sentadas en círculo a lo largo de la pared de la maloca. Después de estar sentado durante 20 minutos sobre mi manta en el duro suelo, me di cuenta de que debería haber llevado algo más cómodo. Iba a ser una noche muy larga para mí.

Mi intención al comenzar era estar abierto a la experiencia y, con suerte, entrar en contacto con esa otra dimensión sobre la que había leído, y quizá abrir mi yo espiritual para poder orientar mejor mi vida. El chamán comenzó la ceremonia bendiciendo la ayahuasca. Abrió la botella de un litro y sopló varias veces sobre la abertura entre canto y canto. El chamán tenía a su lado sonajas y plumas y, durante la noche, cantó sus *icaros* y agitó las sonajas rítmicamente. Me recordó a las escenas de nativos americanos y hombres medicina de las antiguas películas y libros. El chamán se movía con mucha suavidad y solo nos miraba directamente cuando nos acercábamos a recibir la medicina.

Me puse en cuclillas delante del chamán, que me miró fijamente a los ojos, evaluándome antes de servir la medicina. Era claramente un peruano nativo, de baja estatura, con la piel morena y curtida, el pelo oscuro y unos ojos de mirada intensa. Pareció quedar satisfecho conmigo y su expresión se suavizó mientras llenaba tres cuartas partes de la taza de cerámica, unas cuatro *onzas* —unos 120 mililitros—, calculé. Era espesa y penetrante, aunque no del todo desagradable, y sabía y olía a vegetación oscura. Me la bebí de un trago y regresé a mi espacio sobre la manta.

La transición de la percepción normal a la percepción de la ayahuasca fue bastante lenta. Permanecí sentado tranquilamente, con pensamientos positivos, y esperé con los ojos abiertos en la habitación a oscuras. Había ventanas en la parte superior de la pared circular, a unos dos metros y medio de altura, pero en el desierto estaba bastante oscuro. Después de 40 minutos, lo primero extraño que noté fue que había una presencia en la habitación que parecía desplazarse como una sombra. Parecía ser un hombre con largas piernas hechas de una sombra semitransparente que cambiaba con facilidad, como si la moviera el viento. Sentí su presencia mientras se desplazaba entre las personas en la oscuridad. Resultaba inquietante, pero no parecía amenazadora ni malévola, aunque había en ella un poder considerable. Nunca había experimentado nada parecido. Tuve la impresión de que el espíritu estaba evaluando a las personas que se encontraban en la maloca.

Cerré los ojos y comencé a tener imágenes interesantes, principalmente en forma de contornos: líneas de un blanco amarillento sobre un fondo negro como la tinta. Tenían algo de caricaturesco. No dejaban de aparecer ojos en diferentes lugares de mi campo visual. Parecían estar mirándome. En un momento dado apareció el contorno de un hombre-bestia. Era el cuerpo musculoso de un hombre con cabeza de toro, con cuernos y todo. Me miraba fijamente y hacía una especie de danza, levantando alternativamente las piernas y los brazos. Parecía una manifestación de fuerza. Nací bajo el signo de Tauro y me pregunté si podía existir alguna conexión. Estas visiones eran bastante bidimensionales y tranquilas en comparación con las que había experimentado anteriormente bajo los efectos del LSD y las setas, y, sin embargo, eran completamente nuevas.

También hubo algunos efectos inquietantes. Me descubrí sintiendo el impulso de sacar la lengua como un lagarto. Sentía que me estaba convirtiendo en un lagarto, o quizá que estaba regresando a mis orígenes de lagarto. Resultaba perturbador y prehistórico. Sentía que, en aquel momento, estaba destinado a ser un lagarto. Al parecer, este aspecto de la ayahuasca no es inusual, ya que Chris confirmó posteriormente que había experimentado lo mismo.

En algún momento, mi campo visual interior se convirtió en una pared de bloques de diferentes colores que se estaba construyendo lentamente. Los ladrillos avanzaban lentamente al ritmo de un sonido monótono y muerto de clics y después se colocaban sobre la pared, que iba creciendo poco a poco. Era bastante aburrido contemplarlo y su naturaleza mecánica me molestaba. Me parecía que reflejaba la naturaleza artificial de la realidad, que esta no era más que una construcción, quizá una simulación informática. Su vacío desde una perspectiva espiritual me resultaba perturbador y quería negar que pudiera ser una realidad posible, porque parecía implicar que todos somos simplemente máquinas o quizá el producto de máquinas. Esta sensación de la naturaleza mecánica de nuestra realidad subyacente volvería a repetirse durante mi segunda ceremonia, la noche siguiente.

Periódicamente abría los ojos y miraba alrededor de la habitación circular. De vez en cuando parecía entrar luz por las ventanas situadas en la parte superior de la pared. Me preguntaba si serían coches que pasaban, pero estábamos bastante aislados. Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y apenas podía distinguir al chamán, a mi izquierda, mientras cantaba y entonaba sus *icaros*. Para entonces ya se escuchaban diversos sonidos procedentes de los participantes en la oscuridad, desde gemidos hasta breves ataques de risa o risitas. Un hombre mantenía una conversación animada y decía cosas como «¡no puede ser!» con una voz muy gutural y exagerada, como si sencillamente no pudiera creer lo que estaba experimentando, aunque estaba claramente feliz. Los espíritus sombríos seguían desplazándose por la habitación y podía sentirlos, o sentir la brisa que creaban al moverse. Sin duda parecían muy alienígenas, pero no necesariamente amenazadores. En aquellos momentos, la voz del chamán se elevaba bastante, como si intentara controlar o dirigir a aquellos espíritus.

Nos habían dado cubos de plástico para las purgas que se esperaban. Había leído sobre este aspecto de la ceremonia y mantenía mi cubo cerca. Comencé a oír a algunas personas vomitando en la oscuridad. Sonaba desagradable, pero yo no sentía ningún impulso de hacerlo. La ayahuasca no parecía provocarme el vómito. Por mis investigaciones había aprendido que el chamán creía que las personas expulsaban venenos de su cuerpo espiritual que salían en forma de materia física. El vómito podía ser bilis que contuviera la enfermedad emocional derivada de abusos sufridos en esta vida o incluso de un trauma de una vida pasada. Así era como funcionaba la medicina. La purga proporcionaba una limpieza física y espiritual que sanaba ese aspecto del individuo. Yo no hice ninguna purga en ninguna de las dos noches. Pero tuve lo que una participante que había realizado 13 ceremonias anteriores, incluidas varias semanas en la selva peruana, describió como la experiencia más grande, o la segunda más grande, que había presenciado jamás. Eso estaba todavía por llegar y acabaría demostrando ser uno de los acontecimientos más difíciles de mi vida. Pero antes de que comenzara aquella prueba, empecé a tener una experiencia maravillosa que resulta bastante difícil de recordar en detalle. Implicaba más emoción que visión y confirmó para mí la existencia de una conciencia universal superior, a la que muchos llamarían Dios.

Tenía los ojos cerrados y la habitación desapareció mientras entraba en un estado de conocimiento dichoso. Se me confirmó que era profundamente amado e incluso querido, y que todo estaba bien conmigo y con el mundo. Ahora me resulta extremadamente difícil recordar los detalles, si es que los había. Solo puedo contar que sentí que estaba en el cielo durante la hora siguiente, acompañado por un padre amoroso y afectuoso. Esta fue la confirmación de la realidad de nuestra naturaleza eterna, de nuestra inmortalidad, que había estado buscando durante toda mi vida. Pero, más que eso, fue una confirmación de nuestra bondad esencial, de nuestro propio papel esencial en la Divinidad. Nunca podemos estar perdidos y siempre estamos en casa, incluso cuando desesperamos en la vida por la pérdida de seres queridos u otros sufrimientos. No puedo decir por qué elegimos entrar en esta experiencia de dualidad desde la unidad que constituye nuestro hogar, pero sí puedo decir que esta experiencia es simplemente eso, una experiencia, no la realidad última. Como se afirma al principio de *Un curso de milagros*: nada real puede verse amenazado y nada irreal existe; en esto reside la paz de Dios.

Pero el sufrimiento es perfectamente posible en esta subrealidad, y yo iba a experimentar mi parte de él durante las horas siguientes. Esto es lo que ocurrió. Cuando comencé a salir de mi ensimismamiento y fui recuperando la conciencia de mi entorno, escuché mucho sufrimiento. Los gemidos de dolor parecían proceder de más lugares en la oscuridad y ahora también había llanto. El chamán había mantenido sus *icaros*, acompañando espiritualmente a los participantes por sus respectivos caminos. Yo me sentía increíblemente fuerte, seguro y protegido en mi experiencia. Sentía tanto mi naturaleza animal como hombre humano en buena forma y lleno de vitalidad, como mi fuerza espiritual. Pero los efectos de la medicina estaban desapareciendo y estaba perdiendo mi conexión con la Divinidad. En ese momento, el chamán ofreció, a través del traductor, compartir más medicina con cualquiera que deseara una segunda dosis. Inmediatamente me acerqué a él y me arrodillé delante de él.

Una vez más, me miró a los ojos, manteniendo mi mirada mientras evaluaba lo que necesitaba. De nuevo pareció quedar satisfecho y sirvió otra taza, esta vez casi hasta arriba. Sopló sobre ella y susurró unas palabras a la madre ayahuasca y me entregó la taza con ambas manos, inclinando ligeramente la cabeza al ofrecérmela. Yo también soplé sobre la taza antes de apurármela. Asentí al chamán y regresé a mi manta. Intenté ponerme cómodo sobre el duro suelo con la manta fina. No me tumbé, sino que permanecí sentado y me concentré en mi intención. Mientras continuaba el sufrimiento audible en la habitación, comprendí lo que iba a hacer y asumí conscientemente ante el espíritu el compromiso de ayudar a quienes sufrían, ayudándoles con sus cargas. Pensé al espíritu, en voz alta dentro de mi cabeza: «Puedo ayudarles con su sufrimiento. Soy fuerte. Está bien, déjame ayudarles con su carga y aligerar su peso». Era cierto que me sentía muy fuerte, tanto física como espiritualmente, pero realmente no tenía ni idea de en qué me estaba metiendo. Y así comenzó. Mi compromiso fue aceptado. Parecía haber una presencia en mi mente, en la habitación, que me escuchaba. Era un momento cargado de tensión, con un aire de expectación. Después me senté tranquilamente y esperé. Esta vez mantuve los ojos abiertos y observé la habitación lo mejor que pude en la oscuridad. Intenté permanecer abierto a cualquier cosa que pudiera llegar.

Poco a poco, comencé a sentirme miserable. Físicamente, el duro suelo se sentía como hormigón contra mis huesos y mi carne. La fina manta no proporcionaba ningún alivio. Permanecí arrodillado, con la espalda recta, comprometido con lo que fuera a suceder. Comencé a sentirme abandonado y solo. Tenía una sensación interna de que se me exigiría hacer una purga, así que empecé a concentrarme en mi estómago y mi cuerpo emitía ocasionalmente suaves gemidos mientras la miseria física, tanto interna como externa, se intensificaba. Para entonces había olvidado por completo mi compromiso de ayudar a los demás con su sufrimiento y mi sensación de fuerza física y espiritual había desaparecido por completo. Me sentía débil y solo, encadenado a una miseria que parecía crecer exponencialmente mientras el chamán cantaba sus *icaros*. Comencé un diálogo interno con el chamán. Alternativamente, le suplicaba que cerrara la puta boca o que, al menos, me ayudara con aquella mierda horrible. Era como si estuviera embarazado de diez meses de algo que no tenía ni idea de qué era. Me concentré en mi cubo e intenté provocar la purga, pero fue en vano. Había perdido el interés por lo que hacían los demás; estaba en guerra con el chamán. Cada canto de sus *icaros* parecía servir para intensificar mi sufrimiento. Él cantaba cada vez más fuerte mientras yo miraba al otro lado de la habitación su figura oscura y le ordenaba que parara. Lo miraba con ojos furiosos, culpándolo de mi sufrimiento. Con cada pensamiento negativo, su voz parecía responder con una réplica que anulaba mi voluntad. Estaba perdiendo el combate, y por mucho.

Nos habían dicho que no nos habláramos durante la ceremonia. Debíamos permitir que cada uno experimentara su propio camino sin interrupciones. Aun así, el hombre que estaba a mi izquierda, sentado en un pequeño taburete plegable de tres patas, me susurró. Me dijo: «Si te pones un poco de agua en la boca, puede ayudarte con la purga. Da solo un sorbo y muévela dentro de la boca». Miré su silueta en la oscuridad, dije «gracias» y cogí mi botella de agua de plástico. Di un sorbo y mantuve el agua en la boca, moviéndola con la intención de provocar la purga desde mi estómago. Estaba reafirmando mi compromiso de hacerlo de la manera correcta. Mi concentración a través del dolor era intensa. Acepté el dolor, pero estaba decidido a superarlo, a hacer lo correcto, a terminar.

Moví el agua dentro de la boca durante unos minutos y después la tragué, aunque parte se derramó de mi boca sobre la camisa. Aquello me pareció inmediatamente un fracaso. Si tragaba el agua no me ayudaría a purgar, y yo deseaba desesperadamente purgar porque creía que aquella era la clave para poner fin a la oscuridad del sufrimiento. Tomé otro sorbo, pero esta vez decidido a no tragarlo. Lo mantendría en la boca hasta que llegara la purga. Mientras movía el agua por mi boca, sobre los dientes, hacia la mejilla izquierda, de nuevo sobre los dientes y la lengua, hasta la mejilla derecha, comenzó a parecer que cobraba vida. Después de diez minutos parecía haberse solidificado en algo que ya no era agua. También parecía adquirir su propia energía. Parecía comenzar a moverse rápidamente por mi boca como el indicador de un tablero de ouija. De algún modo parecía estar vivo y se sentía fétido y horrible. Era una cosa horrible y maloliente dentro de mi boca y no quería otra cosa que escupirla en mi cubo. ¡A la mierda la purga, aquello tenía que salir! Pero me había comprometido y me negué. Estaba en guerra con aquella cosa. No iba a expulsarla hasta que llegara la purga. Y sí sentía ganas de vomitar, cualquiera las habría sentido, pero sencillamente no llegaba.

Justo cuando pensé que ya no podía soportarlo más, el chamán dejó de cantar. «¡Por fin!», pensé. Pero dijo: «Ahora tendremos diez minutos de silencio absoluto». ¿¿¿QUÉÉÉÉ??? En aquel momento lo odié. Lo odié con cada fibra de mi ser. Estaba decidido a torturarme. Estaba seguro de que podía sentir mi «que te jodan» desde el otro lado de la habitación mientras aquel bolo de putrefacción maloliente permanecía en mi boca cerrada. Gemí un poco mientras me preparaba para esperar. Mi boca permanecía en silencio y respiraba por la nariz mientras mis doloridas rodillas y mi espalda clamaban. Me encontraba físicamente miserable y mentalmente desesperado, pero me negaba a rendirme. Después de los diez minutos más largos de mi vida, comenzó a cantar de nuevo. Entonces se formó una palabra en mi mente. La palabra era «cataplasma». No pensé en lo que significaba la palabra; simplemente apareció. Resultaba difícil creer que aquello que tenía en la boca hubiera comenzado siendo agua tanto tiempo atrás. Pensaba en lo absolutamente repugnante que era y en lo desesperado que estaba por escupirlo, hubiera o no purga, y entonces tuve una revelación. No se me permitía escupirlo; tenía que tragármelo. Lo repugnante de aquella revelación no puede exagerarse. La sola idea debería haber bastado para hacerme vomitar, pero sabía que no se me iba a permitir hacerlo. Lo que fuera o quien fuera que estuviera dirigiendo aquel espectáculo me dijo que lo tragara, así que lo hice. Sentí aquella cosa recorrer cada milímetro de mi garganta, bajar por el esófago y llegar hasta el estómago. Y cuando llegó a mi estómago, sentí que se dividía en una docena de rayos diferentes de lo que parecían ser demonios y que se disparaban por mi cuerpo en todas direcciones. Lo sentí suceder. Y en ese momento, varias personas dejaron escapar simultáneamente en la habitación horribles gemidos de repugnancia. Me había olvidado de ellas.

Al parecer, había un público para mi sufrimiento. Me sentía como un perro abandonado, inútil y lleno de enfermedades, acurrucado en un rincón de un callejón oscuro, escondiéndose de las palizas que marcaban su existencia sin esperanza. Aquello no era un éxito, era un fracaso. No había hecho la purga y no se me iba a permitir hacerla. ¿Qué demonios estaba haciendo?

En ese momento, alguien encendió una pequeña vela en la habitación. Observé cómo la luz parpadeaba en la oscuridad. Me concentré en ella. Me ayudó. Solo unas pocas personas habían tomado una segunda dosis y la gente se movía de un lado a otro, aparentemente marchándose. Otros se habían envuelto para dormir. Yo no había terminado, lo sabía. El rostro de Steve apareció a mi lado. Le dije que no sabía qué hacer. Él me respondió con una sonrisa que ya lo había hecho. Aquello fue como un salvavidas para mí. Me dio algo de esperanza. «De verdad —pensé—, ¿estoy bien? ¿Puedo parar ya?». La anfitriona lo echó de allí. «Déjale hacer su proceso», dijo.

El chamán y su ayudante, una joven bonita de veintitantos años, se colocaron delante de mí. Ella me preguntó cómo estaba. Dije que no lo sabía, que me sentía perdido en un desierto. El chamán encendió un poco de tabaco y comenzó a soplármelo encima: por la espalda, por debajo de la camisa, por delante de la camisa y sobre la parte superior de mi cabeza. Agitó su sonaja alrededor de mí mientras cantaba. Puso las manos sobre mí. Después regresó a su espacio, pero la chica se quedó conmigo. Se sentó delante de mí, mirándome a los ojos. Me estaba ayudando; era un salvavidas en el desierto.

Nos miramos a los ojos durante quizá diez minutos. Entonces sentí que algo llegaba. Era enorme. Era demasiado grande. Estaba aterrorizado. Me incliné hacia delante sobre las rodillas, con las manos en el suelo, y sentí que aquello llegaba desde los dedos de los pies mientras los músculos de los dedos y de los pies se contraían como si fueran sufriendo calambres progresivos, cada vez más fuertes. Venía desde mis extremidades hacia mi centro. Sentí cómo cada uno de los músculos de mi cuerpo se contraía consecutivamente: desde los pies y las manos, las pantorrillas y los antebrazos, los bíceps y los cuádriceps, el pecho y los glúteos, hasta llegar al torso. Cuando la contracción alcanzó el estómago y los pulmones, de mis pulmones surgió un aullido, precipitándose hacia fuera hasta que sentí que mis pulmones se colapsaban, aplastados. Para mí fue el aullido de todos los aullidos; el aullido del sufrimiento. Era como un ser vivo que estuviera siendo arrancado de mi cuerpo. El chamán corrió hacia mí junto con nuestra anfitriona, con la preocupación evidente en sus ojos y sus rostros. Entonces volvió a salir de mí con violencia mientras mi cuerpo sufría otra contracción. «¿Cómo voy a sobrevivir a esto?», pensé. Entonces terminó. Se había acabado. Fuera lo que fuese lo que había ocurrido, había terminado.

El chamán me acompañó hasta el cuarto de baño y me dijo que me echara agua en la cara. Esperó junto a la puerta mientras lo hacía. Me miré en el espejo, preguntándome quién era aquella alma perdida que me devolvía la mirada. Salí tambaleándome y él me agarró del codo y me acompañó de vuelta hasta mi manta. Me senté bruscamente. La mayoría de las personas estaban ya dormidas o se habían marchado. Steve y yo debíamos regresar a nuestra habitación de motel, pero nuestra anfitriona insistió en que yo no me iría. «Él se quedará aquí esta noche», y eso fue todo. Me envolvieron con varias mantas más para protegerme de la noche de noviembre en el desierto y me quedé allí tumbado, con los ojos abiertos mirando hacia el techo circular, preguntándome qué había ocurrido, pero agradecido de que hubiera terminado.

A la mañana siguiente salí a caminar con el traductor por el largo camino de tierra de entrada, bajo el aire frío de la mañana. El sol brillaba y, aunque me sentía aliviado de que todo hubiera terminado, me preguntaba qué había hecho aquella noche. ¿Qué se había conseguido? ¿Cuál era el propósito? Le pedí su interpretación y dijo que sentía que yo estaba trabajando con mi propia familia, quizá con mis antepasados. Aquello me confundió, porque yo había creído que me estaba comprometiendo a ayudar a las personas presentes en la ceremonia con su sufrimiento. ¿Cómo había terminado implicada mi propia familia?

Regresamos de la caminata y volvimos a entrar en el edificio. Allí conocí a una participante de la noche anterior, una mujer que me preguntó: «¿Eres Dan? ¿Eres tú el que tuvo “la experiencia” anoche?». Dijo que tenía información para mí y le pregunté con entusiasmo qué era. Yo seguía desesperado por encontrar un significado al sufrimiento. Esto fue lo que me dijo. Me contó que en su vida era médico, doctora. Tenía una consulta en Arizona. Había estado en la Amazonia peruana participando en ceremonias de ayahuasca. Había participado en más de una docena. Me dijo que, aunque a veces había tenido experiencias reveladoras, la noche anterior simplemente se había dejado llevar hasta que comenzó mi experiencia, momento en el que decidió comprometerse a ayudarme a atravesarla. Concentró toda su atención en mi experiencia. Dijo que era como ayudarme a dar a luz. Aquella referencia me impactó. Aunque no puedo saber cómo es la experiencia de dar a luz a un ser humano, sin duda me parecía que las contracciones estaban obligando a algo a salir de mí. Aquello era tan enorme que recuerdo haber estado seguro de que mi garganta no podría darle cabida al salir. Además, el dolor físico del proceso era extraordinario. Por eso la analogía tenía peso.

La buena doctora me dijo que, desde el otro lado de la habitación, en la oscuridad, era como si estuviera viendo una película sobre mi cabeza. Vio escenas en movimiento de personas encadenadas, caminando miserablemente, en fila india, con grilletes o cadenas. Dijo que creía que aquellas personas eran mi gente, mi clan. Y me vio esforzándome por quitarles aquel sufrimiento, aliviando su dolor. Dijo que me había visto convertir la oscuridad de su sufrimiento en luz. Dijo que yo era como un portal a través del cual su sufrimiento era transmutado. Dijo que creía que ellos nunca sabrían lo que había hecho por ellos, pero que había sido una de las dos experiencias más importantes que había vivido o presenciado jamás en una ceremonia de ayahuasca: pasar de la oscuridad a crear luz en el universo.

Mi miedo había sido que aquel sufrimiento no tuviera ningún sentido. Para empezar, no tenía ninguna sensación de haber conseguido nada con la experiencia; solo sentía alivio porque había terminado. Entonces la palabra volvió a mí: «cataplasma»: una masa blanda y húmeda de material que se aplica sobre el cuerpo para aliviar el dolor y la inflamación. Quizá ella tenía razón. Había asumido un profundo compromiso para ayudar con su sufrimiento. Simplemente no sabía que el sufrimiento sería el de mi propia familia.

Regresé para la segunda noche, decidido a completar el proceso de las dos ceremonias. Varias personas se sorprendieron de que hubiera vuelto, al igual que yo. Después de recibir la medicina, permanecí sentado tranquilamente. Tuve la sensación de que aquello era la magia negra a la que se hacía referencia en la Antigüedad. El chamán, aquella noche, me parecía un técnico. Podría haber llevado una bata de laboratorio. Parecía algo menos espiritual y más mecanicista. No tengo ni idea de por qué. Pero cuando los dos nativos americanos que estaban presentes la segunda noche comenzaron a sufrir, sentí el impulso de ofrecerme a ayudar con aquel sufrimiento. Por suerte, antes de asumir aquel compromiso, lo pensé mejor. Eran madre e hija, y la madre comenzó a gemir: «¿Qué nos estáis haciendo? ¿Por qué nos estáis haciendo esto?». Había miedo en su voz y pensé en el enorme sufrimiento de los nativos americanos y me estremecí al pensar en el trabajo que aquello podía implicar. Finalmente, llevaron a las dos al exterior y no regresaron. Una cataplasma fue suficiente para mí.

 ## Sobre esta experiencia

  Qué le llevó Búsqueda espiritual, se presentó la ocasión

 Contexto Ceremonia o retiro

 Número de sesiones De 2 a 5

 Tiempo desde la sesión Más de 2 años

 Cómo fue la experiencia Difícil

 Lo que vino después Tranquilo · duró semanas

 Usó la IA después No

 Ayuda profesional No

 Franja de edad De 45 a 59 años

 País Otro

 - Seres y presencias
- La purga
- Cuerpo
- Familia

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