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title: "Qué hace malo a un «mal viaje»"
description: "El «mal viaje» da más miedo que ninguna otra cosa. Contamos cuánta gente lo vive, de qué depende según la investigación, qué hace quien lo atraviesa y cuándo no depende de nadie."
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date: "2026-10-31T01:33:32+00:00"
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[ Análisis ](https://ponundios.com/analisis)

#  Qué hace malo a un «mal viaje»

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 Lo sabido ·

######  Pon un Dios

######  · Revisado el 14 de octubre de 2026

![](https://ponundios.com/media/yootheme/cache/81/malviaje-81f7e55b.jpg?src=images/malviaje.jpg&thumbnail=775,392,&hash=9b3b45b7)

*Mucha gente teme al «mal viaje» más que a cualquier otra cosa de los enteógenos. Aquí contamos de dónde sale la expresión, cuánta gente lo vive, qué predice que una experiencia se vuelva angustiosa, qué hace la gente para atravesarla y en qué casos no depende de nada de eso. Lo que dicen los datos, en resumen: lo malo de un «mal viaje» está menos en la molécula que en quién la toma, en qué estado, dónde y qué hace con lo que aparece. Y también dónde se acaba esa idea.*

Hay una pregunta que se hace casi todo el mundo antes de tomar un enteógeno por primera vez, y muchos la siguen haciéndose después: ¿y si me da un mal viaje? La expresión lo dice todo y no dice nada. «Malo» suena a algo que la sustancia le hace a uno, como una mala digestión, un accidente que puede tocar o no tocar. Y la gente que lo ha vivido suele contarlo de otra manera: no como algo que le pasó, sino como algo que le pasó *con* algo.

Esta web no va a decir que los viajes difíciles no existen, ni que a nadie le va mal. Hay personas a las que les ha ido mal, a veces durante meses, y en esta misma web se cuenta. Lo que vamos a hacer es mirar lo que la investigación sabe sobre de qué depende que una experiencia se tuerza, y hasta dónde llega lo que sabe. Adelantamos la conclusión: el estado en que uno llega y el lugar en que está pesan más que la cantidad en que una experiencia se vuelva angustiosa; lo que convierte lo difícil en valioso no es la dificultad, sino lo que uno hace con ella; y nada de eso elimina el riesgo, solo lo reduce. Hay cosas que ninguna actitud arregla, y también las contamos.

### De dónde sale la expresión

«Bad trip» es jerga de usuarios que la medicina adoptó enseguida. El uso más antiguo que hemos encontrado es de mayo de 1966, en un artículo de dos psiquiatras en la revista *The Nation*, que la escriben entre comillas, como quien repite una palabra ajena. Dos años después, los mismos autores la pusieron en el título del primer artículo médico sobre el tema, en la revista de la asociación de psiquiatras de Estados Unidos: «El "mal viaje": la etiología de la reacción adversa al LSD». Y ya en aquel artículo de 1966 estaba una idea que vale todavía: «ni un entorno favorable ni un guía garantizan una experiencia agradable o con sentido».

La idea de que el efecto no está solo en la molécula es casi tan vieja como la investigación. Timothy Leary la presentó en 1961 con dos palabras que siguen en uso, *set and setting*: el estado de quien toma y el lugar donde toma. Un historiador que ha repasado esa historia, Ido Hartogsohn, sostiene que los efectos de estas sustancias dependen «ante todo del *set* y del *setting*», y recoge una hipótesis de finales de los setenta según la cual la proporción de «malos viajes» subió con el pánico de prensa de esos años y bajó después, cuando el pánico se apagó. Él mismo avisa de que meter toda la experiencia humana en el esquema del *set and setting* «podría resultar contraproducente». Es un ensayo histórico, no un estudio: lo citamos por lo que es.

Los primeros recuentos vienen de entonces. En 1960, Sidney Cohen preguntó a 44 investigadores por casi cinco mil personas que habían recibido LSD o mescalina en más de 25.000 ocasiones: las reacciones psicóticas de más de 48 horas fueron de menos de uno por mil en voluntarios sanos y de menos de dos por mil en pacientes. En el Reino Unido, diez años después, otro recuento sobre 4.300 pacientes y casi 50.000 tratamientos dio nueve psicosis por mil y tres suicidios: cinco veces más que el de Cohen. Son cifras de la época del LSD en la psiquiatría, con pacientes graves y métodos que hoy no se usarían, pero sirven para no vender la rareza como absoluta.

### Cuánta gente lo vive, y qué es

Hoy la investigación no habla de «mal viaje», sino de «experiencia difícil» (*challenging experience*), y tiene una forma de medirla. Un cuestionario creado en 2016 en la Universidad Johns Hopkins la descompone en siete partes: miedo, duelo, sensación de muerte física, sensación de volverse loco, aislamiento, malestar físico y paranoia. Un detalle importante: la parte de «locura» mide el *miedo* a perder la razón, no la pérdida de la razón. La primera frase de ese artículo dice que estas reacciones, «aunque suelen ser benignas con un cribado adecuado», siguen siendo «un motivo de preocupación en contextos no controlados». No hay una definición formal de «mal viaje»: los propios investigadores lo usan como sinónimo coloquial.

Cuánta gente lo vive depende de a quién se pregunte. La mejor estimación que existe es de 2023, con una muestra de Estados Unidos ajustada por sexo, edad y origen: de 613 personas que habían tomado alguna vez una de estas sustancias, **el 59 % nunca había tenido una experiencia difícil**; el 8,9 % tuvo un deterioro funcional de más de un día; el 4,6 % lo describió como grave; el 2,6 % buscó ayuda médica o psicológica en los días o semanas siguientes. La encuesta de Johns Hopkins que ya contamos en [Nadie te dice qué hacer al día siguiente](https://ponundios.com/analisis/nadie-te-dice-que-hacer-al-dia-siguiente) preguntó justo lo contrario, a 1.993 personas que *sí* habían tenido una experiencia difícil con hongos, por la peor de todas: el 39 % la situó entre las cinco más difíciles de su vida; el 11 % se puso a sí mismo o a otros en riesgo físico; el 2,7 % acabó en un hospital o en urgencias; y, de quienes la habían tenido hacía más de un año, el 7,6 % buscó tratamiento psicológico por síntomas que duraron. Los autores avisan de que su encuesta «no permite estimar la prevalencia» de estas experiencias: la gente se apuntó porque la había tenido. Y en una encuesta mundial a 9.233 personas que habían tomado hongos en el último año, 19 (el 0,2 %) buscaron atención médica de urgencia, lo que los autores traducen a una de cada 1.800 tomas; todos menos uno estaban como siempre en 24 horas.

De la ayahuasca ya contamos en [su ficha](https://ponundios.com/consulta/sustancias/ayahuasca) lo que dejó en las semanas siguientes en más de la mitad de 10.836 personas, y cómo casi nueve de cada diez de ellas lo vivieron como parte de un proceso. Aquí hablamos de otra cosa: de las horas en que el efecto está activo y algo se tuerce.

### De qué depende: el estado en que uno llega

Lo que mejor predice que una experiencia se vuelva angustiosa no es un rasgo de carácter, sino el estado en que uno está justo antes de tomar. Es lo que sale, con métodos distintos, en los estudios que lo han medido.

**El estudio que lo midió antes de tomar.** En 2018, un equipo del Imperial College de Londres siguió a 654 personas que iban a tomar un enteógeno por su cuenta: las encuestó antes, al día siguiente y al cabo de cuatro semanas. El predictor más fuerte de que la experiencia *no* fuera difícil fue lo que llamaron un *set* positivo, medido con frases como «me siento preparado para rendirme a lo que venga». La cantidad también predijo la dificultad, con menos peso. La ansiedad como rasgo, la que uno tiene de siempre, no predijo nada. Y el modelo entero explicaba un tercio de lo que pasó: «mucha varianza sigue sin explicar». Dos de cada tres personas abandonaron antes del último cuestionario, y la cantidad se declaró después, cuando ya se sabía cómo había ido.

**El estudio de laboratorio más grande.** En Zúrich, en 2012, se juntaron los datos de 23 estudios controlados con psilocibina: 261 voluntarios sanos, 409 sesiones y 24 posibles predictores. La cantidad fue «claramente el predictor más importante» de casi todo lo que se midió. Pero para la ansiedad en concreto, no: el predictor más fuerte fue estar dentro de un escáner, con un efecto más del doble que el de la cantidad, y después venían la «excitabilidad emocional» medida justo antes de tomar y ser joven. El neuroticismo como rasgo no se asoció a nada. Los autores lo resumen así: los estados importan más que los rasgos. Y añaden lo que no saben: más del 80 % de la varianza de la ansiedad «quedó sin explicar», y las expectativas no se midieron. Con LSD, otro equipo juntó en 2024 nueve estudios y 213 voluntarios y encontró lo mismo en lo esencial: la cantidad manda en la intensidad, y el bienestar y la ansiedad de antes de tomar predicen la ansiedad de después.

**El estudio que más apoya esta idea, y el más débil.** En 2019, 143 personas contaron por internet una experiencia pasada con psilocibina. Lo que mejor explicó el «pavor» que sintieron fue un estado de preocupación antes de tomar; después, la confusión, la poca disposición a soltar y la tendencia a sumergirse en lo que uno vive. Los rasgos explicaron una parte, el estado previo añadió mucho más, y el lugar no añadió nada. Es el resultado más limpio a favor de la idea de que todo está en el estado de la persona, y también el que menos vale: es retrospectivo, pequeño y no preguntó cuánto había tomado cada uno, así que no puede decir que la cantidad pese menos.

Hay un rasgo que sale en varios estudios, y va en las dos direcciones: la absorción, la tendencia a sumergirse por completo en lo que uno vive. Predice más experiencias cumbre y más experiencias difíciles a la vez. «Puede amplificar la experiencia, sea deseable o no», dicen los autores del estudio de 2019. Y hay un factor que se repite en casi todos: ser joven.

Lo que los estudios miden con escalas, quien ha tomado muchas veces lo sabe de otra manera. Benny Shanon, psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, tomó ayahuasca más de ciento treinta veces en diez años, en iglesias brasileñas, con curanderos del Perú y en privado, y escribió, en 2002, el primer estudio sistemático de la experiencia hecho desde dentro. De las pocas veces que recibió instrucciones, recuerda las de un curandero amazónico: sentarse quieto, respirar de forma regular, mantener la mente tranquila y concentrarse. «"Si tu mente salta de un lado a otro, las visiones también", dijo. "Será como si cambiaras de un canal de televisión a otro; y lo que quieres, seguro, es quedarte en uno solo."» Shanon añade que eran casi idénticas a las que había recibido años antes en un monasterio budista. Y lo resume con una frase que es la tesis de este artículo dicha sin cifras: «cuando uno tiene miedo, es probable que lo que vea sea amenazante; cuando está tranquilo y relajado, no lo será».

### El lugar y la cantidad

El lugar pesa, pero no como suele contarse. En el laboratorio, lo que más ansiedad produjo fue el escáner: un entorno frío, con la persona tumbada e inmóvil. Las guías de seguridad de los ensayos piden evitar «entornos fríos y excesivamente clínicos». En la encuesta de Johns Hopkins, la comodidad física del sitio y tener apoyo de otras personas redujeron el riesgo de que la persona se hiciera daño, pero **tener un guía no se asoció a menos dificultad**, solo a que durara menos. Conviene saber qué guías eran: uno de cada cuatro tenía a alguien al lado, y «solo el 2,7 % tenía presente a un guía sobrio y de confianza con experiencia» en acompañar estas sesiones. Es decir, el dato dice que un acompañante cualquiera no reduce la dificultad; de guías de verdad casi no había. Uno de cada cuatro había tomado a solas, y nadie lo ha estudiado como variable propia: no sabemos si tomar a solas hace la experiencia más difícil, aunque sí sabemos que si algo se tuerce no hay nadie al lado. En la muestra de 2023, lo que más se asoció al grado de dificultad fue no tener apoyo psicológico y haber tomado una cantidad excesiva; después, un estado de ánimo negativo y un acontecimiento vital reciente. Y un estado de ánimo negativo multiplicó por más de cuatro el riesgo de hacerse daño. Son valoraciones que cada persona hizo después, de memoria.

Y aquí está el dato más incómodo para una lectura fácil del *set and setting*: en la encuesta de Johns Hopkins, **el 76 %** de la gente que describió su peor «mal viaje» dijo que su estado de ánimo previo era favorable a una buena experiencia; otro 76 %, que el lugar era cómodo y seguro; y el 65 %, que tenía el apoyo y la confianza de quienes estaban con ellos. Se puede leer de dos formas, y las dos caben: que un buen estado y un buen sitio no bastan, o que uno no juzga bien su propio estado antes de tomar. Lo que no se puede decir es que el 76 % se lo buscara.

Con la cantidad pasa algo parecido: cuenta, pero no como se cree. Un metaanálisis de 2021 juntó 17 estudios de laboratorio con psilocibina y es, que sepamos, el único que separa la *intensidad* de la experiencia de su lado *aversivo*. La cantidad sube con fuerza la intensidad y apenas sube el «pavor a la disolución del yo»: los datos «no apoyan la premisa de que cantidades más altas induzcan directamente los aspectos más aversivos». Con una reserva de los propios autores: son promedios, y «no se puede excluir que algunas personas pasen por experiencias muy difíciles». Y de hecho pasan: en el ensayo de Johns Hopkins con cinco cantidades distintas, el 39 % de los voluntarios tuvo ansiedad o miedo extremos con las dos cantidades más altas, con cribado, ocho horas de preparación y dos guías al lado. En el ensayo anterior del mismo equipo, 11 de 36 calificaron su miedo de «fuerte» o «extremo» en algún momento de la sesión; ninguno dijo después que su bienestar hubiera bajado.

El lugar puede llegar incluso a fabricar el efecto. En 2020, 33 estudiantes pasaron cuatro horas en una fiesta preparada, con luces, música y actores que fingían estar bajo el efecto, convencidos de que habían tomado una sustancia. Era un placebo. El 39 % no notó nada; el 61 % notó algo, y algunos describieron efectos «de magnitud comparable a cantidades moderadas o altas de psilocibina». No mide la dificultad, pero sí cuánto pone el contexto.

### Lo que se hace con lo que aparece

Hasta aquí, el antes. Pero la tesis de que lo malo del «mal viaje» no está en la molécula tiene una segunda parte, que es la que la gente que lo ha vivido suele contar: que la diferencia la marca lo que uno hace cuando aparece lo difícil.

Los ensayos lo saben desde el principio. Las guías de seguridad que publicó el equipo de Johns Hopkins en 2008, y que siguen casi todos los ensayos actuales, preparan al voluntario para eso: se le anima a «rendirse mentalmente a la experiencia» y, «si experimenta imágenes internas perturbadoras de un demonio o un monstruo», a «acercarse mentalmente a la figura e interactuar con ella (por ejemplo, imaginar que le pregunta por qué ha aparecido)», en lugar de «intentar huir de la imagen». Si siente que se disuelve, lo mismo: «la mejor manera de afrontar todas esas situaciones es rendirse a la experiencia». Hasta con las náuseas: «sumergirse» en el estómago. Las instrucciones vienen de los años cincuenta y sesenta, de los primeros terapeutas que trabajaron con LSD. Son para un contexto con cribado, preparación y dos personas al lado; pero dicen lo mismo que dice la gente.

Y lo mismo que cuenta Shanon de su segunda sesión, cuando el bosque se llenó de fuego y del fuego salieron dragones «aterradores, con ojos fulgurantes, lenguas en erupción, dientes brillantes»: «Al principio no supe qué hacer, pero entonces se me ocurrió que los dragones no eran malvados … En vez de tenerles miedo, pensé, debía respetar su existencia y aceptarlos … Yo tenía mi lugar y ellos el suyo, y mientras lo reconociera y lo respetara, no me pasaría nada malo. Y en efecto, cuando miré a los dragones me pareció que hasta sonreían. Seguía en guardia, pero ya no había miedo en mi corazón».

**Qué funciona, según quien lo probó.** En 2024, un equipo del University College de Londres preguntó a 529 personas que habían tenido una experiencia difícil qué habían intentado y si les había servido. Lo que más sirvió: «soltar, aceptar o rendirme a la experiencia», útil para el **84,5 %** de los que lo intentaron, y casi todos lo intentaron; «observar mi mente y no pelearme con ella», el 77 %; cerrar los ojos o tumbarse, el 74 %; entender lo difícil como algo con fondo emocional, el 70 %; respirar, el 64 %. Lo que menos: dirigir la ira hacia algo, útil para el 9 %; intentar dormirse, el 10 %, y es lo que más gente probó sin éxito; exigir que aquello parara, el 11 %; tomar otra sustancia o alcohol, el 12 %. Lo que hizo una de ellas:

«Haber meditado antes me ayudó: ahí aprendí a observar los pensamientos y a no pelearme con ellos. Eso me permitió seguir adelante en el viaje sin brusquedad y ver el asunto desde otros ángulos.» (P14)

Y otro, con una araña, hizo exactamente lo que piden las guías de los ensayos: preguntarle a la figura por qué ha venido.

«Cuando vi la araña gigante, le hice dos preguntas: "¿qué intentas decirme?", "¿eres medicina?". No obtuve ninguna respuesta. Así que decidí tomar las riendas y dije: "si no eres medicina, tienes que irte ya". Y al instante la araña se disolvió en lo que parecía un montoncito de polvo en el suelo.» (P5)

El mismo estudio encontró algo que matiza la receta: **el tipo de dificultad importa.** Cuando lo difícil era duelo, la persona tendía a salir con una «ruptura emocional», una emoción atravesada y liberada; cuando lo difícil era miedo, no: el miedo se asoció a menos ruptura emocional y «a menos estrategias adaptativas». Es decir, quien más necesita soltar es quien menos puede. Y los autores son «neutrales sobre si provocar estados difíciles a propósito es recomendable o terapéutico». A uno de sus entrevistados el consejo no le sirvió:

«Me habían dicho que me apoyara en los momentos difíciles, que se acabarían. Pero no se acababan. Quería sacarme la medicina del cuerpo. Era insoportable. Hacia el final, cuando los demás bailaban, yo solo necesitaba salir fuera.» (P2)

A otra la sacó una mano: «Se acabó cuando una facilitadora se acercó, me cogió la mano, me acarició la cabeza y me ayudó a respirar. Entonces pude recuperar mi respiración normal y salir de un lugar oscuro, muy oscuro» (P16). Y a otra, una frase hecha no le sirvió de nada: pidió a un guía que le dijera qué día era, «pero me dio una respuesta muy de "estás en este momento, estás justo donde tienes que estar", que no me ayudó nada» (P11).

**Lo que mide la investigación.** El dato que mejor sostiene que lo que cuenta es lo que se hace con lo difícil, y no lo difícil, es de 2019, del Imperial College. Midieron tres cosas en 379 personas que iban a tomar un enteógeno: cuánto de experiencia mística, cuánto de experiencia difícil y cuánto de «ruptura emocional», con frases como «me enfrenté a sentimientos difíciles que suelo apartar» y «logré una liberación emocional seguida de alivio». Al poner las tres en el mismo modelo para predecir cómo cambiaba el bienestar, la ruptura emocional predijo mejora, la experiencia mística también, y **la dificultad por sí sola predijo un bienestar peor**. Los autores llegan a escribir que la experiencia difícil «podría ser contraterapéutica y quizá incluso iatrogénica». El modelo solo explica una quinta parte de los cambios, y está hecho con 75 personas que partían con el ánimo bajo. Pero dice algo preciso: no es que sufrir ayude; es que atravesar lo que uno aparta, ayuda, y sufrir sin atravesarlo, no.

La encuesta de Johns Hopkins lo contó de otra forma. A más dificultad, más significado personal y algo más de bienestar duradero; pero el efecto es pequeño, a más duración menos bienestar, y hay un 8 % cuyo bienestar bajó y un 16 % que no dijo haberse beneficiado. Y, otra vez, el tipo de dificultad: en el cuestionario de las siete partes, el duelo y la sensación de muerte se asocian a más significado después; el miedo, a menos.

Un estudio noruego de 2021, con 50 entrevistas, mira justo cómo la gente convierte un «mal viaje» en algo valioso. Casi todos habían tenido experiencias aterradoras; el rasgo central era «la sensación de perderse o de volverse loco». «Viví lo que es volverse loco. Fue mucho peor que la tortura y que la muerte», cuenta Mark, que ronda los treinta. Después, la gente hace un trabajo con el relato: culpa a un mal *set and setting* o a su propia imprudencia, rechaza la palabra, lo cuenta como una revelación, aprende a «dejarse llevar y no resistirse», como dice Adrian, o siente gratitud. «No lo veo como un mal viaje», dice Hannah, «porque los malos viajes son los que más te enseñan». Los autores advierten de dos cosas. La primera: estudian cómo se *cuenta* lo que pasó, con guiones que la comunidad de usuarios comparte, no lo que pasó. La segunda es la frase que este artículo necesita: «Cuando hasta las malas experiencias se vuelven buenas, desaparece un umbral importante contra el consumo». Ninguno de los diez entrevistados que citan dejó de convertir su mal viaje en algo bueno; y en ese estudio nadie estaba allí para contar que no había sacado nada.

Hay también quien se arrepiente de no haber ido: «Me arrepentí durante años de no haber seguido la visión hasta el remolino de la muerte», dice un participante de otro estudio, de 2021, en el que más de dos de cada tres contaron consecuencias positivas a largo plazo de su peor experiencia, menos del 4 % negativas, y un 29 % mezcladas o sin importancia; la dificultad no se asoció a las consecuencias, y lo que predijo las malas fue haber tomado para escapar de algo. El autor reconoce que su muestra está «sesgada hacia resultados positivos».

Shanon, después de sus ciento treinta sesiones, lo dice con una imagen: «si uno intenta resistirse a la energía, la experiencia puede volverse bastante espantosa. La situación es parecida, de hecho idéntica, a la de hacer surf en el mar … si en mitad del agua la surfista decide de pronto que ya no quiere surfear, el encuentro con las olas puede ser desastroso». Y lo dice sin receta: «la manera de manejar las visiones aterradoras es precisamente esta: no tener miedo», pero «dominar el miedo» es «uno de los rasgos de la experiencia a largo plazo», y «de ningún modo significa que el miedo se venza siempre y que quien tiene experiencia no pueda pasar momentos muy aterradores». Él mismo cuenta que muchas veces tomaba el brebaje y se decía «¡nunca más!». Tampoco se puede parar: «uno no puede, por mero deseo, detener la intoxicación», aunque «el margen de control que puede tener quien toma es bastante amplio».

### Cuando no depende de uno

Si el artículo acabara aquí, diría una mentira por omisión. Hay experiencias difíciles, y daños, que no se explican por el estado ni por la actitud de nadie.

**Lo que uno trae.** Los casos de psicosis con ayahuasca o DMT revisados en 2017 tenían casi siempre antecedentes personales o familiares, o mezcla con otras sustancias, «pero también hubo casos sin esas características previas». Dos estudios del mismo equipo se contradicen sobre qué historial importa: uno, transversal, de 2023, encontró más síntomas psicóticos solo en quienes tenían historial *familiar*; otro, de 2025, que siguió a 21.990 personas, los encontró solo en quienes tenían historial *personal* de esquizofrenia o trastorno bipolar, con muy pocos casos. Lo decimos tal cual: no está claro. Lo que sí está claro es lo que ocurre cuando se criba: una revisión de 2022 no encontró «ningún episodio psicótico documentado en los ensayos clínicos modernos», que excluyen a quien tiene esos antecedentes. Es la razón de que [las fichas](https://ponundios.com/consulta/sustancias) de esta web digan que esa información importa más que cualquier otra.

**Lo que uno no controla.** Hay un «mal viaje» que no es un viaje: es una intoxicación. Las fenetilaminas NBOMe se venden como LSD en el mercado ilegal; en 2014, la agencia europea que evalúa las sustancias nuevas (EMCDDA) recogía cuatro muertes y 32 intoxicaciones graves en la Unión Europea, con taquicardia, hipertermia, rigidez y convulsiones. En España, de 165 muestras vendidas como LSD que analizó Energy Control en 2016, el 13 % no contenían LSD. Hay errores de cantidad que ninguna actitud gestiona: una mujer esnifó 55 miligramos de LSD creyendo que era cocaína, unas 550 veces la cantidad habitual, y pasó doce horas vomitando y diez sin poder hablar; al día siguiente parecía normal. Y hay mezclas: en 62 relatos de personas que tomaron un enteógeno con litio, el 47 % tuvo convulsiones; con lamotrigina, ninguno.

**Lo que dura.** Un trastorno raro, el de la percepción persistente, deja alteraciones visuales durante meses o años. «No hay factores de riesgo reconocidos», dice la revisión más citada; en su serie de casos, los 19 recordaban ansiedad o pánico durante el viaje, y siete lo tuvieron tras una sola toma. Es el fenómeno que mejor encarna lo que no depende de la actitud. Más frecuentes son las dificultades que se alargan sin ser un trastorno: en el estudio de 2023 con 608 personas que las habían tenido, lo que predijo que fueran más variadas fue la dificultad del viaje y haber tomado sin guía; **tener un diagnóstico psiquiátrico previo no predijo ni la duración ni la variedad**; y el 26,5 % venía de un contexto con guía: una ceremonia (12 %), un retiro (6,4 %), una terapia (5,3 %), una clínica o un ensayo (2,8 %). «Tomar en un contexto clínico no está libre de riesgo», escriben los autores. Las veintiséis personas de ese grupo que contamos en [Hay algo al otro lado](https://ponundios.com/estudios/hay-algo-al-otro-lado) pasaron meses desorientadas; el estudio no establece causas, y varias habían tomado en retiros y ceremonias guiadas. «En lugar de librarme de la angustia ante la muerte, me dieron una angustia ante la muerte que nunca había tenido», dice Max. Y otro, en el estudio de los 608: «Siento que lo que pasó ha empeorado mi vida y que no puedo hacer nada por cambiarlo».

**Lo que apoya la tesis desde el otro lado.** Quince personas con daños de años, entrevistadas en 2023 por el Imperial College, tenían casi todas algo en común: cantidad desconocida o inusualmente alta, mezclas o retirada brusca de medicación (13 de 15), historial psiquiátrico personal o familiar (12 de 15), expectativas negativas o un entorno inseguro (12 de 15). Diez no sabían cuánto habían tomado, o habían tomado una cantidad inusualmente alta. «Fue terror. Fue absolutamente terrible», cuenta una a la que le dieron la sustancia sin su consentimiento. Los autores concluyen que, «de cumplirse el protocolo, ninguno de los casos podría haber ocurrido en un ensayo clínico». Es decir: los daños largos que han estudiado tenían factores que se pueden controlar. Y a la vez: fuera de un ensayo, la gente no controla lo que un ensayo controla.

**La persona a la que le fue mal con todo a favor.** Existe, y está publicada. Una participante de un ensayo de psilocibina para la depresión, cribada, con dos sesiones de preparación, dos de integración y un terapeuta al lado, tuvo una segunda mitad de sesión «muy angustiosa», intención suicida fluctuante a los cuatro días, un segundo evento grave a las nueve semanas y meses de secuelas; al año estaba estable. Los autores, investigadores del propio ensayo, escriben que el empeoramiento puede ocurrir «incluso en un entorno de apoyo», y que la expectativa de un «reinicio» puede hacer daño si no llega. Ella pidió una cosa: «No quiero que mi experiencia se use como advertencia contra el uso terapéutico de la psilocibina». En el ensayo del que salió, con 233 personas con depresión resistente a los tratamientos y financiado por la empresa que desarrolla el fármaco, hubo ideación, conducta suicida o autolesiones en todos los grupos. Lo que llama la atención es el reparto de los casos graves de ideación o conducta suicida en las doce semanas siguientes: cinco entre las 79 personas que recibieron la cantidad alta, tres entre las 75 que recibieron la media, y ninguno entre las 79 que recibieron la mínima. Todos cribados y acompañados. Son personas con una depresión grave, en las que ese riesgo existe de por sí, y es una señal numérica, no un resultado establecido; pero los propios autores escriben que «la suicidalidad exige vigilancia clínica en los futuros ensayos de psilocibina para la depresión».

### Lo que dicen las tradiciones

Para las tradiciones que usan estas plantas desde hace siglos, lo difícil no es un fallo: tiene nombre, función y explicación. Pero sus explicaciones no son la actitud.

En la Amazonía mestiza, la ayahuasca es «la purga», y las plantas que enseñan tienen, según el antropólogo que lo estudió en Iquitos en los años ochenta, «fuertes propiedades eméticas». Hay ícaros, los cantos del curandero, «para aumentar o disminuir la fuerza de las alucinaciones»; una investigadora que pasó dos años con los curanderos de Iquitos vio cómo uno decía a una primeriza que no tuviera miedo, y que si alguien se sentía mal durante la ceremonia lo dijera y él «le quitaría la mareación». Cuando a un joven le fue mal, con vómitos y visiones aterradoras, el curandero le repitió varias veces durante la noche que la ayahuasca «lo estaba castigando por no haber ayunado». La dieta rota, la brujería, un dardo mágico: esas son las causas de que algo salga mal en esa tradición.

En el Santo Daime brasileño existe la *peia*, «la paliza del daime»: vómitos, diarrea, temblores, malestar. Una tesis entera la estudia. Es «un castigo o disciplina aplicada por el daime» por una conducta inadecuada, y a la vez una «depuración»: «dos caras de la misma moneda». Un dirigente lo explica: «Cuando la persona está en la inocencia, la peia no viene; o si viene, viene de una manera didáctica». A un adepto de dieciocho años que creyó que se moría le dijeron: «Cálmate, que no es muerte, es peia». Entre los mazatecos, «si una persona se espanta durante el viaje es indicador de que no cumplió con la dieta, no respetó las formas». Y en el peyote de las llanuras de Norteamérica, en 1938, un apache lipán lo decía así: «Si uno no tiene miedo, si no le teme, seguro que lo pasa bien. Si alguien tiene malos pensamientos, más vale que se ande con cuidado, o se volverá loco». En el bwiti de Gabón, en cambio, una mala visión no se vive como enseñanza, sino como visión insuficiente: el iniciado tiene que repetir.

Y una observación que vale para este artículo entero. La investigadora de Iquitos escribió, después de dos años de ceremonias: «Con el tiempo me di cuenta de que casi todas las noches se percibían, al final, como una buena noche». Que lo difícil enseña es, en ese medio, una «metanarrativa», parte de la mística de la ayahuasca; y las experiencias negativas «también pueden verse como un fracaso del individuo al no superar sus miedos». Es la forma más directa de decir que la idea de que el mal viaje enseña es un marco con el que se interpreta, no un hecho comprobado. Esta web la usa sabiéndolo.

### Quién pagó estos estudios

Conviene saberlo. Los de Johns Hopkins (la encuesta de las 1.993 personas, el cuestionario de las siete partes, los ensayos de las cinco cantidades y las guías de seguridad) los financiaron los institutos de salud de Estados Unidos, el Heffter Research Institute y el Council on Spiritual Practices, y el investigador principal estaba en el consejo de Heffter. Los del Imperial College (el estudio prospectivo, el de la ruptura emocional, los quince casos de daño largo) tienen becas de fundaciones privadas, y su director ha asesorado a COMPASS Pathways, la empresa del ensayo de la participante. La revisión que no encontró psicosis en los ensayos la firma una organización financiada por «un consorcio de empresas de psicodélicos medicinales», y su último autor asesora a COMPASS. La encuesta de prevalencia de 2023 tiene autores con acciones o asesorías en empresas del sector. Los estudios de las dificultades prolongadas los paga una fundación creada para apoyar a los afectados. El metaanálisis de las cantidades, el de las estrategias y el de laboratorio de Zúrich no declaran conflictos.

### Lo que se repite sin prueba

«Hay gente que se quedó en el viaje para siempre.» Lo que existe es otra cosa: alteraciones visuales persistentes, muy raras; psicosis prolongadas, raras y casi siempre con predisposición (3 de 1.993 en la encuesta de Johns Hopkins); y dificultades que duran meses. Ninguna sustancia de estas se queda en el cuerpo: el LSD tiene una vida media de dos horas y media y se reparte en el agua del cuerpo, sin depósito en ningún tejido. **Falso tal como se formula.**

«Un mal viaje es un brote psicótico.» El miedo a volverse loco es una de las siete partes de la experiencia difícil, y se mide como miedo. Una psicosis exige síntomas que siguen cuando la sustancia se ha ido; la experiencia remite con ella. **Falso por definición.**

«Con la actitud correcta no hay malos viajes.» Es la versión exagerada de lo que dice este artículo. La actitud previa es el predictor más fuerte que se conoce, y el modelo que la mide deja dos tercios sin explicar; el 39 % de los voluntarios de Johns Hopkins pasó miedo extremo en el mejor entorno posible; el 76 % de los peores «malos viajes» ocurrieron con un estado y un lugar que la persona juzgaba favorables; hay daño en gente cribada y acompañada. **La actitud reduce el riesgo; no lo elimina.**

«Las cantidades bajas no dan malos viajes.» La cantidad predice la dificultad en todos los estudios, pero baja no es cero: en el ensayo de las cinco cantidades hubo miedo extremo también con la segunda más alta, no solo con la máxima. **Falso.**

«La ayahuasca no da malos viajes.» En la encuesta de las 10.836 personas, más de la mitad tuvo efectos mentales adversos en las semanas siguientes; la ayahuasca está entre las sustancias con dificultades más largas en el estudio de las 608; hay casos de meses tras retiros en la Amazonía. **Falso.**

«Un mal viaje siempre enseña algo.» En la encuesta de Johns Hopkins, el 84 % dijo haberse beneficiado; el 16 % restante, no; y el 8 % dijo que su bienestar había bajado. En las entrevistas a quienes tuvieron meses de dificultad, la mitad cuenta algún desarrollo personal; la otra mitad, no. Y lo que se ve en los estudios de cómo la gente lo cuenta es el relato, con los guiones de su comunidad. **Discutido: la mayoría sí; una minoría clara, no.**

### Cómo lo cuenta esta web

Escribimos «experiencia difícil», y «mal viaje» solo entre comillas, cuando hablamos de la expresión o la cita alguien. No porque lo difícil no sea malo mientras pasa, sino porque la palabra «malo» ya trae la conclusión. Y no decimos ni «la planta te castigó» ni «te lo buscaste»: lo primero es un relato que no podemos comprobar, y lo segundo es falso en tres de cada cuatro casos, según la única encuesta que lo preguntó. Contamos de qué depende, hasta donde se sabe, y en qué parte no depende de nadie.

### Qué no sabemos

- **Cuánto pesa cada cosa.** Ningún estudio reparte el peso entre la persona, la sustancia y el lugar; los que miden varias a la vez no desglosan, y el más limpio a favor de la persona no midió la cantidad. Es la pregunta central, y está sin responder.
- **Si tomar a solas hace la experiencia más difícil.** Nadie lo ha estudiado como variable propia.
- **Qué historial importa.** Los dos estudios que lo han mirado con muestras grandes se contradicen: uno dice el personal; otro, el familiar.
- **Quién no saca nada.** Los estudios que cuentan cómo la gente convierte lo difícil en valioso no recogen a quien no lo convirtió; los que recogen el daño no recogen a quien salió bien. Las dos mitades están en estudios distintos.
- **Si el consejo de soltar sirve cuando lo difícil es miedo.** Los datos dicen que es cuando menos se consigue; nadie ha probado qué sirve entonces.
- **Sobre el origen de lo que aparece en una experiencia difícil, de la araña o del monstruo, no tenemos respuesta, y no vamos a fingir que la tenemos, ni en un sentido ni en otro.**

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Casi todo el mundo vuelve de una experiencia con enteógenos diciendo que aquello era más real que esto. Contamos cuánta gente lo dice, qué es la sensación de realidad, dónde más se enciende sin ninguna sustancia, qué hace con las creencias y cómo la han tratado las tradiciones durante siglos.

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