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title: "«Más real que lo real»"
description: "Casi todo el mundo vuelve de una experiencia con enteógenos diciendo que aquello era más real que esto. Contamos cuánta gente lo dice, qué es la sensación de realidad, dónde más se enciende sin ninguna sustancia, qué hace con las creencias y cómo la han tratado las tradiciones durante siglos."
url: "https://ponundios.com/analisis/mas-real-que-lo-real"
date: "2026-10-31T01:31:24+00:00"
language: "es-ES"
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[ Análisis ](https://ponundios.com/analisis)

#  «Más real que lo real»

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 Lo sabido ·

######  Pon un Dios

######  · Revisado el 15 de octubre de 2026

![](https://ponundios.com/media/yootheme/cache/ac/masrealqueloreal-accf3052.jpg?src=images/masrealqueloreal.jpg&thumbnail=775,391,&hash=9e475427)

*De todo lo que se cuenta después de una experiencia con enteógenos, lo que más se repite no es lo que se vio, sino cómo se vivió: como algo más real que la vida de todos los días. Aquí contamos cuánta gente lo dice y con qué sustancias, qué es esa sensación de realidad según la psicología, en qué otros estados aparece sin tomar nada, qué hace con lo que uno cree, cuándo pesa demasiado y qué han hecho con ella las tradiciones que llevan siglos recibiendo a gente que vuelve con esa certeza. Lo que no vamos a decir es si lo vivido era real: la sensación es un dato sobre cómo se vive, no sobre de dónde viene.*

En los años noventa, en un hospital de Nuevo México, una enfermera le dijo a un voluntario que acababa de recibir DMT por vía intravenosa que lo que describía se parecía a un sueño. El voluntario, al que el estudio llama Jeremiah, la corrigió: «Lo que has descrito es un sueño. Esto es real. Es totalmente inesperado, bastante constante y objetivo… Es una realidad independiente y constante». Y añadió algo que el psiquiatra del estudio, Rick Strassman, oyó muchas veces en los cinco años siguientes: «No es una alucinación, sino una observación. Cuando estoy allí no estoy intoxicado. Estoy lúcido y sobrio».

Este artículo trata de esa frase. No de lo que Jeremiah vio, sino de la certeza con que lo vio, que es lo que más se repite en los relatos con cualquier enteógeno y lo que más desconcierta después: no «vi cosas raras», sino «aquello era más verdad que esto». De esa certeza salen las conversiones, las decisiones que se toman al día siguiente, las certezas que duran décadas y también una parte de los problemas del después. Y es una sensación que la psicología conoce desde hace más de un siglo, que se puede perder, que se puede encender con un electrodo y que las tradiciones místicas llevan siglos sometiendo a examen. Vamos por partes.

### Cuánta gente lo dice

Depende de cómo se pregunte, y la diferencia es enorme.

Cuando se pregunta expresamente, casi todo el mundo lo dice. La encuesta más amplia sobre «encuentros con Dios» de la que ya hablamos en [¿Por qué decimos enteógeno?](https://ponundios.com/analisis/por-que-decimos-enteogeno) pidió a 4.285 personas que puntuaran de 0 a 100 cuánto más real que la conciencia de todos los días había sido su experiencia. Las medias fueron 74,7 con psilocibina, 76,8 con LSD, 77,5 con DMT, 79,4 con ayahuasca, la más alta… y 72,7 entre las 809 personas que no habían tomado nada. Es decir: la sensación de realidad aumentada no es de la sustancia; es del tipo de experiencia. Con 5-MeO-DMT, en una encuesta a 515 personas, el 82 % marcó haber tenido «certeza de haber encontrado la realidad última». Y en los ensayos de la Universidad Johns Hopkins con psilocibina, la escala que mide eso, la «cualidad noética», sube con la cantidad: en 18 voluntarios, del 19 % del máximo con placebo al 71 % con la dosis más alta. Catorce meses después, al volver a puntuar aquella sesión, daban 77: con el tiempo, más.

Cuando no se pregunta, casi nadie lo dice. Un equipo de Hopkins y del Imperial College de Londres leyó 3.778 relatos de DMT fumada publicados en un foro de internet entre 2009 y 2018. Solo 22, el 0,6 %, afirmaban que la experiencia había sido más real que la realidad. Las dos cifras son verdad y ninguna es «cuánta gente lo siente»: una mide a quién se le ocurre decirlo sin que nadie le pregunte; la otra, cuántos dicen que sí cuando les ponen la frase delante. Los propios autores del recuento avisan de que su método no da tasas de incidencia, sino «tasas de variables mencionadas».

Hay además una laguna de método que casi nadie cuenta. El cuestionario de experiencia mística que usan la mayoría de los ensayos tenía, en su versión original, una pregunta literal: «sensación de que la conciencia experimentada durante parte de la sesión era más real que tu conciencia normal de la realidad cotidiana». En 2012, al reducir el cuestionario de 43 preguntas a 30, esa se eliminó, con otras doce, por motivos estadísticos. Lo que queda es «certeza de haber encontrado la realidad última», que es otra cosa: una conclusión, no una sensación. Por eso los ensayos recientes casi nunca hablan de «más real que lo real»: dejaron de preguntarlo.

Y una laguna más grande: nadie lo ha medido en el momento. Lo que se mide en directo, en los estudios con DMT intravenosa, es la intensidad, minuto a minuto; la realidad se pregunta a la media hora, a las semanas o a los años. Todo «más real que lo real» cuantificado se dijo después. Lo que sí hay es una partición entre el durante y el después, en la encuesta de 2020 sobre encuentros con seres que ya contamos en [¿Quién hay ahí?](https://ponundios.com/analisis/seres-y-presencias): el 81 % dijo que mientras duró la experiencia le pareció más real que la conciencia ordinaria, y el 65 % seguía pensándolo al responder, una media de cuatro años y medio después. La certeza se desgasta, pero poco.

### Qué es la sensación de realidad

Para entender por qué una experiencia puede venir con la etiqueta de «real» subida al máximo, hay que empezar por una idea que parece obvia y no lo es: la sensación de realidad no es la realidad. Es algo que el cerebro añade a lo que percibe, y que normalmente no notamos porque siempre está puesta.

El primero que lo dijo con claridad fue William James, en 1902, en *Las variedades de la experiencia religiosa*: «Es como si hubiera en la conciencia humana un *sentido de realidad, un sentimiento de presencia objetiva, una percepción* de lo que podríamos llamar "algo ahí", más profundo y más general que cualquiera de los "sentidos" particulares». Cualquier idea que excitara ese sentido, añade, «tendría la misma prerrogativa de parecer real que normalmente tienen los objetos de los sentidos». Y donde mejor se ve que existe, dice, es en las alucinaciones, y en su contrario: «el sentido de realidad tiene su contrapartida negativa en forma de un sentimiento de irrealidad que puede acosar a las personas». James es también quien puso nombre a lo que hoy miden los cuestionarios, la «cualidad noética»: los estados místicos, escribe, «parecen a quienes los experimentan ser también estados de conocimiento… y, por regla general, llevan consigo un curioso sentido de autoridad para el tiempo que viene».

La contrapartida negativa de James tiene hoy nombre clínico: desrealización. El mundo sigue percibiéndose igual, pero se siente irreal. Los ítems de la escala que la mide lo describen mejor que cualquier definición: «Las cosas a mi alrededor parecen ahora "planas" o "sin vida", como si estuviera mirando un cuadro»; «Mi entorno se siente desconectado o irreal, como si hubiera un velo o una niebla entre el mundo exterior y yo». No es raro: según una revisión de 2004, entre el 26 % y el 74 % de la población lo ha sentido alguna vez de forma pasajera, y entre el 1 % y el 2 % lo tiene como trastorno. Es la prueba de que la señal es separable de la percepción: se puede ver todo igual y que nada parezca real.

Y la señal puede confundirse. En 2023, dos investigadores de Londres resucitaron un experimento de 1910: pidieron a cientos de personas que imaginaran una figura mientras, sin decírselo, proyectaban una muy tenue en la pantalla. Una parte juzgó real lo que solo había imaginado, y era justo la que había imaginado con más viveza. Su conclusión es la pieza que faltaba: lo real y lo imaginado comparten una misma señal, y el cerebro decide que algo es real cuando esa señal cruza un umbral. «Si la imaginación se vuelve lo bastante vívida o fuerte, será indistinguible de la percepción.»

Benny Shanon, el psicólogo que estudió la ayahuasca durante diez años y del que hablamos a menudo en esta web, llegó a lo mismo desde el otro lado. Observó que casi todos los estados fuera de lo ordinario (el sueño, la imaginación, el cansancio extremo, la oscuridad) *reducen* la sensación de realidad, y que la ayahuasca hace las dos cosas: a veces la reduce y, en lo que casi ningún otro estado hace, a veces la *aumenta*. «Esto indica que el juicio de realidad es en realidad un parámetro que puede tomar distintos valores», escribe. Y añade algo que importa para lo que sigue: por reales que se sientan las visiones, «no suelen confundirse con las percepciones normales del mundo ordinario»: quien toma sabe que está sentado en una silla, puede agarrarse a algo y sabe que hay otras personas alrededor. Lo visto pertenece, en la sensación, a «otros reinos, separados». Más real, pero en otro sitio.

### Cuando se enciende sin tomar nada

Si la sensación de realidad es una señal, debería poder encenderse sin ninguna sustancia. Y se puede. Tres casos lo muestran mejor que cualquier teoría.

**Las crisis «extáticas».** Fabienne Picard, neuróloga en Ginebra, lleva quince años estudiando a pacientes con un tipo raro de epilepsia cuya aura, en lugar de miedo o de un olor extraño, es una sensación de claridad, certeza y plenitud. Ha identificado una treintena; en toda la literatura médica, desde 1951, se habían descrito 52. Lo que cuentan sus pacientes se parece a lo que cuenta la gente después de una sesión de ayahuasca: «Es una sensación de presencia total, una integración absoluta de mí mismo, una sensación de armonía increíble de todo mi cuerpo y de mí mismo con la vida, con el mundo, con el "Todo"». «Como una serie continua de profundos momentos de "¡ajá!". Todo se junta en un solo todo, una certeza inmune a la duda racional.» Uno de ellos dice que «la sensación es, desde luego, más intensa de lo que podría lograrse con ninguna droga». Otra, años después: «Gracias a estas experiencias ya no temo a la muerte. Veo el mundo de otra manera». Picard sostiene que lo primero de todo, antes que la felicidad, es la certeza: «un sentimiento de certeza o de claridad, como si todo pareciera evidente, completamente coherente», y que de ahí nace lo demás. Y menciona, sin nombre, a un físico estadounidense ateo que «se hizo cristiano después de experimentar crisis extáticas».

Lo que convierte esto en algo más que una curiosidad es dónde ocurre. Las crisis de estos pacientes pasan por una región concreta, la ínsula anterior, y en 2019 un equipo de Marsella comprobó que, en tres de ellos, estimular con un electrodo ese punto y solo ese reproducía el aura: «claridad», «evidencia», «certeza», «comprensión». En 2022, el equipo de Ginebra fue más lejos. Estimularon la ínsula anterior de un hombre de 51 años con epilepsia desde el primer año de vida que nunca había tenido un aura extática, sin que él supiera cuándo. Tres veces sintió una claridad mental dichosa en la que todo parecía simplificarse, sin límites, como si todo estuviera conectado. Le pasaron después el mismo cuestionario de experiencia mística que usan los ensayos con psilocibina, para que puntuara ese estado: 130 sobre 150, una experiencia mística «completa», con la «certeza de haber encontrado la realidad última» al máximo. En otros cinco pacientes el mismo procedimiento no hizo nada. Y hay un detalle final: a este hombre lo operaron del lóbulo temporal, sin tocar la ínsula, y lleva año y medio sin crisis. El estado místico se fabricó con un electrodo y no tuvo nada que ver con su curación.

Picard, que mira los enteógenos desde fuera, añade una observación que conviene recoger: las experiencias místicas con psicodélicos, dice, «no son "puras"», porque suelen darse solo con cantidades altas, que traen también alteraciones visuales. En sus pacientes, la certeza llega sola, sin visiones.

**Dostoievski.** El caso más famoso de certeza epiléptica es también el menos seguro. Sofía Kovalévskaya, la matemática, contó en sus memorias de infancia que Dostoievski les describió a ella y a su hermana el origen de su epilepsia: una noche de Pascua, discutiendo con un amigo ateo, sonaron las campanas y «sentí que el cielo bajaba a la tierra y me absorbía. Aprehendí a Dios realmente, y me llené de él. ¡Sí, Dios existe!, grité, y no recuerdo nada más». Y añadió: «Vosotros, la gente sana, ni sospecháis qué es la felicidad que experimentamos los epilépticos el segundo antes del ataque… no la cambiaría por todas las alegrías que puede dar la vida». La frase que todo el mundo cita, «daría toda mi vida por ese instante», no es de Dostoievski sino del príncipe Myshkin, su personaje en *El idiota*, que también dice lo que importa para este artículo: «¿Qué importa que sea solo enfermedad, una tensión anormal del cerebro, si cuando recuerdo y analizo el momento resulta haber sido de armonía y belleza en grado sumo?… la realidad de la sensación le turbaba. ¿Qué hay más irrefutable que un hecho?». Conviene decirlo todo: Kovalévskaya escribió aquello veinticinco años después, y ella misma avisa de que oyó «otra versión completamente distinta» y de que los médicos le dijeron que los epilépticos «fantasean constantemente» sobre cómo empezó; y los neurólogos discuten todavía si Dostoievski tuvo auras extáticas o una epilepsia de otro tipo. Lo que no se discute es que escribió, antes que nadie, el problema entero: una sensación de realidad que no se deja desmentir por saber de dónde viene.

**Volver de la muerte.** El grupo de la Universidad de Lieja que estudia las experiencias cercanas a la muerte publicó en 2013 el estudio que ya mencionamos de pasada en [¿Quién hay ahí?](https://ponundios.com/analisis/seres-y-presencias). Compararon los recuerdos de ocho personas que habían tenido una de esas experiencias en coma con sus recuerdos de hechos reales e imaginados: los de la experiencia tenían más detalle sensorial, más claridad y más carga emocional que los de cualquier hecho real. Los autores los llaman «recuerdos de alucinaciones realmente percibidas». Pero hay un dato que la divulgación suele saltarse: en la confianza de que aquello había ocurrido, no había diferencia. Más ricos, no más creídos. Y otro estudio del mismo grupo, con 190 personas, encontró que quienes habían tenido una experiencia así sin ningún peligro real de muerte (un desmayo, una crisis de ansiedad) la describían igual que quienes habían estado en coma: la experiencia no necesita que uno se esté muriendo. Entre los 34 supervivientes de parada cardiaca a los que entrevistaron en 2018, catorce hablaron de «hiperlucidez» y doce de lo contrario de la claridad: el choque de volver. «Volver a mi cuerpo es un dolor horrible», dijo uno quince años después; «simplemente había olvidado cómo era la vida: dolor y un 90 % de ignorancia».

Estos tres casos no dicen de dónde viene la sensación de realidad en una sesión con ayahuasca. Dicen algo más modesto y más incómodo: que la certeza de haber tocado lo real tiene, al menos a veces, un sitio en el cerebro y un mecanismo, y que por eso no puede ser prueba de nada. Lo que el electrodo enciende en la ínsula de un hombre de Ginebra no es menos intenso, ni menos transformador, que lo que cuenta Jeremiah. Solo es más fácil saber de dónde salió.

### Lo que hace con lo que uno cree

La certeza no se queda en la sesión. Lo que se sabe de sus efectos sobre las creencias viene sobre todo de un estudio del Imperial College que midió a cientos de personas antes y después de una experiencia, en 2021. Las preguntas eran de filosofía pura: si existe «otro reino o dimensión separada más allá de este mundo físico que puede experimentarse o visitarse», si «hay otros reinos de existencia más importantes que la realidad cotidiana», si «el mundo físico es una ilusión generada por la conciencia». Después de la experiencia, las respuestas se desplazaban desde el materialismo hacia el dualismo y el panpsiquismo, y el desplazamiento seguía ahí seis meses después, y era mayor en quienes tomaban por primera vez. De los que se declaraban materialistas antes, a los seis meses solo uno de cada cinco seguía siéndolo; uno de cada tres se declaraba dualista. Los autores avisan de dos cosas. Que sería «precipitado» leer esto como prueba de que esas creencias son buenas: pueden ir con «estrategias de evitación o escapismo» a las que llaman «bypass espiritual». Y que quien ofrezca estas experiencias quizá tenga «la obligación ética» de advertir, en el consentimiento informado, de que pueden cambiar lo que uno cree.

Otros datos van en la misma dirección. En una encuesta a 1.606 personas que decían haber cambiado de creencias tras una experiencia, la proporción que atribuía conciencia a las rocas pasó del 8 % de antes al 29 % de ahora; a los insectos, del 33 % al 60 %; y «el universo es consciente», del 34 % al 82 %. Y lo que cambió no se movió después: los porcentajes de «justo después» y de «ahora», ocho años de media más tarde, son casi idénticos.

Pero hay una pieza que corrige la imagen, y es del mismo equipo. En [¿Por qué decimos enteógeno?](https://ponundios.com/analisis/por-que-decimos-enteogeno) contamos que, en la encuesta retrospectiva de 2019, la proporción de ateos bajaba del 21 % al 8 % tras la experiencia. En 2024, los mismos investigadores lo midieron *antes y después*, en 657 personas: ateos, del 24 % al 25 %. Nada. Las creencias sobre la conciencia de las cosas sí se movían, poco; la religión, no. Y encontraron por qué salían distintas las encuestas anteriores: las puntuaciones «de antes» que la gente *recordaba* años después eran más bajas que las que la misma gente daba cuando se le preguntaba de verdad antes. Dicho de otro modo: la certeza también reescribe el recuerdo de lo que uno creía.

Lo que sí parece crecer con el tiempo es la propia certeza. El Viernes Santo de 1962, en una capilla de Boston, diez seminaristas recibieron psilocibina y otros diez un placebo, en el experimento más famoso de la primera época. A finales de los ochenta, un investigador los buscó y encontró a casi todos. Siete de los que habían tomado psilocibina volvieron a rellenar el cuestionario de hacía veinticinco años: en la escala de «objetividad y realidad», puntuaban más alto que a los seis meses. Uno de ellos, pastor protestante, lo resumió: «Me dejó una certeza completamente incuestionada de que hay un entorno mayor que aquel del que soy consciente… De algún modo era mucho más real para mí». Otro, el que peor lo había pasado aquel día, decía que la conciencia de todos los días «no es real, y de algún modo aquella experiencia central de unidad es más real y más auténtica». Son siete personas, seminaristas, entrevistadas por alguien que defiende estas sustancias; pero son los únicos a los que alguien ha preguntado dos veces con un cuarto de siglo entre medias.

### Cuando la certeza pesa

Para la mayoría, esa certeza es un regalo. Para una parte, es el problema. Lo que se sabe de esa parte viene de los estudios sobre dificultades prolongadas que ya usamos en [Nadie te dice qué hacer al día siguiente](https://ponundios.com/analisis/nadie-te-dice-que-hacer-al-dia-siguiente), y aquí sacamos lo que allí no cabía.

De las 608 personas con dificultades que duraban semanas o meses, la mitad marcó «dificultades ontológicas», es decir, con «la forma en que entendías la realidad y la existencia». Un 15 % describía lo contrario del «más real»: una desrealización que llegaba después. «De repente, el baño no era real», contaba una de ellas, dos meses después de su experiencia. «Simplemente se veía MAL… la calle de fuera tampoco era real. El mundo entero sencillamente no era real, y sentí que tenía que vomitar.» Otra lo decía en abstracto y es casi una definición del problema: «Entré en la experiencia creyendo que lo que vivía era, literalmente, el mundo externo real… Esos recuerdos dejaron una herencia de confusión sobre qué modelo profundo de la realidad usar». En otra encuesta, a 159 personas con dificultades de hace años, la «lucha existencial» fue la que más duró de once tipos: diecisiete meses de media.

Las entrevistas ponen caras. En un estudio de 2025 con 26 personas, 15 hablaban de desrealización o de haber dejado de saber qué era real. Hay quien lo resolvió entrando en algo: Adrienne, de 37 años, que tomó psilocibina sola en su piso, «empezó la pandemia como una dominatriz atea y la acabó tomando los votos de monja budista»; Don, administrativo de las fuerzas aéreas y ateo, es hoy médium; Cal, que iba para rabino, es sacerdotisa pagana. Y hay quien lo resolvió al revés. Max tomó psilocibina a los 21 años con amigos en la montaña y salió con una ansiedad ante la muerte que no tenía; lo que le estabilizó fue «quitarle a mi experiencia esa sensación de objetividad, y conectar con la idea de que lo que viví no era verdad objetivamente. Era simplemente verdad y relevante para mí». Steve, a los 22, dice que ahora «se trata de hacer las paces con el hecho de que quizá no lo sabré». Los autores del estudio lo resumen: «algunos encontraron alivio simplemente en reformular su experiencia como un estado interior y no como una verdad última sobre el universo». En un retiro de hongos en los Países Bajos, Alana, de cuarenta y tantos, tuvo «diez revelaciones al día»; en los tres meses siguientes dejó a su pareja y su trabajo y se fue a Bali a hacer un curso de yoga. Tiempo después: «Me metí en un bypass espiritual. Creía que hablaba con los árboles y con mi rana… pero en realidad se trataba más de lidiar con mis propios problemas». El retiro aconsejaba no decidir nada en dos semanas; otra participante esperó «a que esos sentimientos pasaran», y pasaron.

El caso que mejor muestra el nudo es el de un participante en un ensayo con psilocibina para la depresión en el Imperial College. Durante la sesión «recordó» que su madre le había asfixiado de niño. Seis meses después, con la depresión de vuelta, decía: «Está muy bien que la gente diga "es todo totalmente simbólico"; yo no lo creo. Cuando ocurrió se sintió más real que el aquí y ahora… Sí creo que algo tuvo que pasar». Diez sesiones de integración después, había llegado a otro sitio: «Sea verdad o no, esa información tiene que ser comprendida por tu conciencia; va a andar dando vueltas: ¿pasó, no pasó?, y ese no es en absoluto el punto. Ha llegado este mensaje, así que ¿qué significa?». Los clínicos que lo cuentan, en un artículo de 2022, sacan de ahí una regla para quien acompaña: «recordar sostener cualquier revelación con suavidad» y preguntarse qué es «útil» antes que qué es «verdad». Lo comparan, sin rodeos, con la terapia de los recuerdos recuperados de los años noventa, en la que se documentaron recuerdos falsos de abusos inducidos con la mejor intención. La «sensación noética de revelación», escriben, «puede aumentar la atribución de realidad a creencias, visiones del mundo y aparentes recuerdos», y eso es un riesgo de la propia terapia.

Queda la pregunta que se hace cualquiera: ¿y cuándo es un delirio? La psiquiatría tiene una respuesta menos obvia de lo que parece. Un estudio de 1999 comparó a pacientes psiquiátricos con delirios con miembros de nuevos movimientos religiosos, Hare Krishna y druidas: no se distinguían en el número de creencias extrañas ni en la convicción con que las sostenían. Se distinguían en que los religiosos estaban mucho menos angustiados y menos absorbidos por ellas. Lo que separa un delirio de una convicción no es cuánto se cree, sino cuánto se sufre y cuánto espacio deja para el resto de la vida. Y un antropólogo que pasó cinco años en un centro de la Amazonía peruana que trata adicciones con ayahuasca observó otra cosa: la certeza no cae en el vacío. Allí los curanderos invitan a los pacientes a «verificar por sí mismos en la ayahuasca» el diagnóstico que les han dado, y la experiencia se vive después «como la verificación concreta y tangible» de lo que el centro enseña. Un paciente francés que al llegar se reía de «mis demonios» había «verificado» dos semanas después que estaba infestado. Otros se fueron para no volver. A qué creencia se pega la certeza lo decide, en buena parte, el sitio.

### Lo que dicen las tradiciones

Las tradiciones que usan estas plantas, y las místicas que no las usan, llevan siglos recibiendo a gente que vuelve diciendo que lo de allí era más real que lo de aquí. Y casi ninguna se lo cree sin más.

Las hay que lo afirman. Para los shuar del Ecuador, según el antropólogo que los estudió en los años sesenta, «la vida normal de vigilia es simplemente "una mentira", o ilusión, mientras que las verdaderas fuerzas que determinan los hechos de cada día son sobrenaturales y solo pueden verse y manejarse con ayuda» de las plantas. Los himnos del Santo Daime llaman a la vida material «este mundo de ilusión», y dicen de lo que se muestra en la sesión: «Todo, todo Dios me muestra / para que yo reconozca / todo, todo es verdad»; y, en otro: «El soñar es una verdad / igual que la luz del día». Pero incluso ahí, la miração se somete a algo. Un daimista lo explicaba a una investigadora: «a veces crees que estás mirando, pero lo que estás es recibiendo peia», el castigo o la corrección; «no sabes definir cuál es peia y cuál es miração… miração sin firmeza se vuelve peia, porque es mucha luz». La visión no se cuenta y no se reclama; si se cuenta, se pierde. En la União do Vegetal, el dirigente pregunta «¿hay luz?», y a la pregunta de cómo saber si lo visto es verdad y no ilusión, la respuesta es «cuando algo que usted ve es realmente verdad, usted lo siente»; pero decir «el Maestro me mostró, yo vi» a solas, sin la mediación del mestre, se considera «una apropiación arriesgada». Y en el vegetalismo amazónico de hoy, una antropóloga recogió entre curanderos y aprendices una idea que sorprende a quien va buscando visiones: «que las visiones son en realidad una distracción y no el verdadero propósito de la experiencia». Un curandero avisaba a sus pacientes de que no tomaran dentro de la visión «nada rojo ni negro», porque es de brujería: hay reglas de discernimiento incluso dentro de lo visto.

Las místicas sin sustancia son más duras. En el zen, las visiones que aparecen en la meditación se llaman *makyō*, «el ámbito del demonio», y la instrucción del maestro es no darles ningún sentido: tener una visión de Buda no acerca a ser uno, «igual que soñar que eres millonario no te hace más rico al despertar». El *Visuddhimagga*, el manual del budismo theravada del siglo V, lista diez «imperfecciones» que asaltan a quien avanza en la meditación, y las tres primeras son la luz, el conocimiento y la felicidad: el meditador piensa «"nunca antes había surgido en mí semejante iluminación. Seguro que he alcanzado el camino"; y así toma lo que no es el camino por el camino». Al-Ghazali, en el siglo XI, admite que puede venir un estado respecto al cual «tu conciencia de vigilia sería como soñar», y a la vez corrige las conclusiones que los sufíes sacan de él: «todo eso es erróneo». El Talmud cuenta de los cuatro sabios que entraron en el Paraíso: uno murió, otro enloqueció, otro «cortó los brotes», y solo Akiva «salió en paz». De ahí el criterio de la tradición judía que ya recogimos de Shanon: la experiencia se juzga por cómo se vuelve.

Y en castellano está Teresa de Jesús, que sabía de esto más que nadie. Describe el «más real» con precisión: la luz de sus visiones es «tan diferente de la de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos»; la diferencia es la que hay «de lo vivo a lo pintado»; y las palabras que oye «con los oídos corporales no se oyen, sino entiéndese muy más claro que si se oyesen». Describe también la certeza: «una certidumbre que queda en el alma, que solo Dios la puede poner». Y a renglón seguido manda no fiarse de ella: «jamás haga nada ni le pase por pensamiento, sin parecer de confesor letrado y avisado y siervo de Dios, aunque más y más entienda y le parezca claro ser de Dios». ¿Cómo se sabe, entonces? Por lo que viene después: «en los efectos se conoce», «guardar tiempo del fruto que hacen estas apariciones», y mirar «la humildad con que dejan al alma». Cinco o seis letrados dictaminaron que lo suyo «era demonio», le restringieron la comunión y le mandaron hacer gestos de desprecio a la visión de Cristo; obedeció, con dolor. Juan de la Cruz fue más lejos que ella: de las visiones, «siempre conviene al alma desecharlas a ojos cerrados, sean de quien se fueren», porque «aunque las visiones y locuciones de Dios son verdaderas y siempre en sí ciertas, no lo son siempre para con nosotros… por nuestra defectuosa manera de entenderlas». E Ignacio de Loyola dio la regla más práctica: mirar «el principio, medio y fin», y aun cuando la consolación parezca venir sin causa, examinar «el tiempo que sigue, antes que se les dé entero crédito ni que se pongan en efecto». Él mismo tuvo durante años una visión «muy hermosa» que le consolaba, y un día, al verla delante de una cruz, la reconoció como demonio.

Lo que estas tradiciones tienen en común no es la experiencia, que cada una describe a su modo. Es la pregunta, ¿cómo sé si esto es verdad?, y una respuesta que se parece mucho de una a otra: no por lo que se siente, sino por lo que deja, por lo que dice alguien que no estaba dentro, y por el tiempo.

### Quién pagó estos estudios

Como en las fichas, se dice y no se juzga. Los estudios de la Universidad Johns Hopkins (la escala de 0 a 100, las encuestas sobre creencias, el recuento de relatos de DMT, el ensayo de la cualidad noética) los pagaron sobre todo el Council on Spiritual Practices, cuyo responsable firma uno de ellos, el Heffter Research Institute, de cuya junta formaba parte el investigador principal, y desde 2019 un grupo de donantes privados que aportó 17 millones de dólares; el estudio de 2024 sobre el ateísmo lo pagó Unlimited Sciences, una organización que promueve la psilocibina y a la que pertenecen dos coautores. Los del Imperial College (las creencias metafísicas, el caso del recuerdo de asfixia) los pagaron fundaciones y donantes particulares de su centro de investigación, entre ellos empresas del sector; dos de los autores del artículo de 2022 asesoran a empresas de terapia psicodélica. El estudio de campo con DMT lo pagaron, entre otros, una fundación portuguesa que financia parapsicología y una sociedad de investigación psíquica. Los estudios de Lieja sobre experiencias cercanas a la muerte y los de Ginebra sobre epilepsia los pagaron sobre todo fondos públicos belgas, europeos y suizos. El de Strassman, en los noventa, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos; hoy Strassman asesora a empresas del sector. Los estudios sobre dificultades prolongadas los pagaron fundaciones que apoyan a quienes han tenido problemas con estas sustancias. El estudio de la imaginación y la realidad y la revisión sobre la desrealización, fondos públicos de investigación.

### Lo que se repite sin prueba

**«Si se siente tan real es porque lo es.»** Es la que más circula, y la que más respeto merece, porque quien la dice no está mintiendo: la sensación es real. Lo que no se sigue es la conclusión. La sensación de realidad sube sin ninguna sustancia (con un electrodo en la ínsula, en una crisis epiléptica), baja con la percepción intacta (en la desrealización) y en el laboratorio se confunde con la imaginación cuando esta es lo bastante vívida. Un investigador de Hopkins lo escribe así: la «sensación noética» hace sentir lo percibido «de algún modo "más real"»; eso describe, no prueba.

**«La DMT es la molécula del espíritu y abre la puerta a otra dimensión.»** El título del libro de Strassman lo ha repetido medio mundo. El propio Strassman, en 2023: las presencias «se sienten más reales que lo real, pero su fundamento ontológico no puede determinarse en este punto». Y en 2014: no cree «que haya posibilidad objetiva de determinar en qué medida lo que hacemos bajo la influencia de las drogas psicodélicas está generado por nosotros o influenciado por lo externo». Su hipótesis de que Dios se comunica «a través del cerebro» la presenta como lo que es, una hipótesis religiosa.

**«El cerebro produce DMT al morir, y por eso las experiencias cercanas a la muerte se parecen.»** Lo que hay: un estudio de 2019 encontró DMT en la corteza visual de ratas, y un aumento tras un paro cardiaco inducido, de 0,56 a 1,35 nanomoles. Los autores dicen que no se sabe si esas concentraciones producen efecto ni si «esta subida ocurre igualmente en humanos»; otros farmacólogos replicaron que en ese mismo paro la serotonina sube veinte veces y la DMT seis, y que la ocupación de los receptores por la DMT «sería esencialmente cero»; y un estudio de 2026 no logró detectar «ninguna reserva endógena de DMT en el cerebro de rata». En humanos, no hay ninguna medición cerca de la muerte. Y el dato que desmonta la idea por el otro lado: el estudio de Lieja que comparó 625 relatos de experiencias cercanas a la muerte con unos quince mil relatos de 165 sustancias encontró que la sustancia cuyos relatos más se parecen es la ketamina, no la DMT; de hecho, cinco enteógenos clásicos quedaron por delante de ella.

**«La ciencia ha demostrado que todo está en el cerebro.»** Es la versión contraria, igual de sin prueba. Lo que dicen los investigadores que más han medido: «El problema difícil de la conciencia no está resuelto científicamente, y no está claro que una respuesta científica sea siquiera posible». El filósofo que mejor ha defendido la versión naturalista de estas experiencias, Chris Letheby, reconoce que su naturalismo es una premisa que asume, no algo que demuestra. Hay correlatos cerebrales robustos de estas experiencias; sobre el origen, por declaración de los propios autores, esos datos no deciden. En ninguna de las dos direcciones.

**«Los místicos de todas las religiones dicen lo mismo.»** Es la idea sobre la que se construyó el cuestionario de experiencia mística, y está en disputa: una investigadora de la religión ha señalado que ese cuestionario «presupone por razones teológicas» que la unidad indiferenciada es buena y no está mediada por la cultura. Lo que sí se repite entre tradiciones, como acabamos de ver, no es la experiencia: es la desconfianza hacia ella.

### Cómo lo cuenta esta web

Esta web no afirma ni niega de dónde viene lo que se vive, y este artículo no es una excepción. Lo que añade es una distinción: la sensación de realidad es un hecho, y un hecho sobre la experiencia, no sobre su origen. Se puede tomar completamente en serio sin convertirla en prueba, y es lo que hacemos.

Lo dijo mejor que nosotros aquel pastor protestante, veinticinco años después de su Viernes Santo: «Sigo convencido de que mi capacidad de percibir estaba alterada artificialmente, pero las percepciones que tuve eran tan reales como cualquier otra cosa». O Max, que se estabilizó cuando entendió que lo suyo «no era verdad objetivamente. Era simplemente verdad y relevante para mí». O Beth, que después de un año difícil dice: «Ahora puedo vivir en los dos lados a la vez. Puedo ir a trabajar, y puedo ir y tener un viaje de locos, y ninguno se impone al otro». Shanon, que vio lo que vio y lo escribió como científico, llegó a un sitio parecido con otras palabras. Las coincidencias entre personas, los escenarios y las intuiciones de la ayahuasca, escribe, «quizá no sean solo psicológicas, ni solo reflejo de otros reinos, ni "meramente" una creación de la mente humana. Más bien, podrían ser psicológicas y creativas y reales». Y antes había puesto el límite de lo que podía decir: la experiencia es como una música tocada en un instrumento que es el alma, un espejo del ser entero; «más allá de eso, como psicólogo, no puedo decir».

Lo que sí se puede hacer con la certeza es lo que las tradiciones hacen desde hace siglos y lo que los clínicos han redescubierto hace poco: sostenerla con suavidad, no decidir nada sobre ella en los primeros días, y juzgarla por lo que deja. Descartes, que se preguntó cómo sabía que no estaba soñando, encontró al final un criterio que no era la viveza: los sueños no se enlazan «con toda la secuencia de nuestra vida» como se enlazan las cosas de la vigilia. Lo que se entiende en una sesión se siente verdadero mientras dura; si lo es, se ve después, en la vida de cada día. Y mientras tanto, la pregunta que dejó aquel participante del Imperial College es la que vale: no «¿pasó?», sino «¿qué significa?».

### Qué no sabemos

- **Cuánta gente lo siente de verdad.** Entre el 0,6 % que lo dice sin que le pregunten y el 80 % que dice que sí cuando le ponen la frase delante, la cifra real no existe. Y nadie lo ha medido mientras ocurre: todo se ha dicho después.
- **Qué pasa en el cerebro en ese momento.** El único estudio que ha medido el cerebro durante la DMT encontró pocas relaciones entre lo que se veía en las imágenes y las sensaciones concretas; ninguna con la sensación de realidad. Lo que se sabe de la ínsula viene de la epilepsia, no de los enteógenos.
- **Por qué la certeza se pega a unas creencias y no a otras.** Los datos dicen que el sitio influye; no dicen cuánto ni cómo.
- **Cuánto dura.** Siete seminaristas a los veinticinco años y una encuesta a los cuatro no bastan.
- **Si la señal que sube en la ínsula de un epiléptico es la misma que sube con la ayahuasca.** Se parecen en lo que la gente cuenta. Nadie ha comparado más que eso.
- **De dónde viene lo que se vive como más real.** Sobre eso no tenemos respuesta, y no vamos a fingir que la tenemos, ni en un sentido ni en otro.

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 <a class="el-title uk-accordion-title" href="">Fuentes: </a>- Strassman, R. (2001). *DMT: The Spirit Molecule*. Rochester: Park Street Press (págs. 195 y 200-201).
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